21/5/17

Paraguas



Lo de ir a La Galiana fue una idea que se descolgó del almacén de inspiraciones un día que intentaba cuadrar mentalmente las próximas sesiones fotográficas. Resultaba casi imposible convencer a los implicados, la mayoría miembros del club, para estar todos a la vez, el mismo día, en la Cueva de la Puntida. Del poco tiempo del que dispone casi todo el personal reservar un día para un plan tan lento y aburrido -hacer una foto- no despertaba grandes entusiasmos. En cualquier caso la Cueva de La Puntida era en sí misma un factor positivo. Se trata de una cavidad fácil, bonita, cómoda, grande, en un entorno con mucha magia… pero cuadrar las agendas de los seis o siete model@s, más los ayudantes, era casi una quimera. Fue unos días antes, caminando por una senda de cabras, cuando me vino a la mente la obviedad: aprovechar el momento en que todos iban a estar juntos. Además La Galiana y el Cañón del Río Lobos bien merecían una nueva visita. Se trata de una cueva que visité a finales de los 70 cuando aún vivía en Madrid y estaba comenzando a hacer espeleología.
Reserve para nosotros, Marisa y yo, en el mismo albergue, situado en Hontoria del Pinar, que el resto del grupo. Fue una suerte que quedasen plazas todavía. Pudimos disponer de una habitación. Los dormitorios grupales están muy bien pero hay que adaptarse a los ronquidos -había varios roncadores- y a los hábitos nocturnos de la mayoría. El desmadre del fin de semana da vida. Marisa se puso a buscar en internet y encontró tres escuelas de escalada cercanas a Hontoria. Excelente plan: el sábado ir a escalar un poco y el domingo ir con todo el grupo a visitar La Galiana y a realizar la foto.
El viernes por la tarde, conducíamos hacia el este, disfrutamos del poco poblado paisaje sorianos en un hermoso atardecer. Pensando en que íbamos a llegar demasiado pronto paramos en Burgos y en Salas de los Infantes. Aunque no llegamos los primeros nos quedó un poco de tiempo antes de cenar. Al día siguiente, sábado, fuimos a escalar a una escuelilla cercana a Muriel de la Fuente y a La Fuentona del Río Abión. El lugar es llamado Abioncillo. Muchas vías asequibles en un sitio idílico con el rumor de un río y una pradera a pie de vías. Como a las cinco de la tarde estábamos reventados de escalar vía tras vía.
A la vuelta paramos en Navaleno y San Leonardo de Yagüe. Un poco para conocer la zona y otro poco para hacer tiempo. Pueblos en calma. Al menos en apariencia. Sin embargo en Hontoria la calma se había esfumado. Se celebraba la victoria sobre las tropas napoleónicas de unos aldeanos capitaneados por un guerrillero. Había mucha gente disfrazada de época, unos cuantos montados a caballo, y bastantes con trabucos y pistolones que disparaban según les daba. En algún momento los caballos, asustados por el ruido, estuvieron a punto de encabritarse. Opté por irme al albergue para estar en paz.
          Los compañeros no habían vuelto de sus actividades espeleológicas en el Cañón del Río Lobos (ninguno, salvo Juan). Al poco recibimos un mensaje comunicando su retraso. Hasta las diez por lo menos. Decidimos tomar la cena ya. El hambre acuciaba. Por fin aparecieron todos como a las diez y media muertos de hambre. El retraso era debido a que, sencillamente, eran muchos. Todavía les quedaron ganas de irse de copas hasta las dos de la madrugada. Mientras tanto yo dormí y dormí. No era nada especial, pero tuve muchos sueños.



A las ocho y media estábamos desayunando. Algunos terminaron de comerse lo que había sobrado en la cena. Creo que seguían teniendo hambre. Y después de alguna confusión, gente yendo y viniendo, nos fuimos hacia el Cañón del Río Lobos. Habíamos quedado allí para recoger la llave de La Galiana a las diez y media. Por el camino paramos en el Mirador de La Galiana. La vista es maravillosa. Justo debajo del mirador hay unas paredes verticales de plomada con unas posibilidades extraordinarias para trazar rutas de escalada. Aunque no creo que esté permitido.
La empresa de aventura que nos dejaba las llaves tenía un numeroso grupo de clientes que entraron antes que nosotros. Mientras el grupo de compañeros hacía tiempo en una cuevita cercana Marisa y yo fuimos, siguiendo al grupo de clientes, buscando la mejor localización para la foto. Necesitaba una zona de cierta amplitud, no demasiado inclinada, con formaciones en techo. Para la foto debían posar seis personas, con sus paraguas abiertos, de forma que se viesen bien todos. Una foto en la que intentaba reflejar la falta de armonía de las personas entre sí, la impermeabilidad ante la belleza, simbolizada por los paraguas abiertos, y el estrés, debido al exceso de trabajo y a la falta de tiempo para vivir. Después de colocarlo todo, ayudado por Marisa, y de establecer un encuadre adecuado, hice unas pruebas usando al grupo de clientes. Luego me senté a esperar a que los compañeros terminaran de ver La Galiana. Al cabo de un rato fueron llegando uno tras otro.
            Pese a que les había avisado una par de veces casi nadie había traído su paraguas. Por suerte, en previsión de esta eventualidad, tenía en la cueva una saca llena de paraguas variados y cada uno pudo elegir el que más le molaba. Las fotos en sí no nos llevaron mucho tiempo. Posaron tres chicas y tres chicos. Cuando acabé de hacer las tomas me pidieron que hiciera algunas fotos más menos formales que las anteriores Justo a la salida aún me paré a hacer otra foto. Poco después estábamos en un mesón cercano a la cueva tomando unas cervezas y contando todo tipo de historias. Las cosas no podían haber salido mejor…
 

