22/9/18

Impuestos



Hace seis meses y medio que no entraba en una cueva. Aunque, para ser franco, he de confesar que sí he entrado dos veces. Una a primeros de agosto a la Cueva del Solins (Murcia) para probar el prototipo Carbi que Joaquín me ha confiado. Y otra, con Marisa, a las Minas de Colon (Cartagena) para llevar a Iris a una “cueva”. Muchos pensarán que seis meses son bastante tiempo. Pero no echaba de menos la espeleología. La principal razón quizás estribe en la pesada atmósfera de confrontación que el colectivo de espeleólogos respira en Cantabria desde hace años. Esto contribuye a hacer poco atractivo acercarse porque uno tiene que oír, o ver, muchos rollos absurdos. En gran parte son historias que se han repetido, vuelta a lo mismo o similar, a lo largo de décadas. Para mí que el problema no es objetivo sino más bien educativo, de forma de ser, y tal vez de enfoque. Dicho de otra manera: los problemas no derivarían de las situaciones conflictivas en sí mismas, siempre las habrá, sino de la actitud poco conciliadora que los espeleólogos utilizan para relacionarse entre sí. Poco conciliadora significa que se destacan los intereses en conflicto y no los intereses comunes que hacen conveniente llegar a acuerdos. Estas dinámicas se parecen sospechosamente a las observadas a otros niveles: política, mundo laboral, asociación de vecinos, municipio, club de espeleología… Y esto me refuerza en la hipótesis de que no se trata de las situaciones objetivas en sí, sino más bien del enfoque personal que se adopta en las relaciones sociales. Esas actitudes derivan principalmente de aspectos culturales y familiares propios de nuestro país.  
Sea como fuere al volver a Cantabria me surgió de nuevo el deseo de entrar en alguna cueva y, sobre todo, de contactar con mis compañeros de espeleo. El viernes 21 estaba indeciso entre no hacer nada, ir a escalar un rato, salir de espeleo-turismo o ir con Adrián, Sergio y Manu a mirar una sima en las faldas del Porracolina. Las circunstancias hicieron que prevaleciese éste último plan, el más aventurero. Quedé con Sergio y Manu en Solares. Habían desayunado allí mismo en un bar. Me monté con ellos en una nueva furgoneta blanca y reluciente que tiene Sergio y nos dirigimos plácidamente, con varios acelerones, al camping de San Roque. Allí habíamos quedado con los restantes espeleólogos: Adrián, Ciano, Agustín y Manolo.
Me echo un cable Ciano con las botas. Al cogerlas me había confundido, tomando ambas del mismo pie, una mía y la otra de Marisa. Ciano me presto una bota y unas plantillas para ajustar y, la verdad, la bota prestada me ajustaba mejor. Subí cojeando un poco la empinada y soleada subida a la sima PO113. Un movimiento de rotación intempestivo me había tocado levemente la rodilla izquierda hacía ahora algo más de una semana. Sergio me prestó una rodillera. El último repecho se hizo pesado por la insolación.  
Fui haciendo fotos con el objetivo 55mm hasta la boca misma. Deje la cámara en un rincón del primer pozo pero Sergio me presto su Sony RX100 para hacer algunas fotos más en plena cueva. Menos de 100 metros de buenas instalaciones nos llevaron a una estrechez en la que va a ser preciso trabajar un poco más para permitir cómodamente el paso. Allí permanecimos un par de horas hasta que las circunstancias nos aconsejaron terminar el trabajo en otra ocasión.
Subí todo lo rápido que pude para realizar la bajada hacia los coches suavemente sin quedarme atrás del todo. Mi idea era ir despacio, y pensando en los movimientos, para no forzar la articulación. Pero a pesar del cuidado que puse no pude evitar que empeorase su estado. Mientras yo bajaba directamente al aparcamiento todos los demás fueron a mirar otro agujero en dirección a la Len. Por lo visto quitando algunas piedras el agujero promete. Para mi sorpresa Sergio consiguió que su mando a distancia abriese la furgoneta a casi un kilómetro de distancia visual. Aproveche para ponerme ropa cómoda y escuchar la música de Hjaltalín. Poco después comenzaron a llegar todos. Adrián quito el CD para escuchar la otra música: la del valle. Campanos de ganado y murmullos del viento que pacifican el espíritu.
Mientras me bebía un par de 942 los demás tomaron Alhambras o Estrellas. Cada uno con su placer. Acompañamos las cervezas con unas patatas, muy bien hechas, y un poquito de alioli. Adrián me pidió cinco euros para contribuir a los gastos de material de las exploraciones. Al principio me lo tome como un chiste divertido. En más de cuarenta años de práctica era la primera vez que me pedían pagar un impuesto por acompañar a explorar a un grupo de espeleos. Pero luego me di cuenta de que iban muy en serio. Y para evitar que me llamasen rácano, aunque desde el punto de vista ideológico no terminé de verlo claro, contribuí a la causa de la exploración. Fue todo un placer.