2/1/18

Crónica del Tesoro


Un día cualquiera de las Navidades me di cuenta. ¡Hacía tanto tiempo que no iba de visita a una cueva sin intenciones de trabajar haciendo fotos! Estaba olvidando lo que significa estar con los amigos disfrutando -sin pretensiones- de la belleza y metiéndome por todos los recovecos a ver que es lo que encuentro. El día dos de enero tenía la posibilidad de unirme a otro evento navideño. Ir todos, hijos, nietas, a Alicante y comer con unos familiares a los que vemos poco. También tenía la posibilidad de unirme a Mavil en Sorbas y practicar espeleología lúdica e idílica. Me debatí débilmente entre ambos planes. Me sentía culpable por no ir a comer en familia pero, por otra parte, veía más saludable irme a una cueva y arrastrarme plácidamente como un animal.
El martes dos, algo ventoso, frío y claro, salí de Alguazas como a las ocho y media de la mañana tome la A-7 en dirección a Almería y me dispuse a viajar tranquilamente hasta Sorbas. Introduje un disco de Brian Eno en el CD. Además, con ánimo de depurar comilonas, decidí desayunar poco y basar en algunas frutas la comida mañanera. Por el camino tuvimos una corta retención por un accidente. Pero por lo demás todo me sonreía. Bastante antes de la hora prevista ya estaba cerca del punto de reunión. Me paré un par de veces y disfrute de la claridad del día.
Mavil ya estaba en el aparcamiento de la Cuevas de Sorbas cuando llegué a las diez y media. El momento se presentaba feliz. Debido a la carga de vitualla y trastos la furgoneta de Mavil solo admitía al conductor como pasajero. La aproximación a la Cueva del Tesoro comenzaba en un lugar cercano. Esos factores nos indujeron a ir en los dos coches.
Después de un buen trozo de carretera nos metimos a la derecha por una pista. Al principio la pista era estrecha y aceptable, pero luego se ponía peor. Al final la cosa no estaba tan cerca como pintaba al principio. Lo que si estaba cerca era la Cueva del Tesoro andando desde los coches. Un llanura de suelos cuajados de pequeños cristales de yeso, salpicada de vegetación desértica, daba acceso a una ligera depresión en la que se observaban varias simitas, dolinas y bocas. La más cómoda de todas ellas era la Cueva del Tesoro.
           Inmediatamente a la boca comenzamos a recorrer en suave descenso un estrecho y sinuoso meandro que permitía circular de perfil. Las paredes del meandro estaban formadas por cristalotes de yeso, pulidos por el paso del agua. Una belleza exótica. Pasamos varios desfondes equipados con cuerdecitas quitamiedos y finalmente el meandro acabó en un pequeño resalte. Una cuerda con nudos ayudaba a descender sin complicaciones menos de cinco metros.


               Foto: Felix Martínez


Desembocamos en una zona de anchas galerías en la que la continuación del meandro se tallaba sobre una amplia plataforma. Siguiendo la topo con cuidado visitamos un triángulo de galerías con formaciones hermosas y localizamos la que nos iba a permitir continuar hacia la Surgencia. En ese punto dejamos  las sacas y volvimos sobre nuestros pasos para visitar la zona más bonita de la cavidad: la galería de los Cristales y la de los Espejos.
Los cristales de la Galería de los Cristales son grandotes. Están parcialmente erosionados por el agua así que se forma un conjunto de superficies planas y alabeadas con un atractivo aspecto. Unos cuantos instrumentos científicos salpican la zona. En dirección contraria, sur, fuimos a dar a otra zona de cristales espectaculares, los Espejos, que poco después terminaba en un sifón. A veces el sifón permite el paso y cortocircuita el recorrido que se hace por las galerías superiores. Pero sinceramente creo que merece la pena visitarlo todo. Tanto si el sifón permite el paso como si no lo hace.
De vuelta en las zona superior continuamos por una cómoda galería. En un lateral visualizamos la Sima Principal. Las paredes tienen tantos cristales de yeso que sería posible subir escalando sin grandes complicaciones. Algo más allá la Galería del Cántaro nos condujo a dos pozos cortos que necesitaron el uso de arnés y descensor. Y aterrizamos en la Sala de los Bloques. Al mirar la topo parece obvio que se debe seguir hacia el sur para llegar a la Surgencia. Pero no es así. Se debe ir hacia el norte y descender al fondo de la sala por donde discurre el cauce seco del riachuelo. Siguiendo ese cauce, y moviéndose entre grandes bloques, se vislumbra la luz del exterior y se alcanza la salida sin más problemas.
Para la vuelta debe seguirse una senda hacia el oeste hasta que ésta asciende por una zona débil de la muralla que nos domina por el norte. Se llega así de nuevo a la meseta superior. Tomando la dirección noreste enseguida se otean los coches. Una travesía verdaderamente lúdica.
           Eran las dos teníamos hambre y el tiempo invitaba. Nos fuimos a Sorbas y en un agradable restaurante comimos verduras y carne a la plancha. Una delicia. Y además cerveza.