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6/5/17

Localizaciones 3


Cañón Oeste de la Cañuela como alternativa para una sesión fotográfica compleja. Si se tratase de encontrar en una gruta un suelo limpio, libre de irregularidades, lo suficientemente plano, con amplitud y con belleza no encontraríamos muchas opciones. Y a todo eso, por si fuera poco, debemos añadirle que no sea difícil llegar hasta el lugar. Bueno no era más que un intento. A lo largo de esa famosa galería hay varios lugares interesantes para hacer otras fotos, pero no esa foto.
Hacía tanto tiempo que no volvía a la Cañuela que dudé un poco en la senda que conduce a la boca. La rampa final sigue tan llena de barro y piedras resbaladizas como siempre. La gran galería de entrada es un sitio sobrecogedor por la luz y la reverberación. El pasamanos está muy bien instalado. Mientras pasaba recordé con asombro el día que lo hice sin pasamanos (no se había instalado aún) escalando con una cuerda dinámica en travesía. Para asegurar una posible caída use empotradores y creo que algún clavo. Totalmente increíble, como si lo hubiera hecho otro ser humano diferente. Y es que aunque pensamos que somos uno en realidad no sabemos cuantos somos.
Más adelante encontré todo como recordaba. La cuerda con nudos para ascender un bloque patinoso, la zona del pozo del Arca con su cuerda y la desviación hacia la Sala de la Encrucijada. Continué por el Cañón Oeste adelante observando sus posibles galerías colgadas. Y sobre todo observando las posibles localizaciones para una foto con bailarinas. Sin duda hay varios sitios en esa galería con encanto suficiente como para merecer la pena usarlas como marco de una foto. Pero en cuanto a mis exigencias de una zona plana, limpia y amplia la cosa no da mucho de sí. Me dediqué a probar el muy notable focus-stack automático de la pequeña Olympus Tough fotografiando pequeñas formaciones. Y a mirar los recovecos accesibles sin muchas complicaciones.
El camino de salida se me hizo muy corto. Fuera ya la primavera reventaba por los costados. El viejo mastín que me había ladrado al acercarme a la boca ya no estaba por allí. Por la carretera del Puerto de Alisas, y sobre todo por su bajada hacia La Cavada, circulaban algunos ciclistas. Uno de ellos bajaba a tumba abierta y se me pegó a menos de un metro del coche intentando adelantarme. Lo viví como una situación muy peligrosa. Cuando la carretera se suavizó finalmente pude alejarme de él  y volver a respirar tranquilo.
          La realización de fotos se está complicando bastante: hay un sinfín de condicionantes además de la dificultad de la foto en sí misma. Pero en un futuro cercano espero que las fotos complicadas, sobre todo por los factores humanos, dejaran su espacio a otro tipo de fotos menos sociales y más introspectivas.  De no ser así esta tarea acabaría agotando la poca paciencia que poseo…





1/5/17

Cambio de Plan




Por unas razones o por otras César y yo habíamos tenido que posponer nuestra salida a lo largo de varios meses. Aunque el uno de mayo parecía que nos sonreía el destino, de nuevo estuvo a punto de irse todo al traste por un problema dental. Un simple tornillo de un esos cacharros, ¿se llaman ortodoncias?, que corrigen la posición de los dientes. Afortunadamente las cosas volvieron a encarrilarse. Algo in extremis pero… en fin que pudimos quedar para ir de cuevas. Mi propuesta era volver al Carcavuezo y para darle más cuerpo invité a Miguel y a Guillermo. Pero era demasiado tarde. Miguel tenía previsto entrar el domingo -30 de abril- a una cueva, porque daban muy malo, y salir el lunes de excursión -porque daban bueno-. Guillermo tenía que trabajar en su finca de San Pantaleón y, además, estaba resfriado. Así que de nuevo estábamos solos ante una actividad que, como todas las de espeleo-logía, es relativamente comprometida.
A las nueve nos reunimos en Solares y media hora después estábamos aparcando en Matienzo. Cuando pasamos por el sumidero me fijé en que había bastante agua. El domingo había llovido con mucha intensidad y Matienzo es una cuenca hidrográfica amplia cuyo drenaje es prolongado. Sin embargo todavía tenía esperanzas. Por el camino hacia el Carcavuezo encontramos un patito perdido. César lo cogió en la mano pero el animalito prefirió arrojarse al suelo sin una sombra de duda. Era un patito enternecedor. Si hubiera habido niños o mujeres el patito habría sido recogido y cuidado en casa. Nosotros confiamos su cuidado a la madre Naturaleza.
La noche del domingo había mirado la web “Matienzo Caves” y vi que durante el pasado enero los espeleó-logos ingleses habían limpiado el acceso oficial al Carcavuezo. Tenían puestas varias fotos y vídeos de los trabajos. Con esas imágenes en la mente encontramos a la primera y sin ningún problema la entrada. Sin embargo la entrada que utilizamos en junio pasado estaba irreconocible e imposible de utilizar. Además, según mis recuerdos, en esas fechas la entrada oficial estaba desaparecida bajo un mar de troncos y materia vegetal. Una maravilla. Hay además otro asunto: la entrada que usamos Guillermo y yo, hace un montón de años, requirió un corto tramo de cuerda para bajar un resalte. Nada de eso nos encontramos en la entrada oficial. Así que he de pensar que estamos ante tres entradas diferentes. Sin embargo uno de los misterios sí se ha resuelto: la entrada oficial conduce, tras unas decenas de metros, a la base del resalte final en la entrada que usamos en junio del 2016. Este lío continuará en próximas sesiones.
Tras avanzar sin problemas hasta el río del Carcavuezo nos dimos cuenta de que para continuar era necesario mojarse mucho o, quizás, mojarse entero. Intentamos varios caminos entre los bloques para evitar el agua. Pero la cosa no se arreglaba así que decidimos irnos por donde habíamos venido. En el camino de vuelta al coche ya no vimos al patito.
Teníamos la opción de ir a la Cueva de la Carrera pero, desde mi punto de vista, estaba demasiado avanzada la mañana. Se me encendió una lucecita: la Cueva del Torno. Estábamos muy cerca en coche, con poca aproximación y un montón de cosas por ver. El corto paseo conduciendo nos permitió disfrutar de unas vistas sobre el Mullir fantásticas. César mostro bastante interés por subir ese monte.
Solo nos llevamos el arnés con los cabos. Hay un pasamanos bastante aéreo y si se continua por la zona fósil hacia la la Sala del Torno hay algunas dificultades más. La entrada de la cueva apenas tenía humedad en contra de lo visto en el Carcavuezo. Hasta los caracoles estaban escondidos. Tampoco había demasiadas arañas. Pero César, fiel a su vieja costumbre, me dejo ventaja para entrar como un obús que no ve ni siente nada. Mi viejo amigo enseguida apreció la calidad laberíntica de la cueva. Una cueva no apta para niños según comentamos.
Nos fuimos encontrando muy a menudo murciélagos salpicando los techos. Tras el pasamanos le pregunté a César si prefería ir por la zona fósil o por la activa. Eligio la fósil.  Inmediatamente pudo –pudimos- disfrutar de las dos gateras de Andy’s Back, paso obligado hacia la zona fósil. Fuimos a ver la zona arqueológica en donde se encontró un cráneo humano datado en la Edad del Bronce si mal no recuerdo. Y luego continuamos por hermosas galerías fósiles hasta la escala de 4 metros, el pasamanos, el meandrito, los gours fósiles y la desembocadura en Rampant Rabbit.
Primero visitamos, hacia nuestra derecha, hasta donde comienzan las nuevas extensiones/exploraciones de los ingleses. De vuelta  nos paramos a comer en una cómoda zona arenosa. Un poco después nos pusimos a mirar el meandro que desde Rampant Rabbit desemboca en Torno Chamber. No me acordaba bien y no llevaba topografía de la cueva. Decidimos que no nos apetecía empezar a hacer pruebas de por donde se iba a Torno Chamber y que era mejor iniciar la salida con tranquilidad. Quizás alguna foto.
            Durante el camino de salida volvimos a apreciar la calidad entrenadora de la Cueva del Torno. Nos paramos un par de veces a descansar descansando. Pero antes de que pudiésemos darnos cuenta ya estábamos fuera. El día seguía bueno, eran como las seis y media y nos fuimos a tomar unas cañas y a charlar de mil cosas. Debíamos preparar alguna nueva aventura…








