22/12/24

Iglesia

 

La iglesia de Riaño es antigua. Las hermosas piedras desgastadas rezuman ahora calma y uno se pregunta por las historias, los dramas, los regocijos a los que esas piedras habrán asistido y dado cobijo. Mientras estamos preparando las cosas para entrar en la Cueva de la Hoyuca suena la campana. Es domingo y, seguramente, dentro de un rato habrá una misa. El tiempo está fatal desde hace días pero tenemos suerte, ha parado de llover y nos da tiempo a llegar a la boca. En el camino nos salen algunos perros del pueblo. Uno de ellos nos mira y olfatea desde lejos, mientras que otro nos ladra y se acerca en plan desconfiado pero obedece al dueño y sólo nos sigue a unos cuantos pasos. Se nota que no es una mascota perrijo urbana sino un perro de pueblo. Estos perros saben que son perros y se comportan como perros normales. Por si las moscas llevo mi paraguas de mango metálico y punta aguda. Así colocas a un perro en su sitio fácilmente si es el caso.

            La entrada está como siempre: una pendiente de arcilla resbalosa que acaba en una grieta. Se sigue la grieta hacia la izquierda unos metros y se pasa por encima de un agujero desfondado para entrar en un laminador. Enseguida se desemboca en una serie, algo laberíntica, de pequeños pasillos y salas que nos llevan a las bonitas galerías de la red de entrada. Todo el conjunto de conductos se entrecorta entre sí a ángulos fijos. 
 

 
               En esas galerías hacemos algunas fotos con trípode e iluminación múltiple. Luego nos entretenemos en algunas desviaciones que nunca antes habíamos mirado. Finalmente alcanzamos el punto de desviación clásico hacia Flashbulb Hall, pero en vez de tomar este camino iniciamos tanteos para visitar Wardrobe Passage y otras cuantas galerías en su nivel. Después de una buena pelea con la topo en la mano, y dispuestos a cualquier artimaña, conseguimos entrar en la zona. La galería del Guardarropas es interesante, su decoración es profusa y esmerada. Hacemos bastantes fotos allí, pero sin trípode. Visitamos la segunda galería hasta cerca de su final pero nos corta el paso un desfonde que requiere un pequeño pasamanos. La tercera galería la recorre Guillermo hasta la salita final que tiene perfil de calcetín. Mientras tanto hago algunas fotos a la entrada de una gatera.
 

 
 

De vuelta a Pigs Trotter Chamber tomamos algo de comer y miramos el reloj. Son las tres y decidimos salir ya. Para llegar a la salida seguimos una ruta ligeramente diferente que requiere una pequeña escalada, seguida de un corto destrepe en un meandro desfondado. Cuando trabajosamente “conseguimos” salir el tiempo está mucho peor que por la mañana. Llueve con cierta profusión, el viento es muy fuerte y el paraguas entra en uso. Cambiarse al lado de la Iglesia es agradable, se puede usar el gran porche lateral de entrada. Mientras tanto le cuento a Guillermo nuestra aventura de juventud: finales de los 70, venir de Madrid por Burgos en invierno con mal tiempo, entrar en la Hoyuca para alcanzar el Astradome por el Sendero de los Gorilas, lleno de agua, en crecida. Prudentemente nos volvimos al exterior después de un corto avance por los Gorilas. Pero se me quedo grabada para siempre como una cueva especial a la que vuelvo a menudo. Siempre que recuerdo la Hoyuca se asocia en mi mente a la Iglesia de Riaño. La magia de la una y de la otra configuran una joya.

           Guillermo está muy contento. Se siente mucho más ágil que hace un año y coincide conmigo en los buenos resultados que da la actividad física de la espeleología y, sobre todo, lo apasionante que es visitar cuevas. Volveremos a la Hoyuca dentro de poco para seguir conociendo sus rincones. Nunca defrauda.      



 
 
 

 

8/12/24

Tempestades Cantábricas

 

 

Las predicciones eran nefastas para el viernes, sábado, domingo, lunes, etc. y la realidad fue peor que mala. En Solares recogí a José (Chechu) a las diez y en Treto a Guillermo media hora después. Las carreteras estaban vacías. La lluvia oscilaba entre el estilo llovizna de ducha y el aguacero de cascada. Llovía como si no hubiera mañana, como si nuestra última oportunidad fuese entrar al Arca de Noé. La temperatura fue bajando según nos acercábamos a la cordillera. En Solares unos 9ºC y más arriba de Ramales, en Lanestosa, rondó los 6ºC. Arriba, hacia el Puerto de los Tornos, vislumbramos la nieve.

