6/4/25

Primavera en Seña


 

La primavera estaba por doquier. Como la sonrisa de una mujer feliz, como el canto de los mirlos, como la fiebre de un enamorado, como los prados atiborrados de flores. Cualquier cosa que pudiese hacer rodeado de tanta primavera, era perfecta. Mientras conducía hacia el este como un poseso puse Karitas Habundant de Hildegard von Bingen en Spotify. Acompañado de esa música mis sensaciones crecieron varios puntos más hacia el éxtasis mientras los árboles explotaban de verdor como si les sobrase vida.

El hotel y los bares del cruce se negaban a darme un buen café hasta que me fijé en el bar La Barca de Treto. Aunque algunos clientes tomaban ya su desayuno en la terraza lucía muy tranquilo. El interior se mostraba acogedor y los camareros me sirvieron con alegría un gran vaso de café con leche acompañado de un generoso sobao pasiego. Por el acristalado ventanal vigilaba la llegada de Guillermo y su hermano Blas. Apuré mis placenteros alimentos y salí a saludarlos. Mientras Guillermo se atareaba con todos los detalles  -de lo que llevaríamos o no- me quedé contemplando la escena. Traje mi saca de espeleo y un petate de saco blanco con todas mis cosas y me instalé en el asiento trasero para disfrutar del paisaje sin más.

 

Había varias rutas de circulación para llegar a Seña desde Treto pero la que triunfó fue la vieja carretera, conocida por Blas, que sube desde Limpias por la ladera este del valle y alcanza Seña de forma directa. Las vistas sobre la ría eran hermosas. Aparcamos justo al lado de la iglesia de Seña. Con la solana y el ambiente nítido extendimos el material sobre la acera y preparamos todo sin obstáculos, las cabezas estaban bien nítidas. Un paseo en suave cuesta abajo por un viejo camino empedrado -en parte- nos llevo en cinco minutos a las cercanías de una cabaña. Giramos a la derecha por un prado y luego torcimos a la izquierda siguiendo el prado entre bosques. Este acabó justo sobre la pendiente de entrada a la cueva. El arroyo que habíamos cruzado más arriba se sumía en la cavidad.

Un desprendimiento relativamente reciente había alterado la morfología de la boca de entrada de la Cueva Hoyo Molino. Pero se podía pasar sin dificultad por el lateral izquierdo. Cerca de la entrada encontramos los cadáveres momificados de unos grandes insectos negros con aspecto "entre saltamontes y chicharra". Con facilidad caminamos junto al arroyo, hacia el sur, hasta la primera sala. Trepando al oeste un par de metros visitamos la Galería Nolavieron donde nos entretuvimos haciendo unas fotos con los flashes. Más adelante el arroyo giró bruscamente hacia el oeste y se encajonó en un estrecho meandro que se negociaba parcialmente por el arroyo, con algunos pasos en oposición, o con pies a un lado y manos al otro, para evitar el agua profunda. Poco después desembocábamos en la Gran Sala de las Coladas. Desde aquí visitamos el bonito Afluente Norte lleno de formaciones variadas.


 
  
 

Aguas abajo el arroyo se hizo más difícil de seguir. En algunos sitios había que agacharse un poco, o trepar y destrepar zonas de bloques, o coger conductos fósiles alternativos durante cortos tramos. De esta forma avanzamos hasta una zona donde abundantes coladas bajaban desde arriba a la derecha. Subiendo un poco visitamos la rectangular Sala del Manuscrito, de suelo llano y arenoso.  Las coladas volvían a llevarte hasta el arroyo en una zona de aguas más profundas, al menos en apariencia. Ninguno tenía ganas de mojarse y, cuando menos, el agua se hubiese colado por la caña de la bota. Decidimos empezar a salir lo cual nos costo algo menos tiempo que entrar.