29/4/17

Un día de Primavera



Hace pocos días, cuando le propuse a Jesús una foto en un entorno de cueva para el fin de semana del 29/30, él me dijo que iba a ser difícil porque tenía a Alan a su cargo pero, aún así, quedo en darme una respuesta definida al día siguiente. Felizmente la respuesta fue positiva, Alan se vendría a la excursión, y, en consecuencia, pude pasar a la siguiente fase de la organización de la sesión. Le puse un wassap a Laura y después de un breve chat tenía su promesa de venir a realizar la foto.
El sábado por la mañana -habíamos quedado en Solares- me llamó por teléfono Jesús para decirme que tenía dificultades insuperables para llegar a las diez. Como solución retrasamos la cita a las once y media. En ese tiempo añadido todos pudimos adelantar trabajos y tareas en casa.
Finalmente Jesús y Laura supieron quien era el otro en la foto. Yo sentía curiosidad ante esta reunión de una profesora recién llegada a la profesión y de otro con un largo camino recorrido. No es difícil imaginar que también ellos, aunque se conocían ya, sentían curiosidad mutuamente. Una conversación fluida se instalo entre los cuatro (a la postre Alan no vino): ellos dos , Marisa y yo. Montamos en el Avensis para ir más cómodos.
La Primavera estaba exultante esa mañana. Eso podía percibirse en el murmullo de la vida vegetal, en las conversaciones entre los pájaros y en el frenesí de todos los bichos vivientes. Y también en los pensamientos. Uno tiene pensamientos primaverales que son muy diferentes de los pensamientos invernales o de otras estaciones. Desde el aparcamiento hasta la cueva de La Puntida un paseo por la pista hacia Ajanedo y un ascenso por senda boscosa alimentó la sensación de acierto. Era un momento perfecto para pasear por esos lugares.
La enorme boca de la cavidad era el lugar adecuado para pararse unos minutos y comprobar que las luces frontales funcionaban. Un poco más adentro la penumbra se adueñaba de todo y más allá imperaba la oscuridad. No íbamos mucho más lejos del límite de la luz, pero sí lo suficiente para necesitar iluminar nuestro camino. Anduvimos suavemente por esa cueva que guarda misterios, o tal vez sólo preguntas sin respuesta. La de su posible conexión al Sistema del Alto del Tejuelo es, casi con seguridad, la que más interés levanta.
           Al pasar unos grandes bloques -con incómodos y algo delicados pasos- la luz proveniente de exterior se esfumó por completo. Al continuar adentrándonos Laura preguntó si íbamos a ir más adentro. A Laura las cuevas no le hacen mucha gracia. La respuesta que di, en la que mezclé alguna reflexiones acerca del uso ancestral de las cuevas como refugio, tranquilizo un poco a Laura. Nos faltaban menos de cien metros. Prácticamente nada. Al pasar una gorda columna la galería se humanizaba y el paisaje cobraba unas dimensiones perfectas para poder trabajar con el equipo humano y con el equipo técnico. Nos asentamos en un lateral y mientras yo comenzaba a colocar los artefactos Jesús se dio un paseo hacia la soledad y Laura permaneció cercana a Marisa y mí. En una media hora todo estaba listo para hacer las fotos.



La primera serie consistió en expresar admiración y respeto por la cavidad. La segunda serie fue algo parecido a un teatro interactivo entre ellos dos basado en sus roles laborales. Les dije que inventasen o que sugiriesen otras poses pero la cosa siempre se pone complicada cuando a los modelos se les pide que inventen o improvisen. La mayoría prefiere ser dirigido, requiere menos esfuerzo mental. En este sentido puedo decir que la diferencia entre estas fotos y una foto espeleo-lógica tradicional es, sencillamente, que en el último caso los modelos solo se interpretan a sí mismos como lo que están haciendo: espeleo-logía. Por lo tanto no requiere ningún esfuerzo mental especial, salvo aguantar pacientemente los requerimientos del fotógrafo. Para rematar la faena nos hicimos una foto todos juntos.
En vez de volver hacia el coche les sugerí que diésemos una paseo ascendiendo al Valle de Bordillas por la mini-ferrata  que se inicia a unos metros de la boca de La Puntida. El entorno y el sendero son sumamente hermosos y se complementan con la sorpresa que produce el valle colgado de Bordillas. Con una calma exquisita por mi parte, admirando el paisaje y haciendo alguna foto más, volvimos al coche. Era algo tarde para plantearse ir a escalar así que hice una propuesta, bien recibida, de ir a tomar algo en el mesón del camping de San Roque. En pocos minutos estábamos sentados ante unas cervezas 942 // Leyenda. Cayeron unas croquetas y una ración de queso. Se habló mucho de cosas de nuestro gremio. Sobre todo de la selección de nuevos profesores –llamase oposiciones- y de la postura de los distintos estamentos a cómo deberían formularse. Pero todo esto es harina de otro costal.  



