25/5/14

Misterio

Foto: Espeleofoto



Todo está construido del mismo material que nuestros sueños. Esta afirmación no se me ha ocurrido a mí. Algunos Premios Nobel -como Schrödinger y Bhor-, algunos literatos -como Calderón o Shakespeare-, algunas tradiciones religiosas como el Budismo -y me quedo sólo con la punta del iceberg- hacen declaraciones similares. De una manera u otra todos afirman lo mismo: la mente y la realidad están construidas de la misma sustancia. Nada material.
En este paisaje -vacío de solidez- queda en relieve la irrelevancia de nuestros afanes. A la Naturaleza le da igual nuestras opiniones y nuestros deseos. El tiempo no significa nada. ¿Para qué sirven tantas preocupaciones? ¿Para que tanto esfuerzo? Todo surge y luego todo se desvanece. La Naturaleza tiene un tiempo ilimitado para crear… y para destruir. Como esos mándalas que fabrican -a base de arenas de colores variados- los monjes tibetanos, con un esfuerzo y una concentración sublimes, para luego destruirlos de inmediato. Ese es el camino de todo lo existente. Así pues podemos creer en el impulso de construir y también en el de destruir. Ambos son inseparables.
 Solo nos queda una certeza: el misterio que habita en cada uno de nosotros, en cada ser vivo y también en cada piedra y en cada átomo. Por eso el misterio es lo único sagrado y, en la medida en que todo es habitado y sustentado por el misterio, todo es sagrado. Y es también por eso que elijo un camino:  respetar las formas de existencia y realizar la mínima acción posible. Y en el mejor de los casos el camino de la no-acción. Aunque sé que todas mis elecciones y todos mis esfuerzos son irrelevantes.

Trío

Foto:   Chus   

Intenté convencer a varios compañeros del SCC para que vinieran a Sonámbulos pero no hubo manera. Ya tenían previsto salir el sábado y además estaba el partido del Racing haciendo sombra a todo. El domingo se votaban las elecciones europeas. Marisa y yo y pasamos por el colegio electoral a las ocho y media. Ya estaban todos los miembros de la mesa y lo tenían todo organizado. Pero no nos dejaron votar hasta la hora oficial de apertura: las nueve. Aproveche la ocasión, saludé a Raúl y le pregunté por su largo periodo de ausencia de las aulas.
A las nueve y un minuto salíamos de Rubayo por Heras hacia la autovía. La llovizna era muy fuerte y las nubes densas. A mayor altitud había niebla. Sin embargo hacia el interior de los valles no hacía tan malo. De hecho en Ramales no llovía. Aprovechamos la coyuntura y no nos demoramos. A las diez nos reuníamos con Mavil en la curva para subir a la Cueva del Gándara. Éramos un trío.
Cada vez que me planteo ir a esa zona se me hace un mundo el trayecto. Sabes lo machacante que es la continua sucesión -sin tregua- de trepadas y destrepes. Sin embargo si te colocas en la adecuada actitud las cosas mejoran: cada paso lo miras de forma aislada sin alimentar la expectativa de los pasos que le seguirán. De esta forma cada cosa adquiere su verdadera dimensión. Marisa tuvo  dificultades con la larga sucesión de dificultades que fueron minando sus energías.
A las dos y media alcanzábamos el acceso a la zona. Habíamos entrado en la cavidad a las once menos cuarto. Marisa se había cansado bastante. De hecho hubo un momento, unos veinte minutos antes, en que quiso quedarse a esperarnos. Pero la disuadí de ello. Antes de visitar la zona -y de ponerme a trabajar- almorzamos seriamente: bocadillos variados y postre: plátano y chocolate. Se nota la ventaja de venir con una chica que se preocupa por la alimentación.
Hicimos un recorrido somero hasta llegar al final del largo pasamanos. Mientras ellos visitaban el sector principal reorganicé el material de instalación y me puse a la tarea. Cambié las chapas recuperables por chapas de acero inoxidable y también puse maillons de acero inoxidable. Los maillons náuticos son excelentes pero hay que tener mucho cuidado al roscarlos porque tienen una pieza independiente que puede caerse. Corté el cable con una sierra radial ajustada a la taladradora. En algunos fijaciones, por la posición del cable, me costo hacer el cambio. Luego eliminé un anclaje a una hermosa columna y metí dos parabolts de cabecera. Una cuerda más nueva y de mayor diámetro mejoró este punto. A continuación metí cinco fijaciones para tender el pasamanos por un conjunto de repisas a mayor altura pero más cómodas. Mejoro mucho la salida a la plataforma intermedia.
Empezaba a sentirme cansado. A Marisa y Mavil les escuche pasando de un sector a otro, pero hacía ya mucho tiempo. El montón de trastos que llevaba, en mi atolondramiento, se habían enredado entre sí un par de veces. Prueba de que no andaba muy fino. Termine de tender las cuerdas, almacené en un rincón todo el material y volví al final de los pasamanos para recoger el resto de las cosas. Hice la saca al montón y salí en dirección al pozo de acceso a la zona. En la base del pozo estaban Mavil y Marisa pero no hacía mucho que esperaban. Hicimos una merienda-cena –ya eran más de las siete- rellenamos las botellas de agua, distribuimos el peso –el equipaje había disminuido- y comenzamos la vuelta.
Por el camino Mavil me acribilló a preguntas sobre la cueva.  Tuvimos que hacer un par de descansos para recuperar. El amontonamiento era progresivo. Los laminadores finales acabaron de darnos la puntilla. A las doce salíamos al exterior. Tiempo en calma, 7ºC y nitidez en el ambiente.

