24/3/17

Efectivos



Contemplé como se  extendía el Mediterráneo, azul bajo el sol, hasta el horizonte enmarcado por la nítida línea de la costa. Podía verse claramente desde Cabo Cope  -y más allá hacia Cabo de Gata-  hasta la Punta de la Azohía en el otro extremo del arco. Esa costa que me traía, y trae, tantos recuerdos maravillosos cada vez que la veo de nuevo. Hubo un momento de felicidad y liberación al tomar conciencia de que vivía en un momento sin límite. Como quien caminando por una peligrosa jungla, en la que no podemos ver el sol por la densidad y enormidad de la vegetación, desemboca en un gran claro con una hermosa y hospitalaria casa colonial junto a un lago. Pero esa agradable sensación fue sustituida rápidamente por la de penoso esfuerzo. Solo éramos dos, Joaquín y yo, y teníamos que subir unos doscientos cincuenta metros de desnivel acompañados por tres sacas. El material de verticales de ambos, algo de comida, las dos maletas de material fotográfico (más un flash suplementario), los trípodes, los trajes con el correspondiente calzado, tres cuerdas de 30, 50 y 60 metros, abundantes mosquetones, material de seguridad y líquidos para hidratar. Tenía la sensación de portar un armario. Aunque comencé con bastante fuelle acabé casi reventado. Había comido hace un rato un plato de cocido y eran las cuatro.
El primer pozo nos liberó de la cuerda de 30. Un peso menos. Yo llevaba dos sacas colgadas del arnés y en el pozo, que no es lo que se dice amplio, me dieron tormento en buena dosis. Delante iba Joaquín con una saca llena de cuerdas montando la sima. La grieta en rampa se baja bien gracias a unos tacos de madera que han instalado en las paredes a modo de escalones. Pero la presencia de dos voluminosos bultos hacía que el destrepe fuera cualquier cosa menos cómodo. Gracias a que Joaquín volvió a por una de las sacas -aunque había llegado ya a la cabecera del segundo pozo- pude respirar un poco más profundo. Curiosamente esa zona era recorrida por una fuerte corriente de aire fresco. La impresión era que descendía desde la boca. Sin embargo es difícil justificar la existencia de esa corriente teniendo en cuenta que fuera la temperatura rondaría entre 10 y 15ºC y dentro, sin duda,  entre 20 y 30ºC. Es posible que se trate de una circulación en anillo en la cual hay un río descendente de aire fresco y, por otro lado, un río ascendente de aire caliente. La boca debería dar paso a ambos ríos…
          El segundo pozo, cuya instalación es bien fácil, no nos dio problema alguno salvo conseguir que las dos sacas no se atascasen en las estrecheces más estrechas. Joaquín estrenaba en cavidad real un prototipo del frontal que está en una avanzada fase de diseño. La luz que genera -en el modo de corto alcance- es lo más parecido que he visto a la iluminación de los viejos carbureros. Con la ventaja de que ahora podremos escoger la temperatura de color de la fuente de luz. Indudablemente será un gran paso en iluminación subterránea, tanto en actividades espeleológicas como mineras. Mientras descansábamos y nos hidratábamos un poco tras las estrechas estrecheces hicimos algunas pruebas de sus posibilidades. Disparé algunas fotos con su luz para ver el efecto. Como podía esperarse salieron en tonos muy cálidos pero con luz difusa, no puntual, útil en fotografía.



La red intermedia nos proveyó del calor de la cueva y del calor que generamos arrastrando dos sacas, y la cuerda de 50 restante, por unas cuentas gateras. Y el pozo de acceso a la Sala Cartagena no nos dio nada más que el placer de saber que estábamos llegando al lugar de la sesión fotográfica y que, durante un buen rato, no íbamos a seguir cargados como burros. Observé que en el Callejón de las Flores, una zona estrecha repleta de flores de aragonito, los espeleos murcianos han sido cuidadosos y solamente han rozado una de las paredes. Tal cosa es sorprendente y digna de alabanza dada la fragilidad de las formaciones y la cercanía a la que obliga el paso estrecho. No menos sorprendido y satisfecho me sentí al ver la sólida y limpia balización de senderos en la Sala Cartagena. Esto, junto a lo ya observado en el Pulpo y La Higuera, me confirma que los murcianos se han tomado muy en serio la conservación de la belleza encerrada en el mundo subterráneo. Efectivos espeleos.
Escoger la ubicación del modelo no fue difícil. Se trataba de recoger lo que caracteriza más a esta sala: las formaciones de aragonito. Una vez elegido el encuadre dispusimos los flashes, los encendimos e hice pruebas de iluminación. Debido a la blancura de casi todo lo que hay en la sala tuve que modificar a la baja todos los flashes. No me costo demasiado tiempo estar satisfecho. Hicimos dos series. En una el modelo representaba al hombre serio y responsable que es Joaquín y en la otra la mamarrachada más grande que se le ocurrió. No hay que olvidar que su vestimenta era muy festiva y juerguista: ¡un traje de huertano murciano! No contentos con una sola ubicación decidimos realizar otra serie en un punto diferente, en donde el techo y sus formaciones se hacían protagonistas del paisaje. Aunque todo esto sucedía a gran velocidad mental yo sabía, Joaquín no, que el tiempo estaba transcurriendo en grandes cantidades.
Llegó la hora de recoger y lo que es peor de todo: subir los pozos arrastrando las sacas. El primer pozo me costo bastante. También le costo a Joaquín. Las zonas peores son el comienzo y la llegada a la ventana en la cabecera del pozo. Siempre que pude subí escalando. Para pasar la red intermedia llevábamos uno de los cabos de la cuerda hasta el tope y luego se recogía. Así cuatro veces. Nos ahorramos el recoger la cuerda en un mazo y luego el deshacer el mazo. Para el segundo pozo me administre una dosis de paciencia y extremé las precauciones con la saca en las estrecheces. Las cuerdas fueron pasando unidas entre si como una serpiente. La última estrechez fue un verdadero parto. En un punto se enganchó la saca y tuve que negociar con ella un rato hasta que decidió moverse. En la base del primer pozo acumulamos en un montón ordenado 50+60 metros de cuerda y unimos el final a la punta de la cuerda de 30. Solo tuvimos que tirar desde la boca de la sima para que todas las cuerdas saliesen dócilmente.
            Unos minutos después daban las 11 en el reloj de la Ermita de Isla Plana. Entre unas cosas y otras se nos fue más de una hora en llegar al coche, cambiarnos y ordenar todo. Queríamos tomar una cerveza pero todos los bares estaban cerrados. Finalmente encontramos una cafetería abierta en el Puerto de Mazarrón. Me tome una maravillosa pinta de cerveza con anchoas, aceitunas y cacahuetes. Poco después, ya en camino hacia Alguazas, repasábamos mentalmente las aventuras pasadas en la Sima Destapada y hablábamos sobre futuros proyectos. Como siempre, será la vida quien dicte los senderos a transitar…






19/3/17

Localizaciones




La cuestión era encontrar una cueva fácil, cómoda y con una colada limpia, plana y amplia para posar a una bailarina en pose de baile… El sábado 18 me acerqué a Val de Asón para visitar la Cueva del Escalón. En la búsqueda visité una cuevecita, junto al camino a Socueva, con mucho encanto. Las dos entradas le daban una luz especial pero no era la cueva que buscaba. Me costo un poco más encontrar El Escalón aunque estaba, más o menos, por donde recordaba. Una senda bien marcada me quito todas las dudas acerca de por dónde seguir.
La detallista visita hasta la zona inundada ofreció cuatro localizaciones bastante interesantes para realizar fotos, pero solo una de ellas tenía el suelo suficientemente limpio y plano para posar a una bailarina, con sus nítidas zapatillas, en una buena foto. Aunque el lugar era limpio no tenía suficiente superficie plana como para poder evolucionar o, mejor dicho, dar una sensación de “movimiento”.  Aunque yo no estaba del todo convencido concluí que era una posibilidad interesante.
A la vuelta me pasee por el área más cercana a la entrada de Coventosa pensando en lo mismo. No me gusto esa zona para posar a una bailarina pero sí me intereso una localización próxima a la que usamos en otra ocasión anterior. Era fácil y cómoda para llevar a personas ajenas al mundo subterráneo. Como, por ejemplo, a niños.
  
