11/9/11

Flecos (11/9/2011)





Cueva del Torno

Un día del pasado Junio las circunstancias nos obligaron a cambiar el plan de visitar Vallina Remota por el más modesto de la Cueva del Torno. En esa ocasión Pelos y yo descubrimos -mientras hurgábamos en las galerías que se aproximan a Cueva Riaño recientemente descubiertas por los británicos-  una galería superior con formaciones blancas. Le comuniqué a Peter Smith nuestro pequeño descubrimiento y quedamos para, en algún momento del verano, explorarla con detenimiento.
El primer fin de semana de Septiembre, exactamente el domingo 4/9/2011, en la plaza de Solórzano me encontré con Peter para realizar la proyectada visita al Torno. Debatimos dos posibilidades para aproximarnos hasta Torno Chamber. Una por la zona fósil y otra directamente por el río. Escogimos la última, pensando que la cantidad de agua sería mínima y que mojarse un poco tampoco tendría importancia. Por el camino Peter me mostró un bypass, en la zona del meandro desfondado, que ahorra bastante esfuerzo. En una hora, más o menos, nos encontrábamos bajo la galería vislumbrada por Pelos y yo.  
Dejé la saca en la base de la trepada -justo en la amplia galería meandrosa por la que habíamos venido- para evitar engorros en las estrecheces. Peter no llevaba saca. Buscando eludir lo peor de la trepada intenté, primero, subir por un camino alternativo que se revelo muy problemático: un gran bloque que teníamos que sortear escalando por su izquierda se movió al tocarlo. Decidimos que era mejor usar lo malo conocido que lo peor por conocer.
El tránsito por la nueva zona nos llevo primero a una pequeña sala con concreciones blancas. La tónica dominante de la nueva galería consistía en grandes bloques recubiertos de una capa de tierra sedimentada. Se trataba de una sucesión de ensanches -llamémoslas salas- interceptadas por pasos más estrechos y/o con cierta complicación. Finalmente todas las posibles prolongaciones se colmataban por sedimentos. Varios pozos evidentes quedaron sin poder bajarse. Sin embargo al volver, en un recodo, observamos una bajada hacia el nivel inferior.Destrepando con cuidado entre corales y formaciones alcanzamos la continuación de la galería principal más allá de los derrumbes.
Por supuesto esta galería si que estaba explorada. No había dificultades ni desviaciones hasta una pequeña trepada equipada con una cuerda con nudos. A la derecha abandonamos alguna posibilidad de continuación, pero nosotros seguimos por el camino más transitado y evidente. Desembocando en una amplia sala comprobamos varias posibles continuaciones hasta que dimos con la que parecía mejor: un pequeño pozo que no pudimos bajar por no llevar equipo vertical.



Agujero Soplador

          Hace como un año algunos integrantes de Espeleo50 alquilaron una casa en Soba. Durante su estancia descubrieron en mitad de un prado un agujero que exhalaba un fuerte soplo helado. Les quedo la curiosidad de echarle un vistazo, ya que el escandaloso soplo auguraba algo importante bajo tierra. Mi amigo Miguel era el más curioso de todos y un día de la primavera pasada fuimos a Soba con intenciones de entrar en el agujero. El propietario del prado nos dijo que nunca nadie había entrado a ese agujero. Parecía una perita en dulce. Sin embargo ese mismo día descubrimos dos cosas:

1)   El agujero era bastante estrecho y se convertía mediante un incómodo paso en un pozo.
2)   Había cuerdas en el pozo

¿de quien serían las cuerdas? ¿cuánto tiempo llevarían allí?

El segundo fin de semana de Septiembre (domingo 11/9/2011) me reuní con Miguel en Solares para entrar en el  dichoso agujero a satisfacer nuestra insaciable curiosidad. A las nueve ya estábamos aparcando en las cercanías. Nos llevo poco tiempo prepararnos y aproximarnos. Equivocadamente dejamos en la entrada una saca con cuerdas y algún material de instalación. Pasada las primeras estrecheces un pozo de apenas diez metros -destrepables con cierto riesgo- daba paso a una pequeña sala llena de derrumbes. La cuerda se colaba por el fondo de la sala entre una zona sólida y una rampa con bastantes derrubios que amenazaban taponar el paso. En previsión de problemas procedimos a retirar abundantes piedras, calzamos un gran bloque que se movía y fraccionamos la cuerda mediante un cordino a un puente natural. Miguel tuvo que volver a por la saca.
Un pozo ramposo bastante corto nos depositó en otra salita. La misma cuerda de antes volvía a colarse por el fondo entre piedras. Esta vez se trataba solo de una gatera seguida por una rampa y enseguida se llegaba a un ensanche del que solo podía salirse por la cabecera de otro pozo. Este nuevo pozo, por fin, se veía limpio e invitador. Estábamos en ascuas.
Dos fraccionamientos nos llevaron a un hundimiento. Se salía de éste por una ventana que daba a un pozo paralelo con forma de diaclasa. El fondo estaba tapizado de tierra y por un lateral se había hecho un duro trabajo de desobstrucción que produjo una gatera  modélica. Parecía que casi toda la corriente se encarrilaba por la gatera. Pero yo hubiera jurado que no toda. Al otro lado nos esperaba un chimenea adiaclasada con varios puntos interesantes.
El más llamativo era un estrecho pozo, bien sobado por el paso de exploradores, por el que parecía continuar la historia. Aunque hacían falta tornillos y chapas se podía destrepar sin problemas. Bajé hasta el fondo y comprobé que estaba tapizado de tierra compactada. Ninguna posibilidad por ahí. Unos metros más arriba, mientras iba trepando de nuevo, descubrí uno de los orígenes del soplo. Una estrecha fisura, menos de un palmo de anchura, se prolongaba sin que pudiera verse ningún ensanchamiento cercano. Descorazonador. Dedicamos un buen rato a mirar otras tres posibilidades: una trepada hacia las alturas buscando una ventana, otra hacia el extremo de la diaclasa y un meandrillo descendente que acababa en un lecho de guijarros. Por este último también se percibía un ligero soplo. En definitiva trabajo y más trabajo. De lo que no pudimos asegurarnos fue de la identidad de los exploradores aunque nuestra principal elucubración es que se trate de los mismos franceses que exploran la Red del Gándara.