Fuera el sol calentaba bien y el cielo estaba azul y nítido. Volvimos por un camino alternativo un poco mejor que el de ida pero con una zona embarrada, llena de huellas profundas de vaca, que nos puso pérdidas de barro las botas. Por el camino las fuimos limpiando como pudimos con la hierba. El mesón de Seña tiene una terraza magnífica con unas vistas al sur fantásticas. Nos dieron bebidas y bolsas de patatas pero la cocina ya no funcionaba. Una lástima, casi siempre llegamos tarde a todos los restaurantes y bares. Nuestros horarios de espeleólogos son así...     

Topografía  hecha por el Grupo Ademco
 
     

                  Se trata de una cueva con pocas dificultades pero muy divertida. Es apta para niños intrépidos con padres sin complejos.

 


 

29/3/25

Mocos Verdes

 

A mediados de febrero me contaron que existía una mina interesante cerca de Portman y me invitaron a ir. Pero a mí, en principio, no me interesó nada. Las minas tienen, así de entrada, muy poco atractivo para mí. Fue a raíz de que me mostraran unas fotos de la dichosa mina que pude descubrir su atrayente  "atractivo". En una remota zona de enrevesado acceso existe un grupo de formaciones hermosas que más parecen formadas en un soplao que en la propia mina. Algunas de ellas tiene color y aspecto de verde moco. Estuve tanteando la posibilidad de realizar una nueva visita hasta que a finales de marzo decidí ir yo mismo a echarle un vistazo. La espeleóloga que la conoce me dio algunas directrices para llegar al moco.

El sábado 29 de marzo nos fuimos para allá Marisa y yo en un día algo ventoso pero muy claro y soleado. Hay que tomar, cerca de Cartagena, una carretera que va hacia Portman y a unos dos o tres kilómetros del pueblo aparcar en una curva. A partir de aquí se toma un sendero poco claro a lo largo de un vallecito. Aguas abajo se recorren menos de quinientos metros hasta la entrada de una pequeña galería que da paso a la mina. Si la construcción de la entrada es de época romana, como sospecho, es asombroso su estado de conservación tras el paso de veinte siglos. Piedra en bóveda de medio punto sin argamasa ni cemento ni yeso ni nada. Unos constructores geniales esos romanos. Enseguida empiezan las galerías a bifurcarse a derecha e izquierda. Me detuve un poco y pensé en seguir el camino más marcado. Además puse señales catadióptricas para no tener dudas a la vuelta. Por el camino elegido observamos una corriente de aire, entrante ese día, muy marcada y fácil de seguir. Además fuimos encontrando señales azul-verdosas a pares que indicaban algo interesante. Tras avanzar lentamente una hora en una zona de múltiples bifurcaciones encontramos una gatera ascendente con una cuerda de cáñamo y una marca azul circular. Al otro lado aumentaron los posibles caminos, con desniveles delicados, y tanto la corriente de aire como las señales azules  desaparecieron por completo. De vuelta al otro lado de la gatera tanteé varias continuaciones sin que ninguna me pareciese ajustada a lo que esperaba encontrar. Decidimos que lo mejor era comenzar a salir.



 

El tiempo claro y brillante nos invitó a visitar Portman y las acciones que se están llevando a cabo en su bahía. Nos parecieron, cuando menos, extrañas y poco atractivas como paisaje. Pero mi punto de vista no deja de ser el de un mero turista que no conoce la "problemática" que puede originar la minería moderna. Lo que si tuvimos claro es que la mina bien se merece las visitas que hagan falta para conocerla mejor.

                  Se trata de una mina romana que se siguió explotando en sectores más recientes. Está claro que se abandonó hace relativamente poco. Del nombre real actual he podido averiguar, en el Mapa de Carlos Lanzarote 1907  ( https://www.um.es/hisminas/mapas/ ),  que los nombres más probables de esa mina son Bragelaldo, Lola o Ebraldo.

      



 
 

 

20/3/25

Aqueronte

 


 

 

                  Los poemas homéricos describen el Aqueronte como un río del Hades, en el que desembocaban las corrientes del Flegetonte y el Cocito, que brotan del Estigia. Aqueronte puede traducirse como 'río del dolor' (en griego; ἄχεα ῥέων) y debido a esto se creía que era una bifurcación del río Aqueronte inframundo, descrito por la mitología griega como un pantano insalubre dentro de un paisaje desolado, donde el barquero Caronte llevaba las almas de los recién fallecidos hasta el dominio de Hades. Aqueronte era uno de los cinco ríos del inframundo, morada de los muertos y de los espíritus. Se cuenta que en sus aguas todo se hundía salvo la barca de Caronte, que accedía a pasar las almas de los difuntos a cambio del óbolo o de monedas de ceniza que se ponían a los muertos en los ojos para pagarle la travesía.

