23/10/16

Linda



Linda es una perrita simpática, tranquila y de apariencia frágil. Más que otra cosa evoca ternura en quien se acerca a ella. Su dueño es un joven sumamente ocupado. Apenas tiene tiempo para poder llevar a cabo todos los asuntos, proyectos y negocios en los que anda enredado. Vistas así las cosas, fue casi una proeza por mi parte que sólo me costase un par de meses ajustar fecha para hacerle una sesión fotográfica a Linda con su dueño. En los días inminentes a la sesión hubo varios cambios de fecha debidos a los compromisos y ocupaciones de Sergio y, por fin, la sesión quedo concretada para el domingo 23  de Octubre por la mañana.
Tuve infinidad de dudas a la hora de escoger la cueva donde meter a Linda. La idea inicial era conseguir reunir las siguientes condiciones: salita coqueta (con formaciones atractivas), no muy grande, para que iluminarla fuera fácil, cercana a la entrada y sin complicaciones, para poder transportar a la perrita en una saca, y, finalmente, con un suelo limpio de barro, para que las patitas de la perra no se convirtieran en una fuente de problemas junto al traje. Decidí que fuéramos a La Hoyuca para hacer las fotos en la sala más cercana a la entrada.
En el parking de la estación de Solares casi nos cruzamos con los otros integrantes, Eugenia y Carlos, de una excursión organizada por Marisa, pero el pequeño retraso de Sergio no lo permitió. Un instante después de que aparcara su cutre, pero muy amado, coche mire a Sergio y no hizo falta que me contase nada especial: estaba un poco resacoso de la pasada noche del sábado. Sin embargo lo llevaba bien y con mucha dignidad.  Casi podríamos decir que ese estado, levemente decadente, claramente le favorecía. Quizás fuese un aire misterioso e interesante a los ojos de un espectador fugaz y anónimo, quizás la diferencia con los otros, y las otras, modelos que habían posado en anteriores sesiones. Metimos todos los trastos en mi coche y nos fuimos muy contentos, al menos yo, a Riaño. El día estaba tropicalmente genial.
Fue sorprendente que Sergio no conociese La Hoyuca, a pesar de conocer el Panda Gigante y el remoto Astradome. No sabía en qué dirección ir para llegar a la entrada desde el punto de aparcamiento, ni tampoco que estaba a poco más de un minuto. Pero todo eso era una anécdota sin la menor importancia comparado con el hecho de que íbamos a meter a Linda por la gatera de entrada a La Hoyuca.  Cruzamos el prado alegremente y justo donde empezaba la rampa terrosa hacia las estrecheces Sergio introdujo a Linda en su saca dejando fuera solo su cabecita. En el desfonde cruzamos las sacas en vilo para posarlas en el laminador. Allí Linda salió con prisas de la saca y exploro el entorno husmeando por todos lados. Unas decenas de metros más allá desembocamos en nuestro destino.
La sala estaba bastante seca aunque persistían zonas de barro, no demasiado pringoso, y goteos debajo de algunas formaciones. Esos goteos íban a ser un aliciente más en la composición de las fotos definitivas. Extendí los trastos donde me pareció más cómodo y estudié el encuadre más prometedor. Tras algunas vacilaciones fije la posición del trípode. Después de tantas sesiones tenía claro una cosa:  el modelo debe ser iluminado por cuatro flashes en X con el eje de simetría cruzando la posición de encuadre. Los demás flashes conviene que iluminen el paisaje a resaltar, no toda la escena, a contraluz. Si es necesario se pueden pintar/flashear varias tomas del paisaje para luego integrarlas con la fundamental toma del modelo en una fusión por capas. De cualquier modo fueron necesarias unas cuantas pruebas para conseguir la cantidad de luz correcta. Y también la posición de los flashes.
Hicimos una larga sesión, primero con el gran angular y luego con el 55mm. Me sorprendieron la expresividad emocional de Linda y los cambios de estado de Sergio. Unos resultados bastante sorprendentes. Hubo varios momentos de tensión; sobre todo cuando Linda, estando ya con las patitas concienzudamente limpias, se asusto y saltó de los brazos de Sergio al suelo. Nos vimos obligados a montárnoslo de nuevo para limpiarle las patas y situarnos otra vez en la posición previa.
