17/12/16

Molino



La idea inicial para el fin de semana era hacer un par de desobstrucciones pendientes, pero finalmente los compromisos de los compañeros exploradores no permitieron realizarlas. Por el contrario pude quedar para hacer fotos en la Torca de Llaneces con Nano, María, Luci, Fernando y Ainara. La pre-cita era a las once y media (¡!) en Arredondo aunque la verdadera cita era a las doce con Juan David. En el entreacto pudimos desayunar dos o tres veces según la gula de cada cual. J. David nos informó  que por su parte venían más gente, del orden de doce o más. Eso significaba que en total rondaríamos los veinte participantes. Teniendo en cuenta que ellos se pusieron a desayunar a las doce de la mañana la cosa no pintaba bien. La Torca conlleva varios pocitos cortos pero en total, por muy cortos que sean, se trataba de casi veinte personas. Y queríamos salir antes de las siete de la tarde.
           Reunidos en pequeño conciliábulo les dije que bien cerca teníamos cuevas como las de La Carrera, de la Fuente del Molino, de La Puntida e incluso del Escalón (esta no la nombré pero la tenía en mente por si acaso). Decidimos ir a la de la Fuente del Molino. Trasladamos los tres o cuatro coches a Bustablado, aparcamos junto al mesón y nos preparamos para la cueva allí mismo. Bajamos por la carretera dando un paseíllo, subimos a la boca, unos trepando y otros por la pisteja, y entramos a la cueva con mucha alegría. Atrás quedó el mundo de los ingratos humanos. Nos concedimos una pausa al margen del infierno social.


Posé la funda de la cámara en una roca y metí la cámara en su maleta. Nano llevó la maleta de la cámara y Ainara la bolsa de los trípodes-pulpo. La cueva se nos mostró coqueta, con cierto encanto, y a todos nos sedujo desde el principio. Me acordaba vagamente de ella. Pasamos junto a una zona que se hundía hacia el río y alcanzamos la divertida escalera metálica. Luego visitamos varias salas que implicaban una desviación de la ruta hacia el sifón (a la derecha y ascendiendo).  Para subir a una de ellas había que trepar. Usamos una cuerda de 20 metros que traía Fernando para asegurar un poco. Había un pequeño conjunto de formaciones, bastante atractivo, y decidimos hacer unas fotos con las tres chicas posando. Entre colocar la cámara y los flashes, hacer las pruebas y repetir la toma se nos fue una hora. De vuelta hacia la ruta principal algún@s empezaron a decir que tenían hambre. Visitamos algunos divertículos interesantes que, forzando, quizás podrían dar lugar a una continuación.
Algo más allá visitamos una sala con los suelos cuajados de gours bastante pisoteados. Por suerte la zona es semiactiva y de vez en cuando se inunda, ayudando a la conservación del paisaje. Una corta zona de laminadores y suelos bajos nos condujo a varias bifurcaciones previas a la zona del sifón. En la bajada más cómoda hacia éste había una cuerda para tender neoprenos. Nos desperdigamos un poco para conocer la sala donde está el sifón. Me fui hacia enfrente y, subiendo un fuerte pendiente, alcancé un lugar donde comenzaban una serie de tubos de presión diversificados que se prolongaron más y más. Como iba solo decidí volverme pero, desde luego, no recordaba que en ninguna visita anterior hubiera recorrido esas galerías. Las dejé, y regresé, con intención de probarlas más adelante. De vuelta observé una escena que me inspiró una foto: María con su mono blanco de pintor se asomaba al río que discurría más abajo mientras las iluminaciones rasantes llenaban de sombras y luces mágicas toda la sala.
Decidimos comer en un arenal cercano al sifón y luego hacer la foto. En esta expedición la gente no pensaba más que en comer. Mientras comíamos intenté vacilarles un poco con la idea de comer poco y de aguantar sin comer. Pero enseguida se rebelaron: la cosa era comer mucho y muchas veces… Dado que yo no llevaba nada de comer piqué un poco de todo lo que llevaban ellas y ellos.
La foto fue más fácil de lo que esperaba ya que los cinco flashes fueron portados a mano por los compañeros. Pero dado el tamaño de la sala, y lo oscuro del tono de las rocas, dominaban las sombras sobre las luces. De cualquier forma el resultado fue interesante ya que el blanco del mono de la espeleóloga contrastaba con la oscuridad del entorno.
Recogimos en muy poco tiempo y de vuelta paramos a realizar otra foto en la Sala de los Gours pisoteados. Aquí también hicimos el disparo de los flashes desde la mano (pero no manualmente). Es realmente mucho más rápido que hacerlo con trípodes pero requiere muchos pacientes colaboradores. Entre tanto pensamos que podríamos llevar adelante un proyecto de reportaje en la Rubicera-Mortero si cada uno se encargara de un flash y yo llevara la cámara en bandolera. Eso sería posible en una gran parte del recorrido. Podrían salir fotos interesantes.
Ya era de noche cuando volvimos a Bustablado. Entre cambiarnos y entrar al bar se nos hicieron las siete. Al poco fueron apareciendo el resto de los comensales. Yo tenia un hambre canina y quería sentarme a la mesa ya. Pero durante un rato tuve que conformarme con una jarra de cerveza. La espera no duro mucho y pudimos sentarnos a devorar nuestra merecida merienda-cena (¡!) en un sitio acogedor y agradable. Fuera el frío nocturno se hacía por momentos más intenso pero la comida hizo que lo viéramos todo de forma optimista. Es lo que suele ocurrir. Con el estomago lleno y varias botellas de vino todo parece que va bien… 