 

Así que los mineros, o ingenieros de minas, que pusieron nombre a estas minas echaron mano de la mitología griega: Mina Aqueronte, Mina Estigia...  verMinas . Seguramente algo tendría que ver con la dura vida de los mineros en general y, en particular, con la minería de la galena (sulfuro de plomo) cuyo polvo era respirado en el día a día de la jornada minera. De hecho en la gran Sala de la Mina Aqueronte siempre flota una nube de polvillo brillante y plateado compuesto casi exclusivamente por galena.

La actividad del día iba a ser visitar la Mina Aqueronte pero de una manera algo inusual. Estaba al habla con JL Llamusí para efectuar una travesía desde los altos pozos mineros, con dos tramos de rapel, cada uno de unos 50 metros, hasta la Gran Sala de la Aqueronte, para luego continuar por una importante galería de la mina hasta la entrada horizontal principal. No está de más recordar que esta mina tiene siete laberínticos pisos por debajo del nivel principal siendo el más profundo sumamente húmedo y caluroso. Lo cual, no está de más decirlo, indica su cercanía al acuífero de Isla Plana y su vinculación "geológica" con las cavidades hipogénicas de la zona. Después de posponerlo una primera vez, por las grandes lluvias sobre Murcia, pasaron dos semanas hasta una nueva convocatoria. Finalmente quedamos para el jueves veinte de marzo.

El día estaba muy brumoso y algo ventoso. La caminata para llegar a las minas del Rincón W nos sorprendió con el inusual paisaje de Murcia convertido en praderías verdes. Era el producto de las grandes lluvias sobre un suelo fértil. Cabe la posibilidad de que el clima murciano deje de ser seco y pase a ser tropical. No estaría mal, en vez de cultivar olivos y almendros cultivarían aguacates, mangos, chirimoyas, maracuyás y cosas similares.

 
 

El acceso a los pozos de la Aqueronte estaba asalvajado por los enormes arbustos, la desaparición de los caminos mineros y la confusión de las construcciones arruinadas. Además la pendiente es muy fuerte en esa zona. Sea como sea nos colocamos al borde del primer pozo, protegido por un murito de piedra seca de medio metro de altura. Para alcanzar el primer tinglado de rapel JL puso una cuerda fija de unos metros. La instalación es muy cómoda y permite ponerse en una vertical limpia que impresiona bastante. Al poco de comenzar JL su descenso salieron disparadas en vuelo vertical una pareja de palomas espantadas. Por el camino una de ellas le regaló una cagada en la cabeza. Cuando me toco el turno me dediqué a comprobar con atención el equipo y cada paso del proceso. Eso de tener debajo un pozo cilíndrico de cincuenta metros -y sólo tres de diámetro- activa la atención milagrosamente. Paré a hacer alguna foto y la pura vertical dio paso a una rampa de bloques en un volumen de cavidad abierto. Algo más abajo mi sorpresa fue mayúscula. Talmente a un lado de la línea de bajada, sobre unos bloques medianos formando un rellano, encontré el nido de las palomas citadas con dos huevos blanquitos dispuestos para su incubación. La oscuridad en ese punto era casi total para mis ojos humanos y seguramente también para las palomas. La pregunta que me hice fue ¿cómo iban a hacer sus prácticas de vuelo los pichones en una ambiente así? Y, en su caso, si no había prácticas de vuelo ¿cómo era posible un primer  vuelo de los pichones por una vertical de cincuenta metros por tres de diámetro en la casi oscuridad? No supe responder a esas preguntas y JL tampoco.