Me ayudaron mucho las sugerencias de Sergio en cuanto a posicionamiento y encuadre. Finalmente era él el más interesado en continuar haciendo fotos y no yo, que andaba a estas alturas de la sesión un poco saturado. Cierto que los modelos tardan en asumir su difícil trabajo y cuando lo hacen es el fotógrafo el que ya anda harto de currar. Todo el mundo piensa que es muy fácil posar. Hasta que lo intenta y le piden que exprese esto o lo otro. Entonces empiezan las dificultades. De cualquier forma la sesión había llegado a su fin. Recogimos cuidadosamente y un minuto después estábamos en el laminador.
En vez de introducir nuevamente a la perra dentro de la saca Sergio la dejó ir a su aire por el laminador, la llevó en vilo al otro lado del desfonde y la poso en una repisa de la estrechez. En este último punto debió de ponerse muy nerviosa, porque cuando, finalmente, la depositó en la base de la pendiente terrosa que lleva al exterior la perra salió zumbando por una gatera que no llevaba a ningún lado. Sergio la llamo a voces desaforadas y la perra reculó y comenzó a ascender por el camino correcto. Sin embargo la perra no espero a su dueño en la salida sino que inició una huida sin freno, de la terrorífica cueva a ojos caninos, en dirección a ninguna parte. Cruzando el prado a toda pastilla enfiló hacia las últimas casas del Barrio de la Iglesia. A estas alturas Sergio había pasado del enfado a la histeria total persiguiendo a la perra, dando voces que podía oírse en el fondo de La Hoyuca y con el corazón saliéndosele por la boca. Corría cuesta arriba detrás del animalito que se aproximaba a una zona llena de perracos que podían merendársela de un bocado y de coches que podían aplastarla como un cacahuete. Además la novia de Sergio había avisado a éste de que si le ocurría algo a la perra le echaba de casa. La cosa no era una broma. En fin, por suerte el primer perro que se encontró Linda era pacífico y después de olisquear unos segundos por la zona la perrita comprendió que lo mejor era volver atrás a la seguridad de los brazos de su dueño.
Nos reencontramos en el coche y mientras Sergio se iba calmando yo deje la saca en el suelo. Para cuando quise abrir el maletero me di cuenta que las llaves no estaban en su sitio. Se me habían caído del bolsillo del mono.  Un poco aterrorizado por la situación comencé la vuelta a la cueva. Si se habían caído al atravesar el prado las posibilidades de encontrarlas eran ínfimas. También habían podido caer por el desfonde o en el laminador. Me di cuenta de lo desagradable que podría llegar a ser una situación así si te ocurre en una cueva mastadóntica y llena de dificultades. No quedaría otra que abrir a la fuerza la ventanilla y llamar a casa, si hay cobertura, para que te traigan otras llaves. Sin embargo esta vez hubo suerte: las llaves se habían caído del bolsillo al arrastrarse por el laminador. Creo recordar que hubo un momento en que saqué los guantes del bolsillo para ponérmelos y casi seguro que fue en ese instante cuando se cayeron.
Nos debatimos un buen rato entre varias posibilidades, distintos restaurantes o mi casa, pero al final disfrutamos de una excelente comida en el tranquilo y vacío restaurante de La Estación. Teníamos mucho que comentar acerca de los sucesos del día. Pasamos el resto de la tarde mirando fotos. Las ya procesadas de otras sesiones, las de los viajes del verano y las tomas que habíamos realizado en la mañana. Incluso procesamos, como ejemplo, alguna de esas tomas y las repasamos todas estableciendo su valoración, de cero a cinco estrellas, para el posterior procesado. Tanto para mí tanto como para Sergio muchos proyectos se perfilaban en el horizonte próximo aunque ninguno excesivamente nítido. El destino dictaría los caminos a seguir en el momento propicio… 