8/12/16

Destrogándara

Fotos: Miguel F. Liria
Textos: A. Gonzalez-Corbalán


Nos corría prisa realizar la topografía de El Pozo. Finales de año, presentación de memorias y solicitud de permisos. En realidad este año habíamos, más bien habían ya que yo fui pocas veces, trabajado demasiado para lo poco que habíamos conseguido en El Pozo. Por eso, y por que la zona es poco acogedora, mis ganas de ir a trabajar en ese inhóspito lugar eran escasas y sobrevenidas por la pura necesidad de los plazos de entrega. Pero los dados estaban echados y terminamos fijando para el jueves, día de la Inmaculada, una salida para topografiar, terminar de mirar los flecos que quedaban y retirar todo el material.
A las nueve y media me reuní con Miguel. Habíamos quedado con Jón y Mikel el Joven en el aparcamiento. Pero cuando llegamos ya se habían ido a la cueva. Miguel y yo fuimos detrás. El objetivo era topografiar mientras ellos miraban los flecos. Un plan sencillote. Si embargo las cosas se iban a retorcer de manera muy distinta a nuestras expectativas. Un olor asqueroso nos apestaría el día. Todo comenzó a unos metros de la entrada**.
El jueves por la mañana no sabíamos quien, o quienes, habían sido los autores de los destrozos vandálicos de todas las balizaciones pero el efecto mental que nos produjo fue muy fuerte. Así que todo nuestro trabajo de topografía en El Pozo estuvo teñido de un sentimiento ominoso. Ya habíamos comprendido hace muchos años, décadas, que todo descubrimiento espeleológico supone una amenaza de destrucción total para el medio subterráneo pero la cercanía física y temporal de todo ello me producía un escalofrío. Siento que soy uno de los que carga con mayor culpa al comunicar mi entusiasmo por la espeleología a otros seres humanos.
Mientras Miguel y yo íbamos topografiando desde la base del balcón de El Patio hacia la parte superior de El Pozo Mikel y Jón hurgaban por los ramales laterales y por las alturas buscando alguna posibilidad. No tardamos mucho en alcanzarles cerca del tapón final del pozo. Una vez que comprobamos que cualquier progresión supondría una desobstrucción comenzamos nuestra retirada desequipando todo lo posible. Algo teníamos que dejar para bajarnos! Luego recorrimos las rutas laterales a la chimenea ciega, la gran fisura hacia el este y la ruta enrevesada. Parte de todo esto lo hicimos con Mikel y Jón. Incluso se volvieron a mirar las prolongaciones hacia el este de la fractura que forma el pozo. Pero no hubo éxito. Finalmente Miguel y yo ascendimos hasta el final del pozo para terminar de desequiparlo mientras Jón y Mikel hacían lo mismo por la ruta enrevesada.
           Cuando nos vinimos a dar cuenta de que no teníamos el taladro, ni la cuerda de 60, estábamos arriba del todo desmontando el pasamanos de acceso a la chimenea ciega. Sin embargo Miguel lanzo el cabo de una cuerda de 52 que teníamos y Jón nos indicó desde abajo que llegaba. Montamos una cabecera muy eficaz con las dos fijaciones que estaban puestas y rapelamos sin mayor problema. Miguel, al bajar, desmonto todos los fraccionamientos que restaban. Las cuerdas se recuperaron de forma impecable. Mientras volvíamos fotografiamos la destrucción de las balizaciones para su posterior documentación. Ya en La Gándara nos tomamos unas cervezas aunque no había nada que celebrar.




**            Durante cuatro años los espeleólogos, tanto cántabros como foráneos, han respetado las numerosas balizaciones para preservar zonas frágiles en cuevas de Cantabria. Para ser exactos, el proceso de balización comenzó el 8/6/2012 en Udías pero el primer trabajo en la Cueva del Gándara fue el 2/12/2012 es decir hace más de cuatro años.  Decir que se han respetado significa lo siguiente: en zonas muy transitadas hemos tenido que reponer cada cuatro meses menos de 10 tapones de fijación y una o dos varillas rotas por un tropezón fortuito. Los que nos hemos comprometido con la balización contábamos con ese trabajo de mantenimiento desde el principio. Afortunadamente la gente suele intentar una reparación sencilla cuando ocurre algún desperfecto. Así han transcurrido cuatro años en la Red  de el Gándara sin problemas. La última verificación fue el 23/10/2016, es decir hace poco más de un mes. Sin embargo lo que parecía imposible sucedió: todas las balizaciones han sido destrozadas entre el 23/10/2016 y el 8/10/2016.
Tenemos constancia de que entre los grupos que han entrado entre esas dos fechas, el que ha producido ese brutal deterioro ha sido el Simulacro Anual de Rescate del Esocan realizado los días 11, 12 y 13/11/2016. Dejemos que ellos mismos nos cuenten sus grandes proyectos para el futuro de la espeleología en Cantabria;

“Durante estos años las exploraciones en los sistemas subterráneos de Cantabria no se han detenido, sino que al contrario continúan con fuerza. Gracias a este esfuerzo aparecen nuevas y exigentes rutas: Torca del Acebo-Rubicera y Sistema del Gándara están llamados a ser la piedra de toque en las que los deportistas se retan y se consagran.
Recientemente han sido publicados sendos trabajos descriptivos de la travesía Calígrafos-La Gándara. Esto traerá sin duda un aumento en la visita de esta dura travesía. La dureza de la misma, su longitud y poco conocimiento de la misma, tanto de los deportistas como de los grupos de socorro, de producirse un rescate, que necesariamente será duro y largo, va a crear situaciones de alarma social.
Tramo elegido:
Sistema del Gándara. Desde el Vivac de los Franceses hasta la calle. 
Propuesta general:
Un equipo sanitario ESCOAN entra el viernes por la boca de la Gándara hasta el vivac de los Franceses. Pernocta allí a modo de punto caliente del accidente y a las 8 de la mañana inicia el ejercicio.
El sábado a las 8 de la mañana se incorporan el resto de equipos sucesivamente.
Para extraer una camilla desde el vivac hasta el exterior se propone dividir la ruta de evacuación en 6/7 zonas de trabajo. Ver plano adjunto.
Duración aproximada del ejercicio. Si se considera que el tiempo de transporte de camilla es tres veces el tiempo de progresión de los deportistas, iniciando la evacuación de la camilla directamente desde el vivac de los Franceses, se estima una duración aproximada de 12 horas de movimiento de camilla. Desde las 8 de la mañana hasta las 20:00-22:00 de la noche.
Esta propuesta podrá ser variada conforme conozcamos el número total de efectivos disponible, pudiendo ampliar el recorrido dentro de la cavidad.”