           Teníamos un par de opciones para aparcar en Lanestosa y prepararnos, pero a la hora de la verdad ninguna me gustaba porque suponía encontrarse con la cruda realidad: salir del coche y cambiar de ropa. Ciertamente ponerse el mono y las botas era poco apetecible. Tuvimos una ventana de poca o nula lluvia, bien aprovechada, pero cayeron varias lloviznas en el camino hacia la cueva. Las losas de piedra del ancho sendero estaban como si les hubiesen untado jabón, como una cucaña de fiesta de pueblo. Por el buen camino pasamos al lado de la entrada de la Cueva-Mina de los Judíos, por un Centro de Visitas Minero y por las desviaciones a varias minas más. 

El porche de la Cueva Severina es generoso, grande y hermoso. Allí ya no llovía porque el techo de piedra lo impedía, sólo caían goteos por doquier. En la galería de entrada dejamos los paraguas y comenzamos a hacer fotos. Rápidamente llegamos a una gatera bastante fácil, serpenteante, pero a mí se me ponía muy pesada la gaterita con la saca grande llena de trastos fotográficos: el maletín con cinco flashes, baterías de repuesto, tres controladores, una bolsa con los trípodes para los flashes, un trípode grande para la cámara, la cámara Sony (con sus baterías de repuesto) y una saca de cosas básicas. En fin, se trataba de un muerto. Por suerte mis compañeros me llevaron el agua, la otra cámara, el arnés de escalada y una cuerda de 15 metros y, además, me ayudaron con la saca en la gatera.

         Hicimos muchas fotos en una zona de excéntricas muy llamativas, todas como gusanitos que saliesen de la pared. Luego avanzamos en cuclillas por una zona encharcada, en la que la saca no debía tocar suelo. Más allá, en una zona más cómoda, había grupos de excéntricas cristalinas que fotografiamos repetidamente. Una desviación meandrosa podía seguirse pero se iba estrechando bastante. Por la izquierda la galería continuaba cómoda hasta una sala con un laguito. Por encima de éste una colada requería un paso de escalada. Instalamos una cuerda para asegurar el paso desde arriba y subió Guillermo, pero no había continuación. Finalmente el mismo Guillermo me convenció de sacar todos los trastos y hacer alguna foto de la sala. Apenas había sitio para posar las cosas sin que se mancharan de barro. Entre pensar la foto, repartir los flashes, disparar repetidas veces, modificar algo los valores y recoger se nos fue una hora. Además un par de cosas se mojaron  y todo tenía pegotes. Así es la vida del espeleólogo.


 
 

A la salida encontramos unos murciélagos dormiditos y unas cuantas polillas a los que fotografiamos con cuidado. El tiempo estaba peor. Optamos por volver por la carretera, el otro camino. Yo estaba deseando llegar y quitarme el muerto de encima. El cambio de ropa fue la apoteosis del día: la lluvia no nos dio cuartelillo. Hicimos lo que pudimos tapándonos unos a otros con los paraguas. Había allí un grifo que usamos para quitar un poco de barro antes de meter los aperos en bolsas de plástico grandes. En la carretera a Ramales había un semáforo por un desprendimiento de la carretera. No paraba de jarrear de forma intermitente y no se veía un alma por las calles. Puse la calefacción a tope pero enseguida la bajé de nuevo porque los compañeros eran cántabros... En Treto llovía fuerte y no hicimos ademán de bajar a tomar una cerveza. Todos soñábamos con llegar a casa y meternos bajo una ducha caliente...  

 
 
 
 
 




 

10/11/24

Lluvias Cántabras

 

Había quedado con Guillermo para hablar por teléfono concretando a qué cueva íbamos el domingo. Tumbado, mirando al techo, me acorde de Pablo, de Noelia y de una divertida actividad, allá por abril del 2004, en el Torcón de la Calleja Rebollo. De pronto supe con total seguridad que tenía ganas de volver a esa cueva. Se lo propuse a Guillermo y le entusiasmó la idea. Una cueva de más de 8 kilómetros con poca aproximación, con muchos rincones bellos y con poca cuerda.