Un segundo rápel de otros cincuenta, con un enorme rellano intermedio, nos depositó en la Gran Sala. Para mejorar la dinámica de recogida de la cuerda sería aconsejable fraccionar este tramo en dos de unos veinte metros. Así se evitarían posibles enganches de la cuerda con bloques caídos. Mientras JL recogía la cuerda busqué, sin éxito, una linterna que JL había dejado encendida como indicador para buscar otras posibles rutas de bajada. Tal vez por el Pozo 792 (o de las Palomas). Eso cuadraría con los rumbos y distancias en la 792.  Es una posibilidad.  

Salimos de la Gran Sala dando un agradable paseo por galerías perfectas. El ambiente seguía parecido, veíamos pasar las brumosas nubes. No fuimos a bar alguno. JL. estaba resentido en el costado, un pequeño alud, abajo del Veleta, le había dado un revolcón y varios golpes.  Me fui a ver que tal estaba la Azohía. El ambiente era encantador y, salvo la colonia de autocaravanas en El León, muy tranquilo. No había nadie bañándose y yo tampoco me animé... 

 
 

 
 
 




26/1/25

Cueva de Luchena

 
 

Luchena es una zona remota en Murcia. Además de la cueva hipogénica, el barranco, las aguas termales, su escasa densidad de población, su fauna y flora y su ubicación entre los antiguos reinos de Granada y Murcia le confieren un carácter misterioso y atractivo para mí. Considero que el albergue que existe justo al comienzo del barranco es una joya para hacer convivencias y quedadas en un entorno curativo.

Hacía mucho que deseaba organizar una visita a la cueva para que la conociesen los amigos del Club Eiger. Por fin, a finales de enero del 2025, cuajó una oportunidad el domingo 26. Nos reunimos en Alhama bien temprano Abdón, Miguel Ángel, Tojo, Marisa y yo. Desde allí continuamos en dos coches hacia Luchena. Está lejos y se hace algo largo, pero pasando Zarzilla de Ramos ya se nota la cercanía. La última fase, por una pista que ahora está arreglada, son varios kilómetros entre campos y pinares.

            Entre los preparativos y el acercamiento a la boca nos llevó algo menos de una hora. Llevaba material, taladro y fijaciones, para mejorar la instalación del pozo de entrada. Además decidí acarrear 4 flashes y las dos cámaras, junto con el controlador y los trípodes. Es muy engorroso andar con todos esos trastos pero éramos cinco para transportarlos. Una cuerda de 40 para el pozo y otra de unos 15 para asegurar en las trepadas y destrepes. Hice los últimos preparativos y entré a instalar. Me llevé la agradable sorpresa de encontrar instalada la cabecera del pozo con dos parabolts de 10. Un poco más abajo sustituí un spit roñoso por un parabolt de 10. Y como último fraccionamiento una estalagmita sirvió como hecha a medida.  
 
 

 
 

Fueron bajando todos y primero visitamos los rincones -arriba y abajo- de la diaclasa-rampa en la que acaba el pozo de entrada. Un balcón en la parte alta permite vislumbrar la diaclasa principal, paralela a la primera. Siguiendo por la parte mas profunda fuimos a dar a una gatera por la que accedimos -a Abdón le pareció demasiado estrecha- a una sala llena de corales. Esta sala tiene posibles continuaciones hacia abajo, tal vez se podrían explorar con una desobstrucción. Más tarde subimos la rampa de la diaclasa principal hasta un resalte que recuerdo tener que escalar, aunque ahora alguien ha instalado una cuerda que facilita la trepada. Arriba visitamos la zona de formaciones gravitatorias y la continuación de la diaclasa principal.  La cosa se puso difícil por las expuestas trepadas (y a la vuelta destrepes) que hacían falta realizar. Tampoco teníamos muchas ganas de seguir. Será necesario poner algún trozo de cuerda para visitar con facilidad el final la diaclasa principal. Finalmente hicimos unas cuantas fotos con flashes en la parte alta, donde hay un grupo de cúpulas blancas muy hermosas.