9/4/17

Esfuerzos



Muy lejos de aquellos lugares, cuando ya ha pasado mucho más de una semana, me parecen irreales las dificultades que se acumularon esos días. Pensé que alguien, dotado de algún  poder oscuro, había conseguido envenenar el devenir de forma que nada ocurriese según mis proyectos. Las cosas no ocurren por casualidad. La ignorancia y la falta de luces declaran “casualidad” a la infinita, pero simple a la vez, causalidad universal. De cualquier forma me iba inclinando a creer que aquello no saldría bien. La falta de aliento, tal vez la desesperación, estaba servida.
Semanas antes de los eventos un compañero me había narrado la difícil situación por la que pasaban los permisos y visitas al Sistema de Los Chorros. Algunos compañeros habían tenido dificultades con las autoridades debido a malentendidos y faltas de acuerdo con otros espeleólogos asiduos al Sistema. Mis amigos no se encontraban con ánimo para ayudarme con el proyecto que les planteaba. Sin embargo pensé que aunque faltasen dos o tres compañeros siempre habría cinco o seis espeleólogos que posarían para la foto en la Sala de las Espadas. Mavil me dijo que él tenía permisos de visita pedidos con varios compañeros para los primeros día de la Semana Santa. Aunque otros, la mayoría tal vez, parece que sólo podían ir el fin de semana y, por lo tanto, debían pedir permisos independientes. Es decir los días ocho y nueve de abril. Mi prioridad era hacer un retrato colectivo de los espeleólogos que, atesorando multitud de visitas, más conocían el Sistema. Y, claro está, el proyecto era retratarlos en su elemento. Aunque sin mucha fe pedí un permiso para el día diez de abril con Perico.
Sin necesidad de pensar demasiado había elegido para el evento la Sala de las Espadas en la Cueva del Farallón. De fácil acceso, con una belleza peculiar y escenario de hermosos recuerdos para muchos compañeros, se trataba del lugar perfecto para una tal puesta en escena. Cuatro días antes no nos habían contestado las autoridades del Parque de los Calares del Mundo y yo estaba pensando en lo peor: no iba a haber permisos. Pero el jueves fueron llegando los dichosos permisos por email. Todos los permisos solicitados. Por el contrario, se confirmó la imposibilidad de uno, dos, tres, cuatro y cinco espeleólogos para venir el día diez. Sólo les era posible a dos espeleólogos, insuficientes para una foto como la proyectada. Pensé que no merecía la pena seguir adelante con el tema. Me dediqué a hundirme en el desánimo y en los oscuros pensamientos de auto compasión. El sábado por la tarde me fui a escalar con una amiga al sector Presa de Mula. No se me dio demasiado bien pero, al menos, me olvidé un poco de mi fracaso.
El sábado por la noche, ya tumbado en el sofá, recibí una llamada de Perico relatándome que allí, en Riópar, iban a estar ese domingo, día nueve, al menos cuatro compañeros integrables en la foto. No se trataba del ideal en que yo había estado soñando pero era mucho mejor que nada. Le pedí a Perico que me confirmara por wassap si estaban dispuestos a posar en la foto. Me respondió con un escueto “Si”. Quedamos a las nueve y media en Los Bronces.  
A las seis y media de la mañana me encaminé hacia la gasolinera de El Puente. Cargue el depósito y continué hacia Hellín. A esa hora de la mañana hacía fresco y las nubes decoraban una parte del cielo. Me paré a tomar un café en Elche de la Sierra. La temperatura era muy baja, unos 3ºC. Por el camino hice algunas paradas más para echar un vistazo a algunas paredes, y también para hacer fotos con el sol muy bajo y medio oculto por las neblinas matutinas. Me adelanto un coche en el que iban Esther y Tocho. En Los Bronces no había ningún compañero todavía. Encargué un apetitoso desayuno formado por café, una tortilla francesa y media ración de oreja a la plancha. Poco después comenzaron a llegar. Nadie, salvo Perico, sabía cosa alguna sobre fotos y sesiones durante el domingo... Perico en un arriesgado triple salto me había dicho que “si” sin hablar con ellos. Afortunadamente el verdadero si me lo fueron dando los compañeros en ese momento. Lo que es más cierto es que sin el ficticio de Perico la foto no se habría realizado ese día (y tal vez nunca).   
Confirmaron su presencia Reche, quien llevaba una mesa plegable, Perico, dos amigos de Perico, Mavil, Esther, Tocho y tres amigos de Esther. Me fui al pueblo a buscar dos silletas plegables -sólo teníamos una silla inadecuada-. La ferretería estaba cerrada y, aunque los propietarios viven al lado, no me pudieron atender porque la mujer había parido esa noche. Pero en el supermercado tenían de todo y, por el módico precio de doce euros, conseguí dos silletas plegables de playa. Volví muy contento: parecía que todo se iba arreglado. En pocos minutos partimos hacia la Cañada de los Mojones en tres coches: el de Perico, el de Esther y el mío.
             Por el camino nos paró un guarda medioambiental para pedir los permisos. Sin permiso no se puede entrar a ninguna cavidad del Parque pues los controles son exhaustivos y la falta de permiso conlleva multas y otras desagradables consecuencias administrativas. Hacía fresco, casi frío, y los preparativos junto a los coches nos llevaron un buen rato. Esther y sus amigos, partieron bastante antes que nosotros y se llevaron algunos de los trastos que debíamos transportar hasta la Sala de las Espadas.  Detrás fuimos el resto, guiados por Mavil, charlando y/o en silencio según el momento y quien. Más adelante -no había toros bravos en esta época- otro guardia medioambiental nos volvió a pedir los permisos. El camino por los Mojones es largo pero muy apacible. No hay cuestas arriba ni nada que se parezca a una senda difícil. Así que pudimos llegar a la Cueva del Farallón sin sudar y sin cansancio. Esther y sus amigos almorzaban ya. Y nosotros les imitamos antes de iniciar la entrada.

 
Perico, Reche y yo entramos los primeros para ir por la ruta más directa a la Sala de las Espadas. Era importante colocar todo cuanto antes para cuando llegasen todos los modelos. Mavil entro con Esther y sus amigos para guiarles por una ruta alternativa. El recorrido por la Cueva es fácil y muy gratificante debido al encanto de sus galerías. Una corta gatera es la única dificultad que tiene la ruta. Hice algunas fotos sin pretensiones con la Olympus Tough. Al entrar en la Sala no lo teníamos claro. Me fui demasiado adentro, donde hay formaciones pero no amplitud para colocar los elementos de la foto en el encuadre. Por suerte Perico salió en mi ayuda y se dio cuenta de que la mejor zona de la Sala está justo a su entrada.
Comencé colocando los flashes en posición pero sin los trípodes (los traía alguien en el grupo de Esther). Para cuando acabé ya llegaban los trípodes y tras su rápida sujeción pudimos encenderlos. Después de encuadrar hice unos disparos de prueba pero el flash Metz no me obedeció. Me lo traje para dispararlo manualmente. Como no me gustó el resultado opté por recolocar uno de los Yongnuos en posición frontal. Y aquí la cosa empezó a mejorar. Mientras tanto Reche y Perico habían colocado la mesa y las silletas y una vez que llego el último modelo, y se pusieron los cuatro ropa aseada, pudimos empezar a hacer pruebas de iluminación. Hubo que corregir casi todo. Mucha luz frontal y poca de contraluz. Pero después de cierta cantidad de pruebas me sentí satisfecho con los resultados. La botella de champan y las copas hacían un efecto maravilloso en la escena. Aunque algunos amigos de Esther se habían ido a visitar otras galerías en las últimas tres fotos integramos a una amiga de Esther, previa copa en la mano, como recuerdo del evento.
Mientras recogíamos la multitud de trastos algunos fueron saliendo. En pocos minutos estábamos todos fuera salvo Esther y sus amigos. Tomamos un refrigerio y partimos hacia la Cañada de los Mojones. La vuelta se me hizo un poco más larga, quizás porque el sol daba fuerte y por la débil pendiente -que ahora tocaba cuesta arriba-. Ya habíamos ordenado el equipaje y tomado unas cervezas -invitados por Perico- cuando encendimos los motores para bajar. Mavil venía conmigo y el resto iba con Perico. Había empezado a rodar mi coche cuando los del otro nos gritaron para que paráramos. Una raíz sobresaliente les había rozado los bajos y había dañado el conducto de alimentación. Todo el gasóleo se estaba derramando. Perico y  un amigo intentaron arreglarlo con los medios disponibles pero todo fue inútil. Llamamos al seguro que nos confirmó una grúa desde Riópar en media hora. Debido a la noticia subieron desde Riópar dos coches con más amigos. Al final Perico se quedo esperando a la grúa, que ya estaba de camino, y todos los demás partimos hacia Riópar.
         Nos reunimos en Los Bronces Mavil, Perico, yo y Esther con sus amigos (el resto se marchó directamente). Tomamos algo y hablamos mucho. Sobre todo de cosas trascendentes que, sin saber cómo ni cuando, se habían colado en nuestra conversación. De espeleología esquizofrénica, de religiones con Dios y sin Dios y de cómo parar el carro. Cuando me despedí de ellos puse rumbo hacia Alguazas. Por el camino comí sangre encebollada, esas son cosas del sur, y tome más cerveza… 