En el entreacto conseguí organizar una sesión fotográfica con Eduardo y la familia. Al día siguiente -domingo- nos fuimos todos de excursión: Marisa, Eduardo, Irene, Iris, Abril, Eugenia, Pedro y Maite. Me llevé una mecedora y el equipo fotográfico. Uno de los objetivos era realizar una fotografía con la familia de Eduardo en la localización de Coventosa que había visto el sábado.
Nos reunimos en Solares con Eugenia, Pedro y Maite. Continuamos a Val de Asón en tres coches. Era una mañana primaveral que invitaba a pasear por el bucólico sendero que conduce desde la aldea a la boca de Coventosa. Lo único que ponía una nota discordante en este idílico marco era el transporte de la mecedora. Lo que se dice pesar no pesaba casi nada, pero dio muchos problemas de transporte. No había forma de colocarla sobre la mochila que no produjese incomodidad en el transportista...
         Sea como fuere pocos minutos después de salir de los coches, desde el abarrotado aparcamiento, estábamos en la boca de Coventosa. Hubo que extremar las precauciones. El suelo es resbaladizo por lo pulido y húmedo que siempre está. Eugenia, Maite y Marisa se disputaron la mano de Iris para cuidarla. Sin embargo la niña se movía con gran seguridad si se la dejaba un poco de libertad. En realidad ese afán maternal-protector tiene su origen, en la mayoría de los casos, en la propia inseguridad del que desea dar protección. En el corto tramo de cueva que recorrimos nos cruzamos con un numeroso grupo que estaba visitando la cavidad y con otro grupo, aún más grande, que daba un cursillo. Pero el rincón de la foto estaba tranquilo.



 

Después de determinar el encuadre y la posición traté de despejar un poco la zona. Realmente era difícil preparar una foto con tantas personas alrededor pensando en tantas otras cosas. Ninguno de ellos había estado antes en una sesión así y no sabían que hacer. Hubo un momento en que me desesperé un poco. Pero la sesión se fue resolviendo bien. El paisaje era amplio, así que opté por iluminar bien la parte central, cercana al grupo familiar, e iluminar de forma independiente, con otra toma, el paisaje que les envolvía. Después de preparar los flashes y comprobar que disparaban bien todo fue muy rápido. Hice unas cuantas tomas con distintas posiciones de la familia para poder escoger, con más posibilidades, una buena. Luego, cuando estaba terminando la primera fase, llegó el grupo del cursillo y tuve que interrumpir las tomas centrales y seguir con las tomas del entorno. Por suerte estas no interferían en manera alguna con el grupo de cursillistas que ocupaba ahora la parte central de la escena.
Después de eso salimos de la cavidad sin más dilaciones y volvimos a los coches. Era la hora de comer. Optamos, después de un corte debate, por ir a comer al bar Coventosa. No más fue llegar y darse cuenta de que era imposible. El puente de San José había abarrotado el parking y los restaurantes. Impensable quedarse. Decidimos intentarlo en Bustablado y si no lo conseguíamos allí irnos a casa.
Había también mucha gente en Bustablado. El restaurante Marcos y la Taberna estaban colapsados pero, algo más arriba, Eugenia y Maite encontraron en el bar La Encina un buen lugar para comer. Fue una suerte que los otros dos estuviesen llenos porque ese bar, intentando hacerse un lugar entre los bien conocidos, ofrece buena comida, amabilidad y buen precio.
         El ambiente estaba bastante frío y volver a casa, encender la chimenea y la calefacción y arrebujarse tranquilamente fue lo mejor del día. Por delante quedaba el duro trabajo de editar las fotos…



12/3/17

Diluvio


Estaba indeciso entre ir el sábado o ir el domingo… la cuestión era elegir el día que menos interfiriera con la actividad del modelo. J.Ángel hacia un notable esfuerzo abandonando sus trabajos artesanales con equipos HF durante unas horas!! Finalmente me decidí por el domingo. Me pareció que, al ser el día de descanso tradicional, J.Ángel estaría más dispuesto a abandonar las tareas que le apasionan. Además, eso me daría la opción de hacer espeleo o escalada el sábado. Era el día que las predicciones meteorológicas auguraban mejor.
El domingo amaneció diluviando. Aparte de la incomodidad de acercarse a la cueva -arbustos empapados, lluvia cayendo y pendiente de barro patinosa- lo que más me preocupaba era El Estrujón. Es un paso estrecho con un charco importante que debe achicarse y  el aporte de tanta agua podía impedir hacerlo.
Nos encontramos en La Cavada, montamos en mi coche y cinco minutos después, ya en el aparcamiento, me resistía a salir para prepararme. Finalmente J.Ángel, que es de Bilbao, me animó a salir del coche. Utilizando los dos paraguas de reserva que llevo en el coche nos montamos una especie de carpa que hizo más fácil de lo que esperaba los preparativos. Optamos por acercarnos a la boca a lo largo de la valla del bosque para evitar los arbustos. Pero subir la pendiente barrosa no estaba muy fácil. Nos vimos precisados a treparla ayudándonos de los árboles.
En el porche encontramos un remanso de paz. Pero a J.Ángel había dejado la LedLenser en el asiento del coche. No era cuestión de ir con malas luces, ni tampoco podíamos depender solamente de mi iluminación. Mientras J.Ángel bajaba a coger su linterna aproveche para achicar el agua en El Estrujón. Había agua pero no más que cualquier otra vez que hubiera estado. La achiqué en cinco minutos y volví a la entrada. J.Ángel volvió enseguida y enseguida comenzamos la arrastrada hacia la Sala del Menú. Allí haríamos la sesión.
Pase un buen rato paseando por la sala y pensando la posición y el encuadre. Había que tener en cuenta el paisaje, pero también la necesidad de una zona llana donde poner la escena en marcha. Luego tuve que extender el material sin olvidar que tenía que moverme alrededor del trípode. Fui poniendo los flashes una tras otro en círculo en una primera prueba. El flash Metz lo puse para iluminar el fondo de la galería aunque tenía pocas esperanzas con él. Finalmente comencé a tirar las fotos de prueba. Ajustamos al alza casi todos los flashes (me da la impresión de que esos flashes chinos no son tan potentes como dice el manual). El Metz falló. Así pues lo cogí en mano para dispararlo manualmente con un pequeño retardo. Y finalmente estuvo todo listo.
Puesto que la vestimenta de J.Ángel no era demasiado sofisticada cambiarse de ropa supuso pocos minutos. Me dijo que estaba más confortable así que con el mono empapado. Las fotos en sí no nos llevaron mucho tiempo debido a que fueron bastante satisfactorias desde el principio. En menos de una hora habíamos acabado las fotos con ambos objetivos y estábamos recogiendo.
La salida nos llevo poco tiempo y El Estrujón tenía poco agua. Para evitar los batacazos en la fuerte pendiente barrosa bajamos por el prado. Y con rapidez nos metimos en el coche, J.Ángel había traído un plástico para sentarse directamente, no me gusto la idea al principio, pero todo fue bien y no se mancho el asiento. Cada uno se fue a su casa directamente, sin tomar ni cerveza, ni nada parecido. Darse una ducha caliente era la principal prioridad…