           Antes de subir el pozo comimos algo pues la cueva lleva mucho tiempo a pesar de que las distancias lineales son escasas. Salimos bastante rápido y el sol aún estaba alto. Abajo, en las pozas de agua transparente, había un par de grupos de excursionistas. Decidimos volver a Lorca por La Parroquia y tomar bebidas de abstemios en un bar del pueblo. Así son las cosas a veces...  


 
 

 

24/1/25

Diatomeas

 

Hace ya unas semanas Ester me mando una foto de una galería minera situada en una zona cercana a Hellín. Me recordó los pasillos de un antiguo templo egipcio. Mucho misterio para resistirse. Le pedí que me llevase y le pareció bien volver. Entre unas cosas y otras pudimos quedar a finales de enero, el viernes veinticuatro.

A las diez de la mañana nos reunimos en Hellín al lado de su casa. Me extrañó que no hiciese ningún frío. Ester me dijo que en Hellín hacía frío solo cuatro días del invierno, que Hellín no es Albacete. Un poco incrédulo tuve que aceptarlo ya que ella vive allí y conoce a fondo el clima local. Nos embarcamos en mi coche y tomamos rumbo oeste, hacia Elche de la Sierra. Con esa animada conversación que pone al día a dos personas que hace meses que no se ven nos pasamos un kilómetro el punto de desviación.

              En realidad la vieja mina está al lado de la carretera y muy cercana a las minas de diatomeas actuales (a cielo abierto) que llaman la atención por su blancura al acercarse a Elche de la Sierra. No sé si el polvo de diatomea sigue usándose para fabricar dinamita como lo hizo Alfred Nobel por primera vez pero desde luego útil debe seguir siendo (y mucho). El nombre de la vieja mina es Mina de la Venta del Juez. Había un todoterreno aparcado allí y unos técnicos se acercaron, o nos acercamos a ellos. Estaban con georadares para prospectar la zona y ubicar la posición de las bolsas de diatomea sedimentaria. Trabajaban para la empresa minera pero no pertenecían a esa empresa. No les importaba si nos metíamos en la vieja mina, ellos estaban a lo suyo. De cualquier forma las empresas mineras, para evitar responsabilidades, suelen vallar el acceso y prohibir la entrada. De esa manera si ocurre algo no pueden culparlas. Pero ya he entrado en tantas minas y cuevas que he aprendido lo siguiente: la mejor seguridad es ser observador y usar el sentido común. Ester decía que la mina era peligrosa y a mí me parecía un sitio sin ningún peligro.
 
 
 
 
 
 

Le dimos la vuelta a la valla para ver el socavón desde todos los ángulos y luego entramos, al lado del camino, por un punto en que la valla dejaba un enorme hueco. Ester me guio hacia la entrada más cómoda, al oeste, y enseguida estuvimos en el dédalo de estrechos y altos pasillos. La morfología tenía su lógica ya que al ser una roca bastante blanda conviene dejar pequeños vanos en el techo y excavar en vertical (altos y estrechos en esta zona). Dimos vueltas por todos lados hasta que se puso incómodo, estrecho y bajo por los desprendimientos. Encontramos una curiosa estalagmita formada por el guano de las palomas que anidaban cerca de las entradas. Luego salimos y fuimos hacia otra boca más la este. Aquí la solución minera había sido otra: pasillos de sección cuadrada o algo más ancha que alta. Pero se habían creado mucho pasillos entrecruzándose en ángulos rectos como una cuadrícula extendida. La galería principal, y eje, tenía varios centenares de metros, y se había instalado un ferrocarril minero del que quedaban los raíles, casi perfectos, algunas ruedas con sus ejes y aperos de diversa índole. Todo muy bellamente conservado y disponible para fotografiarlo. Y así lo hicimos.

De vuelta al coche, y sacudidos del finísimo polvo blanco, pusimos música en vez de conversación. Era la hora de comer y fuimos a Los Serranos de Hellín, un sitio ideal en donde nos reunimos con Raúl. La charla nos llevó a los proyectos espeleológicos de las zonas cársticas en los alrededores de Hellín. Antes o después sonará la flauta.     

