Fotos: Guillermo y Antonio
Texto: Pablo Rey
Las primeras veces a veces marcan un antes y un después.
Para quienes están acostumbrados a la espeleología quizás no sea para
tanto una cueva más. Para los que no nos hemos metido nunca por un
agujero y reptado hasta llegar a espacios caminables e increíbles
resulta una experiencia única. Allí dentro hay una red de túneles y
galerías que viven en la más absoluta calma y oscuridad. Al entrar e
iluminar estos espacios con nuestros frontales, los creamos, como la
mirada crea al paisaje (algo que no había terminado nunca de comprender,
porque el pasiaje "estaba ahí" antes). En el caso de las cuevas y
grutas, el humano pone la luz a ese lugar que vive en la tranquilidad
por miles de años.
La
invitación me llegó el sábado por la tarde en mitad de un cumpleaños. Lo
habíamos hablado hacía meses, pero no concretamos fecha. Hacía años que
intentábamos encontrar el día adecuado. Para confirmar que podía ir
tenía primero que ver cómo era la logística familiar del domingo. Una
vez aclarado que tenía vía libre, ojeeé el maravilloso plano de los
espeleólogos ingleses la noche anterior en el móvil. Demasiado grande
para la pequeña pantalla. Un plano, el de la cueva Vallina, que está en
constante evolución: todavía hoy siguen descubriendo nuevas grutas y
pasadizos, y dibujándolos. Van por los 37 km y subiendo. Pero el plano
es sólo una representación, detallada y precisa, por cierto, de lo que
han podido dibujar. Una cartografía sin GPS de por medio, porque allí
los satélites de poco sirve. El mapa da una idea de su vastedad, pero no
de los diferentes espacios que hay allí dentro, al menos no para un
lector no iniciado como yo. Algunas grutas anchas en el plano, que
parecen caminos cómodos, casi autopistas, pueden ser gateras o
"laminadores", que te obligan a reptar para llegar al otro lado.
Teníamos al entrar un objetivo vago, llegar a la galería
de las "600 pesetas", al final de uno de los planos sábana que
llevábamos. Pero eso lo iríamos viendo. Paso a paso, gruta a gruta. A
veces desfiladeros para pasar de lado, otras gateras con charco, cuevas
enormes que el frontal no alcanzaba a iluminar del todo, fosos de
invisible final. Parece que esta cueva era un buen muestrario de muchas
de las posibilidades de una que no necesita cuerdas.
Cuando
me tocó atravesar uno de esos laminadores infernales, cerca de nuestro
objetivo, me preguntaba ¿qué hago yo aquí? Solamente quiero salir vivo
para contarlo. Debía mantener la calma, porque el pánico de poca ayuda
sirve en mitad de uno de esos pasos angostos. En mi cabeza estaba
tranquilo, iba con dos expertos en estas lides. Uno de ellos conocía
bien la cueva. Reflexionaba que lo que más me asustaba era que al otro
lado de esa angostura no hubiera un espacio donde sentarse o ponerse de
pie. No era tanto la incomodez de ese espacio chafado de menos de un
metro de alto y varios metros de ancho, con estalagtitas y estalagmitas
cortando el paso, con pedruscos que parecían soldados entre sí, sino un
futuro (a un minuto o dos de distancia) que siguiera siendo igual de
agobiante que ese presente laminado. Vamos, que lo que necesitaba era
algo de esperanza en el porvernir cercano y por eso le preguntaba a
Antonio, pensando que controlaba mis palabras "¿ahí ya te puedes sentar?
¿te puedes poner de pie?". Todo esto para llegar a la galerías de las
"600 hundred pesetas", que no sabía de qué se trataba y que eran el
objetivo de nuestra ruta.
Una vez superado el
laminador, había una galería triangular y más allá una gruta de
dimensiones muy cómodas en la que caminar sin problemas. A los lados
barros "poligonales", esas formas que toma el barro cuando se seca y que
nadie ha pisado en ¿cientos? ¿miles de años?, salvo algún cenutrio que
ha querido dejar huella para la eternidad. Nosotros queríamos pasar de
puntillas, casi volando, para sólo dejar huella en nuestros cerebros.
Al final de la caverna, una serie de charcos separados
por pequeñas franjas en una quietud total. Tienen un nombre técnico que
no recuerdo. Un espacio basilical para los 3 que habíamos llegado hasta
allí atravesando gateras, desfiladeros, fosos y pozos. Un espacio que no
podíamos imaginar, oscuro e inerte en la soledad de miles de años sin
que pase nadie por allí. Unos charcos en los que Guille me dijo que a
veces se encuentrasn seres vivos. Blancos o semitransparentes que viven
allí alimentándose de algún resto de materia orgánica. Nuestros
frontales iluminaban este lugar que parecía concebido por y para los
humanos, aunque fuera esto una ficción. Quedaba el largo camino de
vuelta, desandando lo andado e intentando no perderse, porque no
habíamos usado "catadrióticos" o pegatinas reflectantes para indicar el
camino de salida.
Había merecido la pena llegar
hasta el fin del mundo, así se sentía uno allí, en esa especie de templo
para humanos creado por no humanos, para disfrutar unos minutos de ese
espacio. El fin de ese ramal del camino de entre todos los posibles. A
la vuelta debatíamos si merecía la pena difundir con fotos y vídeos ese
espacio mágico (no el más grande, ni mucho menos) de la cueva. Especial
por la dificultad de acceder, por sentir que quizás nunca más volvería a
verlo con estos ojos. No sé si volveré, pero sigo pensando, dos días
después, en esos espacios bajo tierra que siguen ahí aunque no estemos.




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