Queda claro que las cosas tienen una prioridad diferente según quien las mira. La Cueva del Gándara contiene zonas muy delicadas que todos reconocemos que hay que proteger. Sin embargo la publicación de la travesía y el subsiguiente tránsito de la cavidad por deportistas, cansados y con prisas, que deben consagrarse traerá deterioro a zonas frágiles y, desgraciadamente, llevará a accidentes también. Esto último conducirá a rescates reales, a simulacros de rescate y esto, a su vez, a más deterioro de zonas frágiles.
 Este simulacro pasó justo por encima de zonas de máxima protección, como las excéntricas de la Sala Ángel, y dejo destrozadas todas las balizaciones por las que transitó. Pero esto último, a pesar del desprecio que supone por el trabajo de los demás, en el fondo carece de importancia porque esas balizaciones se pueden reponer con algo de esfuerzo y buena voluntad. Lo que jamás se reparará ni restaurará son las huellas y destrozos que dejo en el paisaje subterráneo en general, y en particular en ciertas zonas coralinas, el paso de un ejército de personas afanadas en transportar una camilla.
Ahora que sabemos quién es el responsable de todo esa destrucción y la última razón de los destrozos nos preguntamos que podríamos hacer para remediarlo. ¿Qué es lo que queremos?  ¿Explorar las cavidades, disfrutar de su belleza, preservar su riqueza científica y paisajista? ¿O más bien queremos convertirlas en una pista deportiva en que los mejores deportistas puedan retarse y consagrarse? Antes de responder esta pregunta debemos tener en cuenta que hay una diferencia entre el medio subterráneo y el exterior (montañas, barrancos, paredes, bosques…): El subterráneo no se regenera jamás. La tendencia deportiva actual de superar todos los límites en todas las actividades es algo que no desapruebo, siempre y cuando no implique la destrucción del medio subterráneo. La travesía Calígrafos-Gándara podría realizarse estableciendo una normativa adecuada. Los grupos deberían recibir instrucciones acerca de la preservación de las zonas frágiles, debería controlarse el número máximo y mínimo de personas que puede formar un grupo y el total de grupos que pueden recorrer la travesía por semana o mes. Sin esta normativa, que de hecho debería extenderse a todas las cavidades, dentro de poco el Gándara se convertirá en una pocilga como muchas otras cuevas son ya. Y en cuanto a los simulacros lo menos que deberían ser es respetuosos con las cuevas, eligiendo zonas no frágiles y respetando las balizaciones que señalan zonas frágiles.
Sabemos que en el Gándara se han roto por espeleólogos cansados y poco concentrados, hace ya varios años, varios espeleotemas absolutamente únicos que nunca volveremos a ver. Y miles y miles de ellos en muchas zonas están pendientes de que alguien pase rápido y veloz, persiguiendo realizar su reto y consagración personal, y tropiece con ellos, o simplemente los pise (porque en los suelos, aunque no lo creáis, también hay maravillas). Si no adoptamos medidas generales asistiremos impotentes a la destrucción de una cavidad tras otra por aquellos que más deberían protegerlas:

                                   LOS ESPELEÓLOGOS. 


6/12/16

Bluff


Texto: A. Gozález Corbalán
Fotos: Paco 



Habíamos organizado una visita a una cueva buena, bonita y barata para Iris. Por supuesto con su papá Eduardo. Y sobre todo pensando en hacerle a la niña una sesión fotográfica. Lo hablamos el sábado, el domingo y lo ultimamos el lunes. Así que por la noche me dediqué a poner en orden el material fotográfico y a conseguir iluminación suficiente para los tres y ropa adecuada para arrastrarse. Pero cuando llegó el momento, por la mañana del martes, resulto que Iris había cambiado de parecer. Ya no quería ir. Cosas de niñas. Por otra parte tenía los ojos algo irritados y necesitaba colirio. Vistas las circunstancias decidí marcharme sin niña, ni padre, y centrarme en algo útil: conseguir buenas localizaciones para hacer posteriores sesiones fotográficas. Por suerte un grupo formado por Paco, Fernando, Luci y María habían decidido ir a la misma cueva -y a la misma hora- que nosotros: la Verde de La Cavada.
Me encontré con ellos frente al Covirán de la Cavada poco después de las diez de la mañana. Aunque Luci vive muy cerca se retrasó un poco debido a que la impresora no le imprimía la topo. Son cosas que ocurren cuando tienes prisa. De cualquier forma, tras la usual visita al bar más cercano, nos montamos en los coches, el mío y el de Paco, y nos fuimos a buscar la cueva vía Barrio de Arriba. Y digo eso porque también se puede ir por la carreterilla que pasa junto al ayuntamiento y la iglesia. Aunque yo acordarme lo que se dice acordarme no me acordaba de una papa.
Una vez aparcados los coches junto al puentecillo sobre el Riotuerto, cercano a la surgencia, se coge la orilla izquierda y se remonta por pista-prado hasta la puerta de una finca. Tras pasar la valla se remonta el prado hasta una zona media -el bosque está invadiendo el prado- y se flanquea horizontalmente hacia la derecha hasta entrar en el bosque. Si tienes suerte encuentras la boca. Mejor que eso es subir junto a la valla, fuera de la finca, en el límite entre bosque y finca. La cueva se encuentra directamente sin problema. Además a medio camino existe otro agujero que habría que investigar.
El Estrujón estaba lleno de agua pero lo achicamos sin problemas con media botella de plástico y una esponja. Pasamos todos aunque algunos pariendo (pero pasamos). La zona de la red de entrada y de las columnitas tiene mucho encanto. La ruta ideal está  bastante transitada y se sique sin esfuerzo. En la Sala del Menú tomamos hacia el norte y fuimos a dar, a través de una sinuosa ruta entre columnas, a una zona en que no había estado en las anteriores visitas. Después de eso nos fuimos por la ruta principal hasta la Sala de las Pisolitas y el Gran Salón. Por suerte la sequía hizo que los pasos sifonantes estuvieran totalmente secos.
           Tras tomar unos cacahuetes y un trozo de chocolate, los demás se tomaron unos bocatas,  volvimos por donde habíamos venido. Cerca del final de la zona de barrotes nos despistamos medio minuto. Es lógico ya que hay varias bifurcaciones de la traza. El Estrujón fue más fácil de salida. Con mucha calma nos acercamos a La Cavada y nos tomamos unas cervezas en el bar de la esquina. Las conversaciones giraron alrededor del interesante trabajo de María. A veces un anciano le deja ver las riquezas de la vida que ha vivido…




