Desde el aparcamiento, cercano al del Mostajo, se tarda -en teoría- menos de media hora en alcanzar la boca. Esa es la teoría, pero la realidad es que, aunque los dos tercios iniciales del camino se hacen por una senda bien marcada, en el tercio final tenemos que andar campo a través con hierbas altas, helechos, zarzas y tojos que junto con una pendiente acusada impiden posar el pie con un mínimo de confianza, haciendo la última parte del acercamiento "infernal". Esa fue mi sensación subjetiva aunque para Guillermo no era para tanto. De cualquier forma el calor y la humedad nos hicieron sudar de lo lindo.
El aire frío que nos lanzaba la cueva desde su boca hizo que me tuviese que alejar un poco para secarme y aclimatarme. Por allí al lado, en la pared aún más que vertical, vi varias elegantes vías de escalada, lisas para mayor desafío. Guillermo me urgió a entrar en la cueva, estaba hambriento de mundo subterráneo. En la Primera Sala nos demoramos un rato haciendo algunas fotos a pelo, sólo con la iluminación de los frontales. No lejos de la entrada visitamos una galería lateral -no topografiada- con algunas formaciones excéntricas notables. Luego avanzamos por la Segunda Sala bastante rápidos hasta una bifurcación importante. Tomamos la galería de la izquierda hasta que un caos de bloques desfondado nos freno. Tras unos minutos de dar vueltas encontramos la solución por el costado derecho destrepando unos metros. El avance se hizo facilón por terreno plano y arcilloso. La cómoda galería murió bruscamente donde el techo parecía unirse con el suelo. Allí mismo comimos un poco. Buscando a la izquierda alcanzamos el comienzo de una estrechez vertical de varias etapas. Finalmente, después de una trepada algo delicada, emergimos a una gatera horizontal que desembocó en la Sala del Lobo. Esta notable sala es un gran colapso del techo que ha formado un hueco descomunal. Buscando por el perímetro encontramos el esqueleto del animal que le da nombre. No encontramos explicación lógica a la presencia de un animal cuadrúpedo y peludo en una zona de la cavidad tan poco accesible.
Después de algunas fotografías comenzamos a volver sobre nuestros pasos hasta la bifurcación anterior. Tomando la rampa de la galería de la derecha, enseguida llegamos al comienzo del choke 1, las estrecheces. Como aviso a navegantes y advertencia a incautos un hilo de nylon verde guiaba por el caos de estrecheces. Tardamos casi una hora en pasarlas, tal vez porque lo "veíamos" todo difícil. Al otro lado una galería con bastante humedad nos dio la bienvenida. El tránsito de esa galería no era nada sencillo, tenía muchos huecos en lo alto y bifurcaciones por doquier que hacían muy difícil tener un sentido de la orientación. Tanto es así que los exploradores ingleses habían plantado grandes hitos y catadióptricos cada tres metros. Al cabo de poco me sentí desanimado y cansado, pero Guillermo aún estaba con ganas y siguió adelante hasta el segundo grupo de estrecheces, choke 2, en total ida y vuelta unos quince minutos. Mi desánimo procedía de la necesidad de pasar el choke 1 para salir de allí. Un poco como estar en una ratonera. Sin embargo en contra de lo esperado la vuelta se nos hizo más corta, tal vez porque ya conocíamos los pasos y sus trucos.
Desde las estrecheces volvimos directamente hacia la boca, aunque paramos un rato a hacer fotos a las excéntricas. Fuera nos esperaba la lluvia y el terreno resbaladizo con ambiente tropical. Al cabo de un minuto estábamos empapados. Las gafas se me empañaron del cambio de temperatura, se me mojaron con la lluvia y se me mancharon de barro con los roces. Esa bajada fue poema, acompañado de gaita desinflada con estribillos aragoneses y acompañamiento de caracoles. Al final llegamos al coche con más de ocho horas de actividad activadamente acumulada... Para celebrarlo puse a Rokia Trauré que nos canto en mandinga la canción Tchiwara. Antes de llegar a casa me tomé una cerveza en Hoznayo. El ambiente de tarde de domingo me resultó fascinante, una brusca reentrada al planeta Tierra desde el planeta Subtierra...
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