17/5/14

Mostajo


Esta es la salida de grupo del mes de Mayo. Cuatro cursillistas (Adriana, Ester, Ana y Marco) Juan, Julio, Nacho, Nano y yo. El encuentro se produce a las diez de la mañana en Solares. Enseguida nos vamos hacia Matienzo por Solórzano. El día está soleado y agradable. Me acuerdo muy bien de donde esta la boca. Pero ninguno nos acordamos de la ficha de instalación. Y tampoco de los pasamanos y tramos de cuerdas en el interior.
Muy poco tiempo los preparativos nos demoran. Se nota que los principiantes están ganando tablas. En cinco minutos alcanzamos la boca -el calor está arreciando pero no tiene tiempo de desecarnos-. Instalo una vía de descenso mientras Juan instala por la pared de enfrente otra. Las cuerdas no llegan al fondo. Por suerte tenemos otra cuerda de veinte metros, reservada para el interior, y fraccionamos en una rampa intermedia... Nuestros recuerdos no suelen ser suficientemente fieles. Es necesario tener una ficha o guardar unos apuntes de las instalaciones En caso contrario es probable que te enfrentes a una frustración.
Mientras llegan todos abajo me paseo revisando el estado de los suelos de la cavidad. Por desgracia muchos campos de corales negros están pisoteados por trochas demasiado anchas y hay bifurcaciones totalmente innecesarias. Pero todavía es posible salvar una buena parte del paisaje. Casualmente, sin proponérnoslo, hemos respetado abundantes áreas transitando por sendas. No obstante de vez en cuando unas huellas rompen de forma arbitraria alguna superficie arenosa/cristalina o algún campo de corales.
El pasamanos cercano a la entrada está bien instalado. Después de una larga gatera arenosa pasamos por varias salitas con suelos, techos y paredes delicados. Una cuerda con nudos  permite el acceso a otra gatera pedregosa y algo agobiante. Curiosamente la recuerdo mucho peor de lo que en realidad es. Un ejemplo más de cómo reconstruimos nuestros recuerdos con una nueva forma cada vez que los convocamos.
Me detengo para hacer unas fotos a la salida de la gatera. Luego continuamos por la galería que multiplica sus zonas coralinas. Me parece que en esta zona se podrían salvar bastante zonas más de un tránsito indiscriminado y poco cuidadoso. Poco antes de llegar a la ventana del pozo de cuarenta vemos una cuerda que asciende a un piso superior. Para nuestra sorpresa resulta que la cuerda es de cáñamo. De las que suelen usarse para atar burros… Juan documenta el hallazgo fotográficamente para, posteriormente, averiguar quienes han diseñado esa instalación.



Un poco más allá de la ventana del pozo de cuarenta llegamos a un desfonde que se salva por un pasamanos. Como ninguno recordaba este paso hemos dejado el material para verticales antes de la gatera. De momento no podemos llegar a la zona final de la galería en donde hay algunas formaciones especialmente raras.
Al poco tiempo estamos volviendo al otro lado de la gatera. Mientras se aclara lo que vamos a hacer me pongo a diseñar un sendero en las salitas con el objetivo de salvar la mayor sup. posible de campos de corales y gours. Cuando acabo la primera etapa vuelvo a comer. Los principiantes, junto con Nacho, deciden volver a pasar la gatera para ver la zona final. Julio se ocupa de poner algunas tarjetas ZB, Nano pone hilo, Juan hace fotos. Me pongo a realizar una segunda etapa después de un corto descanso. Nos juntamos en una salita y mientras siguen en esta zona me acerco por la gatera arenosa a realizar la tercera etapa.
Cuando termino el trabajo están llegando todos a la plataforma plana donde termina el pasamanos. Nos despedimos a voces. En el exterior continua haciendo un sol brillante. Es una tarde de primavera –casi diría de verano- . Cerca de la última desviación me encuentro un tractor que ha perdido una enorme bala cilíndrica de paja obstruyendo el paso de los vehículos. El paisano está intentando, sin éxito, volver a cogerla con las barras del tractor. Me pongo a ayudarle. Primero recolocamos la bala para ensartarla con más facilidad. Luego empujo oponiéndome para que las barras penetren en la bala. Precariamente tenemos éxito y el tractor continua su camino y yo el mío.
Llego a casa temprano -el calor es muy importante ya- me ducho y como. Por supuesto lo primero es una cerveza bien fría... Ahora os voy a hacer una pregunta bastante difícil (enviar respuestas>>>>)
¿Qué tiene una cerveza bien fría, un día caluroso, que la hace tan placentera?