20/11/16

Urbana



Con Alba tenía claro que había posibilidades de hacer una sesión interesante. Lo habíamos empezado a hablar hace varios meses pero la acumulación de trabajos y actividades lo fue retrasando. Así hasta que una tarde hablé con su mamá, Eva, para organizar la salida. Sin embargo ella me remitió directamente a Alba. Cuando le envié un wassap me respondió enseguida positivamente: mejor el domingo. La cueva elegida fue La Hoyuca, sector de Quadraphenia. Además su papá, Elías, vendría como ayudante. Genial.
Ya en Riaño un paisano tuvo que apartar su coche de la pista que se acerca a la Hoyuca para que pudiésemos pasar. El tiempo estaba muy agradable. Los preparativos consistieron en descartar un montón de objetos no necesarios, se notaba la preocupación y deshabituación de Elías al mundo cavernícola, y en dejarlo todo reducido a dos sacas manejables. La que llevaba la maleta de flashes la transportaba yo y la de los trajes y la maleta de la cámara la llevaba Elías. Alba fue con las manos en los bolsillos. Aunque para ser sincero esto es solo una manera de hablar ya que el mono espeleológico, rojo y nuevo, que llevaba prestado carece de bolsillos. Para mi sorpresa, y sobre todo para la de su padre, Alba se movió con más facilidad que nosotros por todas las estrecheces, gateras y demás milongas que presenta el mundo subterráneo.  A la chica solo había que darle una oportunidad de demostrar lo ágil que es.
El recorrido por la red de entrada y las grandes galerías zigzagueantes nos condujo a la entrada de Quadraphenia. Luego por enrevesadas galerías, todas similares, atravesando una sala caótica, recorriendo una galería sembrada de pozos trampa, pasando un desfondamiento por un puente de roca, llegamos a una estrecha grieta que sube a un segundo piso. Avanzando por este piso pronto alcanzamos una zona en la que las formaciones son notables. Aquí estaba nuestro marco para realizar las fotos a Alba.
Entre pitos y flautas colocar los flashes, ubicar la cámara, determinar el encuadre, extender los trastos y montar el vestuario se nos fue una hora. Elías terminó aburriéndose y desapareciendo para explorar los alrededores. Finalmente Alba se vistió de urbanita deportiva y se puso delante de la cámara. La chica posaba muy bien. Luego cambio de traje: ahora era miembro de la tribu urbana. Hicimos fotos en tono de admiración y luego en tono de provocación y luego en el tono que quiso Alba. Porque Alba es una chica que no se anda con tonterías… cuidadín con ella.
            Volvió Elïas y nos hicimos unas fotos de recuerdo los tres juntos antes de recogerlo todo. Volvimos disfrutando el paso de las estrecheces. Nos cambiamos con mucha calma y luego paramos en Hoznayo a comernos la rica tortilla que había preparado la mamá de Alba. Tortilla acompañada de cervezas en el bar-tienda. Poco después de salir de Hoznayo, domingo de sobremesa, me paró la guardia civil para soplar. A pesar del susto resulto que no llegaba ni a la cuarta parte de lo permitido. Menos mal. En breve saldremos con Alba para hacer espeleología. De tal palo tal astilla, suele decirse por ahí…


12/11/16

Gran Encuentro




Los vericuetos y rizos del destino que precedieron a este gran encuentro son dignos de un documental. Dos grupos de wassap, con más de un centenar de personas entremezcladas, más de cuatro organizadores, gestionando los difíciles permisos del Parque de los Calares del Mundo, y multitud de intereses personales se reunieron en un inmenso revoltijo cuyos vaivenes mantuvieron en vilo a todos los implicados hasta el fin de semana del 12 y 13 de noviembre. Aún me quedo corto con mi apreciación: esta historia no acaba el día 13 sino que se prolonga hasta finales de noviembre con los permisos para varias actividades de exploración y visita programadas a lo largo de dos semanas. Aunque si es cierto que la historia se acaba el día 13 en lo que a mí se refiere…
A las afueras de Riópar el Hostal Los Bronces me permitió alojarme en una cómoda y cálida habitación a un precio muy razonable. Algunos participantes habían llegado, o llegaron también, el viernes 11 pero se quedaron a dormir en furgonetas. La temperatura bajó por la noche a unos dos bajo cero. A la mañana siguiente los coches estaban cuajados de una gruesa capa de escarcha. Nos fuimos reuniendo en el bar-cafetería del hostal. Llegaron Juan Pablo, David, Mavil, Antonio Dólera, Leo, Luis, Mari Carmen, Vicente y Perico (si no se me olvida nadie). Entre desayunos, charlas y fotos el tiempo discurrió plácidamente. Hacíamos tiempo para esperar a Tocho y Esther, que venían de Hellín con dos amigos suyos, para participar en la actividad y/o de recoger setas. Pero se hacía tarde y el grueso del grupo decidió irse e iniciar la excursión a la Cueva de la Pedorrilla. Juan Pablo, David y yo esperamos a que llegaran. Nos reuniríamos todos en La Pedorrilla. Cuando llegaron Esther y Tocho nos dimos cuenta que el interés por recoger setas era incompatible con la excursión espeleológica que proyectábamos. Así pues quedamos en vernos todos al atardecer en la cafetería.
La encantadora senda de subida a La Pedorrilla atraviesa un pinar lleno de vida. Como en toda la comarca los animales pueden sorprenderte. La noche anterior, ya llegando a Riópar, me cruce con un jabalí grandón y casi atropello a un par de zorros. La fauna y la flora abundan. 
El grueso del grupo estaba parado en La Pedorrilla. La entrada de la cueva y el inicio de sus galerías, ... , me parecieron muy sugerentes. El soplo era débil, pero notable, y la morfología de las galerías claramente la de tubos activos (esporádicamente). Cuando se produce el Reventón de los Chorros también entra en actividad La Pedorrilla.
Aunque el día había comenzado frío la temperatura fue mejorando. Llegó a ser la ideal para ir de excursión. La charla se animó. Sin esfuerzo, siguiendo un hermoso itinerario con vistas al circo de Los Chorros, llegamos a la segunda cueva ... . En el entreacto algunos nos cansamos de estar ... y decidimos continuar la excursión hasta el Mirador de los Chorros. Juan Pablo, Antonio Dólera, Leo, David,  Mari Carmen y yo nos fuimos por la  senda hacia allá. El paisaje es bello a más no poder.
Al principio pensábamos bajar del Mirador por la senda de los Chorros pero Mavil nos lo desaconsejo por el walki-talki.  Decidimos volver por el camino que, atravesando Los Mojones y pasando junto a la Sima del Mirador, lleva al Collado del Arenal. Fue una magnífica elección para rematar la excursión. Allí nos encontramos con el resto de la gente. Mavil estaba eufórico: .... Además Esther y Tocho estaban contentos: habían recolectado un buen montón de setas a pesar de su escasez.
La reunión en Los Bronces se prolongo. Algunos se despidieron y otros nuevos llegaron para la actividad del domingo. David me pasó las fotos de la vía que habíamos hecho hace poco. Vicente por fin me aclaró el misterio del somier en el Solvente. Vicente y yo nos propusimos desarrollar algunos proyectos de equipación de vías y de exploración de cuevas para un futuro cercano. Algo después David, Antonio Dólera y yo nos fuimos a cenar atascaburras a Riópar. En el exterior la temperatura se desplomo como la noche anterior.
A la mañana siguiente, después de un animado desayuno, me despedí del grupo. Después de dar un paseo por la zona de Los Chorros comencé mi camino hacia Hellín, allí me esperaban Tocho y Esther para almorzar setas, y luego a Santander. Nuevos proyectos se perfilaban en el futuro…







