Fotos: Guillermo y Antonio
Texto: Ant on Ío
Algo antes de las 10, cuando llegué a la curva donde solemos aparcar, Guillermo ya tenía todo el equipo puesto -incluyendo el casco- y me esperaba dentro de su coche con un paraguas preparado como si fuera a cazar chubascos. Me preparé dentro del coche, incluyendo las botas, y además me puse un impermeable.
El terreno estaba saturado de agua, el barro patinoso hacía que caminar fuese una tarea delicada. Un rebaño de vacas y becerros taponaba de forma compacta el camino. Estaban muy renuentes a moverse de su óptima posición pero, por suerte, nos dejaron pasar sin cornearnos.
Entrar en la cueva fue un alivio, estaba mucho más seca y caliente que la calle. En un entretenido recorrido que nos llevó algo más de una hora, nos pusimos en el comienzo de Sandy Avenue con la idea de visitar Decorated Chamber y Albert Passage. Para alcanzar nuestro objetivo desde ese punto debíamos trepar por una pendiente hasta alcanzar una ventana. Me puse un viejo arnés de escalada, me encordé a un trozo de cuerda dinámica de 20 metros y preparé dos cordinos y tres mosquetones. Mientras Guillermo me aseguraba con un ocho fui subiendo por la pendiente. Puse un cordino en una estalagmita y luego otro, a un grueso puente de roca, para superar un pequeño desplome, la verdadera dificultad de la trepada. Tras este paso la rampa continuaba fácilmente hasta una estalagmita en la que puse un seguro, más luego se hacía delicada por lo resbaladizo del terreno y lo quebradizo de los agarres. Finalmente terminé en una especie de collado cuando casi no me quedaba cuerda. Me empotré en una oquedad para asegurar a Guillermo. Anclamos la cuerda a una gran lastra para asegurar la corta bajada de cuatro metros al otro lado. Luego subimos un resalte escalando y lo bajamos por el otro lado hasta la base de una chimenea. Para continuar había que ir subiendo una rampa que se hacia vertical. El riesgo de esa subida -sin agarres sólidos y con escalones de barro- hacía necesario meter anclajes de seguro por algún lado. De alguna forma los exploradores habían subido -y bajado- por allí sin poner ningún seguro. Eran cosas extrañas que no hubiese ningún seguro, ningún spit, ni ninguna cuerda abandonada, en punto alguno de todo este "acceso". No teníamos taladro ni anclajes y pospusimos la visita a Decorated Chamber para una ocasión posterior. Rapelamos la rampa, sí, pero reaseguramos la cabecera con un cordino anclado en una estalagmita por si acaso. De la lastra no nos fiábamos del todo.
Un rato de circulación por galerías enormes, las más grandes que he visto en Vallina, nos llevó a un pequeño pasillo bien decorado. Más allá, en otra galería grandota y tras pasar la famosa bañera, subimos una empinada rampa muy resbalosa -por la tierrecilla/barrillo- que nos encaramó a una zona cercana al techo de la galería. El gran caos de bloques "soplador" y con hojitas de árbol en el suelo nos llamó la atención. Justo antes del caos de bloques el techo estaba profusamente decorado de estalactitas de aragonito anaranjado recubiertas de corales grises. Una hermosura.
La vuelta fue rodada. Descansamos un
rato, yo me tumbé a sestear unos minutos, Guillermo hizo más fotos. Luego seguimos
avanzando sin pena ni gloria hasta la salida. Las galerías cercanas estaban con
arroyuelos y charcos grandes. La corriente entrante era muy fría. La cuesta
hasta los coches nos vino bien para calentarnos, el tiempo se portó como es
debido, apenas nos llovió. A las 5 estábamos en los coches, una actividad de
algo más de 6 horas. Quedo claro que, próximamente, volveremos a Vallina para visitar -de una forma u otra- Decorated Chamber.

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