          
 
 
 


 




 

22/12/24

Iglesia

 

La iglesia de Riaño es antigua. Las hermosas piedras desgastadas rezuman ahora calma y uno se pregunta por las historias, los dramas, los regocijos a los que esas piedras habrán asistido y dado cobijo. Mientras estamos preparando las cosas para entrar en la Cueva de la Hoyuca suena la campana. Es domingo y, seguramente, dentro de un rato habrá una misa. El tiempo está fatal desde hace días pero tenemos suerte, ha parado de llover y nos da tiempo a llegar a la boca. En el camino nos salen algunos perros del pueblo. Uno de ellos nos mira y olfatea desde lejos, mientras que otro nos ladra y se acerca en plan desconfiado pero obedece al dueño y sólo nos sigue a unos cuantos pasos. Se nota que no es una mascota perrijo urbana sino un perro de pueblo. Estos perros saben que son perros y se comportan como perros normales. Por si las moscas llevo mi paraguas de mango metálico y punta aguda. Así colocas a un perro en su sitio fácilmente si es el caso.

            La entrada está como siempre: una pendiente de arcilla resbalosa que acaba en una grieta. Se sigue la grieta hacia la izquierda unos metros y se pasa por encima de un agujero desfondado para entrar en un laminador. Enseguida se desemboca en una serie, algo laberíntica, de pequeños pasillos y salas que nos llevan a las bonitas galerías de la red de entrada. Todo el conjunto de conductos se entrecorta entre sí a ángulos fijos. 
 

 
               En esas galerías hacemos algunas fotos con trípode e iluminación múltiple. Luego nos entretenemos en algunas desviaciones que nunca antes habíamos mirado. Finalmente alcanzamos el punto de desviación clásico hacia Flashbulb Hall, pero en vez de tomar este camino iniciamos tanteos para visitar Wardrobe Passage y otras cuantas galerías en su nivel. Después de una buena pelea con la topo en la mano, y dispuestos a cualquier artimaña, conseguimos entrar en la zona. La galería del Guardarropas es interesante, su decoración es profusa y esmerada. Hacemos bastantes fotos allí, pero sin trípode. Visitamos la segunda galería hasta cerca de su final pero nos corta el paso un desfonde que requiere un pequeño pasamanos. La tercera galería la recorre Guillermo hasta la salita final que tiene perfil de calcetín. Mientras tanto hago algunas fotos a la entrada de una gatera.
 

 
 

De vuelta a Pigs Trotter Chamber tomamos algo de comer y miramos el reloj. Son las tres y decidimos salir ya. Para llegar a la salida seguimos una ruta ligeramente diferente que requiere una pequeña escalada, seguida de un corto destrepe en un meandro desfondado. Cuando trabajosamente “conseguimos” salir el tiempo está mucho peor que por la mañana. Llueve con cierta profusión, el viento es muy fuerte y el paraguas entra en uso. Cambiarse al lado de la Iglesia es agradable, se puede usar el gran porche lateral de entrada. Mientras tanto le cuento a Guillermo nuestra aventura de juventud: finales de los 70, venir de Madrid por Burgos en invierno con mal tiempo, entrar en la Hoyuca para alcanzar el Astradome por el Sendero de los Gorilas, lleno de agua, en crecida. Prudentemente nos volvimos al exterior después de un corto avance por los Gorilas. Pero se me quedo grabada para siempre como una cueva especial a la que vuelvo a menudo. Siempre que recuerdo la Hoyuca se asocia en mi mente a la Iglesia de Riaño. La magia de la una y de la otra configuran una joya.

           Guillermo está muy contento. Se siente mucho más ágil que hace un año y coincide conmigo en los buenos resultados que da la actividad física de la espeleología y, sobre todo, lo apasionante que es visitar cuevas. Volveremos a la Hoyuca dentro de poco para seguir conociendo sus rincones. Nunca defrauda.      