14/10/16

Pandy



Quede con Encarna el viernes a las tres en Solares. Así le daba tiempo a recoger a María. Me pregunto si podía venir Daniela con su madre Asun. De esa forma serían dos y estarían más entretenidas. No me importo. Al contrario, pensé que podrían producirse buenas imágenes al jugar entre ambas. Y también con Pandy y Foxy.
Asun se retraso un poco pero como yo no tenía prisa me importo poco. Aunque llegué a pensar que no vendría. Pasadas las tres y media nos montamos los cinco en mi coche. Atrás colocamos las sillitas infantiles para coche más simples y facilonas que he visto. Aunque, por lo que me contaron, según la ley los niños deben pesar más de 20 kilos para que puedan usarse esas sillitas facilonas. De cualquier forma el tramo de carretera era corto, cinco kilómetros, y muy tranquilo. Allí, en La Cavada cerca de la carretera a Rucandio, aparcamos en una desviación que lleva a hasta unas casas en las que comienza la pista de hierba que lleva a la cueva.
Los preparativos fueron escasos: ponerse las botas de goma. Yo lleve la saca de fotografía, Encarna una bolsa (y a Pandy de vez en cuando) y Asun otra bolsa con más ropajes. Como ya les había avisado nos encontramos con un par de tramos de barro en que tuvimos que ayudar algo a Daniela y María. Lo que no me esperaba era que el río que sale del sistema de la Cueva del Canónigo estuviese crecido. Tuvimos que cruzar en brazos a las niñas y Asun paso en zapatillas mojándose los pies. En realidad había llovido los días anteriores, pero no demasiado. Lo más extraordinario fue encontrarse con la entrada de la Cueva del Canónigo inundada por el río. La cueva actúa como trop-plein de la surgencia principal pero yo no lo sabía. El día que fui a investigarla estaba seca por completo.
Pensé que la cosa se iba a acabar allí mismo dado que las madres suelen ser extremadamente prudentes. Pero no contaba con que Encarna es más echada pa alante de lo que puede esperarse de una temerosa madre española. Se vino conmigo cueva adelante por el río hasta una zona que dejaba de ser activa. Exactamente la salita en que yo pensaba hacer las fotos. Vimos que el tramo inundado era corto, fácil y sin problemas (si se calzaba botas de goma). Dicho y hecho: volvimos a por María y Daniela que fueron transportadas a cuchos. Hubo que avisar a las nenas para que no se dieran coscorrones con el techo en algunos sitios. Más divertido que cualquier otra cosa. El resto del equipaje paso también sin problemas incluido Pandy. Y allí nos asentamos para prepara las tomas.
Al comienzo la novedad hizo que las nenas se entretuvieran, pero entre poner los flashes y hacer que todo funcionase tardé una media hora. El tiempo que necesita una niña de cuatro años, para empezar a impacientarse. La impaciencia se convirtió en quiero irme justo cuando empezaba a hacer las tomas interesantes. Pero he aquí a las madres que todo lo resuelven. Y entonces empezaron los cuentos y la sugerencias que “dile al oído tu secreto…”, “coge a Pandy en brazos…”, “poneos de espaldas una contra otra…”, … Sin las madres las fotos no hubieran sido posibles.
Hubo cambio de trajes y cambio de tercio. Los vestidos eran bonitos y encima de las niñas más todavía. Finalmente las madres estaban más entusiasmadas que yo mismo. María empezó a decir que tenía frío. Tuve que convencer a Encarna de que mejor hacíamos caso a las niñas para que les siguiera gustando entrar en cuevas y hacer cosas algo aventureras.  Así que las animé a cambiarlas e irse a la otra salida de la cueva. Esa salida da a unos prados junto a Rucandio y el paisaje que se ve desde la boca es encantador. En cuanto recogí y empaqueté el material me acerque a donde estaban. Las niñas recogían flores y hacían ramitos. Eran felices.
               La travesía entre bocas nos llevo unos diez minutos. Luego hubo que atravesar los dos ríos y los barrizales. Pero ya daba un poco igual mancharse. La tarde estaba espléndida y todos de buen humor. La actividad de la Cueva del Canónigo quedo señalada como ideal para niños. Durante la vuelta a Solares las niñas chillaban como solo las niñas pueden chillar. Pero la cosa estaba hecha.