9/11/16

Almagra


La Almagra puede dar de sí más de lo que creemos. La cueva está a entre 100 y 200 metros de distancia de la surgencia termal de Fortuna. Es una cueva hipogénica formada por corrosión bajo el agua. Si la cueva estuviese sólo caliente no sería demasiado interesante la situación, pero resulta que, además que la temperatura se acerca a 30ºC, la humedad  supera el 90%. Esto significa que existe una conexión aérea, física, con las galerías del nivel de la surgencia termal. La humedad solo puede provenir de ese nivel freático ya que el exterior es una zona sumamente seca.
              El miércoles pasado me di un paseo de dos horas por el laberinto que forman sus galerías. Sude de lo lindo. Casi no podía más. Pero siguiendo en las direcciones NE y E lo más que pude, acabé en una salita con una gatera no transitable -de momento- pero que muestra continuación ancha al otro lado. Desde luego que vale la pena el trabajo de desobstrucción ya que podría llevarnos a algún lago termal y a nuevas galerías vírgenes y llenas de cristalizaciones en las paredes. Un bonito trabajo con premio incluído.

23/10/16

Linda



Linda es una perrita simpática, tranquila y de apariencia frágil. Más que otra cosa evoca ternura en quien se acerca a ella. Su dueño es un joven sumamente ocupado. Apenas tiene tiempo para poder llevar a cabo todos los asuntos, proyectos y negocios en los que anda enredado. Vistas así las cosas, fue casi una proeza por mi parte que sólo me costase un par de meses ajustar fecha para hacerle una sesión fotográfica a Linda con su dueño. En los días inminentes a la sesión hubo varios cambios de fecha debidos a los compromisos y ocupaciones de Sergio y, por fin, la sesión quedo concretada para el domingo 23  de Octubre por la mañana.
Tuve infinidad de dudas a la hora de escoger la cueva donde meter a Linda. La idea inicial era conseguir reunir las siguientes condiciones: salita coqueta (con formaciones atractivas), no muy grande, para que iluminarla fuera fácil, cercana a la entrada y sin complicaciones, para poder transportar a la perrita en una saca, y, finalmente, con un suelo limpio de barro, para que las patitas de la perra no se convirtieran en una fuente de problemas junto al traje. Decidí que fuéramos a La Hoyuca para hacer las fotos en la sala más cercana a la entrada.
En el parking de la estación de Solares casi nos cruzamos con los otros integrantes, Eugenia y Carlos, de una excursión organizada por Marisa, pero el pequeño retraso de Sergio no lo permitió. Un instante después de que aparcara su cutre, pero muy amado, coche mire a Sergio y no hizo falta que me contase nada especial: estaba un poco resacoso de la pasada noche del sábado. Sin embargo lo llevaba bien y con mucha dignidad.  Casi podríamos decir que ese estado, levemente decadente, claramente le favorecía. Quizás fuese un aire misterioso e interesante a los ojos de un espectador fugaz y anónimo, quizás la diferencia con los otros, y las otras, modelos que habían posado en anteriores sesiones. Metimos todos los trastos en mi coche y nos fuimos muy contentos, al menos yo, a Riaño. El día estaba tropicalmente genial.
Fue sorprendente que Sergio no conociese La Hoyuca, a pesar de conocer el Panda Gigante y el remoto Astradome. No sabía en qué dirección ir para llegar a la entrada desde el punto de aparcamiento, ni tampoco que estaba a poco más de un minuto. Pero todo eso era una anécdota sin la menor importancia comparado con el hecho de que íbamos a meter a Linda por la gatera de entrada a La Hoyuca.  Cruzamos el prado alegremente y justo donde empezaba la rampa terrosa hacia las estrecheces Sergio introdujo a Linda en su saca dejando fuera solo su cabecita. En el desfonde cruzamos las sacas en vilo para posarlas en el laminador. Allí Linda salió con prisas de la saca y exploro el entorno husmeando por todos lados. Unas decenas de metros más allá desembocamos en nuestro destino.
La sala estaba bastante seca aunque persistían zonas de barro, no demasiado pringoso, y goteos debajo de algunas formaciones. Esos goteos íban a ser un aliciente más en la composición de las fotos definitivas. Extendí los trastos donde me pareció más cómodo y estudié el encuadre más prometedor. Tras algunas vacilaciones fije la posición del trípode. Después de tantas sesiones tenía claro una cosa:  el modelo debe ser iluminado por cuatro flashes en X con el eje de simetría cruzando la posición de encuadre. Los demás flashes conviene que iluminen el paisaje a resaltar, no toda la escena, a contraluz. Si es necesario se pueden pintar/flashear varias tomas del paisaje para luego integrarlas con la fundamental toma del modelo en una fusión por capas. De cualquier modo fueron necesarias unas cuantas pruebas para conseguir la cantidad de luz correcta. Y también la posición de los flashes.
Hicimos una larga sesión, primero con el gran angular y luego con el 55mm. Me sorprendieron la expresividad emocional de Linda y los cambios de estado de Sergio. Unos resultados bastante sorprendentes. Hubo varios momentos de tensión; sobre todo cuando Linda, estando ya con las patitas concienzudamente limpias, se asusto y saltó de los brazos de Sergio al suelo. Nos vimos obligados a montárnoslo de nuevo para limpiarle las patas y situarnos otra vez en la posición previa.
Me ayudaron mucho las sugerencias de Sergio en cuanto a posicionamiento y encuadre. Finalmente era él el más interesado en continuar haciendo fotos y no yo, que andaba a estas alturas de la sesión un poco saturado. Cierto que los modelos tardan en asumir su difícil trabajo y cuando lo hacen es el fotógrafo el que ya anda harto de currar. Todo el mundo piensa que es muy fácil posar. Hasta que lo intenta y le piden que exprese esto o lo otro. Entonces empiezan las dificultades. De cualquier forma la sesión había llegado a su fin. Recogimos cuidadosamente y un minuto después estábamos en el laminador.
En vez de introducir nuevamente a la perra dentro de la saca Sergio la dejó ir a su aire por el laminador, la llevó en vilo al otro lado del desfonde y la poso en una repisa de la estrechez. En este último punto debió de ponerse muy nerviosa, porque cuando, finalmente, la depositó en la base de la pendiente terrosa que lleva al exterior la perra salió zumbando por una gatera que no llevaba a ningún lado. Sergio la llamo a voces desaforadas y la perra reculó y comenzó a ascender por el camino correcto. Sin embargo la perra no espero a su dueño en la salida sino que inició una huida sin freno, de la terrorífica cueva a ojos caninos, en dirección a ninguna parte. Cruzando el prado a toda pastilla enfiló hacia las últimas casas del Barrio de la Iglesia. A estas alturas Sergio había pasado del enfado a la histeria total persiguiendo a la perra, dando voces que podía oírse en el fondo de La Hoyuca y con el corazón saliéndosele por la boca. Corría cuesta arriba detrás del animalito que se aproximaba a una zona llena de perracos que podían merendársela de un bocado y de coches que podían aplastarla como un cacahuete. Además la novia de Sergio había avisado a éste de que si le ocurría algo a la perra le echaba de casa. La cosa no era una broma. En fin, por suerte el primer perro que se encontró Linda era pacífico y después de olisquear unos segundos por la zona la perrita comprendió que lo mejor era volver atrás a la seguridad de los brazos de su dueño.
Nos reencontramos en el coche y mientras Sergio se iba calmando yo deje la saca en el suelo. Para cuando quise abrir el maletero me di cuenta que las llaves no estaban en su sitio. Se me habían caído del bolsillo del mono.  Un poco aterrorizado por la situación comencé la vuelta a la cueva. Si se habían caído al atravesar el prado las posibilidades de encontrarlas eran ínfimas. También habían podido caer por el desfonde o en el laminador. Me di cuenta de lo desagradable que podría llegar a ser una situación así si te ocurre en una cueva mastadóntica y llena de dificultades. No quedaría otra que abrir a la fuerza la ventanilla y llamar a casa, si hay cobertura, para que te traigan otras llaves. Sin embargo esta vez hubo suerte: las llaves se habían caído del bolsillo al arrastrarse por el laminador. Creo recordar que hubo un momento en que saqué los guantes del bolsillo para ponérmelos y casi seguro que fue en ese instante cuando se cayeron.
Nos debatimos un buen rato entre varias posibilidades, distintos restaurantes o mi casa, pero al final disfrutamos de una excelente comida en el tranquilo y vacío restaurante de La Estación. Teníamos mucho que comentar acerca de los sucesos del día. Pasamos el resto de la tarde mirando fotos. Las ya procesadas de otras sesiones, las de los viajes del verano y las tomas que habíamos realizado en la mañana. Incluso procesamos, como ejemplo, alguna de esas tomas y las repasamos todas estableciendo su valoración, de cero a cinco estrellas, para el posterior procesado. Tanto para mí tanto como para Sergio muchos proyectos se perfilaban en el horizonte próximo aunque ninguno excesivamente nítido. El destino dictaría los caminos a seguir en el momento propicio… 