14/4/14

Expansión

 

Texto: Antonio G. Corbalán
Fotos: Nacho


El planing lo diseñamos entre Julio y yo. La primera iba a ser Cuevamur. Fácil pero divertida. Y muy bonita. Entre los cursillistas se animaron Adriana, Esther, Mari y Miguel. Y entre los veteranos Nacho, Julio, A. Subiñas y yo mismo. Para mi era una ocasión única de balizar una cueva que lo necesita de forma urgente. Y también de mostrar a unos principiantes el trabajo de balización y su importancia.
Quedamos en Solares a las nueve y media. Nos repartimos en dos coches. El lema: economizar. En el mío se montaron Nacho, Adriana, Esther y Miguel. Los otros tres lo hicieron en el de Julio. Durante el viaje me enteré de las conexiones entre Miguel, Mari y yo mismo. Universidad, intereses comunes, lugares: el destino juega con nosotros de formas inesperadas. En la cafetería de Ramales seguimos conociéndonos mientras algunos desayunaban unos pinchos excelentes y otros sólo tomaban café. Era una salida de espeleo tranquila y perezosa que ya no recordaba después de una cantidad abrumadora de incursiones largas y duras en las que el tiempo se te va amontonando como una carga a tus espaladas.
En el aparcamiento de las Covalanas no quedaba apenas sitio. Dejé el coche justo en la desviación antes del puente sobre el Calera. Julio aparco en un hueco de la cuesta. Allí estaban sentados mirando el panorama Carlos y Alicia del ADEMCO. Mientras nos preparábamos vinieron a charlar un rato. Fue un encuentro muy agradable. Cuando terminé de colocarme el equipo no iba bien la cosa en la furgoneta. Los equipos verticales de los cursillistas estaban incompletos debido a un malentendido. Entre los préstamos de unos y otros se fueron completando y finalmente  se pudo iniciar la marcha.
Me adelante un poco para colocar el cartel oficial de cueva balizada en la entrada de Cuevamur. Mari y Nacho me alcanzaron y continuamos la marcha con el objetivo claro de no amontonarnos en los cortos tramos de cuerdas que hay que recorrer. Para cuando llegamos -muy tranquilamente- al final del Segundo Pasamanos ni se les oía. Después de media hora de espera aparecieron en el balcón de la Gran Sima.  Mari tenía un dilema: o se quedaba esperando al grueso del grupo -y continuaba hacia el fondo de la Gran Sima- o se venía con nosotros a balizar la Sala de los Cristales. Después de unos segundos de indecisión optó por quedarse esperando. Seguramente pesó en su decisión el hecho de llevar la comida de Miguel en su saca.  
Nacho y yo aterrizamos directamente en la Sala de los Cristales y nos repartimos la tarea de la forma usual: uno tendiendo hilo y el otro colocando las varillas. Nos cruzamos con tres espeleos vascos. El trabajo continuaba avanzando de forma segura. Lo bueno era que teníamos un suelo perfecto para clavar las varillas: tierra compactada en la que entraban suave pero firmemente. Lo malo fue que mis estimaciones de hilo habían sido demasiado optimistas. Los tres carretes que llevábamos (parcialmente gastados los tres) se acabaron cuando llevábamos un tercio balizado. Yo acabé de colocar las varillas y algunos carteles ZB y me fui a reposar. Nacho se preparó una supersesión de fotografía.  Pasaron las horas. Y Nacho comenzó una segunda supersesión de fotos. Yo continué reposando. Tres espeleos de visita en la Sala de los Cristales se encontraron fugazmente conmigo. Nacho seguía perdido en sus fotos. Yo reposaba el reposo.


