11/3/17

La Puntida


En el otoño pasado fuimos de excursión a la zona de Ajanedo. Mientras la familia paseaba por la pista que acerca a la aldea me dediqué a buscar la cueva de La Puntida. Depués de varias idas y venidas a lo largo de la carretera me fijé en una senda poco marcada pero evidente. Intuitivamente algo me dijo que era la senda que iba a la cueva. Subiendo por ella, al ver manchas rojas muy desgastadas, comprendi que estaba en el buen camino. Cinco minutos después estaba en la amplia boca de la cavidad. Me un paseo hasta la frontera entre luz y oscuridad. Hice varias fotos para montarlas en una sola toma hdr.
Varios meses después, el sábado once de marzo, volví a La Puntida. Llevaba una saca nueva, un mono de tela roja nuevo y una linterna de repuesto en la saca.  Además de conocer una cueva con vocación de gran sistema quería ver las posibles localizaciones fotográficas (para no espeleólogos) con limpieza de acceso y trabajo.
Inicié la visita recorriendo el perímetro de la inmensa sala-galería en el sentido de las agujas del reloj. Así fui descubriendo hermosas panorámicas mirando hacia la entrada. Los recovecos en el borde se sucedían sin dar ninguna continuación. Al llegar a la cumbre del caos de bloques vislumbre una salas grandes más allá  bajando en la misma dirección. Un fácil destrepe conducía a varias amplias salas concrecionadas  y excelentes para hacer unas buenas fotografías. En algún momento me pareció sentir aire. Pero fue algo más allá, siguiendo el borde, cuando encontré, en un caos de bloques, una flecha que indicaba un paso hacia abajo. Me arrastre, sin complicaciones, unos veinte metros entre los bloques. Se notaba claramente una corriente. Me encontré en una zona de roca madre con una gran grieta de un metro de ancha que descendía a unos 60º de inclinación. Un atractivo sitio que explorar.
De nuevo en la primera sala fui junto a la pared dejándola a mi izquierda. Encontré varias galerías sugerentes como marcos de un trabajo fotográfico. Además vi varias posibilidades de continuación que no seguí porque necesitaban cuerda o porque eran demasiado intrincadas para seguir solo. Por primera vez me estaba fallando la Stenlight, parecía un problema en el interruptor magnético. Poco después, desde la misma boca, al final a la derecha, una grieta daba acceso a un sector lleno de pequeños pozos y recovecos que no pude visitar de forma completa por falta de una cuerda.
Me pareció una cueva muy ilustrativa. Nunca puedes fiarte de lo que otros han mirado con una manera de mirar bien diferente a la tuya (y a la actual). Parece que hay unas cuantas incógnitas dignas de un trabajo sistemático. Y lo más práctico: varias localizaciones buenas, bonitas y baratas.
            El tiempo estaba primaveral y en vez de volver directamente a casa me paré en varios lugares a contemplar lo que había. Me había cansado y tenia hambre y sed. Compre unas cervezas Leyenda y unos aperitivos. En casa me entretuve con mis pensamientos que iban de un lugar a otro con mayor velocidad que la luz. Si duda esa es la forma de viajar más rápida y eficaz.

5/3/17

Localizaciones


Después de casi tres meses volví por el club para ver a los compañeros, intentar alguna actividad y recoger las tarjetas federativas. De lo último no había nada. Compañeros del club había un numero cercano a diez. En cuanto a la actividad Julio me propuso varios planes. Entre otros ir a El Patio. Pero yo no tenía ganas de salidas que nos llevasen mas de media jornada. Paco propuso ir a La Buenita para ver las nuevas galerías descubiertas (o redescubiertas) por algunos espeleólogos. Quedamos el domingo a las diez en el bar de La Gándara para reunirnos con Paco y un amigo suyo de Cabezón, quien conoce algunos recovecos nuevos en la mina-cueva.
Me presente el primero, antes de las diez, y pedí una bebida caliente. El día estaba fresco y gris. Enseguida llegaron todos. Tras las presentaciones y unos preparativos mínimos hicimos el acercamiento a la cercana boca. Mi objetivo era conseguir localizaciones para sesiones fotográficas “fáciles, cercanas y bonitas”. Primero visitamos el inicio de una grieta que contiene unas excéntricas. Nadie se metió: estrecho y vertical, el lugar requiere destrepar.  Luego visitamos una galería bastante interesante. Tiene excéntricas de aragonito, coladas de diferentes colores, cristales en los paredes y gours. Pero también tiene gateras y algo de barro. Para llevar a gente que no hace espeleo no es adecuado. Después fuimos a buscar una galería llena de excéntricas que unos amigos catalanes han visitado últimamente. Sus referencias, llegar al número 7 D y buscar a la derecha, no nos sirvieron de nada. A continuación visitamos el río de La Buenita aguas arriba. Recorrimos unos 100 metros de los más de 500 que se ven en la topo. Había charcos profundos y no quería llenarme las botas de agua. Un soplo de viento, notoriamente fuerte, recorría toda la galería. Es evidente que existe otra entrada, probablemente por la que se sume el río. Pero nadie ha hecho la exploración exhaustiva de la zona.
Finalmente Paco y yo nos dedicamos a buscar una galería que descubrí cuando estuve con Moisés explorando la conexión entre La Buenita y Udías. Un día de exploración, cuando ya volvíamos hacia la salida, nos fijamos en una estrecha grieta descendente que nos dio puerta a una galería llena de excéntricas por las paredes. El suelo estaba virgen y caminamos un rato por ella. La intenté encontrar hace unos meses sin éxito. En esta ocasión fui con Paco a echar un vistazo por varios rincones pero tampoco pudimos encontrarla. Quizás mi memoria me esté jugando una mala pasada y confunda la cueva en la que Moisés y yo descubrimos esa galería.
          Aún tuvimos tiempo de echar un vistazo a una galería lateral bastante interesante, en donde ya he realizado una sesión de fotos, pero de la galería que buscábamos no encontramos ni rastro. Unos minutos después estábamos tomando unos aperitivos en el bar La Gándara junto a la chimenea -de todas formas el tiempo había mejorado-, mirando la pecera y los minerales que llenan las estanterías. Un lugar bastante agradable. Por muchas vueltas que le di a mis recuerdos de La Buenita no consiguieron concretarse en una imagen clara. Habrá que buscar en los recuerdos de otros…




