Para
el sábado 14 de marzo decidí volver, acompañado de Marisa, al Cejo Cortao. Había varias buenas razones
para hacerlo, la primera y principal es que en la anterior visita no pudimos
ver casi ninguna pintura debido a nuestra falta de ojo para buscar. Otra razón
era que deje olvidada una bolsa con algunas chapas y una llave. Y la última era
que se trataba de un ejercicio denso y contundente bastante bueno para
entrenar.
El
día se presentó fresco, bien nublado y algo ventoso, un típico día de invierno
en Levante. Las últimas lluvias habían dejado lagunas embarradas en la pista
así que tuvimos que caminar hasta debajo del Cejo Cortao (unos dos kms). Elegimos subir
por la canal ya que el cordal requiere mucho más tiempo. El terreno es muy
malo: piedras sueltas de todos los tamaños, vegetación muy alta y mucha
pendiente. Casi me da un calambre en el gemelo derecho. Creo que desde el coche
habíamos tardado unas dos horas y media.
La
instalación fue rápida -y con pocas dudas- ya que la conocíamos de dos visitas
recientes. Me pareció incluso más corta. Allí estaba esperándome la bolsa
olvidada, junto a una gran roca. En cuanto buscamos con atención vimos con
placer los paneles de pinturas que se nos habían ocultado en el pasado. Hicimos
unas fotos y contemplamos el entorno. Las pinturas nos intrigaron mucho. Desde
luego el sitio es de acceso muy difícil, requiere escalas de algún tipo. Pero
lo más desconcertante son las pinturas en sí mismas. No representan a seres
humanos ni figurativa, ni esquemática, ni abstractamente. Además lo que parecen
seres vivos, animales, tienen dos patas que reposan sobre tres dedos. Más se
parece a un ave...
Nos
preparamos para subir al cordal, y luego bajar a la pista. La bajada con el
peso fue infernal, el control de posición con las piedras sueltas y la
pendiente no hace aconsejable esta ruta para ver el Cejo (seguramente desde el norte de la sierra alguna pista permitirá
alcanzar el collado de forma relativamente cómoda). Se había levantado un intenso
viento frío, pero por la pista se hizo llevadero. Llegar al coche y entrar en
el bar de Yéchar a tomar algo fue un verdadero
placer.
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