Los Gorgullones

Era temprano aún y, en vista de que nos quedaban ganas de actividad, ese mismo domingo, 11/9/2011, fuimos a visitar una cueva en la que me había interesado hace más de diez años, en un tiempo en que el Sistema del Lobo era uno de mis preferidos.  
Un viaje bien corto nos llevo a aparcar el coche en un ensanche de la carretera a La Sía cerca de la desviación a las cabañas de Zucía.  Echamos un vistazo a los dibujos que tenía en las fotocopias y calculamos que un poco más allá, y algo por debajo de la carretera,  debía encontrarse la salida de Los Gorgullones. Se trata de un resurgencia así que debíamos buscar una vaguada con bloques y gravas.
Después de un rato peinando la zona habíamos encontrado de todo incluyendo sacos con cadáveres, paraguas, motores, neveras, bidones y de todo lo que uno pueda imaginar. También un hermoso bosque de hayas centenarias que me recordó los que se encuentran cerca de la Cueva del Lobo. A la media hora, más o menos, dejé de oír a Miguel. Le llamé a voces hasta que escuche una débil llamada. Unos cien metros hacia el este y en horizontal me reencontré con Miguel justo en la surgencia.
El laminador que da acceso al interior conducía una fuerte corriente de aire muy frío y un par de tubos de agua potable. Acompañamos a los tubos durante los primeros doscientos o trescientos metros hacia el interior, sembrados de pasos estrechos y de zonas laminadas o muy bajas, y en general comprobamos que no se trata de una cueva cómoda, pero si de una cueva relativamente limpia. 



La cueva, sin ser nada especial en cuanto a formaciones, posee cierto encanto. La limpieza de sus conductos y las formas talladas por el agua son algunos de esos encantos. Aguas arriba del torrente tuvimos que superar un paso agaterado, casi en el techo de la galería y bastante técnico, antes de encontrar la confluencia con la galería principal de la cueva. Por esta galería discurre el río más importante de la cavidad, siendo la surgencia de Los Gorgullones un trop-plein del sistema. Nos topamos enseguida con un pequeño lago represado que servía como fuente para las conducciones de agua potable. Para ser finales de verano podía considerarse que el torrente subterráneo traía un buen caudal.
Uno debería saber que aunque la pendiente sea poca siempre cuesta más subir y desde luego íbamos subiendo.  Algo más allá de la represa el terreno resultaba más cómodo, e incluso durante un tramo notable no tuvimos que reptar. Sin embargo siempre había trepadas, destrepes y pasos de embalsamientos con aguas profundas para los que había que emplearse a fondo. Empecé a cansarme de esta tónica y me puse remolón. Miguel me iba animando a ir siempre un poco más lejos. Finalmente llegamos a un punto en que unos laminadores acuáticos requerían mojarse y en este caso estuvimos de acuerdo los dos: no queríamos mojarnos.
En poco tiempo estábamos fuera y como seguía siendo temprano fuimos a tomarnos unas cervezas a La Gándara. Entre unas cosas y otras hicimos algunos planes para las próximas semanas. Para variar: no más que algo de espeleo.   


30/8/11

Neve (30/8/2011)


Así comenzó:

Un viaje varias veces pospuesto en los últimos años, otro viaje cancelado por la imposibilidad de cuadrarlo todo durante el verano del 2011; además se presentaron varios asuntos familiares que se agolpaban exigiendo solución en agosto. Mil ataduras que costaba escribir entre paréntesis contribuían a llenar aún más el saco. Y, finalmente, encajar la cuenta de gastos de las vacaciones no fue un asunto menor. Pero, a pesar  de todo ello, allí estaba, mejor dicho estábamos, contemplando como se empequeñecían a nuestras espaldas la bahía de Mindelo y los extraños picos volcánicos que la dominan por el oeste y el nordeste, a los que se encaraman una multitud de coloridas casitas, verdes, amarillas, azules, naranjas, que le dan su sabor caboverdiano característico. Simultáneamente la enigmática isla de Santo Antão, medio oculta entre nieblas y masas nubosas, se acercaba lentamente por el norte. A menudo me admiraba viendo los peces voladores emerger súbitamente del mar con un rápido aleteo que los alejaba, espantados, del rumbo del ferry.  Atrás habían quedado tres pesados vuelos y un par de noches en Mindelo.
No todo fue fácil en Santo Antão. Conseguir un coche para poder moverse libremente no era barato ni sencillo. Finalmente pudimos conseguir uno pequeño, imprescindible que fuese todo terreno, por un precio aceptable aunque, en claro contraste, el hotel de Porto Novo era relativamente económico, luminoso y limpio y en su agradable restaurante cocinaban bastante bien. Algunas veces comimos allí contemplado los lejanos conos volcánicos encuadrados entre el mar, bravo casi siempre, y las perennes nubes que me hacían soñar con valles perdidos y ocultos a las miradas del mundo.  El intenso sabor de los pequeños mangos conseguía volverme a la realidad en muchas ocasiones. En la plaza principal de la capital isleña las hermosas muchachas mulatas, café con leche, intensamente oscuras e incluso blancas, probaban a enamorar a los jóvenes, quienes mostraban sin excepción cuerpos elegantes y fibrosos.  Así, practicaban el acercamiento, el roce, las miradas, el abrazo fraternal generoso, el jugueteo con el varón… todo ello en medio del ronroneo de la dulce música caboverdiana y el rumor de las olas que rompían en la cercana playa.