 
 
 

 

8/12/24

Tempestades Cantábricas

 

 

Las predicciones eran nefastas para el viernes, sábado, domingo, lunes, etc. y la realidad fue peor que mala. En Solares recogí a José (Chechu) a las diez y en Treto a Guillermo media hora después. Las carreteras estaban vacías. La lluvia oscilaba entre el estilo llovizna de ducha y el aguacero de cascada. Llovía como si no hubiera mañana, como si nuestra última oportunidad fuese entrar al Arca de Noé. La temperatura fue bajando según nos acercábamos a la cordillera. En Solares unos 9ºC y más arriba de Ramales, en Lanestosa, rondó los 6ºC. Arriba, hacia el Puerto de los Tornos, vislumbramos la nieve.

           Teníamos un par de opciones para aparcar en Lanestosa y prepararnos, pero a la hora de la verdad ninguna me gustaba porque suponía encontrarse con la cruda realidad: salir del coche y cambiar de ropa. Ciertamente ponerse el mono y las botas era poco apetecible. Tuvimos una ventana de poca o nula lluvia, bien aprovechada, pero cayeron varias lloviznas en el camino hacia la cueva. Las losas de piedra del ancho sendero estaban como si les hubiesen untado jabón, como una cucaña de fiesta de pueblo. Por el buen camino pasamos al lado de la entrada de la Cueva-Mina de los Judíos, por un Centro de Visitas Minero y por las desviaciones a varias minas más. 

El porche de la Cueva Severina es generoso, grande y hermoso. Allí ya no llovía porque el techo de piedra lo impedía, sólo caían goteos por doquier. En la galería de entrada dejamos los paraguas y comenzamos a hacer fotos. Rápidamente llegamos a una gatera bastante fácil, serpenteante, pero a mí se me ponía muy pesada la gaterita con la saca grande llena de trastos fotográficos: el maletín con cinco flashes, baterías de repuesto, tres controladores, una bolsa con los trípodes para los flashes, un trípode grande para la cámara, la cámara Sony (con sus baterías de repuesto) y una saca de cosas básicas. En fin, se trataba de un muerto. Por suerte mis compañeros me llevaron el agua, la otra cámara, el arnés de escalada y una cuerda de 15 metros y, además, me ayudaron con la saca en la gatera.

         Hicimos muchas fotos en una zona de excéntricas muy llamativas, todas como gusanitos que saliesen de la pared. Luego avanzamos en cuclillas por una zona encharcada, en la que la saca no debía tocar suelo. Más allá, en una zona más cómoda, había grupos de excéntricas cristalinas que fotografiamos repetidamente. Una desviación meandrosa podía seguirse pero se iba estrechando bastante. Por la izquierda la galería continuaba cómoda hasta una sala con un laguito. Por encima de éste una colada requería un paso de escalada. Instalamos una cuerda para asegurar el paso desde arriba y subió Guillermo, pero no había continuación. Finalmente el mismo Guillermo me convenció de sacar todos los trastos y hacer alguna foto de la sala. Apenas había sitio para posar las cosas sin que se mancharan de barro. Entre pensar la foto, repartir los flashes, disparar repetidas veces, modificar algo los valores y recoger se nos fue una hora. Además un par de cosas se mojaron  y todo tenía pegotes. Así es la vida del espeleólogo.


 
 

A la salida encontramos unos murciélagos dormiditos y unas cuantas polillas a los que fotografiamos con cuidado. El tiempo estaba peor. Optamos por volver por la carretera, el otro camino. Yo estaba deseando llegar y quitarme el muerto de encima. El cambio de ropa fue la apoteosis del día: la lluvia no nos dio cuartelillo. Hicimos lo que pudimos tapándonos unos a otros con los paraguas. Había allí un grifo que usamos para quitar un poco de barro antes de meter los aperos en bolsas de plástico grandes. En la carretera a Ramales había un semáforo por un desprendimiento de la carretera. No paraba de jarrear de forma intermitente y no se veía un alma por las calles. Puse la calefacción a tope pero enseguida la bajé de nuevo porque los compañeros eran cántabros... En Treto llovía fuerte y no hicimos ademán de bajar a tomar una cerveza. Todos soñábamos con llegar a casa y meternos bajo una ducha caliente...  