Unas horas después escuche a Nacho y al resto del grupo acercarse. Habían estado extraviados buscando el Paso de los Retales. Por una parte estaba A. Subiñas, quien visito Cuevamur por última vez hace más de diez años. Por otra parte estaba Julio, quien sólo había estado tres veces en Cuevamur pero hace bastante y guiado. Sea como fuere consiguieron dar con el paso dichoso. Mari llevaba una topografía de la cavidad pero eso tampoco ayudo gran cosa.
Una vez reunidos proseguimos hacia la salida. En el Segundo Pasamanos nos pidieron paso tres espeleos. Fue un error: sólo llevaban un croll y un descensor y tardaron una eternidad en recorrer los pasos. Cuando nos vinimos a dar cuenta ya era de noche en el exterior. Llegamos a los coches casi a las diez. Allí tardamos otra eternidad en cambiarnos y recoger (incluido devolver los materiales prestados) Propuse parar en Ramales a cenar algo para que no se hiciera demasiado tarde. Pedimos varias raciones de patatas y de chopitos y tomamos cerveza a discreción. De vuelta hacia Solares trabajaron a discreción las redes sociales.
Dos días después, el lunes, decidí volver a terminar el trabajo. Me preocupaba una gran afluencia de espeleos encontrándose con una balización realizada a medias: una imagen confusa y un posible efecto negativo. Nacho no podía venir así que me encontré entrando en Cuevamur, sin compañía, a las dos y media de la tarde. Hacía mucho calor. Cuando llegué al balcón sobre la Gran Sima me di cuenta que faltaba un tramo de cuerda. Intente bajar usando un trozo de reaseguro de unos seis metros pero no llegaba. Decidí volver a las rampas y tomar prestada una cuerda. Funciono correctamente aunque me llevo un rato ir, desmontarla volver y montarla (al salir tendría que hacer el proceso inverso)
Por fin llegue a los laminadores y las salitas que preceden a la Sala de los Cristales. Instalé la primera tanda de hilo y corregí algunas varillas. Para la Sala de los Cristales añadí algunas más. Acabé un carrete y comencé otro. Trabajar sin nadie que te espere, sin ningún ruido. Sólo la oscuridad y el silencio. Sólo tu ruido interior. Y bien que había ruido en mi mente. Pero al final terminé el trabajo, una satisfacción. Salí a las ocho de la tarde. De bajada me crucé con dos escaladores y una perra pesada. Mientras conducía hacia el oeste disfrute de un atardecer de hermosos colores. Una cueva más estaba balizada (parcialmente)
     

5/4/14

Furtivos


Texto: Antonio G. Corbalan
Fotos: Miguel F. Liria

¡Por fin! Íbamos a explorar en la Red del Gándara. Algo modesto, cercano a la entrada, un fleco olvidado, pero que nos llenaba de ilusión. Habían pasado muchos años en que nuestra única actividad en la Red consistió en conocer a grandes rasgos la cavidad. Y también, desde hace dos años, en instalar balizaciones en zonas muy frecuentadas y en algunas de las muchas zonas frágiles que se lo merecen. Una tarea enorme. Por el camino tuvimos la inmensa fortuna de encontrar Sonámbulos. Una gran suerte si consideramos el grado de profesionalidad de los exploradores del SCD y su exhaustividad. Pero así es el destino.
Ahora ya teníamos un permiso para explorar en una zona limitada, cercana a la entrada, y para prospecciones en superficie. Para nosotros se trata de un tipo de exploración muy ajustado a nuestras capacidades físicas y logísticas. No cabe duda de que una exploración puntera en cualquiera de las zonas remotas requiere, al menos, una estancia de tres días en la cavidad. Esto es debido, principalmente, al número de horas necesario para colocarse en una punta y/o en el vivac correspondiente.
El equipo de exploradores estaba formado por Nacho, del SCC, Miguel, del Burnia, y yo mismo. Cuatro invitados más, todos del SCC, declinaron la oportunidad por causas varias. Nos lo tomamos con tranquilidad. Esto significa que la cita era a una hora festiva. Nos encontramos en Ramales a las nueve y media. Después de los últimos palizones de catorce horas, con madrugón incluido, esto era todo un lujo. A las once estábamos entrando por la boca, abandonando el ambiente tropical en que se había convertido en los últimos días la Cornisa Cantábrica. Brutalmente, en una fracción de segundo, el flujo de aire frío te colocaba en otro mundo: el Mundo Subterráneo. No había transcurrido ni siquiera una hora y ya estábamos ante zona desconocida.
 Comenzamos instalando un pasamanos bajo una ducha fría. Asumí la tarea con bastante  respeto. La roca no me inspiraba ninguna confianza. De hecho se me cascaron algunos apoyos en dos ocasiones. Y tuve que tantear bastante para colocar las fijaciones. En total puse, para completar su instalación, cinco fijaciones y un natural. Enseguida mis compañeros estaban junto a mí.
La galería que nos ocupaba era muy modesta. Avance agachado y luego repté unas decenas de metros hasta que el laminador desembocó, a través de un resalte de un metro más o menos, en un riachuelo. Desde este punto la progresión fue haciéndose más cómoda. Decidimos ir topografiando como la mejor opción. Esta es la práctica usual, lo sé por sus crónicas, de los exploradores del SCD; y es una práctica que ahorra bastante trabajo. Muchas zonas, al carecer de interés intrínseco, sólo se visitan cuando se exploran y/o topografían.