Durante varios días exploramos la isla siguiendo las carreteras empedradas con oscuros adoquines de basalto, las pistas de tierra asentada, las rodadas de conducción difícil y peligrosa y, en pocas ocasiones, algunos kilómetros de carreteras recientemente asfaltadas. Así descubrimos paisajes sin parangón entre altos picos volcánicos, abruptos, cortados por barrancos profundos, a veces áridos como la Luna y otras verdes y selváticos, en ocasiones incapaces de mantener a unas famélicas cabras o fértiles hasta la exuberancia en otras. Cumbres cónicas y, la más de las veces, formando agujas, inexpugnables por todas sus caras, pintadas de marrones u oscuros rojizos y casi siempre surcadas por filones de duras andesitas o basaltos compactos. Lugares, valles, con música en sus nombres que se ha quedado haciendo ecos en mi interior, Chã de Norte, Ribeira da Cruz, Tarrafal de Monte Trigo, Coculi, Ribeira Grande, Chã de Igreja, Paúl, Chã de Morte, Ponta do Sol, Manta Velha, Ponte Sul, Lagedos, Sinagoga, Vila das Pombas, Pontinha de Janela… Un día tuvimos la suerte de conocer en Ponta do Sol a Eduardo y Lea. Los verticales acantilados se precipitaban desde más arriba de la base de las nubes hasta la inmensidad del Atlántico, y éste se extendía sin obstáculos hasta las costas de América. Los barrancos ocultaban sus secretos entre la niebla y los perros dormitaban enroscados sobre sí mismos, aburridos hasta el hartazgo sobre las aceras y los empedrados de las carreteras, hasta que un coche, o un caminante distraído, les sacaba de su ensoñación casi perpetua.




         Se apoderó de nosotros una necesidad de saborear, casi diría de rumiar con calma, nuestras últimas correrías por la isla, los paseos a pié y las rutas con nuestro pequeño 4x4. Una borrachera total de imágenes se sucedían apretadamente empujándose unas a otras mientras, tendido en la desnuda y blanca habitación de Ponta do Sol, me dejaba acunar por la fresca brisa preñada de rumores del puertecillo. La casa de Eduardo y Lea me hacía sentir confortable, casi familiar, y su espacioso apartamento azul nos permitió extender todas las cosas en un confuso orden. Durante varios días cayeron lluvias torrenciales y la lectura fue nuestra principal, y casi única, ocupación. Tenía un libro gordo -y de difícil lectura- y otro más reducido y agradable. A veces leía cualquier cosa en la oficina de Eduardo, siempre relacionada con el descenso de barrancos, el buceo o la escalada. 




Aquellos días muchos pueblos de Santo Antão perdieron sus posibilidades de comunicación rodada. Un día caminamos desde Manta Velha hasta Ponta do Sol a lo largo de la costa. El abrupto camino pasaba por varios poblados de pescadores: Cruzinha da Garça, Formiguinhas, Corvo… La pista a Cruzinha da Garça había dejado de existir y el cauce de un torrente ocupaba ahora su sitio en el fondo del barranco. Nos llevó siete horas acabar la excursión, al principio saltando el torrente infinidad de veces y luego por la inacabable sucesión de ascensos y bajadas del antiguo camino empedrado a Cruzinhas.  El cansancio, junto con el intenso sol, me dejó un poco tocado durante un tiempo. Unos días después salió el sol, entre los vapores de un calor sofocante y los cortos chaparrones que se sucedían a intervalos. Nos acercamos por el camino de Fontainhas hasta un banco de columnas basálticas con algunas vías de escalada. El tiempo transcurría sin prisas y una familia de caboverdianos se sentó a mirar. Les invité a probar; sonrieron agradecidos y rehusaron la invitación. Tampoco quisieron probar unas francesas, madre e hija, que caminaban ilusionadas hacia Fontainhas preguntándose/nos si estaba lejos, si había mucho desnivel, qué cuanto se tardaba...
Por fin, el último día que nos quedaba para estar en Santo Antão, el tiempo se presentó benéfico y claro. Los barrancos habían drenado una gran parte de las fuertes lluvias recientes. A las seis y media desayuné sin ninguna gana, apenas un té, y poco después un colectivo vino a recogernos. Pronto nos dimos cuenta de lo afortunados que habíamos estado al haber tenido la paciencia de esperar el día adecuado para descender el número uno. Porque eso es lo que le había pedido a Eduardo hace unos días: que nos guiase en el descenso del más bello cañón de la isla. Me conformaba solo con uno, pero inolvidable. Y él, lo tuvo claro desde el primer momento: el number one era el Neve (Niebla)