24/3/17

Efectivos



Contemplé como se  extendía el Mediterráneo, azul bajo el sol, hasta el horizonte enmarcado por la nítida línea de la costa. Podía verse claramente desde Cabo Cope  -y más allá hacia Cabo de Gata-  hasta la Punta de la Azohía en el otro extremo del arco. Esa costa que me traía, y trae, tantos recuerdos maravillosos cada vez que la veo de nuevo. Hubo un momento de felicidad y liberación al tomar conciencia de que vivía en un momento sin límite. Como quien caminando por una peligrosa jungla, en la que no podemos ver el sol por la densidad y enormidad de la vegetación, desemboca en un gran claro con una hermosa y hospitalaria casa colonial junto a un lago. Pero esa agradable sensación fue sustituida rápidamente por la de penoso esfuerzo. Solo éramos dos, Joaquín y yo, y teníamos que subir unos doscientos cincuenta metros de desnivel acompañados por tres sacas. El material de verticales de ambos, algo de comida, las dos maletas de material fotográfico (más un flash suplementario), los trípodes, los trajes con el correspondiente calzado, tres cuerdas de 30, 50 y 60 metros, abundantes mosquetones, material de seguridad y líquidos para hidratar. Tenía la sensación de portar un armario. Aunque comencé con bastante fuelle acabé casi reventado. Había comido hace un rato un plato de cocido y eran las cuatro.
El primer pozo nos liberó de la cuerda de 30. Un peso menos. Yo llevaba dos sacas colgadas del arnés y en el pozo, que no es lo que se dice amplio, me dieron tormento en buena dosis. Delante iba Joaquín con una saca llena de cuerdas montando la sima. La grieta en rampa se baja bien gracias a unos tacos de madera que han instalado en las paredes a modo de escalones. Pero la presencia de dos voluminosos bultos hacía que el destrepe fuera cualquier cosa menos cómodo. Gracias a que Joaquín volvió a por una de las sacas -aunque había llegado ya a la cabecera del segundo pozo- pude respirar un poco más profundo. Curiosamente esa zona era recorrida por una fuerte corriente de aire fresco. La impresión era que descendía desde la boca. Sin embargo es difícil justificar la existencia de esa corriente teniendo en cuenta que fuera la temperatura rondaría entre 10 y 15ºC y dentro, sin duda,  entre 20 y 30ºC. Es posible que se trate de una circulación en anillo en la cual hay un río descendente de aire fresco y, por otro lado, un río ascendente de aire caliente. La boca debería dar paso a ambos ríos…
          El segundo pozo, cuya instalación es bien fácil, no nos dio problema alguno salvo conseguir que las dos sacas no se atascasen en las estrecheces más estrechas. Joaquín estrenaba en cavidad real un prototipo del frontal que está en una avanzada fase de diseño. La luz que genera -en el modo de corto alcance- es lo más parecido que he visto a la iluminación de los viejos carbureros. Con la ventaja de que ahora podremos escoger la temperatura de color de la fuente de luz. Indudablemente será un gran paso en iluminación subterránea, tanto en actividades espeleológicas como mineras. Mientras descansábamos y nos hidratábamos un poco tras las estrechas estrecheces hicimos algunas pruebas de sus posibilidades. Disparé algunas fotos con su luz para ver el efecto. Como podía esperarse salieron en tonos muy cálidos pero con luz difusa, no puntual, útil en fotografía.



La red intermedia nos proveyó del calor de la cueva y del calor que generamos arrastrando dos sacas, y la cuerda de 50 restante, por unas cuentas gateras. Y el pozo de acceso a la Sala Cartagena no nos dio nada más que el placer de saber que estábamos llegando al lugar de la sesión fotográfica y que, durante un buen rato, no íbamos a seguir cargados como burros. Observé que en el Callejón de las Flores, una zona estrecha repleta de flores de aragonito, los espeleos murcianos han sido cuidadosos y solamente han rozado una de las paredes. Tal cosa es sorprendente y digna de alabanza dada la fragilidad de las formaciones y la cercanía a la que obliga el paso estrecho. No menos sorprendido y satisfecho me sentí al ver la sólida y limpia balización de senderos en la Sala Cartagena. Esto, junto a lo ya observado en el Pulpo y La Higuera, me confirma que los murcianos se han tomado muy en serio la conservación de la belleza encerrada en el mundo subterráneo. Efectivos espeleos.
Escoger la ubicación del modelo no fue difícil. Se trataba de recoger lo que caracteriza más a esta sala: las formaciones de aragonito. Una vez elegido el encuadre dispusimos los flashes, los encendimos e hice pruebas de iluminación. Debido a la blancura de casi todo lo que hay en la sala tuve que modificar a la baja todos los flashes. No me costo demasiado tiempo estar satisfecho. Hicimos dos series. En una el modelo representaba al hombre serio y responsable que es Joaquín y en la otra la mamarrachada más grande que se le ocurrió. No hay que olvidar que su vestimenta era muy festiva y juerguista: ¡un traje de huertano murciano! No contentos con una sola ubicación decidimos realizar otra serie en un punto diferente, en donde el techo y sus formaciones se hacían protagonistas del paisaje. Aunque todo esto sucedía a gran velocidad mental yo sabía, Joaquín no, que el tiempo estaba transcurriendo en grandes cantidades.
Llegó la hora de recoger y lo que es peor de todo: subir los pozos arrastrando las sacas. El primer pozo me costo bastante. También le costo a Joaquín. Las zonas peores son el comienzo y la llegada a la ventana en la cabecera del pozo. Siempre que pude subí escalando. Para pasar la red intermedia llevábamos uno de los cabos de la cuerda hasta el tope y luego se recogía. Así cuatro veces. Nos ahorramos el recoger la cuerda en un mazo y luego el deshacer el mazo. Para el segundo pozo me administre una dosis de paciencia y extremé las precauciones con la saca en las estrecheces. Las cuerdas fueron pasando unidas entre si como una serpiente. La última estrechez fue un verdadero parto. En un punto se enganchó la saca y tuve que negociar con ella un rato hasta que decidió moverse. En la base del primer pozo acumulamos en un montón ordenado 50+60 metros de cuerda y unimos el final a la punta de la cuerda de 30. Solo tuvimos que tirar desde la boca de la sima para que todas las cuerdas saliesen dócilmente.
            Unos minutos después daban las 11 en el reloj de la Ermita de Isla Plana. Entre unas cosas y otras se nos fue más de una hora en llegar al coche, cambiarnos y ordenar todo. Queríamos tomar una cerveza pero todos los bares estaban cerrados. Finalmente encontramos una cafetería abierta en el Puerto de Mazarrón. Me tome una maravillosa pinta de cerveza con anchoas, aceitunas y cacahuetes. Poco después, ya en camino hacia Alguazas, repasábamos mentalmente las aventuras pasadas en la Sima Destapada y hablábamos sobre futuros proyectos. Como siempre, será la vida quien dicte los senderos a transitar…






19/3/17

Localizaciones




La cuestión era encontrar una cueva fácil, cómoda y con una colada limpia, plana y amplia para posar a una bailarina en pose de baile… El sábado 18 me acerqué a Val de Asón para visitar la Cueva del Escalón. En la búsqueda visité una cuevecita, junto al camino a Socueva, con mucho encanto. Las dos entradas le daban una luz especial pero no era la cueva que buscaba. Me costo un poco más encontrar El Escalón aunque estaba, más o menos, por donde recordaba. Una senda bien marcada me quito todas las dudas acerca de por dónde seguir.
La detallista visita hasta la zona inundada ofreció cuatro localizaciones bastante interesantes para realizar fotos, pero solo una de ellas tenía el suelo suficientemente limpio y plano para posar a una bailarina, con sus nítidas zapatillas, en una buena foto. Aunque el lugar era limpio no tenía suficiente superficie plana como para poder evolucionar o, mejor dicho, dar una sensación de “movimiento”.  Aunque yo no estaba del todo convencido concluí que era una posibilidad interesante.
A la vuelta me pasee por el área más cercana a la entrada de Coventosa pensando en lo mismo. No me gusto esa zona para posar a una bailarina pero sí me intereso una localización próxima a la que usamos en otra ocasión anterior. Era fácil y cómoda para llevar a personas ajenas al mundo subterráneo. Como, por ejemplo, a niños.
  