            El domingo amaneció gris y lluvioso con chubascos intermitentes, un tiempo cantábrico de todas todas. Nos vimos en el Alto de Fuente las Varas y terminamos el viaje hasta el aparcamiento en un solo coche. Llovía a mares así que nos preparamos dentro del coche haciendo contorsiones. Me puse incluso el arnés, el casco y las botas altas de goma. Y sacamos los paraguas para combatir lo inevitable: mojarnos totalmente. Al comienzo fuimos por pista y senda, pero luego el monte cántabro, con poca ganadería actualmente, se mostró como lo que es por si mismo: un bosque de tojos pinchosos hasta la altura de la cabeza. Los últimos doscientos metros fueron la verdadera aventura del día, un poema épico, yo quería volverme pero Guillermo me elevó la moral. Algo parecido a subir por una pendiente de nieve en que te hundes hasta el cuello pero con pinchos por doquier. 


 

No reconocía el Torcón. Mis recuerdos consistían en bajar andando los 20 metros de rampa hasta la estrechez de entrada. Pero ahora había barro patinoso en toda la rampa, escalones nulos y ningún sitio fiable al borde donde anclar. Era como si, hace más de veinte años, hubiese estado en otro lugar completamente diferente. Incluso llegué a negar que estuviésemos en el Torcón de la Calleja Rebollo. Finalmente claudiqué, puse la cabecera a 20 metros del borde en un grueso árbol caído, fraccioné en un endeble avellano justo al  borde, bajé dando patinazos y puse un desviador sobre un roñoso bolt de 8 al comienzo de la estrechez vertical. La cuerda llegó justa al aterrizaje.

            Las galerías, de tamaño iglesia barroca de pueblo y decoradas con variedad, nos gustaban un montón. Hacíamos fotos y disfrutábamos del ambiente, la cueva estaba limpia. Llegando a un pozo ascendente de siete metros la galería adoptó una forma más bien gótica. Luego se convirtió en un cómodo túnel del metro sembrado de bellos rincones. Hicimos más fotos y más sentadas para admirar los detalles. Finalmente nos desviamos hacia el norte por una pequeña galería gateando como bebés. Nuestro objetivo era visitar NE Chamber.

 
             El descenso del pozo-rampa de 20 instalado sobre gruesos puentes de roca no supuso ningún esfuerzo (conviene llevar la saca colgada del arnés). Tampoco fue complicado subir una rampa tobogán de una decena de metros. Pero faltaba la instalación del pozo final, de otra decena de metros. No había bolts, ni spits y se hacía necesario lazar un puente de roca más allá del borde del pozo. Era necesario asegurar este movimiento con otra cuerda. Cierto que cuando vine hace dos décadas estaba bien puesto y no supuso problema alguno. Pero ahora no lo vimos seguro. Mejor ser prudentes y seguir vivos algo más, así que nos volvimos. El ascenso del pozo de 20 resultó un poco incómodo pero nada del otro mundo. Ya arriba nos dedicamos a hacer más fotos, avanzando unos metros. 

 
           La salida se hizo pesada por el barro patinoso de la rampa, o tal vez divertida. Había dejado de llover, pero el bosque de tojos seguía igual. Afortunadamente ahora se trataba de bajarlo y no de subirlo. Unos perros aburridos nos ladraron desde una casa lejana. La lluvia nos respeto el cambio de indumentaria. Para nuestra sorpresa, bien agradable, Casa Germán estaba abierta, fueron amables y pudimos comer con mesa y mantel a las cinco. A eso de las seis nos fuimos de Matienzo, seguían en pie de guerra las lluvias cántabras.    
 


 Fotos: Guillermo y Antonio

Texto: Ant On Ío

22/10/24

792 / Pozo de la Paloma

 

En una de las minas cercanas a la Azohía hay una gran sala, con galena visible, en cuya bóveda se vislumbra la luz del día través de un pozo (o chimenea) minero. Tanto LLamusí como yo conocíamos ese lugar. Podía ser interesante alcanzar el nivel base horizontal de la mina y reconocer los niveles intermedios accesibles desde el pozo. Teniendo en cuenta el recorrido de las galerías base hasta llegar a la Sala podíamos inferir una estimación de la posición en superficie del pozo. 