Ahora, por añadidura, no solo íbamos a recorrer el más hermoso barranco de Santo Antão, sino que íbamos a hacerlo el día perfecto. Su belleza ya comenzaba en los lejanos preliminares. La antigua carretera empedrada de Ribeira Grande a Porto Novo es una obra de arte incrustada en un paisaje onírico. Piedra a piedra y adoquín a adoquín, de forma manual, la calzada, los arcenes y los quitamiedos se materializaron para llegar a formar parte de la propia Naturaleza. La exuberancia tropical -mangos, papayas, plataneras, yacas, ñames y caña de azúcar- va dando paso a los frutales de climas más frescos, manzanas y membrillos, para convertirse arriba, ya por encima de los mil metros, en bosques de coníferas, chorreantes de humedad por las nieblas. A principios del siglo pasado los portugueses construyeron las primeras carreteras y senderos empedrados de la isla. Se encaraman de forma inverosímil por cordales con abismos a ambos lados, mediante tallados en la roca y zigzagueantes tramos que se acercan a la vertical.
Aunque estaba un poco nervioso comprendí que la incertidumbre de las verticales y del caudal del Neve eran hechos que también pondrían en alerta a cualquiera, incluyendo a nuestro guía, que tenía la responsabilidad de que todo fuera bien. Por eso llevábamos cinco cuerdas de entre sesenta y setenta metros. Cada uno portaba una cuerda en la saca, excepto Blaise, que llevaba dos. Aparte de eso, Eduardo llevaba un conjunto de elementos de seguridad y de medidas de contingencia que acumulaban todavía más carga en su petate.
Dejándome llevar en el ascenso a Cova Cráter y en montaña rusa hasta el Pico da Cruz disfruté del paisaje. Mientras, la clara luz de primeras horas de la mañana, conseguía que los infinitos detalles del relieve se mostrasen nítidos. Desde esta atalaya, a unos mil quinientos metros de altitud, se dominaba la mayor parte de la zona oriental de la isla. Contemplar sus verdes y exuberantes valles, los oscuros barrancos que se hundían vestidos de vegetación en las entrañas de la tierra y, sobre todo, las nieblas que salpicaban las cumbres, me devolvió parte de la calma. Media hora antes de alcanzar el cauce del Neve, pasamos por una aldea rebosante de vida. Justo en la senda de acceso a las primeras cabañas, sobre una fina arista herbosa apenas más ancha que el sendero, una burra joven y su burrito -ya casi burro- ocupaban el lugar de paso. Los cambios de tono de su pelaje, desde un blanco casi níveo, pasando por varios tonos de marrón y rubio, y llegando al gris ceniciento oscuro, me causaron asombro. Y todavía más que los animales estuvieran tan limpios.  Uno de los perros de la aldea nos saludo cantando a aullidos mientras el guía comentaba que era mejor no mirarles fijamente a los ojos. De cualquier forma son perritos bastante tranquilos y la gente los tiene como mascotas más que como pastores. Bajo la enramada de una cabaña, unas chicas jóvenes con niños nos saludaron a voces y una mujer le preguntó a Eduardo en criollo si le había traído algo. Pero la ropa que tenía reservada para estas gentes se le había olvidado en casa.  Se me quedó ronroneando en la cabeza que éste era un lugar hermoso.



El Neve trae más agua que las otras veces que lo he descendido -dijo Eduardo. Esto me produjo una incómoda inquietud. Ni por asomo me sentía seguro y no me hubiera opuesto a transformar el descenso del cañón en una simple caminata hacia el Valle de Paúl. Actualmente siento que me mueve más la belleza y la curiosidad, llámese espíritu de exploración, que las descargas de adrenalina. Aunque reconozco que a veces viene bien algún latigazo a la mente adormecida.  En Santo Antão esperar un rescate o algún tipo de ayuda exterior, estando en un cañón, es impensable.
Los resbaladizos cantos rodados, entremezclados con las plantas semiacuáticas y los helechos, comenzaron a requerir una atención continua. El primer rapel, de sesenta metros, recorría un tubo tapizado de verde de unos diez metros de diámetro.  Una vez bajada ésta vertical no habría vuelta atrás. Las fijaciones estaban machacadas a pedradas por algún niño gallito de una aldea cercana, según Eduardo para alardear ante sus amigos. El guía me había asignado la tarea de desmontar los nudos y mosquetones de reaseguro, es decir yo descendería siempre el último de los cuatro. Cuando me tocó el turno me di cuenta que tendría que colgarme de una sola fijación machacada a pedradas y con el tornillo oxidado. No quería asumir ese riesgo. Quizás si se hubiera tratado de una vertical corta no me hubiera afectado tener que colgarme de una sola de ellas, pero la vertical se veía enorme, así que añadí en la otra fijación un pequeño maillón de rosca. A pesar de que ambos pasadores actuaban con los ejes paralelos y de que había desentrelazado las cuerdas, éstas se negaron a ser recuperadas. En un primer momento pareció que las cosas se nos estaban torciendo. Después de varios intentos, en que llegamos a colgarnos tres personas de la cuerda, se impuso un momento de reflexión. Vimos que las cuerdas se apretaban en una acanaladura, arriba del todo, y al desentrelazarlas pudimos recuperarlas, aun con bastante esfuerzo.