En el entreacto conseguí organizar una sesión fotográfica con Eduardo y la familia. Al día siguiente -domingo- nos fuimos todos de excursión: Marisa, Eduardo, Irene, Iris, Abril, Eugenia, Pedro y Maite. Me llevé una mecedora y el equipo fotográfico. Uno de los objetivos era realizar una fotografía con la familia de Eduardo en la localización de Coventosa que había visto el sábado.
Nos reunimos en Solares con Eugenia, Pedro y Maite. Continuamos a Val de Asón en tres coches. Era una mañana primaveral que invitaba a pasear por el bucólico sendero que conduce desde la aldea a la boca de Coventosa. Lo único que ponía una nota discordante en este idílico marco era el transporte de la mecedora. Lo que se dice pesar no pesaba casi nada, pero dio muchos problemas de transporte. No había forma de colocarla sobre la mochila que no produjese incomodidad en el transportista...
         Sea como fuere pocos minutos después de salir de los coches, desde el abarrotado aparcamiento, estábamos en la boca de Coventosa. Hubo que extremar las precauciones. El suelo es resbaladizo por lo pulido y húmedo que siempre está. Eugenia, Maite y Marisa se disputaron la mano de Iris para cuidarla. Sin embargo la niña se movía con gran seguridad si se la dejaba un poco de libertad. En realidad ese afán maternal-protector tiene su origen, en la mayoría de los casos, en la propia inseguridad del que desea dar protección. En el corto tramo de cueva que recorrimos nos cruzamos con un numeroso grupo que estaba visitando la cavidad y con otro grupo, aún más grande, que daba un cursillo. Pero el rincón de la foto estaba tranquilo.



 

Después de determinar el encuadre y la posición traté de despejar un poco la zona. Realmente era difícil preparar una foto con tantas personas alrededor pensando en tantas otras cosas. Ninguno de ellos había estado antes en una sesión así y no sabían que hacer. Hubo un momento en que me desesperé un poco. Pero la sesión se fue resolviendo bien. El paisaje era amplio, así que opté por iluminar bien la parte central, cercana al grupo familiar, e iluminar de forma independiente, con otra toma, el paisaje que les envolvía. Después de preparar los flashes y comprobar que disparaban bien todo fue muy rápido. Hice unas cuantas tomas con distintas posiciones de la familia para poder escoger, con más posibilidades, una buena. Luego, cuando estaba terminando la primera fase, llegó el grupo del cursillo y tuve que interrumpir las tomas centrales y seguir con las tomas del entorno. Por suerte estas no interferían en manera alguna con el grupo de cursillistas que ocupaba ahora la parte central de la escena.
Después de eso salimos de la cavidad sin más dilaciones y volvimos a los coches. Era la hora de comer. Optamos, después de un corte debate, por ir a comer al bar Coventosa. No más fue llegar y darse cuenta de que era imposible. El puente de San José había abarrotado el parking y los restaurantes. Impensable quedarse. Decidimos intentarlo en Bustablado y si no lo conseguíamos allí irnos a casa.
Había también mucha gente en Bustablado. El restaurante Marcos y la Taberna estaban colapsados pero, algo más arriba, Eugenia y Maite encontraron en el bar La Encina un buen lugar para comer. Fue una suerte que los otros dos estuviesen llenos porque ese bar, intentando hacerse un lugar entre los bien conocidos, ofrece buena comida, amabilidad y buen precio.
         El ambiente estaba bastante frío y volver a casa, encender la chimenea y la calefacción y arrebujarse tranquilamente fue lo mejor del día. Por delante quedaba el duro trabajo de editar las fotos…



12/3/17

Diluvio


Estaba indeciso entre ir el sábado o ir el domingo… la cuestión era elegir el día que menos interfiriera con la actividad del modelo. J.Ángel hacia un notable esfuerzo abandonando sus trabajos artesanales con equipos HF durante unas horas!! Finalmente me decidí por el domingo. Me pareció que, al ser el día de descanso tradicional, J.Ángel estaría más dispuesto a abandonar las tareas que le apasionan. Además, eso me daría la opción de hacer espeleo o escalada el sábado. Era el día que las predicciones meteorológicas auguraban mejor.
El domingo amaneció diluviando. Aparte de la incomodidad de acercarse a la cueva -arbustos empapados, lluvia cayendo y pendiente de barro patinosa- lo que más me preocupaba era El Estrujón. Es un paso estrecho con un charco importante que debe achicarse y  el aporte de tanta agua podía impedir hacerlo.
Nos encontramos en La Cavada, montamos en mi coche y cinco minutos después, ya en el aparcamiento, me resistía a salir para prepararme. Finalmente J.Ángel, que es de Bilbao, me animó a salir del coche. Utilizando los dos paraguas de reserva que llevo en el coche nos montamos una especie de carpa que hizo más fácil de lo que esperaba los preparativos. Optamos por acercarnos a la boca a lo largo de la valla del bosque para evitar los arbustos. Pero subir la pendiente barrosa no estaba muy fácil. Nos vimos precisados a treparla ayudándonos de los árboles.
En el porche encontramos un remanso de paz. Pero a J.Ángel había dejado la LedLenser en el asiento del coche. No era cuestión de ir con malas luces, ni tampoco podíamos depender solamente de mi iluminación. Mientras J.Ángel bajaba a coger su linterna aproveche para achicar el agua en El Estrujón. Había agua pero no más que cualquier otra vez que hubiera estado. La achiqué en cinco minutos y volví a la entrada. J.Ángel volvió enseguida y enseguida comenzamos la arrastrada hacia la Sala del Menú. Allí haríamos la sesión.
Pase un buen rato paseando por la sala y pensando la posición y el encuadre. Había que tener en cuenta el paisaje, pero también la necesidad de una zona llana donde poner la escena en marcha. Luego tuve que extender el material sin olvidar que tenía que moverme alrededor del trípode. Fui poniendo los flashes una tras otro en círculo en una primera prueba. El flash Metz lo puse para iluminar el fondo de la galería aunque tenía pocas esperanzas con él. Finalmente comencé a tirar las fotos de prueba. Ajustamos al alza casi todos los flashes (me da la impresión de que esos flashes chinos no son tan potentes como dice el manual). El Metz falló. Así pues lo cogí en mano para dispararlo manualmente con un pequeño retardo. Y finalmente estuvo todo listo.
Puesto que la vestimenta de J.Ángel no era demasiado sofisticada cambiarse de ropa supuso pocos minutos. Me dijo que estaba más confortable así que con el mono empapado. Las fotos en sí no nos llevaron mucho tiempo debido a que fueron bastante satisfactorias desde el principio. En menos de una hora habíamos acabado las fotos con ambos objetivos y estábamos recogiendo.
La salida nos llevo poco tiempo y El Estrujón tenía poco agua. Para evitar los batacazos en la fuerte pendiente barrosa bajamos por el prado. Y con rapidez nos metimos en el coche, J.Ángel había traído un plástico para sentarse directamente, no me gusto la idea al principio, pero todo fue bien y no se mancho el asiento. Cada uno se fue a su casa directamente, sin tomar ni cerveza, ni nada parecido. Darse una ducha caliente era la principal prioridad…