14/10/16

Pandy



Quede con Encarna el viernes a las tres en Solares. Así le daba tiempo a recoger a María. Me pregunto si podía venir Daniela con su madre Asun. De esa forma serían dos y estarían más entretenidas. No me importo. Al contrario, pensé que podrían producirse buenas imágenes al jugar entre ambas. Y también con Pandy y Foxy.
Asun se retraso un poco pero como yo no tenía prisa me importo poco. Aunque llegué a pensar que no vendría. Pasadas las tres y media nos montamos los cinco en mi coche. Atrás colocamos las sillitas infantiles para coche más simples y facilonas que he visto. Aunque, por lo que me contaron, según la ley los niños deben pesar más de 20 kilos para que puedan usarse esas sillitas facilonas. De cualquier forma el tramo de carretera era corto, cinco kilómetros, y muy tranquilo. Allí, en La Cavada cerca de la carretera a Rucandio, aparcamos en una desviación que lleva a hasta unas casas en las que comienza la pista de hierba que lleva a la cueva.
Los preparativos fueron escasos: ponerse las botas de goma. Yo lleve la saca de fotografía, Encarna una bolsa (y a Pandy de vez en cuando) y Asun otra bolsa con más ropajes. Como ya les había avisado nos encontramos con un par de tramos de barro en que tuvimos que ayudar algo a Daniela y María. Lo que no me esperaba era que el río que sale del sistema de la Cueva del Canónigo estuviese crecido. Tuvimos que cruzar en brazos a las niñas y Asun paso en zapatillas mojándose los pies. En realidad había llovido los días anteriores, pero no demasiado. Lo más extraordinario fue encontrarse con la entrada de la Cueva del Canónigo inundada por el río. La cueva actúa como trop-plein de la surgencia principal pero yo no lo sabía. El día que fui a investigarla estaba seca por completo.
Pensé que la cosa se iba a acabar allí mismo dado que las madres suelen ser extremadamente prudentes. Pero no contaba con que Encarna es más echada pa alante de lo que puede esperarse de una temerosa madre española. Se vino conmigo cueva adelante por el río hasta una zona que dejaba de ser activa. Exactamente la salita en que yo pensaba hacer las fotos. Vimos que el tramo inundado era corto, fácil y sin problemas (si se calzaba botas de goma). Dicho y hecho: volvimos a por María y Daniela que fueron transportadas a cuchos. Hubo que avisar a las nenas para que no se dieran coscorrones con el techo en algunos sitios. Más divertido que cualquier otra cosa. El resto del equipaje paso también sin problemas incluido Pandy. Y allí nos asentamos para prepara las tomas.
Al comienzo la novedad hizo que las nenas se entretuvieran, pero entre poner los flashes y hacer que todo funcionase tardé una media hora. El tiempo que necesita una niña de cuatro años, para empezar a impacientarse. La impaciencia se convirtió en quiero irme justo cuando empezaba a hacer las tomas interesantes. Pero he aquí a las madres que todo lo resuelven. Y entonces empezaron los cuentos y la sugerencias que “dile al oído tu secreto…”, “coge a Pandy en brazos…”, “poneos de espaldas una contra otra…”, … Sin las madres las fotos no hubieran sido posibles.
Hubo cambio de trajes y cambio de tercio. Los vestidos eran bonitos y encima de las niñas más todavía. Finalmente las madres estaban más entusiasmadas que yo mismo. María empezó a decir que tenía frío. Tuve que convencer a Encarna de que mejor hacíamos caso a las niñas para que les siguiera gustando entrar en cuevas y hacer cosas algo aventureras.  Así que las animé a cambiarlas e irse a la otra salida de la cueva. Esa salida da a unos prados junto a Rucandio y el paisaje que se ve desde la boca es encantador. En cuanto recogí y empaqueté el material me acerque a donde estaban. Las niñas recogían flores y hacían ramitos. Eran felices.
               La travesía entre bocas nos llevo unos diez minutos. Luego hubo que atravesar los dos ríos y los barrizales. Pero ya daba un poco igual mancharse. La tarde estaba espléndida y todos de buen humor. La actividad de la Cueva del Canónigo quedo señalada como ideal para niños. Durante la vuelta a Solares las niñas chillaban como solo las niñas pueden chillar. Pero la cosa estaba hecha.