El ambiente del cañón se iba haciendo más formidable y sombrío pero la sonrisa nos había vuelto a los labios. Las verticales de menos de veinte metros que conducían hacia los Oscuros me parecieron divertidas, casi amables. A veces había que nadar pero como el agua estaba templada resultaba agradable. La chispeante vegetación colgada, entremezclada con la poca luz que se abría paso zigzagueando desde muy arriba, producía un efecto óptico fascinante. A veces la niebla dejaba caer una fina lluvia, que no conseguíamos distinguir de los goteos y chorrillos que rezumaban las paredes por doquier. Recuerdo un par de toboganes que comencé a descender con cierta aprensión para terminar divirtiéndome como un enano y luego una sucesión de dos verticales, seguidas de sendas marmitas profundas, que encadenamos nadando y rapelando.  No había tomado nada desde el té del desayuno y me comí un bocadillo de queso de cabra local con membrillo también local. Sin embargo apenas tenía hambre. Creo que la sensación de inseguridad en el cañón me hacía preferir seguir con el estómago casi vacío. En esos momentos faltaba solo una media hora para la cascada de doscientos cincuenta metros.
Los estrechos del cañón terminaron, de la forma más abrupta que cabe imaginar, desembocando directamente sobre la gran cascada en mitad de la pared. Antes de comenzar la bajada Eduardo nos dio un repaso pormenorizado de la logística, parte fundamental de la cual consistía en usar su reloj acuático y antigolpes -que yo me puse- para dar tiempos establecidos a cada uno de los que íbamos a bajar. En la primera vertical, de más de treinta metros, te ves obligado a ir, junto con el agua, por un tubo que va disminuyendo de diámetro y aumentando de pendiente, hasta hacerse vertical a unos diez metros del comienzo. La configuración geométrica del descenso y el estruendo impide que pueda haber comunicación verbal o visual alguna. Por lo tanto el tiempo establecido para bajar, junto con la propia distensión de la cuerda, son los mejores indicadores de que las cuerdas han quedado libres. En principio el guía estimó que con diez minutos por persona sería suficiente. Como yo iba a ser el último tenía que controlar el tiempo de bajada a todos. 




Con cierta aprensión vi como desaparecía Eduardo en la suave curva hacia la derecha por la que se encarrilaban agua y cuerdas. A los seis minutos noté cómo la tensión disminuía y tiré para ver si estaban liberadas las cuerdas. Cada medio minuto lo hacía de nuevo hasta que noté que no colgaba nadie. Le tocó el turno a Blaise, que fue tragado por la cascada a gran velocidad. Unos cinco minutos después la cuerda no tenía ninguna tensión y comenzó su bajada Marisa. Pasados diez minutos la cuerda no estaba libre y mi inquietud iba en aumento. Si ocurría algo mi impotencia sería absoluta. Después de un tiempo interminable, a los trece minutos, la cuerda se liberó y comencé mi descenso bastante nervioso. Para controlar la bajada puse perpendiculares a la pared las piernas con los pies bien apoyados, permitiendo que el agua pasase libremente barriéndome hasta media pierna; a los veinte metros me salí a la izquierda para eludir el fuerte impacto directo, y unos diez metros más abajo realicé un péndulo rápido a la derecha, atravesando la caída directa del agua, para alcanzar “El Palomar”, primer relevo de cuerdas en el descenso. De contento que me puse entré a la reunión medio aullando y más aún cuando vi que desde aquí se podía contemplar a placer todo el resto de la bajada. La geometría cóncava de la pared le daba un carácter más tranquilizador, permitiendo una buena comunicación. Aunque estábamos fuera de la trayectoria de la cascada, nos caía una fina llovizna.  Intenté hacer fotos pero no era fácil y sólo conseguí resultados mediocres. Setenta metros más abajo llegue a “Vientos Húmedos”, segundo relevo, encontrando las cuerdas rojas puestas. Blaise y el guía se habían bajado hasta la última reunión y allí solo quedaba Marisa. Recuperamos las cuerdas amarillas y ella las bajó colgando de su arnés hasta “No te veo” para utilizarlas en el último rápel. Las principales dificultades habían terminado y mientras esperaba mi turno miré hacia abajo. Visibles al pie de la pared había unos niños escandalosos; con seguridad de las aldeas valle abajo, donde hay fértiles cultivos de frutales, caña de azúcar y también café. Eduardo les gritó para que se apartasen, previniendo posible caída de piedras. 