8/10/16

Buen Camino

 Inicio del Sendero

Segunda Cabaña
Hacia las Ruinas

Senda de Cabras

Senda de Cabras


 Trochas de Cabras



          El sábado 8 de octubre me fui a San Roque para buscar un camino alternativo a la Cueva de Las Montosas y, sí, encontré un buen camino. Bueno, bonito y barato. Creo que con las fotos sobraran las explicaciones.




Plano

1/10/16

Mont-osos


 



Adrián convocó una salida a la Cueva de las Montosas. La cita era a las diez, el sábado día uno de Octubre, en el camping de San Roque. Cuando llegué, algo después de las nueve y media, una gran multitud estaba ya en el aparcamiento. Varios coches, una furgoneta y dos autocaravanas habían dejado el lugar como un mercado de frutas y verduras en hora punta. Allí había de todo: niños, bebes, jóvenes y jóvenas, hombres y mujeres fuertes, gente madura e incluso algunos mayores. Y seguían llegando. Algo en el ambiente me decía que todos habían venido para hacer una bonita excursión a una bonita cueva. Al menos casi todos. Otros habían venido para explorar. Y algunos para hacer fotos.
Ya habían llegado todos cuando echamos en falta a Adrián. Una llamada telefónica, de él o de Joserra, confirmo las sospechas de algunos: se encontraba aún en la cama. Todos, sin excepción, lo tomamos como un gran chiste. Algunas personas tienen la suerte de que los demás no se enfadan nunca con ellos. Es como si la gracia divina los hubiera tocado al nacer. Lo que a otros no se les perdonaría a estos se les toma como algo genial. De todas formas era un día lúdico y nadie tenía prisa. Y yo menos que nadie. Al final del día estaba programada una pequeña fiesta en el restaurante del camping para celebrar los últimos descubrimientos. Un día redondo pues. Aunque algunos compromisos, anteriormente adquiridos, me iban a impedir disfrutar de esa cena. Finalmente llego Adrián. Nos arreglamos en el menor número de coches posible para no colapsar el aparcamiento y Adrián se vino conmigo. Con las prisas se le olvidaron las botas en su coche y tuvimos que volver. Por fortuna se acordó antes de sobrepasar San Roque y nos retrasamos muy poco.
             Durante los preparativos se pasó por allí un anciano para charlar con el personal. Dijo que, desde Valdicio bajando un poco y yendo por caminillo hasta una cabaña, existía una ruta mejor para la Cueva de las Montosas. A la vuelta me paré a mirar, más o menos desde el cementerio de San Roque, y observé que hay una cabaña bastante cerca de la cueva  a una cota algo más baja. Desde luego es cuestión de ir a ver cómo es ese camino. En casa mire la zona con Google Earth y confirmé que existe un camino hasta una primera cabaña que luego continua hasta la que yo observe desde el cementerio -cercana ya a las Montosas-. El ahorro de energía podría ser muy sustancioso. 