19/2/17

Niños



Y madres. Porque donde hay criaturas hay mamis también. Pilar, que es una mamá ejemplar, me concedió una parte de su escaso tiempo libre para ir con su niña, Pilar junior, a realizar una sesión fotográfica en la cueva, que casualidad, de Río-Niño. Días antes dediqué una tarde a localizar dicha cueva deambulando por Los Losares. Aquel día después de dar mil vueltas encontré dos cuevas valladas, pero ni rastro de Río-Niño en la posición indicada por el GPS. Una de las cuevas valladas se parecía a la foto de la Cueva de las Cabras que había visto en una vieja publicación sobre las cavidades de Los Losares. La conclusión que saqué fue la siguiente: las coordenadas de Río-Niño que había conseguido en esa publicación no podían ser correctas.
Algunos días después pude obtener las coordenadas de las dos bocas de Río-Niño gracias a Vicente, quien había visitado la cavidad hace tiempo. Observando la ubicación en Google Earth empecé a pensar que una de las cuevas valladas que había encontrado, la parecida a la Cueva de las Cabras, era en realidad una de las bocas de Río-Niño. El domingo saldríamos de dudas.
A las diez nos vimos en Las Salinas; Pilar, su hija, una amiga de Pilar -de nombre Elena- y Martín, el hijo de Elena. También venían a Los Losares, pero con otros objetivos, Vicente, Mari, Reche, Aurora y Perico. Como éste último tardaba nos fuimos en el coche de Elena las madres, los niños y yo. Teníamos mucho trabajo por hacer. 
El coche de Elena es un Hyundai todo camino, al menos lo aparenta, que subió con facilidad la pista de Los Losares hasta una explanada, junto a un gran pino, en donde aparcamos. Desde ese punto una pisteja poco marcada nos llevo hasta la boca vallada en pocos minutos. Coincidía con la posición de una de las dos bocas de Río-Niño. Para confirmarlo busqué la otra boca según me indicaba el GPS y allí estaba: unos cien metros a la derecha de la pista formando una perpendicular al camino con la otra boca.  En realidad era la boca principal: Río.
Nos metimos por esa última boca, en vez de por la vallada, más que nada porque tenía aspecto cómodo. Recorrimos la parte de la cueva sin peligro para el tránsito de niños. La imagen de una sala amplia, y con cierto nivel de decoración, me llamó la atención. Decidí hacer las fotos allí mismo. Cuando extendí el material fuera de las sacas se armó un pequeño revuelo. Era un poco mareante el entusiasmo que mostraban los niños por todo lo que veían, artificial y natural, pero la infancia de los humanos es una sorpresa detrás de otra (para algunos la vida sigue siendo siempre sorprendente).
Fui poniendo los flashes en los sitios que estimé oportuno. Para evitar el error de otras veces coloqué secuencialmente, según su letra y en sentido de las agujas del reloj, los flashes. Así recordar su posición, y por ende controlarlos, sería muy sencillo. El flash Metz lo metí entre unas formaciones y lo esclavicé con una célula fotoeléctrica -me está dando fallos muy a menudo-. Luego puse el trípode, monté la cámara y realicé el encuadre. Entonces mande a Pilar a encender los flashes. Las pruebas me permitieron ajustar a la baja casi todos. Además decidí encapuchar con plásticos dos de ellos.
Ya estaba todo listo y Pilar junior comenzó a cambiarse de atuendo. Un bonito jersey gris azulado con estrellas y unas mallas negras. Como calzado unas zapatillas deportivas de color uniforme. No tiene vestidos, ni conjuntos coquetos porque no le gustan. Es una chica deportista. A estas alturas Martín tenía hambre, o su madre quería que comiese -no lo tengo claro-, y la cosa fue que decidieron salirse a devorar, madre e hijo, un bocata a la entrada. Eso me permitió marearme menos haciendo las fotos. Siempre tienes que pensar en demasiadas cosas y, sencillamente, el hecho de que disminuya el número de personas, y las distracciones, a tu alrededor ayuda a organizarse mejor.
           El flash Metz -o la célula o el controlador por radio- fallaba demasiadas veces. Así que mentalmente prescindí de él. Si funcionaba bien, y si no pues también bien. No era esencial en la composición. Comenzamos con una serie en la que Pilar junior, de pie ante una estalagmita, contemplaba el paisaje en general desde distintas poses. A continuación hicimos lo mismo pero con la niña en cuclillas. Luego añadimos al atuendo el gorro de conejo con orejas eréctiles. Es un gorro verde muy gracioso. Lo más interesante fue pasar a su raqueta de bádminton con su pelota emplumada. Conseguimos sacar una buena toma con la pelota botando desde la raqueta. Finalmente hicimos una toma, que costo más de diez pruebas, en la que la pelota se acerca en trayectoria libre hacia la raqueta, que sostiene Pilar, en posición de devolver el golpe. El encuadre fue a 35mm en las últimas tomas pero a 14 en las primeras. El paisaje se veía bien amplio con esa focal.


Llegó el momento en que la paciencia de Pilar se saturó por completo. En consecuencia recogimos cuidadosamente los trastos y salimos al exterior. Antes de volver al coche hicimos una incursión por la otra boca. El tamaño de las salas es menor en esa zona del sistema, pero el encanto puede que sea superior. De hecho yo creo que a los niños les entusiasmo más las formaciones y pasadizos de esa parte.
De vuelta al coche, como a las dos y pico, ya era “la hora de comer”. Y en eso las madres son muy estrictas. En el mundo de una madre todo gira alrededor de la alimentación de los hijos. Es algo muy instintivo y no admite dilaciones. Así que surgieron bocadillos, frutas y todo tipo de alimentos. Y entonces fue cuando me dijeron que querían volverse ya a casa. Tenían que ayudar a hacer la tarea de los niños, tenían que planchar, tenían que duchar a los niños y se estaba haciendo tarde… El programa previsto era ir a  escalar un poco en una escuela cercana, pero no hubo manera de desviar a las madres de su plan.  Llamé a Perico y no cogía, llamé a Vicente y no cogía, llame a Reche y me dijo que estaban en la Sima Promoción, que tenían para una hora más allí y que luego se volverían todos en el único coche, abarrotado, que tenían aparcado en Almádenes. Dicho de otra manera: no podía quedarme con ellos. El plan de seguir haciendo algo por la tarde se esfumó por completo. Patalee un poco, pero en contra de la determinación de dos madres nada pudo mi pataleo.
          Para volver a Molina elegimos el tramo superior de la pista de Los Losares. Nos condujo de forma suave y cómoda a la carretera Cieza-Embalse de Alfonso XIII. En mi opinión es un acceso a Los Losares que ahorra tiempo, suspensión y neumáticos. Como premio de consolación decidí invitarme a un plato de carne a la parrilla con guarnición de ensalada y aceitunas. Fue un gran disfrute culinario pero, a pesar de ello, me quedo una insatisfacción, una sensación de haber hecho poco. La próxima vez que salga con hijos, junto a sus madres, me aseguraré de pactar con antelación un tiempo en abundancia…