Sin las sombras del tiempo, sumergido en la frondosidad, en cada paso sintiendo el peso posarse suavemente, cuesta abajo, enroscando mis deseos entre los mangos, los frutapaos, las papayas, los cultivos de caña, como un flujo preciso y leve, como si aún no hubiésemos sido expulsados del Edén. Encontramos a los niños bañándose en una gran balsa rodeada de árboles magníficos. Por un momento tuve envidia de una infancia vivida en un lugar así, en medio de una Naturaleza lujuriosa. El valle nos condujo serpenteando hasta un puente de la carretera costera, justo a la entrada de Ribeira de Neve.
Envuelto por las luces del atardecer, ya en Mindelo varios días después, y a breves horas de tomar el vuelo de vuelta a Europa, no había salido aún de ese estado de satisfacción que me regaló la isla de Santo Antão y el descenso del Neve. Es una de esas cosas que haces en la vida quizás solo una vez, pero que recordarás siempre, hasta que te toque abandonar esta existencia y todos los recuerdos personales se fundan en el gran flujo de la Vida. 

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2/7/11

Donde? (2/7/2011)


        "Sólo quien se arriesga a ir  muy lejos puede saber
        hasta dónde se puede llegar"
                                                         T.S.Eliot
                                                            



26/6/11

Huida (26/6/2011)



No lo dude, se trataba de ir a Cueva Vallina. Por supuesto quería conseguir alcanzar al menos la consumación de uno de mis insistentes deseos espeleológicos. Pero se me estaba poniendo difícil reclutar compañeros para ciertas aventuras. El viernes por la tarde me pase por el club como último recurso para encontrar a alguien dispuesto. En contra de mis negras expectativas se apuntaron Julio, Pelos, Fran, Matías y Alicia; ésta última condicionada a poder con su cuerpo tras el desenfreno de una boda a la que iba a asistir el sábado... Preparamos un par de cuerdas, más cinco chapas con tornillo y mosquetón, y nos fuimos a casa después de jugar varias partidas al futbolín en el local del club y al pillo-pillo con la hija de Alicia.
Habíamos quedado el domingo a las nueve y media en Solares aunque, de forma confusa, me pareció que con Pelos había quedado a las nueve. El sábado hizo un calor especial. En algunos puntos de Cantabria se alcanzaron los 30º, pero aún así escalé con Pelos una vía en la cara SW de Peña Cigal (Caloca). Gracias a que me cubrí concienzudamente toda la piel como lo hacen los tuaregs no tuve una insolación. Sin embargo al día siguiente la cosa se iba a poner más seria.
Eran poco más de las nueve y media cuando vi a Matías y Fran en la estación de Solares. Al poco llegaron caminando desde alguna cafetería Pelos y Julio. Alicia se había quedado durmiendo y no hubo manera de contactar con ella... Nos repartimos entre la furgoneta de Julio y el deportivo rojo de Matías y enfilamos hacia el puerto de Alisas. El calor iba en aumento y nos faltaba espacio vital en los asientos de la furgoneta, pero el viaje se hizo corto. El último kilómetro de pista lo hicimos todos juntos en la furgoneta de Julio.
Los preparativos se empezaron a poner pesados. Pelos había tardado cinco minutos y escapo rápidamente hacia el bosque. Yo tarde un poco más y me tumbe dentro de la furgoneta para evitar el solazo. Al cabo de un tiempo interminable conseguimos ponernos en marcha. De pronto pregunte en voz alta, mientras hacía un repaso mental de lo que íbamos a necesitar, si alguien llevaba una llave para apretar los tornillos de los spits. Y vino la sorpresa: nadie había cogido una llave, ni nadie llevaba una llave. Así que no podíamos instalar, y por tanto tampoco descender, los pozos hacia Río Rioja y la incursión debía abortarse. Menos mal que solo habíamos bajado por la empinada ladera un minuto yendo hacia la boca. El termómetro de la furgoneta marcaba 38ºC . Decidimos irnos a otra cueva en una especie de huida de los infiernos. No nos cambiamos de indumentaria; tras un titubeo nos encaminamos hacia la Cueva del Torno vía Alisas-Riaño-Solórzano.
Como a las doce aparcamos junto a la cancela del prado en el que se encuentra la Cueva del Torno. La subida, unos cinco minutos, fue, como sabíamos de antemano, infernal. La hierba, bastante alta, rezumaba vaharadas de aire caldeado, formando en algunos momentos espejismos que deformaban el campo visual. A algunos estuvo a punto de darnos un mareo o un golpe de calor. Pero el momento más maravilloso del día ocurrió cuando nos pusimos delante del pequeño agujero de entrada a la cueva: el chorro de aire helado fue un bálsamo para nuestros sufrimientos infernales.  Más aun cuando entramos y pudimos sentir el frescor del mundo subterráneo...
Avanzamos sin pausa por la laberíntica red de entrada sin problemas hasta el primer estrechamiento en que hay que trepar y, entonces, me entretuve haciendo una foto mientras el personal se peleaba con el paso. Fran y Matías estaban algo sorprendidos por la duras características de la cueva y Julio mascullaba; en realidad se sentía engañado por mí. Creo que casi nadie sabe apreciar el sabor de las dificultades de una cueva que guarda sus secretos celosamente. Cuevas que se hacen las interesantes, como una chica remolona que, a veces, cuanto más esquiva se pone, más apetecible nos parece. Aunque no todos, y no siempre, lo viven de la misma forma...




