22/6/13

Túnel de Vacío



  Hago un extraño giro. Me salto uno de los principios básicos de este blog de espeleo. Hablaré de escalada. Aparentemente dos actividades que solo tienen en común el uso de cuerdas. Pero hay algo más. Algo sutil y efectivo Algo universal y maravilloso. Se trata de fabricar túneles en el vacío universal. Esos túneles solo se hacen con la voluntad de poder hacer.
            El asunto comienza cuando te enfrentas a algo. Algo que supone un esfuerzo especial, tal vez un reto, quizás vencer un miedo, a veces conseguir cuadrar un encaje de bolillos. Entonces inviertes tiempo en visualizar y proyectar hacia delante la voluntad de poder hacer. La luz crea un túnel en el vacío y hace que todas las piezas del puzle se compongan encajándose entre sí. Es algo que ocurre sin que tengas la más mínima noción de cómo. Parece el azar actuando libremente. Pero azar es el nombre que ponemos a lo que no podemos encuadrar en las leyes conocidas.
            Hace dos meses acabamos de equipar una nueva vía de escalada en la Pared SW de la Cima Sur de Peña Cigal en Caloca. Se trata de una pared vertiginosa y lisa. Incluso en ciertas zonas extraploma. Su altura supera los doscientos metros. La escalada que hemos equipado se compone de ocho largos. Las dificultades y longitudes son muy variables. Desde largos de veinte metros y 5c a largos de cuarenta metros de 6b o 6c. El día que recogimos todos los materiales utilizados para equiparla dejé caer una cuerda para plegarla en la base de la pared. Cayó con tan mala fortuna, que se engancho en un saliente del quinto largo. Además otra cuerda, perteneciente a mi amigo César, se quedo enredada a la altura de la primera reunión de la vía Garrido. Eso implicaba subir cuanto antes a rescatarlas. Principalmente porque el viento y el sol destrozan las cuerdas. Además antes de recomendar la vía a otros escaladores teníamos que verificar la posibilidad de escape desde la cuarta reunión. Dicha reunión se alcanza por un largo en diagonal ascendente que hace muy difícil rapelar entre la cuarta y la tercera reuniones. La mejor opción era montar un sistema de rápeles directos hasta el suelo. Y, en caso de que fuera posible, aprovechar para los rápeles la primera reunión de la vía Garrido.
            El dos de Junio, domingo, subí con mi amiga Amelia para realizar esos trabajos. Me obsesionaba retirar todo el material. Sin embargo no estaba suficientemente concentrado en ello. De hecho el sábado había estado todo el día currando en la balización de cavidades con un grupo de doce espeleólogos. El intento de ascender el domingo se saldo con un primer largo hecho a rastras y un segundo largo hecho a medias. No conseguimos ninguno de los objetivos marcados.
            El fin de semana del veintidós decidimos que lo íbamos a intentar de nuevo. Durante los días anteriores visualice la vía en la mente y, sobre todo, puse empeño en realizar los objetivos. Esto no significaba, de ninguna manera, que me sintiese seguro ante la jodida vía. Todo lo contrario. Me sentía encogido ante ella. Pero de todas formas, durante esa semana, dediqué varios ratos a recorrer mentalmente las dificultades y preparé la pequeña mochila que íbamos a subir. Necesitábamos la taladradora Maquita y el conjunto de objetos usados para montar un punto de rápel (maza, parabolts, chapas anilladas, llaves, brocas, etc)  Ese conjunto de útiles más el agua y algo de comida formaban un lastre muy notable.
            A las ocho de la mañana pare un instante en Unquera y una hora después recogía Amelia en Vieda. Cuando llegamos a la base de la pared todavía estaba en sombras. Me tomé los preparativos como un ritual para calmar los nervios. Tome la delantera y me lleve la pértiga. No las tenía todas conmigo y si no me hacía un paso de una manera me lo haría de otra. Amelia cargo con la pesada mochilita. Habíamos diseñado un sistema de recuperación con un fifí, de forma que el que fuera de segundo de cordada pudiera escalar con placer. El primer largo lo fui resolviendo en parte con la pértiga y en parte echándole huevos. Amelia arrastro la mochilita y varias veces la llevo puesta. El fifí no funciono como esperábamos. Decidí continuar de primero.