Las Fotos

12/2/17

Gigante



Al principio hice la propuesta de ir a la Cueva del Gigante con la esperanza de que cuajase una sesión fotográfica con una niña de nueve años. La hija de mi amiga Pilar. Pero las cosas se torcieron. La niña quería estar con su hermanito y no funcionaron las ofertas que la madre les hizo. Por otra parte los potenciales excursionistas eran similares a una veleta en un día de tormenta. Venían o no venían dependiendo de la hora y el día. Así que desconecte totalmente de quienes iban a venir o no venir. Vendrían los que viniesen el domingo por la mañana.
A última hora del sábado confirmaron su asistencia A. Dólera y Pilar, y confirmó su no asistencia Perico. En cuanto a Juan T. Reche no estuve seguro hasta el domingo por la mañana de lo que iba a hacer. A las diez y cinco apareció en Las Salinas. Unos minutos antes había aparecido –fugazmente- Perico para confiarme material de ferrata destinado a Rebeca y Bruno, que esperaban en El Portús. También hizo acto de presencia Sergio con más material de ferrata para ellos.
Unos minutos más tarde nos montamos en el coche de A. Dólera: Pilar, Reche, el hijo de Dólera (Antonio Junior) y yo. Nos deslizamos hacia Cartagena alimentando conversaciones laborales y evitando pasar de 120 km/hora. Al llegar a la entrada del camping naturista vimos a Rebeca y Bruno aparcando también. Nuestra intención era atravesar el camping, pero se vio frustrada por la empleada de recepción. “Teníamos que quitar los coches del parking privado y firmar un documento presentando los carnets de identidad”. Decidimos pasar de ella e ir por el camino que flanquea el acantilado. Como había marejada usamos los antiguos clavos para encaramarnos unos cinco metros por encima del mar y así alcanzar la playa del camping. A. Dólera superviso muy de cerca, en los paso delicados, a su hijo de doce años; seguramente para sentirse, el mismo, más tranquilo.
Desde la playa tomamos una senda señalizada con llamativas flechas azules. Las flechas están muy cerca unas de otras y si, en algún momento, las pierdes  solo tienes que volver atrás unos metros para encontrarlas de nuevo. El camino siempre domina un paisaje magnífico. De vez en cuando hay que hacer alguna fácil trepada. En una de ellas han instalado clavos de baja calidad que, más que ayudar, hacen necesaria una especial atención para no herirse.
            En una hora estábamos en el tramo vertical que lleva a la boca de la cueva. En esa pared se ha instalado una pequeña ferrata con buenos materiales: clavos gordos de acero inoxidable y cable del mismo material. Un par de rellanos de la senda nos sirvieron para ponernos los arneses y los cordinos de seguro. Era la primera vez que Rebeca y Bruno se colocaban encima esos artilugios. Que estuvieran algo nerviosos era lo más lógico. Por otra parte A. Dólera quería extremar las precauciones. Así pues sacó un cordino de treinta metros, instaló una reunión y aseguró a Antonio Junior.


Lo primero que hicimos al llegar fue la tradicional foto de grupo. Lo segundo fue visitar algunas galerías que albergan minerales blancos y rojos y bonitas geodas. Lo tercero fue ir al lago. Como la galería estaba inundada algunos se volvieron a la entrada para comer (comer es el vicio de más generalizado de todos; al parecer todo el mundo lo tiene…) Mientras tanto eché un vistazo a una galería algo más arriba que me permitió cortocircuitar la zona con charcos y llegar al lago. En cuanto toqué con la mano el agua no me quedó ninguna duda: iba a darme un baño. Avisé a voces a los demás y volví a por la toalla y el bañador.
Me costo un poco meterme porque la sentía fresca. Pero luego fue un placer remover el agua, enturbiar la termoclina y hacer emerger el agua termal que llena el lago a partir de un metro de profundidad. Hubo dos excursionistas más que siguieron mi ejemplo y se bañaron. Los demás se pusieron a sí mismos excusas variadas de todo tipo.  A. Dólera y Reche celebraron la suerte de haber conocido ese lugar maravilloso. Rebeca y Bruno hicieron vídeos y fotos. Después del baño comer fue un placer especial. El agua termal nos había cambiado el talante  sin darnos cuenta.
Para acabar nuestra visita preparé una foto con trípode desde un punto en que la oscuridad se mezclaba con el resplandor de la entrada. Uno trás otro, todos fueron posando en el mismo punto. La exposición era de un segundo y no todo el mundo puede estar como una estatua durante tanto tiempo. Algunos quedaron fijos y otros movidos.  
Era hora de recoger e irse. Subí la ferrata el primero para poder hacer fotos más dramáticas. Tardamos en pasar ese tramo menos que a la venida. Y también tardamos menos en la vuelta al Portús. Al acercarnos al camping la conversación giró hacia el tema de las autocaravanas. Reche  parecía muy interesado en adquirir una. Le hable de las Karmann alemanas. Le parecieron caras. Quizás se conviertan en valiosas antigüedades pues han dejado de fabricarlas. Los nuevos modelos son estilo furgoneta. Y cuestan menos de la mitad que las antiguas… 
             No preguntamos a nadie, sencillamente atravesamos el camping para evitar la expuesta senda del acantilado. Todo estaba en calma y verde. No parecía Murcia. Paramos en el bar-tienda del Portús.  Todos menos Rebeca y Bruno que debían volver pronto. Una ensalada y unos pescados en salazón bien regados con cerveza. El place de comer y beber nos desató la lengua demasiado. Hablamos de lo típico: batallas pasadas y proyectos futuros. Quizás algunos de ellos se realicen alguna vez… el mundo es una noria que sube y baja al ritmo de los vientos que soplan.

 

LAS FOTOS


9/2/17

Redonda


Con el propósito de hacer un poco de ejercicio cogí el coche el jueves  después de comer y me encaminé a Los Baños de Fortuna. Mi objetivo era echar un vistazo a la Cueva Redonda “hermana de La Almagra”. Las ventajas de ir a esa cueva eran muchas:
a)      Poco tiempo conduciendo desde casa.
b)     Unos minutos de cómoda aproximación.
c)      Equipo vertical innecesario.
d)     Gran cantidad de gateras en plan laberíntico (ideal para entrenar).
e)      Expectativas de conexión con La Almagra

Aparque el coche, eran las cuatro pasadas, en una explanada a diez minutos de la boca. Aunque hacía bastante frío sabía que la cueva tiene clima tropical. En consecuencia me puse el mono de tela sobre la ropa interior. Preparé dos microsacas para llevar en un cinturón: en la primera llevaba material de repuesto, luz y baterías, y en la segunda un flash gordo, conexión por radio/celula fotoeléctrica para dispararlo y un minitrípode. Además portaba la compacta Nikon en bandolera. El plan consistía en esclavizar el flash gordo desde el propio flash de la cámara. De esa manera, con un equipo mínimo, se puede intentar hacer algo mínimamente interesante. La idea consiste en usar el flash esclavo para contraluz duro y el de la cámara como iluminación suave y directa.
Deje la mochila un poco más abajo de la entrada. Ésta, de unos tres metros de diámetro, es prácticamente circular y se abre en una suave ladera guijarrosa. A dos metros de profundidad se percibe el aire cálido y húmedo que exhala la boca. Gracias a este microclima las paredes están tapizadas de musgos y pequeñas plantas de un verde intenso. Además hay también abundantes cucarachas grandotas y anaranjadas.
Las estrecheces y gateras se inician a pocos metros de la entrada y no nos abandonan nunca ya. Las microsacas se convirtieron en un estorbo nada más iniciar la incursión. La mayor parte del tiempo las llevaba colgadas de la mano. A poca distancia de la entrada tuve que realizar un delicado destrepe por lo resbaladizo y la ausencia de presas netas. La técnica fue usar oposición de fuerzas y elegir hábilmente los puntos donde ejercerlas. Poco después llegue a una zona estrecha y baja limitada, a mano izquierda, por un buen muro construido con ladrillos y cementado a conciencia. Por lo que me habían contado los amigos que habían visitado esta zona, dicho muro es una parte de la pared de un aljibe. Este depósito de agua es accesible desde la superficie por un punto cercano a la boca redonda.
La cavidad se ensanchaba algo más adentro pero como contrapartida me encontré con una montaña de guano de murciélago reblandecido por la humedad y lleno de bichos. Había que pisarlo con mucho cuidado para evitar enlodazarse de mierda. Por suerte el guano se acababa tan rápido como había empezado dando paso a múltiples galerías agateradas en plan laberinto tridimensional. Sin embargo lo más notable era la existencia de un potente chorro de aire. Si bien antes, cerca de la entrada de la cueva, la corriente me pareció cálida ahora, después de los metros avanzados y con un ambiente tropical, la percibía fresca. De hecho era una bendición pillar la gatera por la que venía la corriente. Dejabas de sudar aunque, por supuesto, el mono ya estaba totalmente empapado.
Me interné en una zona blanca y roja por la que creí intuir que venía el aire. Pase varias gateras que me llevaron a algunas salitas llenas de colores. Pero el viento había desaparecido o, quizás, no lo notaba ya. Seguí adelante por intuición hasta que, al cabo de un tiempo relativamente corto, se me acabaron las posibilidades de avance. Algo antes había pasado por una salita especialmente colorida y amplia. La elegí para hacer unas fotos.
Me costó un buen rato de pruebas e intentos que el flash esclavo se disparase adecuadamente en el periodo de sincronización. Uno de los problemas era que no conseguía desactivarse el preflash de ojos rojos a pesar de estar seleccionado en OFF. Pero finalmente seleccioné una modalidad de disparo de flash que evitaba ese problema y pude hacer algunas fotos.