La segunda estrechez en la que hay que trepar fue más dura. Fran y Matías blasfemaron y Julio me la juro. Pero Julio ya sabía a lo que venía en esta ocasión. Pelos iba silencioso. Aproveche las circunstancias para hacer otra foto.
El tránsito por el meandro desfondao cogió desprevenidos a Fran y Matías pero echándonos un poco pa’lante  salimos todos airosos. No es que los pasos fueran difíciles pero podía amilanar un poco la altura a la que evolucionábamos sobre el desfonde. En este meandro hay dos etapas claramente separadas por el acceso que, a la izquierda, conduce a la gatera  Andy’s Back. Nuestro objetivo era Torno Chamber y no estábamos por la labor de parar. Continuamos con presteza hasta el acceso al río principal de la cavidad, y allí tampoco paramos a pesar de los cantos de sirena acerca de la hora de comer.
La poca cantidad de agua que llevaba el río me animo a probar sin neopreno el paso de los últimos laminadores; habíamos metido los trajes pero si la cosa pintaba bien podíamos prescindir de ellos. Las arrastradas finales por cantos rodados me parecieron poco acuáticas y enfile con fe el último laminador: salí empapado por la parte frontal del cuerpo y totalmente seco por el resto. Pelos se mojo menos que yo, paso levitando, pero los tres compañeros restantes se mojaron bastante con el agravante de que Matías y Fran llevaban monos de tergal. Ya estábamos en Torno Chamber y nos buscamos una zona cómoda para almorzar fraternalmente.
De Torno Chamber nos fuimos por un bonito meandro hasta Rampant Rabitt y en esta gran galería torcimos a la izquierda para enlazar con The Canyon. Nuestro modesto objetivo era visitar las nuevas galerías descubiertas en el 2008/2009 por los británicos. Al final de The Canyon un caos de bloques obstruye la galería y a su derecha una salita caótica y una pequeña galería concrecionada cierra todas las posibilidades. Pero el caos de bloques posee una ruta de gateras con barro -y a veces agua- que se resuelven en amplios conductos. Normalmente Pelos posee un entusiasmo dispendioso pero a veces se fija en un objetivo único y abstracto sin ver las riquezas que caen de los cielos. Tuve que animarle duramente para que me siguiera... Mientras tanto Julio, Matías y Fran optaron por ir saliendo.
Anduvimos cómodamente un buen tramo por una sinuosa galería con direcciones dominantes W y S. En algún momento pasamos por encima de falsos suelos retumbantes. Así llegamos a una zona en la que la galería se hace muy alta, y más estrecha, recordando a ciertas galerías en la cercana Cueva Riaño. Un desfonde parecía haber sido el camino seguido por los exploradores, pero nosotros escalamos a la parte alta, y con un paso de empotramiento en una estrechez Pelos se adelanto y comprobó la existencia de una galería inexplorada con formaciones blancas y prolongación evidente. Claramente estábamos de suerte. Desde aquí nos volvimos y en pocos minutos estábamos de nuevo en Torno Chamber. Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando vimos que todas las sacas estaban allí y que nuestros tres compañeros habían desaparecido.




Al principio creí que nos estaban gastando una broma, como en otras ocasiones había hecho yo mismo, pero al poco tiempo tuvimos que asumir que realmente no habían vuelto. Regresamos sobre nuestros pasos a Rampant Rabitt y Pelos dio grandes voces. Enseguida pudimos escucharles acercándose. Seguramente se habían despistado en una importante bifurcación próxima a The Canyon. Volvimos a Torno Chamber seguidos por los tres despistados. Pero cuando ya creíamos todo arreglado solo vimos aparecer a Matías y Fran. Julio que venía delante de ellos y detrás de nosotros había vuelto a desaparecer. Mientras Pelos quería salir huyendo hacia la salida yo vi el cielo abierto para echarme una siesta: eso si, convencí a Pelos para que se quedase esperando pacientemente. Lo hizo, pero refunfuñando. Matías se apiado de Julio y regreso a buscarle. Cuando ya llevaba un rato soñando la voz de Pelos me sobresalto. En nuestra soledad elucubrábamos con las posibilidades de pérdida y con los murmullos que creíamos escuchar en la lejanía. El tiempo transcurría.
Al cabo de un tiempo interminable aparecieron Julio y Matías. Según Julio cuando llego al fondo del meandro tomo la dirección contraria a la debida. Luego se fue a cagar. Absurdo. Pero sea como sea y gracias a Dios estaba de nuevo aquí.
No hubo ningún incidente más en el proceso de salida salvo un corto forcejeo de Matías y luego de Fran en la última estrechez que hay que trepar un poco antes de salir. Por suerte había una cuerda instalada. Un golpe de aire caliente nos recibió a todos con afabilidad.
Paramos en Solórzano para refrescarnos en la fuente de la plaza y luego a tomar cervezas en el restaurante Arredondo, restaurante que da el mejor cocido montañés de toda Cantabria. Allí estuvimos de cháchara un buen rato comiendo pipas de girasol cuyas cáscaras, según quien, escupimos al suelo o pusimos en un cenicero. Me planteé la cuestión por un momento y llegue a la conclusión de que las cáscaras de pipas es uno de los productos más naturales que podemos arrojar al suelo. Tanto o más que las cáscaras de fruta. No vi ningún problema en continuar escupiéndolas al suelo hasta que vi el paquete vaciarse por completo.




