Así pues las Simas del Picón fue nuestra opción para una actividad de domingo de corta duración, compatible con neófitos y bien bonita. César, su hijo Mateo y yo nos reunimos cerca de Villaverde de Pontones y un poco después con Guillermo en Fuente las Varas. En breves minutos aparcamos al lado de la cavidad, casi al lado del aparcamiento para ir al Mostajo, un poco más abajo. En menos de diez minutos llegamos a la boca inferior, pero la exuberante vegetación de verano nos confundió tanto que no la reconocimos pensando que era la superior. No había explanada ni se veían las fijaciones. Perdimos bastante tiempo dando vueltas por el bosque buscando algo que no íbamos a encontrar hasta que, hastiados y confusos, volvimos a la boca porque no podía ser otra. Allí estaban las chapas.
Bajé instalando la cómoda sima, un sólo fraccionamiento en plataforma. Luego fue bajando César hasta el fraccionamiento donde iba a supervisar el paso de Mateo. Le avisé repetidas veces que la única dificultad de la sima eran las resbalosas paredes verticales. Cuando llegué abajo me puse a hacer fotos. Mateo comenzó la vertical bien, pero dos metros más abajo pegó un patinazo y se golpeó la rodilla (creo que la derecha) con la pared vertical. Aunque alpricipio pensé que era un pequeño golpe ya en la base de la sima el golpecito se fue revelando como algo más serio por el dolor inhabilitante que mostraba Mateo. Una vez abajo todos y en vista de la situación César decidió salir con Mateo y enseguida comenzó la operación. Nuestro gozo en un pozo.
Para ayudar a Mateo en el ascenso César montó una polea desde el fraccionamiento. Mientras se desarrollaba la operación ascenso de Mateo me di una vuelta por la sala de entrada haciendo fotos. Guillermo y yo oímos un ruido de aleteo más abajo y pensamos que eran murciélagos. Pero al bajar un poco más pude ver un pollo de cárabo o lechuza dando vuelos cortos por la zona de penumbra/casi oscuridad. Intenté acercarme un poco para poder hacerle una foto de recuerdo, pero enseguida dio unos cuantos vuelos cortos y desapareció en alguna grieta que no pude localizar. Fue un bonito encuentro que me recordó la estancia de un pollo de cárabo durante meses en la casa que habitamos a mediados de los 90 en Pedreña.
En cuanto Mateo y César terminaron de subir la sima les seguimos Guillermo y yo. El descenso hasta el coche llevo su tiempo, la cojera de Mateo era muy acusada. Estaba cada vez más claro que el golpe había sido con mala suerte. El sol castigaba bien pero la temperatura no era excesiva. Antes de despedirnos de Guillermo nos paramos en el Bar de Germán y nos bebimos cervezas muy frías con unos pinchos de tortilla épicos. No había mal que por bien no viniese, lo suscribo totalmente-mente.
FOTOS DE LA ACTIVIDAD