23/11/25

Relato de una Iniciación

 
 
Fotos: Guillermo y Antonio  
Texto: Pablo Rey



    Las primeras veces a veces marcan un antes y un después. Para quienes están acostumbrados a la espeleología quizás no sea para tanto una cueva más. Para los que no nos hemos metido nunca por un agujero y reptado hasta llegar a espacios caminables e increíbles resulta una experiencia única. Allí dentro hay una red de túneles y galerías que viven en la más absoluta calma y oscuridad. Al entrar e iluminar estos espacios con nuestros frontales, los creamos, como la mirada crea al paisaje (algo que no había terminado nunca de comprender, porque el pasiaje "estaba ahí" antes). En el caso de las cuevas y grutas, el humano pone la luz a ese lugar que vive en la tranquilidad por miles de años.

    La invitación me llegó el sábado por la tarde en mitad de un cumpleaños. Lo habíamos hablado hacía meses, pero no concretamos fecha. Hacía años que intentábamos encontrar el día adecuado. Para confirmar que podía ir tenía primero que ver cómo era la logística familiar del domingo. Una vez aclarado que tenía vía libre, ojeeé el maravilloso plano de los espeleólogos ingleses la noche anterior en el móvil. Demasiado grande para la pequeña pantalla. Un plano, el de la cueva Vallina, que está en constante evolución: todavía hoy siguen descubriendo nuevas grutas y pasadizos, y dibujándolos. Van por los 37 km y subiendo. Pero el plano es sólo una representación, detallada y precisa, por cierto, de lo que han podido dibujar. Una cartografía sin GPS de por medio, porque allí los satélites de poco sirve. El mapa da una idea de su vastedad, pero no de los diferentes espacios que hay allí dentro, al menos no para un lector no iniciado como yo. Algunas grutas anchas en el plano, que parecen caminos cómodos, casi autopistas, pueden ser gateras o "laminadores", que te obligan a reptar para llegar al otro lado.



   Teníamos al entrar un objetivo vago, llegar a la galería de las "600 pesetas", al final de uno de los planos sábana que llevábamos. Pero eso lo iríamos viendo. Paso a paso, gruta a gruta. A veces desfiladeros para pasar de lado, otras gateras con charco, cuevas enormes que el frontal no alcanzaba a iluminar del todo, fosos de invisible final. Parece que esta cueva era un buen muestrario de muchas de las posibilidades de una que no necesita cuerdas.
   Cuando me tocó atravesar uno de esos laminadores infernales, cerca de nuestro objetivo, me preguntaba ¿qué hago yo aquí? Solamente quiero salir vivo para contarlo. Debía mantener la calma, porque el pánico de poca ayuda sirve en mitad de uno de esos pasos angostos. En mi cabeza estaba tranquilo, iba con dos expertos en estas lides. Uno de ellos conocía bien la cueva. Reflexionaba que lo que más me asustaba era que al otro lado de esa angostura no hubiera un espacio donde sentarse o ponerse de pie. No era tanto la incomodez de ese espacio chafado de menos de un metro de alto y varios metros de ancho, con estalagtitas y estalagmitas cortando el paso, con pedruscos que parecían soldados entre sí, sino un futuro (a un minuto o dos de distancia) que siguiera siendo igual de agobiante que ese presente laminado. Vamos, que lo que necesitaba era algo de esperanza en el porvernir cercano y por eso le preguntaba a Antonio, pensando que controlaba mis palabras "¿ahí ya te puedes sentar? ¿te puedes poner de pie?". Todo esto para llegar a la galerías de las "600 hundred pesetas", que no sabía de qué se trataba y que eran el objetivo de nuestra ruta.
Una vez superado el laminador, había una galería triangular y más allá una gruta de dimensiones muy cómodas en la que caminar sin problemas. A los lados barros "poligonales", esas formas que toma el barro cuando se seca y que nadie ha pisado en ¿cientos? ¿miles de años?, salvo algún cenutrio que ha querido dejar huella para la eternidad. Nosotros queríamos pasar de puntillas, casi volando, para sólo dejar huella en nuestros cerebros.

   Al final de la caverna, una serie de charcos separados por pequeñas franjas en una quietud total. Tienen un nombre técnico que no recuerdo. Un espacio basilical para los 3 que habíamos llegado hasta allí atravesando gateras, desfiladeros, fosos y pozos. Un espacio que no podíamos imaginar, oscuro e inerte en la soledad de miles de años sin que pase nadie por allí. Unos charcos en los que Guille me dijo que a veces se encuentrasn seres vivos. Blancos o semitransparentes que viven allí alimentándose de algún resto de materia orgánica. Nuestros frontales iluminaban este lugar que parecía concebido por y para los humanos, aunque fuera esto una ficción. Quedaba el largo camino de vuelta, desandando lo andado e intentando no perderse, porque no habíamos usado "catadrióticos" o pegatinas reflectantes para indicar el camino de salida.
    Había merecido la pena llegar hasta el fin del mundo, así se sentía uno allí, en esa especie de templo para humanos creado por no humanos, para disfrutar unos minutos de ese espacio. El fin de ese ramal del camino de entre todos los posibles. A la vuelta debatíamos si merecía la pena difundir con fotos y vídeos ese espacio mágico (no el más grande, ni mucho menos) de la cueva. Especial por la dificultad de acceder, por sentir que quizás nunca más volvería a verlo con estos ojos. No sé si volveré, pero sigo pensando, dos días después, en esos espacios bajo tierra que siguen ahí aunque no estemos.


 

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