Sea como fuere los preparativos continuaron. Yo tarde un minuto en ponerme las botas y estar listo. Así que me dediqué a mirar a los excursionistas y a fotografiarlos. Mientras tomaba fotos me hacía una buena pregunta: ¿les habían contado Adrián y Joserra a los participantes la clase de camino que lleva hasta la cueva? Por la alegría colectiva se notaba que la mayoría creía que había una cómoda senda hasta la boca.  Nada más lejos de la realidad. Ya al comienzo, la bajada hasta el puente, es un poco como caminar en la jungla. Aunque desde el puente comienza un camino de verdad, eso sí embarrado por las pezuñas de las cabras, el camino dura bien poco. A unos doscientos metros, nada más cruzar una vaguada que afluye al Miera, el camino se convierte en una senda de cabras entre helechos y altas hierbas. La anchura de la senda nunca sobrepasa un palmo. Generalmente es más estrecha, diez o quince cm., está levemente inclinada hacia la pendiente y, si tienes la mala suerte con el tiempo y la lluvia, es de barrillo patinoso. Era el caso.  En muchos puntos la senda bordea pendientes muy fuertes, o pequeños cortados, lo que constituye un motivo para ir en tensión. Finalmente la senda de cabras desaparece por completo y uno tiene que gestionarse el acceso a la boca trepando por las pendientes herbosas. Podríamos decir que la hierba viene bien para agarrarse un poco.
Por el trayecto la multitud inicial se fracciono al menos en tres grupos: el grupo formados por los de cabeza, llamémosles mont-osos, los que venían bastante cerca y los retrasados. Para mi sorpresa en el segundo grupo venía un bebe de pocos meses porteado por su papá en una mochila delantera. Dentro de la cueva ya, y a unos veinte metros de la boca, nos fuimos reuniendo todos, salvo el grupo de retrasados, para vestirnos de cueva. Me dio tiempo a montar el trípode y disparar algunas fotos. La multitud se dividió por intereses: los que iban a buscar una continuación en la Sala de los Gansos, los que iban a darse un paseo, los que iban a hacer fotos y los que no sabían que iban a hacer. Por otra parte aun no había llegado el grupo de retrasados.



A menos de 200 metros de la entrada Joserra comenzó a hacer fotos con su cámara réflex y un trípode. Tenía dos ayudantes: uno para iluminar y una chica, creo que Raquel de nombre, para posar. Yo me arrimé para aprovechar sus iluminaciones y su modelo. Aparte de hacer fotos iluminadas en una sola toma pretendía también volver a estudiar las posibilidades de la fusión de varias imágenes. Hice dos fotos de la gran galería con ellos. Luego me dediqué a hacer varias “series de tomas” con la cámara fija. Con las tomas de cada serie se trataba de construir una sola imagen. En cada toma se iluminaba una zona distinta de la imagen con una potente linterna.  El problema es que la iluminación la proyectaba desde un  punto muy cercano a la cámara. Sabía que eso daría imágenes un tanto planas. Mientras trabajaba pasaron el grupo de retrasados que formaban tres personas. Iban lentos por los caos de bloques de la gran galería.  Desde luego los mont-osos habían vendido bien la cueva a todo el mundo…
Después de tres o cuatro series de tomas habrían pasado, más o menos, un par de horas. Veía cierta iluminación proveniente de las lejanías de la galería adelante. Pensando en volver a trabajar junto a Joserra avance un poco hasta darme de bruces con un grupo que volvía. Realmente Joserra estaba bastante más lejos. Así que decidí volverme con tranquilidad. El grupo que volvía estaba formado por el bebe y sus padres y por dos o tres personas más. Habían llegado a un punto en que los destrepes y complicaciones de la cueva les aconsejaron volver. Bastante lejos de la Sala de los Gansos. Aproveche el encuentro para documentar con tres fotos la presencia del bebe en la Cueva de las Montosas.  Unos padres muy echaos palante  que me recordaron mis propias locuras en las montañas con mis hijos aún pequeños.
El descenso fue más fácil que la subida. Al fin y al cabo era bajar. Primero a rastraculo y luego siguiendo las trazas hasta donde se podía volver a ver la senda cabruna. Como no había llovido el estado de la senda era algo mejor que por la mañana.  Baje cerca de los padres y del bebe. Este dormía plácidamente ajeno a cualquier peligro. Ya en los coches charle un minutos con los padres y con una pareja de gente mayor. Estaban indecisos de que hacer hasta la cena y les aconsejé que fueran a ver el camino desde Valdició hasta las Montosas.  No se lo que harían porque yo me baje de inmediato aunque paré unos minutos un poco antes de entrar en San Roque. Cuando llegué a casa me toco preparar un par de ensaladas, deshacer los equipajes de la cueva y comenzar a pensar en los equipajes del domingo. Un buen lío…