8/10/16

Buen Camino

 Inicio del Sendero

Segunda Cabaña
Hacia las Ruinas

Senda de Cabras

Senda de Cabras


 Trochas de Cabras



          El sábado 8 de octubre me fui a San Roque para buscar un camino alternativo a la Cueva de Las Montosas y, sí, encontré un buen camino. Bueno, bonito y barato. Creo que con las fotos sobraran las explicaciones.




Plano

1/10/16

Mont-osos


 



Adrián convocó una salida a la Cueva de las Montosas. La cita era a las diez, el sábado día uno de Octubre, en el camping de San Roque. Cuando llegué, algo después de las nueve y media, una gran multitud estaba ya en el aparcamiento. Varios coches, una furgoneta y dos autocaravanas habían dejado el lugar como un mercado de frutas y verduras en hora punta. Allí había de todo: niños, bebes, jóvenes y jóvenas, hombres y mujeres fuertes, gente madura e incluso algunos mayores. Y seguían llegando. Algo en el ambiente me decía que todos habían venido para hacer una bonita excursión a una bonita cueva. Al menos casi todos. Otros habían venido para explorar. Y algunos para hacer fotos.
Ya habían llegado todos cuando echamos en falta a Adrián. Una llamada telefónica, de él o de Joserra, confirmo las sospechas de algunos: se encontraba aún en la cama. Todos, sin excepción, lo tomamos como un gran chiste. Algunas personas tienen la suerte de que los demás no se enfadan nunca con ellos. Es como si la gracia divina los hubiera tocado al nacer. Lo que a otros no se les perdonaría a estos se les toma como algo genial. De todas formas era un día lúdico y nadie tenía prisa. Y yo menos que nadie. Al final del día estaba programada una pequeña fiesta en el restaurante del camping para celebrar los últimos descubrimientos. Un día redondo pues. Aunque algunos compromisos, anteriormente adquiridos, me iban a impedir disfrutar de esa cena. Finalmente llego Adrián. Nos arreglamos en el menor número de coches posible para no colapsar el aparcamiento y Adrián se vino conmigo. Con las prisas se le olvidaron las botas en su coche y tuvimos que volver. Por fortuna se acordó antes de sobrepasar San Roque y nos retrasamos muy poco.
             Durante los preparativos se pasó por allí un anciano para charlar con el personal. Dijo que, desde Valdicio bajando un poco y yendo por caminillo hasta una cabaña, existía una ruta mejor para la Cueva de las Montosas. A la vuelta me paré a mirar, más o menos desde el cementerio de San Roque, y observé que hay una cabaña bastante cerca de la cueva  a una cota algo más baja. Desde luego es cuestión de ir a ver cómo es ese camino. En casa mire la zona con Google Earth y confirmé que existe un camino hasta una primera cabaña que luego continua hasta la que yo observe desde el cementerio -cercana ya a las Montosas-. El ahorro de energía podría ser muy sustancioso. 



Sea como fuere los preparativos continuaron. Yo tarde un minuto en ponerme las botas y estar listo. Así que me dediqué a mirar a los excursionistas y a fotografiarlos. Mientras tomaba fotos me hacía una buena pregunta: ¿les habían contado Adrián y Joserra a los participantes la clase de camino que lleva hasta la cueva? Por la alegría colectiva se notaba que la mayoría creía que había una cómoda senda hasta la boca.  Nada más lejos de la realidad. Ya al comienzo, la bajada hasta el puente, es un poco como caminar en la jungla. Aunque desde el puente comienza un camino de verdad, eso sí embarrado por las pezuñas de las cabras, el camino dura bien poco. A unos doscientos metros, nada más cruzar una vaguada que afluye al Miera, el camino se convierte en una senda de cabras entre helechos y altas hierbas. La anchura de la senda nunca sobrepasa un palmo. Generalmente es más estrecha, diez o quince cm., está levemente inclinada hacia la pendiente y, si tienes la mala suerte con el tiempo y la lluvia, es de barrillo patinoso. Era el caso.  En muchos puntos la senda bordea pendientes muy fuertes, o pequeños cortados, lo que constituye un motivo para ir en tensión. Finalmente la senda de cabras desaparece por completo y uno tiene que gestionarse el acceso a la boca trepando por las pendientes herbosas. Podríamos decir que la hierba viene bien para agarrarse un poco.
Por el trayecto la multitud inicial se fracciono al menos en tres grupos: el grupo formados por los de cabeza, llamémosles mont-osos, los que venían bastante cerca y los retrasados. Para mi sorpresa en el segundo grupo venía un bebe de pocos meses porteado por su papá en una mochila delantera. Dentro de la cueva ya, y a unos veinte metros de la boca, nos fuimos reuniendo todos, salvo el grupo de retrasados, para vestirnos de cueva. Me dio tiempo a montar el trípode y disparar algunas fotos. La multitud se dividió por intereses: los que iban a buscar una continuación en la Sala de los Gansos, los que iban a darse un paseo, los que iban a hacer fotos y los que no sabían que iban a hacer. Por otra parte aun no había llegado el grupo de retrasados.



A menos de 200 metros de la entrada Joserra comenzó a hacer fotos con su cámara réflex y un trípode. Tenía dos ayudantes: uno para iluminar y una chica, creo que Raquel de nombre, para posar. Yo me arrimé para aprovechar sus iluminaciones y su modelo. Aparte de hacer fotos iluminadas en una sola toma pretendía también volver a estudiar las posibilidades de la fusión de varias imágenes. Hice dos fotos de la gran galería con ellos. Luego me dediqué a hacer varias “series de tomas” con la cámara fija. Con las tomas de cada serie se trataba de construir una sola imagen. En cada toma se iluminaba una zona distinta de la imagen con una potente linterna.  El problema es que la iluminación la proyectaba desde un  punto muy cercano a la cámara. Sabía que eso daría imágenes un tanto planas. Mientras trabajaba pasaron el grupo de retrasados que formaban tres personas. Iban lentos por los caos de bloques de la gran galería.  Desde luego los mont-osos habían vendido bien la cueva a todo el mundo…
Después de tres o cuatro series de tomas habrían pasado, más o menos, un par de horas. Veía cierta iluminación proveniente de las lejanías de la galería adelante. Pensando en volver a trabajar junto a Joserra avance un poco hasta darme de bruces con un grupo que volvía. Realmente Joserra estaba bastante más lejos. Así que decidí volverme con tranquilidad. El grupo que volvía estaba formado por el bebe y sus padres y por dos o tres personas más. Habían llegado a un punto en que los destrepes y complicaciones de la cueva les aconsejaron volver. Bastante lejos de la Sala de los Gansos. Aproveche el encuentro para documentar con tres fotos la presencia del bebe en la Cueva de las Montosas.  Unos padres muy echaos palante  que me recordaron mis propias locuras en las montañas con mis hijos aún pequeños.
El descenso fue más fácil que la subida. Al fin y al cabo era bajar. Primero a rastraculo y luego siguiendo las trazas hasta donde se podía volver a ver la senda cabruna. Como no había llovido el estado de la senda era algo mejor que por la mañana.  Baje cerca de los padres y del bebe. Este dormía plácidamente ajeno a cualquier peligro. Ya en los coches charle un minutos con los padres y con una pareja de gente mayor. Estaban indecisos de que hacer hasta la cena y les aconsejé que fueran a ver el camino desde Valdició hasta las Montosas.  No se lo que harían porque yo me baje de inmediato aunque paré unos minutos un poco antes de entrar en San Roque. Cuando llegué a casa me toco preparar un par de ensaladas, deshacer los equipajes de la cueva y comenzar a pensar en los equipajes del domingo. Un buen lío…