11/3/17

La Puntida


En el otoño pasado fuimos de excursión a la zona de Ajanedo. Mientras la familia paseaba por la pista que acerca a la aldea me dediqué a buscar la cueva de La Puntida. Depués de varias idas y venidas a lo largo de la carretera me fijé en una senda poco marcada pero evidente. Intuitivamente algo me dijo que era la senda que iba a la cueva. Subiendo por ella, al ver manchas rojas muy desgastadas, comprendi que estaba en el buen camino. Cinco minutos después estaba en la amplia boca de la cavidad. Me un paseo hasta la frontera entre luz y oscuridad. Hice varias fotos para montarlas en una sola toma hdr.
Varios meses después, el sábado once de marzo, volví a La Puntida. Llevaba una saca nueva, un mono de tela roja nuevo y una linterna de repuesto en la saca.  Además de conocer una cueva con vocación de gran sistema quería ver las posibles localizaciones fotográficas (para no espeleólogos) con limpieza de acceso y trabajo.
Inicié la visita recorriendo el perímetro de la inmensa sala-galería en el sentido de las agujas del reloj. Así fui descubriendo hermosas panorámicas mirando hacia la entrada. Los recovecos en el borde se sucedían sin dar ninguna continuación. Al llegar a la cumbre del caos de bloques vislumbre una salas grandes más allá  bajando en la misma dirección. Un fácil destrepe conducía a varias amplias salas concrecionadas  y excelentes para hacer unas buenas fotografías. En algún momento me pareció sentir aire. Pero fue algo más allá, siguiendo el borde, cuando encontré, en un caos de bloques, una flecha que indicaba un paso hacia abajo. Me arrastre, sin complicaciones, unos veinte metros entre los bloques. Se notaba claramente una corriente. Me encontré en una zona de roca madre con una gran grieta de un metro de ancha que descendía a unos 60º de inclinación. Un atractivo sitio que explorar.
De nuevo en la primera sala fui junto a la pared dejándola a mi izquierda. Encontré varias galerías sugerentes como marcos de un trabajo fotográfico. Además vi varias posibilidades de continuación que no seguí porque necesitaban cuerda o porque eran demasiado intrincadas para seguir solo. Por primera vez me estaba fallando la Stenlight, parecía un problema en el interruptor magnético. Poco después, desde la misma boca, al final a la derecha, una grieta daba acceso a un sector lleno de pequeños pozos y recovecos que no pude visitar de forma completa por falta de una cuerda.
Me pareció una cueva muy ilustrativa. Nunca puedes fiarte de lo que otros han mirado con una manera de mirar bien diferente a la tuya (y a la actual). Parece que hay unas cuantas incógnitas dignas de un trabajo sistemático. Y lo más práctico: varias localizaciones buenas, bonitas y baratas.
            El tiempo estaba primaveral y en vez de volver directamente a casa me paré en varios lugares a contemplar lo que había. Me había cansado y tenia hambre y sed. Compre unas cervezas Leyenda y unos aperitivos. En casa me entretuve con mis pensamientos que iban de un lugar a otro con mayor velocidad que la luz. Si duda esa es la forma de viajar más rápida y eficaz.

5/3/17

Localizaciones


Después de casi tres meses volví por el club para ver a los compañeros, intentar alguna actividad y recoger las tarjetas federativas. De lo último no había nada. Compañeros del club había un numero cercano a diez. En cuanto a la actividad Julio me propuso varios planes. Entre otros ir a El Patio. Pero yo no tenía ganas de salidas que nos llevasen mas de media jornada. Paco propuso ir a La Buenita para ver las nuevas galerías descubiertas (o redescubiertas) por algunos espeleólogos. Quedamos el domingo a las diez en el bar de La Gándara para reunirnos con Paco y un amigo suyo de Cabezón, quien conoce algunos recovecos nuevos en la mina-cueva.
Me presente el primero, antes de las diez, y pedí una bebida caliente. El día estaba fresco y gris. Enseguida llegaron todos. Tras las presentaciones y unos preparativos mínimos hicimos el acercamiento a la cercana boca. Mi objetivo era conseguir localizaciones para sesiones fotográficas “fáciles, cercanas y bonitas”. Primero visitamos el inicio de una grieta que contiene unas excéntricas. Nadie se metió: estrecho y vertical, el lugar requiere destrepar.  Luego visitamos una galería bastante interesante. Tiene excéntricas de aragonito, coladas de diferentes colores, cristales en los paredes y gours. Pero también tiene gateras y algo de barro. Para llevar a gente que no hace espeleo no es adecuado. Después fuimos a buscar una galería llena de excéntricas que unos amigos catalanes han visitado últimamente. Sus referencias, llegar al número 7 D y buscar a la derecha, no nos sirvieron de nada. A continuación visitamos el río de La Buenita aguas arriba. Recorrimos unos 100 metros de los más de 500 que se ven en la topo. Había charcos profundos y no quería llenarme las botas de agua. Un soplo de viento, notoriamente fuerte, recorría toda la galería. Es evidente que existe otra entrada, probablemente por la que se sume el río. Pero nadie ha hecho la exploración exhaustiva de la zona.
Finalmente Paco y yo nos dedicamos a buscar una galería que descubrí cuando estuve con Moisés explorando la conexión entre La Buenita y Udías. Un día de exploración, cuando ya volvíamos hacia la salida, nos fijamos en una estrecha grieta descendente que nos dio puerta a una galería llena de excéntricas por las paredes. El suelo estaba virgen y caminamos un rato por ella. La intenté encontrar hace unos meses sin éxito. En esta ocasión fui con Paco a echar un vistazo por varios rincones pero tampoco pudimos encontrarla. Quizás mi memoria me esté jugando una mala pasada y confunda la cueva en la que Moisés y yo descubrimos esa galería.
          Aún tuvimos tiempo de echar un vistazo a una galería lateral bastante interesante, en donde ya he realizado una sesión de fotos, pero de la galería que buscábamos no encontramos ni rastro. Unos minutos después estábamos tomando unos aperitivos en el bar La Gándara junto a la chimenea -de todas formas el tiempo había mejorado-, mirando la pecera y los minerales que llenan las estanterías. Un lugar bastante agradable. Por muchas vueltas que le di a mis recuerdos de La Buenita no consiguieron concretarse en una imagen clara. Habrá que buscar en los recuerdos de otros…