El Río Pintado nos sorprendió a pesar de su modesta envergadura. Sobre los suelos -recorridos por el agua- se dibujaban diseños abstractos e irregulares que variaban de un crema claro a un marrón rojizo. La decoración de las paredes de la galería aumento progresivamente de nada a una profusión de coladas y pequeñas estalactitas. Las coladas obstruyeron el paso humano por el río y nos obligaron a pasar una gatera abarrotada rompiendo algunas formaciones. Una chimenea ascendente nos llamó la atención poderosamente. El recorrido se volvió muy cómodo. Sin embargo apareció otro conjunto de coladas obstruyendo el paso y obligando a utilizar otra gatera, algo por encima del nivel del río. Aquí nos paramos. Resultaba imposible pasar sin meterse en el agua por completo. Y no nos apetecía nada de nada. De vuelta terminamos de topografiar y exploramos una diaclasa ascendente con una gatera sopladora en su final.
Ya volvíamos hacia la boca cuando en un lateral de Alizes advertimos unos parabolts que ascendían. Se trataba de una escalada pendiente en la que habíamos puesto bastantes esperanzas. La enorme colada que se descuelga por ese  punto y la sensación, vista desde abajo, de que existe una enorme galería colgada es muy llamativa. Decidimos aprovechar el trabajo de esos espeleólogos furtivos. Gracias a los anónimos  escaladores el trabajo fue más corto y sencillo. Sólo metí un parabolt adicional (para alcanzar el tercero que alejaba peligrosamente) El resto de la escalada era coser y cantar. El único problema -fue empeorando según subía- es que apenas corría la cuerda debido a los roces. Tuve que instalar una reunión casi al final -sólo restaba una corta travesía horizontal- y pedirle a Miguel que subiese. Desde allí, en un par de pasos, termine de alcanzar la gran plataforma bien asegurado. Me paseé con calma y verifiqué que no había continuación. Solo una chimenea vertical en mitad del techo -y de la que cae el agua que forma las coladas- permitiría una complicada y poco prometedora continuación. De cualquier forma el paisaje sobre Alizes es espectacular y el balcón que forma la gran plataforma se merece un nombre: Balcón de los Furtivos.
Mientras tanto había ascendido Nacho. Abandonamos una chapa para montar el rapel de una forma más segura y equilibrada. Bajamos con facilidad los tres, Nacho, Miguel, recogiendo el resto del material, y el último yo. Antes de salir tratamos de ordenar un poco los trastos. Desde luego que habíamos conseguido ensuciarlos y desordenarlos bastante.
El ambiente que nos esperaba en el exterior era cálido y húmedo -tropical- como cuando entrábamos por la mañana. Pero por una vez habíamos conseguido no salir a deshoras. Y tener la sensación de que nos quedaba un buen trozo del día para hacer lo que suele hacer la gente los sábados. En el cercano pueblo de La Gándara entramos a un bar repleto de gente y pedimos unas cervezas. Miguel y yo Raqueras y creo que una Mahou para Nacho. Además devoramos unas patatitas. Al final el día había sonreído. Una exploración fructífera. Una agradable sensación de suave cansancio (y no de palizón) Tendremos que continuar en un futuro próximo.





29/3/14

Pasar o no pasar



Hacía varios meses que estaba mareando la perdiz con el tema de balizar en Udías algunas zonas delicadas. La última vez que pensé en hacerlo andaba con muy pocas ganas de entrar en una cueva y uno de los objetivos, hacer fotos con la nueva cámara de Marta, resulto imposible a última hora. Pero esta vez no iba a dejar pasar la oportunidad. Así que me uní a la pequeña expedición cuando me enteré de que volvían a esa zona frágil. Marta y yo balizaríamos una interesante galería mientras Adrián y Manu exploraban algunas posibilidades a partir de ella. Nos reunimos en la entrada de Sel del Haya a las nueve y media. Pero Marta, que había sido la promotora del madrugón, se retraso: cosas de la maternidad. Para compensarnos nos invito a café casero, que traía en un termo, y a sobaos gansos como los del Macho.
Eran casi las once cuando nos metimos en la mina. Aplaqué la velocidad de Adrián para no sudar. También, con la misma intención, me  quite ropa y me até el mono a la cintura. Al cabo de un tiempo pesadote caminando por feos lugares de cueva y mina alcanzamos la zona. Allí nos enzarzamos en la instalación de un pasamanos. Sin pasamanos no pasaré, dije. La seguridad es lo primero y principal, dije. Además voy cargado a tope, dije. Y cuando digo a tope no me quedo corto, dije. Así que eso de andar por cornisas inclinadas con barro patinoso no esta en mis planes, dije. Nos demoramos una eternidad hasta que por fin pasamos.
Empecé de inmediato a colocar varillas. La balización de fortuna que se hizo el día del descubrimiento me ahorró tener que tomar decisiones. Marta iba algo detrás instalando el hilo. Primero por un lado, pero luego por los dos lados y más tarde, de nuevo, sólo por un lado.
Pasó el tiempo volando y sentí hambre. Pero había cogido inercia y me era difícil parar. Adrián y Manu empezaron a marearme con el lugar donde comer. Al final les hice caso y me fui a comer con todos al final de la galería. Faltaba poco por hacer pero había que hacerlo después de comer. Entre otras cosas había que determinar donde acabar la balización. Pero también retirar el hilo antiguo, recoger las piedras que lo mantenían en algunos sitios y llevarlas a algún sitio donde se armonizaran con el entorno. Y terminar de tender el hilo. Sea como fuere esta segunda fase, tras la comida, se me hizo más trabajosa que la primera. Pero lo acabamos. Hicimos fotos durante quince minutos. De vuelta terminamos de retirar el hilo viejo y efectuamos algunas correcciones.
Mientras comenzábamos el camino de vuelta Marta y yo escuchamos las voces de nuestros compañeros acercándose. Nosotros dos íbamos lentitos. Nos confundimos de ruta un par de veces. Para cuando terminamos las cuestas y salimos al anochecer nuboso y gris-azulado nuestros compañeros no nos habían alcanzado. Eran las ocho de la tarde. Marta se quedo esperando a Adrián y Manu, aunque llegaba tarde a una celebración. Estaba un poco preocupada por ellos. Yo comencé la vuelta a casa.  Al poco me enteré, a través de Marta, que habían llegado justo después de irme yo. La incursión había cumplido sus objetivos y todo había salido bien. Pendiente queda hacer más fotos de la zona hermosa y frágil.     