De vuelta me fijé en un recoveco por el que de nuevo recuperé el hilo del viento. Desde luego, todo hay que decirlo, estaba utilizando catadióptricos en todas las bifurcaciones para evitar perderme. Como no pensaba hacer más fotos dejé todo el material, salvo una linterna de repuesto, y me introduje por la estrecha gatera ventosa. Al otro lado había una salita y luego más gateras ventosas y más salitas. Fui eligiendo siempre aquella gatera que, aparentemente, soplaba más. Finalmente, tras dar bastantes vueltas y sufrir cambios en la dirección dominante, accedí a una salita con tres continuaciones aparentes. Me fije en dos de ellas por el viento. La primera traía muy poco aire y me llevo a una ratonera sin posibilidades. La que traía más aire era una gatera que daba paso a una salita evidente. Una inspección visual me hizo pensar que cabía por la gatera. Pero enseguida descubrí que me quedaba empotrado por las caderas. Prudentemente reculé y comencé la vuelta.
Después de arrastrarme como un gusano durante varias horas estaba embadurnado, yo, las microsacas y la funda de la cámara, de un barro rojo, pegajoso y terco. Sude de lo lindo en las últimas gateras y escalando el resalte.  Cuando salí eran casi las ocho de la tarde. Hacía un frío intenso y brillaba una luna casi llena. El mono empapado se empezó a helar sobre mi piel. Aunque tenía intención de tomar alguna foto de la entrada usando los flashes finalmente decidí abandonar la idea y volver a toda velocidad al coche para cambiarme. O hacía eso o iba a coger un enfriamiento por culpa de las fotos. Las fotos podían esperar otra ocasión.
            Ya en el coche me relaje. Escuché música, disfruté de la noche de luna y pensé que teníamos todas las papeletas para conectar con La Almagra. No es que vaya  a ser una travesía cómoda pero como cavidad es de un exotismo total. Y siempre cabe la posibilidad de alcanzar el acuífero por alguna gatera desconocida y remota…    



4/2/17

Polvorienta


El sábado, después de muchas vacilaciones acerca de donde -y con quienes- trabajaría, la duda se despejo con mucha facilidad. Para ir a la Raja Eiger o Los Elfos hacía falta que viniese uno de los dos: Vicente o Mavil. Como Vicente se iba con Mavil a Benís quedaron descartadas ambas simas. Como alternativa Mavil nos tenía preparado un muestrario de agujeros relativamente prometedores. Y pongo en cursiva lo de relativamente porque en la Sierra de Benís todas las cavidades que se han descubierto hasta el momento no resultan baratas de explorar. Las estrecheces y las penalidades son la tónica dominante.
De Molina a Benís se tarda menos de media hora, pero la pista que acerca a las simas es larga y tortuosa. Mavil, Vicente y yo fuimos en nuestros tres coches. Uno porque se quedaba varios días allí, los otros porque lo mismo tenían que venirse antes. Al menos yo. Mediada la pista aparcamos para ver el primer agujero (agujero bufador de David). Nada más aparcar llego un guarda en un todoterreno para asegurarse de nuestras intenciones. “No íbamos a cazar ni teníamos ningún interés en la caza” le dijimos. Quedo satisfecho, dio media vuelta y se alejó hacía el sur por la pista.
El agujero bufador estaba silencioso y, sinceramente, me pareció poco prometedor. Sin embargo resulta intrigante que a veces suelte tanto viento. Poco después llegamos a otro agujero redondito justo al lado de una pista. Este me pareció más atractivo pero Vicente me dijo que abajo estaba todo tapizado de clastos. El tercer agujero resulto ser una sima en plena cantera. Necesita desobstrucción pero tiene buena pinta. Los agujeros cuarto y quinto son manifestaciones de un cavernamiento que la cantera ha puesto al descubierto. Uno de ellos era facilmente penetrable pero con un montón de bloques amenazadores por encima. El sexto agujero estaba en una cantera cerca de la Sima de Benís. Se trata de un agujero múltiple por el que normalmente emana aire caliente y húmedo de las mismas características que Benís.  Mavil dice que seguramente es la misma cavidad.
Finalmente nos fuimos a trabajar a la sima penetrable con bloques amenazantes. Pusimos una cuerda anclada a un pino y me descolgué sobre la boca haciendo una buena limpieza de bloques, cantos y tierra. Mavil acabo la faena desde la boca misma dejando una entrada cómoda con una plataforma terrosa donde comenzar el descenso. La instalación se dispuso de forma que nos alejase de la vertical de la boca para evitar las caídas de guijarros y tierra. Mavil fue instalando y yo, a poca distancia de él, actué como depósito de cuerdas y material de reserva. El trío fue cerrado por Vicente quien, debido a la tardanza, estuvo mientras tanto inspeccionando la línea de falla en superficie. Digamos que lo que hizo fue extrapolar la dirección de la grieta que forma la sima.
El pozo polvoriento tenía suficiente anchura para bajar con comodidad, pero no tanta como para equipar fácilmente. Y mucho menos para ascender. Las paredes, algo sinuosas, hicieron necesarios varios desviadores entre cada fraccionamiento. Evitamos una repisa de bloques, con una montaña de polvo encima, y continuamos otro tramo de iguales características. Mavil me avisó que había tomado tierra sobre una especie de collado polvoriento en la cual la sima se dividía en dos rutas. Esperó a que yo bajase y me envió a inspeccionar para tomar una decisión. Hacia el oeste se hacia muy estrecho y finalmente se obstruía con colada y con bloques que dejaban agujeros pequeños. Hacia el este la sima continuaba limpiamente. Las caídas de piedras duraban muchos segundos aunque los rebotes entre las paredes eran tan cortos que indicaban poca anchura. Mavil le echo un vistazo y dijo que él no bajaba porque no cabía. Me toco probar a mí. Enseguida me di cuenta que aunque bajar fuera posible subir era casi imposible porque te quedabas emparedado con la cabeza de perfil. La única esperanza es que se ampliase algo más abajo. Pero el riesgo de bajar “demasiado” era alto. A los cinco metros decidí volverme. Tarde un cuarto de hora en subir esos cinco metros a base de penosos movimientos de gusano. La solución para esa exploración pasaría por bajar una cámara colgada de un cordino haciendo una revisión sistemática del pozo. Si se mantiene tan estrecho es inviable bajarlo. En caso de que sean sólo unos metros se podrían desobstruir.
             El ascenso me resulto mucho más penoso de lo que esperaba. Las paredes no dejaba ir de frente y el hecho de ser sinuosas impedía un jumareo eficaz. Pero con el tiempo conseguí salir del polvoriento pozo. Mavil salió al menos veinte minutos después. En el entreacto visitamos los agujerillos vinculados a la fisura y la otra cavidad que parecía emitir algo de aire y que tenía humedad en una de sus paredes. Recogimos todo y cuando ya estábamos en los coches cambiándonos llego Jonathan para quedarse con Mavil el domingo. Vicente y yo nos despedimos de los que se quedaban y nos fuimos pista abajo. El atardecer se puso naranja escarlata contra azul profundo. No me quedó más remedio que pararme antes de llegar a Abarán para hacer fotos desde una rotonda. El cielo estaba espectacular…