     En el segundo largo volví a encontrarme ante el paso que me hizo bajarme dos semanas antes. Una posición del seguro muy a desmano y una dificultad por encima de lo que yo había estimado a ojo. Puse el seguro con la pértiga y tomé la decisión de colocar, en cuanto pudiese, el parabolt en otra posición más lógica. Ahora no era el momento adecuado. Acabé el largo sin más problemas. Para el tercer largo tenía buenas expectativas. No me parecía difícil visto desde abajo. La escalada me fue confirmando la primera impresión.
            Primero unos fáciles resaltes para entrar en la chimenea que domina la reunión. La chimenea se escala en X  y luego en oposición espalda/pies. Para alcanzar la fisura que ponía final al tercer largo tenía que decidir entre dos posibilidades. Una: ascender un poco más por la chimenea y luego flanquear a la derecha. Otra: subir en diagonal ligeramente a la derecha. El problema era la poca fiabilidad de la roca. Aunque me parecía más difícil decidí usar la primera posibilidad porque exhibía roca compacta en su mayor parte. Puse cuidado en no tocar ninguna presa que me pareciera poco segura. De roca dudosa solo tuve que rozar con suavidad un gran bloque que presidia el flanqueo. Acabé el largo sin contratiempos.
            Desde la tercera reunión alcanzaba la cuerda que pendía enganchada en algún saliente del quinto largo. Tire de ella sin mucha convicción. Para mi sorpresa la cuerda cedió sin esfuerzo. Le grite a Amelia para que tomara posiciones. La cuerda se deslizo hasta la segunda reunión y desde allí Amelia la reenvió hacia la base de la pared. Esta sencilla operación nos ahorro encaramarnos al quinto largo para soltar la dichosa cuerda. Ascendiendo la chimenea Amelia se quito la mochilita varias veces. Poco antes del flanqueo le avise para que siguiera recto buscando la buena roca. Al pasar hacia la derecha se pillo un poco al bloque. Sin previo aviso el bloque cedió pasando por delante de Amelia sin rozarla. Su tamaño vendría a ser como un lavavajillas o una nevera pequeña. Golpeó en la segunda reunión partiéndose en dos mitades del mismo calibre. El impacto contra tierra fue cerca del inicio de la vía. Quizás un susto sin consecuencias. Pero si yo me hubiera agarrado a él hubiera sido muy diferente el desenlace.

            El cuarto largo ofrecía un aspecto de mediana dificultad. La abundancia de hierba estropeaba la belleza de algunos movimientos; la búsqueda de posiciones y agarres. Las últimas tres chapas del largo protegen los movimientos por un terreno espectacular. La pared cae vertical de plomada más de cien metros. En cuanto llego Amelia a la reunión un breve intercambio me aclaro lo que siempre habíamos sabido. Lo mejor era seguir con el plan original: bajarse montando los rápeles.
            Instalé el rapel bloqueando las cuerdas en previsión de un posible ascenso con prusik. Preparé concienzudamente todo el material necesario para montar un punto de rápel y me deslicé suavemente hacia abajo. La verticalidad era absoluta. En algún punto solo rozaba la pared con los pies estirados. Mirando con intensidad hacia abajo no me aclaraba si la cuerda llegaba bien a la repisa de la Garrido o no. Desde luego si no lo hacía era por menos de un metro. Decidí que podía arriesgarme, con bastantes posibilidades de no tener que ascender hasta otra repisa. Unos quince metros por encima de la repisa de la Garrido existe otra punto adecuado para montar un rápel. Durante la bajada me emocioné viendo las bonitas posibilidades de trazar una audaz ruta de escalada. Obviamente los largos serían de nivel 7 u 8 pero eso no me impidió seguir con mis fantasías. La suerte me acompañaba hoy por tercera vez: no solamente las cuerdas llegaban –eso sí muy justas- sino que en la repisa estaba montada una buena reunión con argollas de rápel. Sólo tuvimos que recoger con cuidado las cuerdas y montar el siguiente rápel. De camino hacia abajo liberé la cuerda azul de mi amigo César.
        El resto fue relajarse, recoger todas las cuerdas que yacían por doquier, ordenar el material y hacer los bultos para descender. Las mochilas y el peso se habían multiplicado, pero me encontraba de buen humor y me lo tome con alegría. Además la tarde estaba deliciosa: ni frio ni calor. Nos fuimos con mucha parsimonia valle abajo. La música de Radiohead sonaba en los altavoces. Las ganas de volver a la Pared de Cigal se habían actualizado. Pero lo más importante es que había comprendido claramente que un proyecto sólo sale bien si tiendes con tu voluntad un puente hacia él, como un túnel en el vacío universal.
           

Foto: Jose

2 comentarios:

Ame dijo...

Me gusta la comparación: túnel de vacío, agujero de gusano en el universo de nuestros sueños. (Inútiles y absurdos gran parte de las veces)

Carmen Ruiz dijo...

Me gusta.