22/3/14

Four

Texto: Antonio G. Corbalán
Fotos: Miguel F. Liria



             
            La historia comenzó a fraguarse el lunes pasado. A lo largo de la semana me encontré con ganas renovadas de volver a la Red del Gándara. Mi objetivo: terminar la balización y las instalaciones necesarias de la última zona en la que estuvimos. Sin esas instalaciones la obligatoriedad de pisar barro conllevaría el deterioro sistemático de la zona pisada. Primero hablé con Miguel para verificar que le era posible ir. Luego invité a Nacho y a través de él a Nano. Y además avisé a Chechu para que se animase. Nacho se apunto sin dudarlo. Nano no pudo venir. Chechu me respondió, el viernes mismo, que venía. Así pues éramos cuatro.
Decidí llevar el resto del cable donado por Zaca, dos taladros, tres baterías, el material de instalación, catorce parabolts, chapas (las que pude), mosquetones variados y algunos trozos de cuerda. Cuando repartimos el peso comprobé que no era excesivo. Pero, sin duda, mover cualquier peso por las complicadas galerías que nos llevan a un lugar tan remoto es un esfuerzo titánico.
Chechu, Nacho y yo nos reunimos en Solares. A las ocho y media nos encontrábamos con Miguel en Ramales. Allí tomamos cafés (y otras cosas), pero enseguida continuamos hacia Soba. El tiempo estaba muy frío y caían chaparrones intermitentes. Unos preparativos bastante desagradables me obligaron a ejercer la fuerza de voluntad. Tuvimos que usar paraguas mientras organizábamos las sacas y también para acercarnos a la boca de cavidad. Por suerte había tres y, además, una capa de agua. ¡Habíamos conseguido llegar secos a la entrada!
Entrar en la cueva fue un descanso (al menos el clima resultaba agradable) No había agua en el lagito de Alizes. Ni tampoco corriente de aire saliente. Lo que sí había era el típico barrillo patinoso que tapiza algunos sectores y otros no (sin explicación)
Al comienzo fue todo muy estresante. Es como si tuviera poco aire en los pulmones y cierto embotamiento en la mente. La caminata se me hacía pesada, larga, en cierto modo enorme. Al cabo de varias horas -un tiempo indeterminado pues nadie llevaba reloj- llegamos a donde queríamos llegar. Cierto que -si sólo te mueve el objetivo- el camino se puede llegar a hacer insoportable. Así es como funciona: el esclavo llega a su lugar de trabajo, trabaja sin placer alguno durante x>8  horas/día   y>5 días/semana con la mente puesta en el fds. El viernes por la tarde/noche lo dedica a intentar cuadrar febrilmente con su smartphone todo lo que su mente ha deseado hacer a lo largo de los días laborales. A las ocho de la tarde de un viernes podemos ver gente que camina, habla, oye, bebe, come, caga, mea y fornica con los ojos clavados en una pantalla. Suele decirse que wasapea. Finalmente, en algún momento indeterminado del fds, la mayoría de esclavos terminamos calmándonos. Esto de llegar a tal sitio para hacer tal cosa se parece bastante a la semana laboral.
Lo primero fue poner un cartel que dejase muy claro la dirección a seguir. Sin confusión acerca de gateras llenas de barro o mierdas por el estilo. La solución de clavarlo con varilla de fibra de vidrio, producto de la claridad mental de Chechu, infinitamente mejor que la de los parabolts. Luego nos limpiamos las botas con el agua de un charco y una escobilla dejada allí por Miguel para tal menester. Y ascendimos a la zona de trabajo.