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1/2/17

Sierra del Baño



Nuestra ilusión era alcanzar el acuífero de los baños termales a través de algún paso por descubrir en la Cueva de la Almagra. Pero después de las observaciones y prospecciones realizadas por Mavil, y más tarde por Vicente, han surgido una pléyade de candidaturas a ser el camino hacia el nivel de aguas termales. Sin embargo hasta ahora ninguna de las simas y cuevas localizadas se ha mostrado más expedita o franca que la propia Almagra. En concreto Mavil localizó una pequeña sima cercana a los Baños Romanos, pero requiere desobstrucción. Igualmente todos los demás agujeros, que no colapsan claramente, requieren desobstrucción. Durante unas semanas Mavil, Vicente y Perico han realizado salidas de media jornada para explorar esas pequeñas cavidades. El último fruto de las caminatas de Vicente fue, hace pocos días, un par de agujeros muy llamativos. El primero tras una desobstrucción paso de ser una conejera de 20 cm de diámetro a permitir el paso con comodidad. Después de una par de salitas la cavidad colapso sin posibilidades de continuación. El otro agujero era una sima que daba tiempos de caída de más de 7 segundos. Decididamente esto significaba muchos metros. Dependía de los choques y rebotes de la piedra. Pero de cualquier forma la sima entraba en cotas que sobrepasarían el nivel del acuífero arrojando así una poderosa incógnita y muchas dudas.
El miércoles  uno de febrero nos acercamos Vicente, Mavil, yo y, algo más tarde, Perico a explorar la sima profunda. Desde el aparcamiento, al lado de la urbanización de los guiris, se tardan diez minutos a la boca. Hay que poner mucha atención al trepar por la fuerte pendiente de roca pudinga desnuda. En su superficie hay zonas de pequeños cantos rodados sueltos, o casi sueltos, que podrían hacerte resbalar y rodar cuesta abajo. El punto donde se encuentra la sima tiene unas vistas excelentes sobre la comarca.
              En cuanto mire la boca pude observar las marcas cilíndricas de los barrenos y su forma rectangular. El pozo es artificial. Eso hizo que nuestras expectativas se desinflasen. Cabía la posibilidad de que interceptase alguna galería abajo o a mitad de camino. Mavil se preparo con parsimonia, instaló una buena cabecera y comenzó a bajar. Al cabo de un rato llegó Perico. Poco después Mavil solicitó las cuerdas que todavía había en superficie y Perico comenzó su descenso. Sin embargo a la postre no fueron necesarias. Abajo no encontraron nada. Pero a unos 20 o 25 metros observaron una galería descendente que cruzaba el pozo de este a oeste. Perico la exploro hacia el este (ascendente) hasta que se colapsó por completo en una chimenea a unos 20 metros del pozo. Luego la exploro hacia el oeste (descendente) encontrando un pequeño grupo de excéntricas y una gatera. Una desobstrucción de tierra y arena podría dar lugar a una posible continuación. Al poco salieron del pozo, Vicente ya se había ido, recogimos y bajamos por otra ruta un poco más segura. La conclusión fue que debíamos centrarnos en algún agujero en concreto par ir cerrando asuntos pendientes. Demasiadas desobstrucciones y demasiados trabajos en mucho sitios. 







21/1/17

Obstáculos

Lo segundo que pensamos fue en un traje de huertano porque lo primero, un traje simplemente, nunca había aterrizado en el armario ropero de Mavil y por su cabeza no había cruzado la idea de usar tal vestimenta. Yo mismo me vi enfrentado al hecho de que Mavil enfundado en un traje de vestir era una contradicción que chirriaba como un taller de fundición a pleno rendimiento. Pero esa segunda idea, que en honor de la verdad he de decir que fue aportada por Mavil mismo, no carecía de encanto. Aunque se por buena fuente que Mavil nunca se ha interesado por la huerta, ni por las tradiciones huertanas, ni tan siquiera por la peñas huertanas. Esas peñas en las que uno podía ponerse morado de patatas a la brasa, alioli, morcillas, longanizas, verduras, ensaladas, zarangollo y cervezas por un precio casi irrisorio (sin embargo, todo hay que decirlo, en la actualidad es muy probable que sentarse a ponerse morado en la terraza de una peña huertana tenga un coste poco irrisorio).
De cualquier forma: era una gran suerte que el hermano de Mavil poseyera un traje de huertanico. Uno de esos trajes carísimos que forman parte de la mitología murciana y al que sus afortunados poseedores cuidan como a la niña de sus ojos. Y solo para usarlo una vez a lo largo del año: el día del Bando de la Huerta. Ese día en que Murcia es recorrida por una procesión de carretas de la Peñas Huertanas repartiendo, de forma aérea y arrojadiza, berenjenas, tomates, lechugas, ristras de morcillas, longanizas, blancos y morcones como quien lanza confetis por el aire. Para terminar finalmente en una bacanal colectiva de huertanos mitológicos vestidos de blanco, con faja roja, zaragüelles y alpargatas, como una horda desenfrenada de borrachos que deja arrasada la ciudad de Murcia por completo. La limpieza de las producciones artísticas, los fluidos -y no tan fluidos- corporales y los deshechos no biológicos de los báquicos huertanos puede alargarse varios días. Pero no hubo manera. Su hermano no le prestaba el traje por nada del mundo. ¡Y mucho menos sabiendo que iba a ser introducido en una cueva!
Tuvimos que pensar en algo nuevo y diferente. Todos los amigos de Mavil sabemos que es profundamente religioso. Tal vez vestido de nazareno. O de cura. ¡Vestido de nazareno o de cura! Esa fue la idea que cuajó. Su amigo Sergio no podía prestarle una casulla de sacerdote pero si un alba de lino blanco. El alba de lino me pareció que resultaría menos interesante en un paisaje subterráneo que un traje de nazareno, rojo, azul, verde, blanco o negro, con sus vuelos, sus brillos, su capirote y el misterio que emana de esa vestimenta creada para ocultar a los penitentes. El problema es que Mavil conocía a pocos con traje de nazareno y a ninguno dispuesto a prestarlo para actividades extrañas y sospechosas. Extendí la petición de traje entre mis contactos murcianos y ¡bingo! Una mujer conocida de mi madre, que trabaja a veces para ella, no tuvo inconveniente en prestarnos el traje de nazareno de su cofradía: la del Silencio. Perfecto traje oscuro, casi negro azulado, contra un fondo claro de tonos rojizos y amarillos:  las paredes, las bóvedas y las arenas de la Sima de el Pulpo.
             Quedamos el tres de noviembre para hacer la sesión fotográfica. David (Bicho) y Marisa iban a venir para ver la cueva y ayudar un poco con las sacas. Pero ese día las circunstancias no nos sonreían. En primer lugar había olvidado un elemento importante del equipo: el control por radio de los cinco flashes principales. Eso implicaba su disparo manual, sólo dos personas para cinco flashes, y su sincronización. El segundo problema fue la falta de material, metros de cuerda y número de cuerdas, debido a que Mavil estimaba innecesario instalar el primer pozo. La tercera dificultad fue la falta de material adecuado para Marisa. En vista de todo esto estimé oportuno abortar la incursión y posponerla para Navidades.


