19/2/17

Niños



Y madres. Porque donde hay criaturas hay mamis también. Pilar, que es una mamá ejemplar, me concedió una parte de su escaso tiempo libre para ir con su niña, Pilar junior, a realizar una sesión fotográfica en la cueva, que casualidad, de Río-Niño. Días antes dediqué una tarde a localizar dicha cueva deambulando por Los Losares. Aquel día después de dar mil vueltas encontré dos cuevas valladas, pero ni rastro de Río-Niño en la posición indicada por el GPS. Una de las cuevas valladas se parecía a la foto de la Cueva de las Cabras que había visto en una vieja publicación sobre las cavidades de Los Losares. La conclusión que saqué fue la siguiente: las coordenadas de Río-Niño que había conseguido en esa publicación no podían ser correctas.
Algunos días después pude obtener las coordenadas de las dos bocas de Río-Niño gracias a Vicente, quien había visitado la cavidad hace tiempo. Observando la ubicación en Google Earth empecé a pensar que una de las cuevas valladas que había encontrado, la parecida a la Cueva de las Cabras, era en realidad una de las bocas de Río-Niño. El domingo saldríamos de dudas.
A las diez nos vimos en Las Salinas; Pilar, su hija, una amiga de Pilar -de nombre Elena- y Martín, el hijo de Elena. También venían a Los Losares, pero con otros objetivos, Vicente, Mari, Reche, Aurora y Perico. Como éste último tardaba nos fuimos en el coche de Elena las madres, los niños y yo. Teníamos mucho trabajo por hacer. 
El coche de Elena es un Hyundai todo camino, al menos lo aparenta, que subió con facilidad la pista de Los Losares hasta una explanada, junto a un gran pino, en donde aparcamos. Desde ese punto una pisteja poco marcada nos llevo hasta la boca vallada en pocos minutos. Coincidía con la posición de una de las dos bocas de Río-Niño. Para confirmarlo busqué la otra boca según me indicaba el GPS y allí estaba: unos cien metros a la derecha de la pista formando una perpendicular al camino con la otra boca.  En realidad era la boca principal: Río.
Nos metimos por esa última boca, en vez de por la vallada, más que nada porque tenía aspecto cómodo. Recorrimos la parte de la cueva sin peligro para el tránsito de niños. La imagen de una sala amplia, y con cierto nivel de decoración, me llamó la atención. Decidí hacer las fotos allí mismo. Cuando extendí el material fuera de las sacas se armó un pequeño revuelo. Era un poco mareante el entusiasmo que mostraban los niños por todo lo que veían, artificial y natural, pero la infancia de los humanos es una sorpresa detrás de otra (para algunos la vida sigue siendo siempre sorprendente).
Fui poniendo los flashes en los sitios que estimé oportuno. Para evitar el error de otras veces coloqué secuencialmente, según su letra y en sentido de las agujas del reloj, los flashes. Así recordar su posición, y por ende controlarlos, sería muy sencillo. El flash Metz lo metí entre unas formaciones y lo esclavicé con una célula fotoeléctrica -me está dando fallos muy a menudo-. Luego puse el trípode, monté la cámara y realicé el encuadre. Entonces mande a Pilar a encender los flashes. Las pruebas me permitieron ajustar a la baja casi todos. Además decidí encapuchar con plásticos dos de ellos.
Ya estaba todo listo y Pilar junior comenzó a cambiarse de atuendo. Un bonito jersey gris azulado con estrellas y unas mallas negras. Como calzado unas zapatillas deportivas de color uniforme. No tiene vestidos, ni conjuntos coquetos porque no le gustan. Es una chica deportista. A estas alturas Martín tenía hambre, o su madre quería que comiese -no lo tengo claro-, y la cosa fue que decidieron salirse a devorar, madre e hijo, un bocata a la entrada. Eso me permitió marearme menos haciendo las fotos. Siempre tienes que pensar en demasiadas cosas y, sencillamente, el hecho de que disminuya el número de personas, y las distracciones, a tu alrededor ayuda a organizarse mejor.
           El flash Metz -o la célula o el controlador por radio- fallaba demasiadas veces. Así que mentalmente prescindí de él. Si funcionaba bien, y si no pues también bien. No era esencial en la composición. Comenzamos con una serie en la que Pilar junior, de pie ante una estalagmita, contemplaba el paisaje en general desde distintas poses. A continuación hicimos lo mismo pero con la niña en cuclillas. Luego añadimos al atuendo el gorro de conejo con orejas eréctiles. Es un gorro verde muy gracioso. Lo más interesante fue pasar a su raqueta de bádminton con su pelota emplumada. Conseguimos sacar una buena toma con la pelota botando desde la raqueta. Finalmente hicimos una toma, que costo más de diez pruebas, en la que la pelota se acerca en trayectoria libre hacia la raqueta, que sostiene Pilar, en posición de devolver el golpe. El encuadre fue a 35mm en las últimas tomas pero a 14 en las primeras. El paisaje se veía bien amplio con esa focal.


Llegó el momento en que la paciencia de Pilar se saturó por completo. En consecuencia recogimos cuidadosamente los trastos y salimos al exterior. Antes de volver al coche hicimos una incursión por la otra boca. El tamaño de las salas es menor en esa zona del sistema, pero el encanto puede que sea superior. De hecho yo creo que a los niños les entusiasmo más las formaciones y pasadizos de esa parte.
De vuelta al coche, como a las dos y pico, ya era “la hora de comer”. Y en eso las madres son muy estrictas. En el mundo de una madre todo gira alrededor de la alimentación de los hijos. Es algo muy instintivo y no admite dilaciones. Así que surgieron bocadillos, frutas y todo tipo de alimentos. Y entonces fue cuando me dijeron que querían volverse ya a casa. Tenían que ayudar a hacer la tarea de los niños, tenían que planchar, tenían que duchar a los niños y se estaba haciendo tarde… El programa previsto era ir a  escalar un poco en una escuela cercana, pero no hubo manera de desviar a las madres de su plan.  Llamé a Perico y no cogía, llamé a Vicente y no cogía, llame a Reche y me dijo que estaban en la Sima Promoción, que tenían para una hora más allí y que luego se volverían todos en el único coche, abarrotado, que tenían aparcado en Almádenes. Dicho de otra manera: no podía quedarme con ellos. El plan de seguir haciendo algo por la tarde se esfumó por completo. Patalee un poco, pero en contra de la determinación de dos madres nada pudo mi pataleo.
          Para volver a Molina elegimos el tramo superior de la pista de Los Losares. Nos condujo de forma suave y cómoda a la carretera Cieza-Embalse de Alfonso XIII. En mi opinión es un acceso a Los Losares que ahorra tiempo, suspensión y neumáticos. Como premio de consolación decidí invitarme a un plato de carne a la parrilla con guarnición de ensalada y aceitunas. Fue un gran disfrute culinario pero, a pesar de ello, me quedo una insatisfacción, una sensación de haber hecho poco. La próxima vez que salga con hijos, junto a sus madres, me aseguraré de pactar con antelación un tiempo en abundancia…



Las Fotos