De entrada Miguel encontró una solución a los primeros pasos del sendero que transitan por huellas embarradas. Se trata de barro con una cáscara de colada muy fina encima. Para eludirlo modificamos los primeros metros del camino haciendo un rodeo. Mientras realizábamos este trabajo Chechu y Nacho se dieron un paseo por la zona.
Antes de comenzar los trabajos más importantes nos fuimos a comer a un área, bastante incómoda por cierto, inmediata a los pasamanos. Allí repartimos las tareas: Nacho y yo nos encargaríamos de balizar una zona muy delicada. Miguel y Chechu se encargarían de tender los pasamanos eludiendo el barro. Durante varias horas trabajamos concentrados. En la lejanía podía oír los martilleos y el ruido del taladro.  Casi al final el mío comenzó a renquear. La batería se estaba acabando. Apareció Chechuadmirando el paisaje. Supuse que habían acabado y le pedí unos trozos de cuerda para equipar un resalte hacia la continuación del meandro. Acabé el último agujero in extremis y ancle el hilo a un natural.  Poco después nos reuníamos en el comedor. La zona permite pocos movimientos debido a que la rodean desfondes. El suelo es irregular e inclinado. Extender y ordenar las cosas es una tarea delicada. De cualquier forma no me pareció pertinente continuar trabajando.
Nada más comenzar la vuelta vi que la primera parte de los pasamanos no había quedado acabada.  Fue un malentendido con las cuerdas. Al pedírselas a Chechu se quedaron sin margen para hacer una instalación en condiciones. Así que tendremos que volver con taladros de nuevo. Pero las cosas están muy avanzadas.
En unos minutos nos reunimos en el punto de acceso. La caminata de vuelta me estaba pareciendo especialmente cansada.  Paramos un rato mientras Miguel instalaba un reaseguro en un resalte. Las cabeceras se merecen un poco más de seguridad. Al llegar al Delator las fuerzas parecieron resurgir. Un solo obstáculo y sentiríamos la salida cercana. La cuesta hacia la boca la subí como un gusano en su manzana. Casi arrastrándome.
Llegamos al coche a las doce de la noche.  Habían pasado más de catorce horas desde que entramos. Una fina nevada tapizaba el terreno pero no había cuajado sobre la carretera. Aunque sí sobre la carrocería. Cambiarse y ordenar mínimamente todos los trastos no dejó de ser un trabajo más. Sólo me sentí relajado y a gusto cuando puse la calefacción del coche a tope y lo deje deslizarse Valle de Soba abajo. Los altavoces del coche escupieron a todo volumen a Mugison y otros islandeses. A veces hipnóticos, a veces melancólicos y otras veces rotundos. Chechu sufrió en silencio el aluvión islandés. A él todavía le quedaba un largo trayecto hasta Unquera.



15/3/14

Superficie




Otra puerta me llama
entre los brezos.

Encuentro tres abismos,
uno bebe agua,
otro bebe vientos.

El ancho,
ése se bebe los deseos.