A las nueve nos vimos en un aparcamiento cercano a la Azohía y recorrimos el paseo que hay hasta las minas. Desde las construcciones de la mina principal ascendimos gracias a las restos de senderos y pistas mineras por terreno muy confuso e incómodo hasta ponernos a unos metros bajo una torreta importante. Algo más abajo una caseta, numerada con 792, daba acceso a un pozo con escaleras de hierro oxidado del que salieron huyendo unas cuantas palomas asustadas. La torreta no daba acceso a ningún pozo pero algo más abajo hacia el este vimos desaparecer las palomas. Con buen criterio, Llamusí se acerco y localizó un pozo grande donde se habían metido. Considerando las circunstancias y el material  que teníamos J.L. decidió acertadamente instalar el pozo 792.

Para la instalación J.L. usó un ingenioso sistema de fijaciones recuperable y muy seguro. Luego la cuerda de 80 pasaba por encima del murete del pozo, con un protector para evitar roces, y caía limpiamente por la vertical. Debido al peso del taladro y las cuerdas optó por bajar sólo un tramo sin fraccionamientos. Mientras bajaba me refugié bajo un arbusto para evitar el sol castigador. Había olvidado el agua y tenía sed.



 

 Al cabo de un rato escuché una voz que salía de lo profundo. A unos 25 metros había acceso a galerías horizontales decía J.L. El comienzo de la bajada resultaba un poco incómodo debido al murete pero se resolvía sin más con algo de precaución. Abajo un pequeño péndulo te depositaba sobre el comienzo de una galería polvorienta por el paso de las décadas. En mi descenso algunas palomas escaparon hacia la luz del día que penetraba por la boca superior del pozo.

Avanzamos por la galería cómodamente hasta un pequeño destrepe. Un poco más allá, en plena oscuridad, una paloma se había refugiado huyendo del ser humano. A la vuelta veríamos que se hacía con ella. La galería avanzaba con rumbo mantenido más o menos. Algunos pozos y galerías laterales los dejamos para mirarlos al volver. Desembocamos en un ensanchamiento que daba acceso a desniveles, pisos inferiores, pozos y galerías que se cortaban en verticales profundas. Algunos murciélagos pasaron volando procedentes de algún lugar remoto en la mina.  Previsiblemente alguno de esos cortados debía dar a la Sala de la luz cenital que estábamos buscando. Comencé a poner reflectores para evitar despistes al volver. Pero bien poco duró nuestro avance. Todas las posibilidades de seguir hacia arriba, abajo, derecha o izquierda acababan necesitando cuerdas, en pasamanos o pozos, de una manera u otra. Ciertamente arriesgando tal vez se podría seguir algo más pero no era opción aconsejable.

           De vuelta visitamos una galería a la izquierda con una capa de polvo de varios centímetros sobre el suelo. En ese exótico entorno pudimos ver la mayor colonia de escarabajos cavernícolas negros que haya visto nunca. Correteaban por decenas o cientos en todas direcciones. A unos metros de este universo de coleópteros encontramos un nido de paloma con dos huevos y justo al lado un pozo minero por el bajaba la luz del día. A su lado unas escaleras descendían a niveles inferiores pero enseguida se hacían impracticables. El paso del tiempo las había derruido convirtiendo el pasaje en un pozo que hacía necesario el uso de cuerdas.




             En la galería principal nos entretuvimos con algunas fotos pintadas. La cosa era un poco cutre porque no llevaba trípode. Cuando llegamos al lugar donde estaba la paloma en la oscuridad J.L. la atrapó y en la trepada me la paso. Todo su cuerpo vibraba lleno de vida. Me miro con terror con esos ojos rojillos que tienen las palomas. Un poco más allá , ya en la vertical del pozo, depositamos a la paloma en el suelo. Un instante después volaba pozo arriba buscando la luz.

           El ascenso de cuerda era cómodo salvo la cabecera que había que negociar hábilmente trepando por la izquierda dejando la cuerda justa para poder hacerlo. Ordenados y recogidos todos los cachivaches el regreso hasta los edificios mineros fue mucho más fácil que la venida.  Era fácil controlar mirando desde arriba los restos de los senderos y las zonas de tránsito más cómodas. La pista hasta el aparcamiento se hizo pesada por el solazo y el calor pero las historias que fueron surgiendo no tenían precio. Unos minutos después estábamos en el bar Acuario entrando en la Azohía. Las cervezas heladas que nos sirvieron nos llevaron al quinto cielo. Era un bonito proyecto conocer esas viejas minas misteriosas y sus habitantes.