22/9/16

Tuno


Esta vez íbamos a realizar una sesión fotográfica con Adrián en su faceta de músico. Había costado quedar con él, siempre tiene compromisos y obligaciones, pero la previsión pintaba bien. Era imprescindible llevar una guitarra y la banqueta. La cueva tenía que ser cómoda de andar y sin gateras ni laminadores. Además Adrián tenía que estar después del mediodía en Torrelavega para ensayar. Así que nos quedaban pocas opciones para escoger. Coventosa era una opción bastante buena. A menos de una hora conduciendo desde Solares y a diez minutos del aparcamiento. Además en su red de entrada se pueden encontrar rincones de gran belleza a los que se accede, andando con un poco de cuidado, en unos diez minutos desde la boca.
Hacía falta un ayudante/ayudanta para poder transportarlo todo entre tres y también para ayudar con los flashes. Jara no podía venir. Me acordé de J. Ángel, quien había mostrado su interés por la fotografía en ocasiones anteriores. Además, como la última vez que hablé con él tenía un dedo malo y el hombro regular pensé que lo de Coventosa era ideal para reencontrarse con la espeleo El miércoles le llamé a ver si podía venir y lo arreglamos para estar a las nueve en Solares al día siguiente.
 El jueves nos reunimos con Adrián en el Bar Dogo de Solares e hice las presentaciones. Adrián y J. Ángel hicieron muy buenas migas, ya que la música es una pasión compartida por ambos. La conversación giro alrededor de equipos de música, cajas sonoras y música en general. El día estaba muy hermoso. El coche se deslizaba con suavidad hacia Arredondo. Pero yo tenía la cabeza llena de cosas relacionadas con la iluminación y las tomas fotográficas, cosa que me ocurre siempre que me enfrento a estos trabajos. Organizar a todos los que van a la sesión fotográfica para que tengan el tiempo y las ganas, realizar el esfuerzo de llegar hasta un punto de una cueva,  conseguir que todo el equipo electrónico funcione correctamente… sobre todo que los flashes se comporten dócilmente y obedezcan… Son muchas cosas las que esperas que vayan bien.
La caminata hasta la boca fue un placer. J. Ángel transportaba una saca, yo transportaba otra (con la banqueta) y Adrián llevaba la guitarra y los trajes enfundados. Uno de tuno y el otro negro con corbata blanca. Soplaba muy fuerte el aire en la galería de entrada, aire que quizás venga del Valle del Miera. Por unos instantes Adrián y yo fantaseamos con la posibilidad de una super-travesía entre los dos valles… Cien metros más adelante nos desviamos a una galería lateral hacia la izquierda, pasamos un par de salas y ascendimos mediante una trepada a una sala enmarcada por columnas. Allí plantamos el campamento.



Mi primer planteamiento de flashes y trípode no me pareció exitoso. No entraba suficiente paisaje debido a que las distancias eran cortas y la altura de la sala mucha. Adrián sugirió retirar la cámara hacia atrás unos metros, peligrosamente cerca del borde de la sala, y traer el punto de la banqueta un poco. La cosa mejoró sensiblemente. Colocar los flashes en sus posiciones llevo poco tiempo pero tuvimos problemas con los disparos. Hubo que cambiar las pilas a tres de ellos. Las compras de pilas baratas que he realizado me han llevado a la conclusión de que lo barato sale caro. Merece la pena comprar buenas pilas y buenas baterías. Sobre todo teniendo en cuenta el tremendo coste en esfuerzo humano, y en equipos, de hacer fotos decentes en las cuevas. Sea como fuere los aparatos empezaron a realizar su trabajo, incluido el flash que me dono en herencia mi tío materno Benjamín (un flash Metz profesional excelente). Y empezó el trabajo del modelo.
Se vistió primero de tuno. Llegaron las pruebas iniciales y luego diferentes tomas que, por una u otra razón, no fueron satisfactorias. Hasta que comenzaron a serlas. Mientras se hacían fotos Adrian tocaba. En un momento dado se puso a tocar un tema de Pink Floyd. Sonaba maravilloso en la cueva. El modelo se puso de perfil hacia la izquierda, hacia la derecha, de frente, a 45º a la derecha y a 45 º a la izquierda, sentado y de pie. Finalmente terminamos saturados, es usual, de fotos con el traje de tuno y decidimos cambiar al traje negro. Con el traje negro solo hicimos fotos de pie, sin banqueta, buscando la admiración ante la belleza. J. Ángel estaba algo harto de recibir peticiones de mirar los flashes, de moverlos o de controlarlos. Como la guitarra estaba libre se puso a tocarla también. Supongo que también estaba un poco aburrido.  Para ser ayudante de fotos espeleológicas hay que tener mucha paciencia. Mejor si te gusta la fotografía o al menos si tienes cierta inclinación.
Después de repetir una decena de veces la toma del traje negro dimos por acabada la sesión. Mejor salir tranquilos para que Adrián tuviese margen. Ni J. Ángel ni yo teníamos prisa alguna. Me había gustado la sesión. Adrián posa bien. Le sugerí posar esporádicamente, de forma profesional, para sacar un poco de dinero. Por el camino se nos ocurrió hacer una sesión con seis u ocho personas andando con sus trajes cotidianos y con paraguas. Y un video de un cuarteto musical con una pieza adecuada en el mismo lugar de la sesión (con focos y toma de sonido de calidad).
           Dejé a J. Ángel en su casa de Navajeda y a Adrián en Solares. Y luego me precipité a casa para echar un vistazo a las tomas que habíamos hecho. Me corroía la curiosidad.