 
 
 
 
 




 

10/11/24

Lluvias Cántabras

 

Había quedado con Guillermo para hablar por teléfono concretando a qué cueva íbamos el domingo. Tumbado, mirando al techo, me acorde de Pablo, de Noelia y de una divertida actividad, allá por abril del 2004, en el Torcón de la Calleja Rebollo. De pronto supe con total seguridad que tenía ganas de volver a esa cueva. Se lo propuse a Guillermo y le entusiasmó la idea. Una cueva de más de 8 kilómetros con poca aproximación, con muchos rincones bellos y con poca cuerda.

            El domingo amaneció gris y lluvioso con chubascos intermitentes, un tiempo cantábrico de todas todas. Nos vimos en el Alto de Fuente las Varas y terminamos el viaje hasta el aparcamiento en un solo coche. Llovía a mares así que nos preparamos dentro del coche haciendo contorsiones. Me puse incluso el arnés, el casco y las botas altas de goma. Y sacamos los paraguas para combatir lo inevitable: mojarnos totalmente. Al comienzo fuimos por pista y senda, pero luego el monte cántabro, con poca ganadería actualmente, se mostró como lo que es por si mismo: un bosque de tojos pinchosos hasta la altura de la cabeza. Los últimos doscientos metros fueron la verdadera aventura del día, un poema épico, yo quería volverme pero Guillermo me elevó la moral. Algo parecido a subir por una pendiente de nieve en que te hundes hasta el cuello pero con pinchos por doquier. 


 

No reconocía el Torcón. Mis recuerdos consistían en bajar andando los 20 metros de rampa hasta la estrechez de entrada. Pero ahora había barro patinoso en toda la rampa, escalones nulos y ningún sitio fiable al borde donde anclar. Era como si, hace más de veinte años, hubiese estado en otro lugar completamente diferente. Incluso llegué a negar que estuviésemos en el Torcón de la Calleja Rebollo. Finalmente claudiqué, puse la cabecera a 20 metros del borde en un grueso árbol caído, fraccioné en un endeble avellano justo al  borde, bajé dando patinazos y puse un desviador sobre un roñoso bolt de 8 al comienzo de la estrechez vertical. La cuerda llegó justa al aterrizaje.

            Las galerías, de tamaño iglesia barroca de pueblo y decoradas con variedad, nos gustaban un montón. Hacíamos fotos y disfrutábamos del ambiente, la cueva estaba limpia. Llegando a un pozo ascendente de siete metros la galería adoptó una forma más bien gótica. Luego se convirtió en un cómodo túnel del metro sembrado de bellos rincones. Hicimos más fotos y más sentadas para admirar los detalles. Finalmente nos desviamos hacia el norte por una pequeña galería gateando como bebés. Nuestro objetivo era visitar NE Chamber.

 
             El descenso del pozo-rampa de 20 instalado sobre gruesos puentes de roca no supuso ningún esfuerzo (conviene llevar la saca colgada del arnés). Tampoco fue complicado subir una rampa tobogán de una decena de metros. Pero faltaba la instalación del pozo final, de otra decena de metros. No había bolts, ni spits y se hacía necesario lazar un puente de roca más allá del borde del pozo. Era necesario asegurar este movimiento con otra cuerda. Cierto que cuando vine hace dos décadas estaba bien puesto y no supuso problema alguno. Pero ahora no lo vimos seguro. Mejor ser prudentes y seguir vivos algo más, así que nos volvimos. El ascenso del pozo de 20 resultó un poco incómodo pero nada del otro mundo. Ya arriba nos dedicamos a hacer más fotos, avanzando unos metros. 

 
           La salida se hizo pesada por el barro patinoso de la rampa, o tal vez divertida. Había dejado de llover, pero el bosque de tojos seguía igual. Afortunadamente ahora se trataba de bajarlo y no de subirlo. Unos perros aburridos nos ladraron desde una casa lejana. La lluvia nos respeto el cambio de indumentaria. Para nuestra sorpresa, bien agradable, Casa Germán estaba abierta, fueron amables y pudimos comer con mesa y mantel a las cinco. A eso de las seis nos fuimos de Matienzo, seguían en pie de guerra las lluvias cántabras.    
 


 Fotos: Guillermo y Antonio

Texto: Ant On Ío