10/10/24

Travesía Minera

 


A finales de septiembre JL y yo hablamos de realizar algunas actividades subterráneas por la zona costera de Murcia. Me contó que conocía una travesía instalada en las minas de la montaña de Peñas Blancas. Entrando por una boca superior y bajando varios pozos se podía salir por la Mina de Colón situado al fondo del Barranco de las Víboras. Intenté ir con él el jueves de la semana pasada pero finalmente quedamos para el jueves diez de octubre.

           Nos encontramos puntualmente a las nueve en "Rational Foods", que está justo en lo alto del Cedacero, y fuimos a aparcar al comienzo de la senda que sube por el Barranco de las Víboras hacia Peñas Blancas.  Nos tomamos el ascenso al collado con mucha calma y mucha conversación, para ponernos al día de viajes y excursiones. Siempre me gusta enterarme de primera mano de las exploraciones subterráneas, en este caso de las puntas de exploración -y la logística- en la Cueva del Agua de Isla Plana que ya superan los dos kilómetros. Las inmersiones duran entre cuatro y seis horas y dependen del uso de torpedos rápidos a baterías. También por ello es prioritario optimizar los recorridos buscando galerías más cómodas que permitan mayor velocidad, menor recorrido o ambas cosas.


 

Con todo esto llegamos al collado sin sentirlo. A partir de aquí la senda es muy buena y totalmente horizontal. Las bocas de mina se suceden, una tras otra, a mano derecha. En pocos minutos estábamos en la Mina Magdalena. Visitamos una de sus galerías para una inspección corta y para ver la instalación de las "mulas sin fin" en donde, a base del trabajo de los animales dando vueltas a un círculo de unos cinco metros de diámetro, se sacaba el mineral con un ascensor por un pozo vertical. Volviendo al exterior tomamos por otra entrada una cómoda galería minera, JL no sabía el nombre de la mina, que nos llevo hasta el comienzo propiamente dicho de la travesía en una boca superior de la Mina de Colón.

         Desde la sala que forma la boca, de grandes dimensiones, parten varias galerías, pozos y rampas. Las instalaciones son evidentes. Un pasamanos da acceso a la cabecera de un pozo de veinte volado. Se puede continuar por otro pozo instalado o por una "llave" construcción en forma de estrecho pasillo con escaleras que bajan con bastante inclinación. Una pequeña obra maestra de arquitectura minera. Al final de la escalera se encuentra una rampa muy empinada por la que los mineros dejaban caer el mineral. Esta rampa es una especie de tubo en el que hay dos montajes para rápeles uno detrás de otro, de poco más de veinte metros cada rápel. A continuación hay un pasamanos de ocho metros que nos lleva a un pozo con tres fraccionamientos en donde las cuerdas estaban cómodamente instaladas. Un poco más adelante encontramos un hermoso dintel arquitectónico que invita a seguir la galería. Y sólo con un corto pozo más, que también nos encontramos instalado,  alcanzamos el nivel de salida. 
 
 
 
 

El resto hasta la salida consiste en caminar por un perfecto pasillo rectilíneo de tamaño casero hasta que vislumbramos la salida. Esta última parte viene marcada por un colchón y un somier que da inicio a cien metros de "establo de cabras". Ese fue el uso de la galería tras el abandono de las explotaciones mineras hasta hace poco. El suelo está tapizado de una capa cuarteada de cagarrutas de cabra compactadas de tal manera que parecen asfalto. Así salimos al exterior y tomamos el lecho seco de la torrentera ya que la pista minera está destruida por los meteoros y la vegetación. Sin embargo un centenar de metros más adelante puede abordarse la vieja pista y seguirse sin problemas hasta que desemboca en la senda de Peñas Blancas.

          Nuestro último quehacer consistió en lavarnos el polvillo mineral que teñía con ahínco ropa, calcetines, y cualquier trozo de piel expuesto en las minas. Había sido una actividad muy bonita y placentera, apta para mucha gente del mundo de la espeleo. Incluso para niños, con la debida supervisión, que debe ser estricta en los fraccionamientos y sitios delicados. Merecería la pena hacer una topografía bien ilustrada de la travesía minera. JL y yo nos emplazamos a realizar más actividades espeleológicas o lo que surja en las próximas semanas.


