21/5/17

Paraguas



Lo de ir a La Galiana fue una idea que se descolgó del almacén de inspiraciones un día que intentaba cuadrar mentalmente las próximas sesiones fotográficas. Resultaba casi imposible convencer a los implicados, la mayoría miembros del club, para estar todos a la vez, el mismo día, en la Cueva de la Puntida. Del poco tiempo del que dispone casi todo el personal reservar un día para un plan tan lento y aburrido -hacer una foto- no despertaba grandes entusiasmos. En cualquier caso la Cueva de La Puntida era en sí misma un factor positivo. Se trata de una cavidad fácil, bonita, cómoda, grande, en un entorno con mucha magia… pero cuadrar las agendas de los seis o siete model@s, más los ayudantes, era casi una quimera. Fue unos días antes, caminando por una senda de cabras, cuando me vino a la mente la obviedad: aprovechar el momento en que todos iban a estar juntos. Además La Galiana y el Cañón del Río Lobos bien merecían una nueva visita. Se trata de una cueva que visité a finales de los 70 cuando aún vivía en Madrid y estaba comenzando a hacer espeleología.
Reserve para nosotros, Marisa y yo, en el mismo albergue, situado en Hontoria del Pinar, que el resto del grupo. Fue una suerte que quedasen plazas todavía. Pudimos disponer de una habitación. Los dormitorios grupales están muy bien pero hay que adaptarse a los ronquidos -había varios roncadores- y a los hábitos nocturnos de la mayoría. El desmadre del fin de semana da vida. Marisa se puso a buscar en internet y encontró tres escuelas de escalada cercanas a Hontoria. Excelente plan: el sábado ir a escalar un poco y el domingo ir con todo el grupo a visitar La Galiana y a realizar la foto.
El viernes por la tarde, conducíamos hacia el este, disfrutamos del poco poblado paisaje sorianos en un hermoso atardecer. Pensando en que íbamos a llegar demasiado pronto paramos en Burgos y en Salas de los Infantes. Aunque no llegamos los primeros nos quedó un poco de tiempo antes de cenar. Al día siguiente, sábado, fuimos a escalar a una escuelilla cercana a Muriel de la Fuente y a La Fuentona del Río Abión. El lugar es llamado Abioncillo. Muchas vías asequibles en un sitio idílico con el rumor de un río y una pradera a pie de vías. Como a las cinco de la tarde estábamos reventados de escalar vía tras vía.
A la vuelta paramos en Navaleno y San Leonardo de Yagüe. Un poco para conocer la zona y otro poco para hacer tiempo. Pueblos en calma. Al menos en apariencia. Sin embargo en Hontoria la calma se había esfumado. Se celebraba la victoria sobre las tropas napoleónicas de unos aldeanos capitaneados por un guerrillero. Había mucha gente disfrazada de época, unos cuantos montados a caballo, y bastantes con trabucos y pistolones que disparaban según les daba. En algún momento los caballos, asustados por el ruido, estuvieron a punto de encabritarse. Opté por irme al albergue para estar en paz.
          Los compañeros no habían vuelto de sus actividades espeleológicas en el Cañón del Río Lobos (ninguno, salvo Juan). Al poco recibimos un mensaje comunicando su retraso. Hasta las diez por lo menos. Decidimos tomar la cena ya. El hambre acuciaba. Por fin aparecieron todos como a las diez y media muertos de hambre. El retraso era debido a que, sencillamente, eran muchos. Todavía les quedaron ganas de irse de copas hasta las dos de la madrugada. Mientras tanto yo dormí y dormí. No era nada especial, pero tuve muchos sueños.



A las ocho y media estábamos desayunando. Algunos terminaron de comerse lo que había sobrado en la cena. Creo que seguían teniendo hambre. Y después de alguna confusión, gente yendo y viniendo, nos fuimos hacia el Cañón del Río Lobos. Habíamos quedado allí para recoger la llave de La Galiana a las diez y media. Por el camino paramos en el Mirador de La Galiana. La vista es maravillosa. Justo debajo del mirador hay unas paredes verticales de plomada con unas posibilidades extraordinarias para trazar rutas de escalada. Aunque no creo que esté permitido.
La empresa de aventura que nos dejaba las llaves tenía un numeroso grupo de clientes que entraron antes que nosotros. Mientras el grupo de compañeros hacía tiempo en una cuevita cercana Marisa y yo fuimos, siguiendo al grupo de clientes, buscando la mejor localización para la foto. Necesitaba una zona de cierta amplitud, no demasiado inclinada, con formaciones en techo. Para la foto debían posar seis personas, con sus paraguas abiertos, de forma que se viesen bien todos. Una foto en la que intentaba reflejar la falta de armonía de las personas entre sí, la impermeabilidad ante la belleza, simbolizada por los paraguas abiertos, y el estrés, debido al exceso de trabajo y a la falta de tiempo para vivir. Después de colocarlo todo, ayudado por Marisa, y de establecer un encuadre adecuado, hice unas pruebas usando al grupo de clientes. Luego me senté a esperar a que los compañeros terminaran de ver La Galiana. Al cabo de un rato fueron llegando uno tras otro.
            Pese a que les había avisado una par de veces casi nadie había traído su paraguas. Por suerte, en previsión de esta eventualidad, tenía en la cueva una saca llena de paraguas variados y cada uno pudo elegir el que más le molaba. Las fotos en sí no nos llevaron mucho tiempo. Posaron tres chicas y tres chicos. Cuando acabé de hacer las tomas me pidieron que hiciera algunas fotos más menos formales que las anteriores Justo a la salida aún me paré a hacer otra foto. Poco después estábamos en un mesón cercano a la cueva tomando unas cervezas y contando todo tipo de historias. Las cosas no podían haber salido mejor…


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