        El cuatro de enero volvimos a quedar Mavil y yo. Marisa nos iba a acompañar, esta vez bien equipada. Las cuerdas y los anclajes serían, Mavil lo garantizaba, más que suficientes. Y el material fotográfico fue revisado exhaustivamente, incluyendo repuestos de baterías para cada elemento del equipo. Sin embargo las circunstancias volvieron a jugar en nuestra contra una vez más. En esa ocasión fue la enfermedad transitoria de un familiar, exigiendo cuidados, lo que impidió realizar la sesión fotográfica. Pero todos estos contratiempos no hicieron más que afianzarnos en nuestra determinación de realizar la sesión. Volvimos a quedar emplazados para el mes de enero cuando la situación se despejase de nuevo.

 



Las circunstancias se aclararon definitivamente y pudimos quedar para el veintiuno de enero. Anunciaron su posible participación, como ayudantes y acompañantes, Vicente, David (Bicho) y A. Dólera. Sin embargo a la postre sólo fuimos los que éramos esenciales: yo como fotógrafo y Mavil como modelo. La dificultad consistía en que dos personas debíamos transportar tres sacas (y un par de cuerdas adicionales fuera de las sacas). Pero ese nuevo obstáculo no iba a pararnos a estas alturas.
El sábado veintiuno amaneció un día muy frío y nublado. En el aparcamiento de Los Losares preparamos en pocos minutos las cosas y aún sabiendo que el Pulpo es una cavidad templada -casi cálida- me deje un forro polar bajo el mono de tela. Queríamos irnos lo más rápido posible para evitar enfriarnos. Por el camino encontramos los vehículos y los integrantes de una partida de ocho espeleólogos, entre murcianos y alicantinos, que pensaban entrar también al Pulpo. Aceleramos nuestro ritmo para evitar interferencias. Les dijimos que nosotros equiparíamos todo. Cuando Mavil se encontraba en la tercera fijación cayó en la cuenta de que no teníamos tuercas y que iban a faltar en los parabolts restantes. Y aquí fue providencial el otro grupo. Ya habían llegado a la entrada y cuando les pedí algunas tuercas resulto que habían sido más previsores que nosotros. Me pasaron un tornillo con cabeza de argolla en el que iban roscadas entre 10 y 15 tuercas de métrica 10mm. Se las pase a Mavil que pudo seguir con la instalación sin más dificultades. Cuando llegamos a la base de los pozos el otro grupo todavía estaba a mitad del descenso. 
Había sudado de lo lindo en unas cuantas gateras para transportar las dos sacas que me tocaban. Lo primero que hice, después de dejar todo el material de verticales depositado en un rincón, fue visitar los dos posibles escenarios para las fotos: la Sala de las Maravillas y El Desierto. Llegar a la Sala de las Maravillas sólo implica recorrer algo más de 100 metros de cómodas galerías que han sido muy bien balizadas para evitar el pisoteo generalizado de los suelos arenosos. Esta versión murciana de la balización se muestra estética, robusta y duradera, aparte de bien instalada (es esperanzador encontrarse con personas que realizan su tarea bien y a conciencia; quizás deberíamos aprender de ellos en otras comarcas españolas).
Una breve inspección de la Sala de las Maravillas no me dejo ni la más mínima duda de dónde debían hacerse las fotos. Por mucha maravilla que hubiese en su nombre la Sala de las Maravillas contiene simplemente una profusión de espeleotemas gravitacionales clásicos: estalactitas, estalagmitas y columnas. Por contra El Desierto es la mayor acumulación de arenas cristalinas que yo haya visto en cueva alguna. En algunos momentos las colinas de arena podrían hacernos creer que nos encontramos ante dunas verdaderas. El paso siguiente fue la instalación estratégica de los flashes el trípode y el flash frontal para iluminar adecuadamente El Desierto. Desgraciadamente había dos problemas: primero, la imposibilidad total de pisar fuera de los senderos balizados; segundo, el grupo de ocho personas que iban a transitar por los senderos en las próximas horas.
Una vez resuelto el tema de los flashes instale la cámara en el trípode para hacer las pruebas de iluminación. Durante un minuto todo parecía ir bien. Hasta que las cosas comenzaron a torcerse. La cámara, las lentes y todos los elementos metálicos se estaban empañando a fondo. Hubiera sido previsible pero no evitable: el equipo penetró desde un ambiente seco a unos 7ºC hacia un ambiente cálido, entre 20ºC y 25ºC, y humedad más del 80%. La cosa estaba cantada. Limpiar la lente quedaba descartado por el invisible polvo en suspensión. No parecía haber solución. Pero este nuevo obstáculo no nos iba a parar ahora. La solución estaba a mi alcance. Me dedique a calentar la cámara con el calor de mis manos haciendo cuenco. Al cabo de una hora el sistema había dado sus frutos: el objetivo estaba libre de vaho y listo para trabajar.
La sesión fotográfica transcurrió placenteramente. Unas veces con capirote abierto y otras con capirote cerrado, de perfil, de frente, a 45º, plano de cerca, plano de lejos, plano medio, más o menos luz frontal… Tampoco fueron necesarias tantas tomas como en otras ocasiones. Menos de cincuenta y ya tenía suficiente material gráfico. Fuimos recogiendo todo y preparando las sacas y la logística de salida. Pero teníamos el problema de subir tres sacas y las cuerdas que se fueran desequipando. De subida eso era demasiados bultos y demasiado peso.
Fue el otro grupo el que se ofreció a ayudarnos. Era normal que lo hicieran ya que habían usado nuestras cuerdas para bajar con algunos principiantes a la sima. Pero se lo agradecimos de corazón. Sude bastante menos de lo esperado. Las últimas dos cuerdas de arriba las enlazamos y pudimos sacarlas cómodamente desde el exterior. Pasaban de las seis y empezaba a anochecer pero estábamos eufóricos. El frío no nos hacía ninguna mella. Por fin habíamos realizado la sesión después de tantos obstáculos. La vuelta hacia Molina fue mucho más relajada que la ida.
          Nuevos retos y logísticas deberán ponerse en marcha para continuar recorriendo la ruta fotográfica esbozada apenas. Y casi con seguridad deberé reinventarlo todo en cada sesión fotográfica por venir.