14/9/24

Todo es un Camino en sí

 
 
 

La idea original era muy simple: Partiendo del Portús recorrer el cómodo sendero hasta Cala Estrella y abordar la Cueva del Gigante por el corto tramo de ferrata que facilita llegar la boca con un nimo esfuerzo. Sin embargo a fecha del viernes no estaban los seguros espeleológicos (para un día) que gestiona la federación. Cabía la posibilidad de prescindir de los papeles ya que el tramo de ferrata es muy corto y la supervisión de los inexpertos puede llevarse estrictamente. Incluso asegurarlos con una cuerda auxiliar. Pero claro, al tratarse de menores la decisión corresponde a los padres.

Vista la situación buscamos una alternativa sin ferrata que no necesitase arneses ni otra cosa que andar con cuidado. A Cala Estrella puede irse por varios senderos, bien desde el Portús o también desde Tentegorra (Cartagena). Esta última posibilidad me pareció más atractiva sencillamente porque no la conocía. Así pues quedamos en el aparcamiento del Monte Roldán el sábado a las diez. Venía Marisa, Jorge y Vir con toda su familia (Anatole, Gabriel y Alejandra), un grupo muy similar al de hace tres semanas en la Catedral de Cope.

La primera parte del recorrido, hasta el Mirador Bajo de Roldán, es, al principio, pista de tierra y luego muy buen sendero, todo por bosque de pinos. Desde el collado del Mirador ya se veía, allá abajo, la Cala Estrella pero no estaba claro cómo tomar el sendero hacia ese destino. Al mirar con s atención, empezamos a sospechar que el sendero hacia Cala Estrella no iba a ser tan bueno como el que habíamos recorrido ya.

           Desde el collado había que tomar la senda que recorre, en suave bajada, la falda del Roldán en dirección a Cartagena, hasta un cartel indicador -en una bifurcación- en que un senderito a la derecha se desvía hacia Cala Estrella. El "senderito" no es precisamente una buena senda pero tampoco puede afirmarse que sea un mal camino. A veces hay que abrirse paso en la vegetación, trepar, pasar por debajo de un árbol, destrepar por zonas empinadas con terreno malo y cosas similares. Con algo de paciencia avanzar es simple ya que "todo es un camino en sí" según me dijo Alejandra para amenizar el día. Incluso la falta de camino. Ya cerca de la cala nos cruzamos con un pescador que subía con sus aperos, creo que no había pescado mucho ese día. El agua estaba muy removida por la mar de fondo.  
 

 

Una pequeña canal era la última dificultad para llegar a la orilla. Para llegar a la cueva desde ese punto era necesario ir a pie de acantilado, justo junto al mar, unos doscientos metros al oeste. Sin embargo el oleaje era muy fuerte y batía en muchos puntos por los que debíamos pasar, así que la decisión más sabia fue posponer la visita a la cueva para otro día. Además teníamos a Anatole -las rodillas no le respondieron bien en la bajada- y a Gabriel esperando sentados al principio de la canal. Había que tomarse con mucha calma la subida. A lo largo de la mañana había estado nublado pero amagaban los claros y el sol de la siesta no era precisamente suave.

Hicimos la subida por etapas, con largos descanso. En uno de ellos dormí una siesta. Cuando alcanzamos el collado nos instalamos un buen rato bajo un gran pino de sombra generosa. Desde allí no paramos hasta llegar a los coches, cuando ya serían las seis de la tarde. Allí soñamos despiertos con tomarnos unos granizados, los más ilusionados eran Alejandra y Gabriel. Después de meter los bártulos en los coches y cambiar un poco de indumentaria nos acercamos a una heladería cercana en el barrio de la Vaguada entre Cartagena y Canteras. Los granizados eran raros de narices, el de café fuerte como un rinoceronte, las horchatas sabían a melón, la leche merengada mucho a canela y el único normal, al parecer, fue el de limón. Una larga charla nos ayudó a comprender un poquito la constelación, o laberinto, familiar de Anatole. El camarero era bastante borde pero la situación general era muy divertida. Al final cada cual se fue en dirección a su casa a descansar plácidamente. Seguramente algunos pensaban en volver a la Cueva del Gigante cuanto antes y otros en no volver nunca jamás...