21/2/14

Obsesión


Texto: Antonio G. Corbalán
Fotos: Miguel F. Liria  &  Oskar

            La suerte sonríe de vez en cuando. Y aunque la suerte no es producto del azar solemos creer lo contrario. También he de decir que, en honor a la experiencia, muchas veces la obsesión conduce al error. Miguel contacto con Oskar y conmigo, Hugo contacto conmigo y con Miguel, Carlos contacto con Miguel y todos los cinco contactamos en Ramales a las ocho y media de la mañana el sábado veintidós de febrero. Nos demoramos un poco en el pueblo. Hugo satisfacía su apetito, producto de, cómo el dice, el hipertiroidismo. Le contemple unos minutos mientras devoraba un sandwich, un pincho de tortilla con pimiento verde y un vaso de café con leche. Me entró un poco de hambre, pero pensé que si me comía un pincho dentro de media hora lo vomitaría en el Delator. Así que opté por esperar para almorzar más tarde. Lo malo fue que el almuerzo se produjo a la hora de la merienda.  
            Después de arrastrarnos medio kilómetro por el Delator como escarabajos peloteros con su bola de mierda sólo se nos ocurrió pasar las dos horas siguientes escalando con movimientos atléticos en bloques de tamaño conteiner.  Cuando llegamos a la zona de balización ya habían pasado cuatro horas. Y estábamos bien jodidos (es decir, medio reventaos)
Entonces va Oskar y me dice: necesitas urgentemente tratamiento psiquiátrico. Pero nosotros ¿no hacemos nuestro trabajo por placer? (no como los esclavos modernos cuando van a su trabajo. No como los cuatro mil millones de pringaos que pueblan el planeta. Esos esclavos no sólo trabajan para el amo durante el número de horas que el amo desea, por un salario de subasta a la baja, sino que además gestionan todo lo necesario: transporte, alojamiento, manutención, vestimenta, etc. Así el amo no tiene que preocuparse de nada en absoluto. Si un esclavo cae enfermo o tiene hambre no es problema suyo. Para eso son esclavos autónomos… Además los amos forman una niebla anónima que se entremezcla con los esclavos autónomos formando un batiburrillo parecido a las tripas palpitantes de un cochino recién sacrificado para hacer embutidos. Sólo aparentemente: amos y esclavos se mueven y respiran por las mismas calles y están sometidos a las mismas leyes…) Así que la cuestión principal que nos planteábamos al cabo de unas horas de trabajo, arrastrándonos y deslomándonos, era la siguiente: ¿qué tipo de trastorno mental es el que tienes tú? Mientras baboseábamos insensateces de todo tipo concluí que el más próximo al mío era la obsesión. De los demás -me imagine- que eran un poco masoquistas.
Hugo y Miguel concluyeron la instalación de acceso a la zona. Les quedo especialmente bien. Digamos que muy cómoda. El problema era que sus cálculos arrojaban batería sólo para dos parabolts más y los pasamanos no podían acabarse con eso.Oskar, Carlos y yo concluimos un sector con zonas de tierra pegajosa. Instalamos unas alfombras de moqueta para caminar por encima de ellas. Mientras merendábamos, todos juntos, me devané los sesos intentando optimizar los recursos. Al final me puse en plan sargento porque alguien tenía que hacer ese papel. Llegar allí costaba demasiado trabajo como para desperdiciar la energía de cinco personas charlando. Mientras Oskar, Carlos y yo íbamos a balizar el sector norte de la galería Hugo y Miguel instalarían el pasamanos, exprimiendo el taladro.
No recordaba la belleza de ese lugar. Mientras que en los demás sectores lo que llama la atención es la abundancia, la fertilidad, en éste lo que te toca es la singularidad de cada detalle. El impacto visual es abrumador.  Disfrute esta balización como ninguna otra. También, es curioso, hacía tiempo que no veía reírse a alguien como a mis dos compañeros. Entre el esfuerzo y lo paradójico de la situación se les aflojo la olla. Aquello parecía, más que otra cosa, un auténtico manicomio. Mi obsesión por acabar el trabajo era tan grande que no pude engancharme al filo gracioso de aquello porque yo mismo formaba parte del chiste.







Nos volvimos a encontrar con Hugo y Miguel junto a los pasamanos. Eludir el fondo del meandro, lleno de barro pegajoso, es imprescindible en una buena instalación (si deseamos proteger las formaciones cristalinas) La solución de montar los pasamanos a media altura del meandro resulta eficaz, pero es necesario acabarlo. Además hay una zona con barrillo en una de las cornisas por donde va el pasamanos. Será necesario resolver este problema con creatividad en la próxima incursión. Aunque la solución no resulta, de momento, clara.
Era evidente que faltaba mucho trabajo para acabar la balización de Sonámbulos. Era evidente, también que el reloj marcaba las siete de la tarde y era evidente que estábamos a más de tres horas de la salida. Además deseábamos mejorar algunas instalaciones en el recorrido. Si no queríamos sobrepasar las trece o catorce horas de actividad debíamos comenzar la vuelta.
Tuvimos que parar varias veces para hacer pequeños descansos. También paramos a instalar una cuerda en un resalte de cinco metros. Coincidimos en la apreciación de que algunos pasamanos tendrían que modificarse y reforzarse. Como Hugo iba más rápido que los demás en un paso clave se despisto. La variante estaba interconectada a la ruta principal por un resalte sin cuerdas pero pude avisar a gritos a Hugo de que no continuase por ahí. Otro asunto memorable fue la escasez de agua. Ninguno tomo las precauciones debidas y a la postre sólo tocábamos a un trago ridículo. Sencillamente estábamos pasando sed. Puse en on el control automático de avance con tracción lenta a las cuatro ruedas. Deje de pensar y de tener expectativas. Sencillamente me enfrentaba a cada paso como si fuera el único paso. Y así fuimos avanzando hacia la salida.
El Delator soplaba hacia el exterior. Significaba mucho frío en Soba. Y también significaba que ibas respirando el polvo que levantabas al arrastrate. Finalmente recorrimos las grandes galerías de la red de entrada. La última cuesta fue lo que más me costó. No sentí frío al cambiarme junto a los coches. Sin embargo, seguramente, la temperatura no pasaba de los 5ºC. En este momento la sed era la única preocupación que nos quedaba -el hambre era lo de menos-. Soñábamos con una cerveza. En el bar de La Gándara pedimos cervezas Raqueras, tónicas y Aquarius. La incursión tocaba a su fin y todos sentíamos una satisfacción especial por el trabajo realizado y por el privilegio de visitar un lugar tan hermoso. Quedamos en volver cuanto antes a terminar la tarea. Pero, más placentero sin duda, también para una sesión fotográfica en condiciones.




14/2/14

Mal de Ojo



La Proue

Corrió un rumor:
todo andaba mal
mal de ojo
pero (…)
el corazón seguía su curso.