19/6/11

Memoria Selectiva (19/6/2011)







Hice un pequeño esfuerzo por encontrar compañeros para continuar uno de los grandes proyectos de reconocimiento de cuevas que nos traemos entre manos. En concreto lo que más me apetecía era la parte remota de Vallina. Pero mis maravillosos compañeros de aventuras no podían venir por distintos compromisos. Así pues, reduje las pretensiones y cambié la fecha de cueveo al domingo -el sábado era el cumpleaños de Julio- para poder hacer alguna actividad con mi amigo. Realmente hacía mucho tiempo que no hacíamos algo juntos.
Lo mejor del caso es que siempre tenemos modestas actividades pendientes, que casi nunca terminamos de hacer porque tenemos algo más importante entre manos. Una de ellas era, para mí, alcanzar la Gran Sala de la Cueva del Torno directamente por los ríos para, luego, recorrer la continuación del Gran Cañón hasta la zona limítrofe con Cueva Riaño. Otra era volver a Cueva Riaño -su  verdadero nombre es Hoyo de la Reñada- y seguir la ruta que la une con la La Hoyuca, recorriendo un montón de galerías, desconocidas para mí, reseñadas en la nueva y flamante topografía de los británicos. Esa ruta había sido visitada por mí a mediados de los 90. Desgraciadamente no pude imprimir la topo a la resolución adecuada para ver los detalles y eso me iba a pesar.
A las diez y media del soleado domingo me encontré en Solares con Julio e Inés a la que no veía desde hacía mucho tiempo. Para Inés esta actividad iba a ser la última  hasta finales de Julio, pues la semana siguiente se iba al Alentejo a unas excavaciones del Mesolítico. Pasamos a comprar pilas por Adelma y, luego, Inés condujo la furgoneta de Julio, que se había olvidado en casa el permiso de conducir.  Al poco rato nos encontrábamos en Riaño, justo al comienzo de la pista que acerca al Hoyo de la Reñada. La aproximación al agujero de entrada nos llevo un minuto.





Como es bien sabido por todo aquel que haya entrado por este acceso al Sistema de los Cuatro Valles la red de entrada de Cueva Riaño es un buen ejercicio de arrastradas y contorsiones. Pero poco a poco las dimensiones se van ampliando hasta convertirse en conductos de tránsito cómodo. A unos quince o veinte minutos de la entrada se baja un resalte de cuatro metros destrepando con presas buenas. Sin embargo en esta ocasión decidimos llevar una cuerda para evitar sorpresas. Inés y Julio usaron la cuerda como seguro para efectuar el destrepe.  Unas decenas de metros más allá el riachuelo por el que avanzamos desemboca en un arroyo cantarín, mucho más caudaloso, que discurre por una amplia galería.
Para ir hacia La Hoyuca hay que moverse aguas arriba de este arroyo sorteando grandes badinas mediante hábiles pasos. Más adelante, en esta zona, el río a veces discurre por debajo de un lecho de arenisca totalmente acribillado de grandes agujeros a través de los que puede verse al agua, un metro más abajo, saltar pequeños escalones. Es verdaderamente encantador. La galería cambia bruscamente de dirección a 90º varias veces: W-S-E-S-W-S. Desde el tramo final, que se prolonga hacia el sur, se puede acceder a un tranquilo afluente que viene del W, y también a una galería superior que discurre paralela a corta distancia. Es la que hay que seguir para enlazar de la forma más cómoda con La Hoyuca. 
Primero escogimos el afluente hacia el W. Sin embargo, a pesar de la falta de claridad, mis vagos recuerdos me decían que no había laminadores con zonas inundadas, como las que teníamos delante, antes de Second River. Así que decidí que regresáramos al inicio del afluente y que tomásemos la galería fósil paralela. Resulto ser la correcta. Recorridos sus dos tercios hicimos una parada para realizar fotos pintadas en una zona muy chula de estalagmitas y columnas. Finalmente el rectilíneo conducto nos condujo a una red de amplias galerías arenosas, semiactivas, con gran abundancia de desviaciones y que no recordaba en absoluto. Mis recuerdos divergían radicalmente de la realidad. Contenían exclusivamente el acceso a una sala con bloques a través de un destrepe por un lapiaz interior, seguido durante una corta distancia por galerías muy amplias y húmedas antes del acceso a Second River.
Antes de ponernos a buscar la conexión nos paramos a tomar un refrigerio. Cuando terminé de comer lo poco que comí me quedé sin ganas de hacer esfuerzos. De nuevo tuve claro que es preferible comer cosas muy ligeras si vas a continuar con una actividad enérgica. Miramos las galerías arenosas en varias direcciones, un riachuelo aguas arriba que se fue haciendo cada vez más incómodo y finalmente me metí por una rampa de arena hasta una trepada durilla que me recordó vagamente algo. Necesite un paso de hombros para conseguir acabarla. Más allá había un desfonde que no casaba con recuerdo alguno. Concluí que esa no podía ser la ruta que yo había utilizado quince años antes. Pero seguramente me equivocaba. Tuvo que ser ese el paso clave que Guillermo y yo localizamos la primera vez que accedimos a esta zona.
El desconcierto nos hizo dar varias paseos por algunas galerías. De vuelta hacia la salida estuvimos mirando algunas interesantes desviaciones pero ninguna de ellas nos dio una respuesta a la pregunta que me formulaba una y otra vez ¿como es posible que mis recuerdos difieran tanto de la realidad? Aproveche para conocer un poco más el río principal hacia el sur. Sin embargo para la pequeña actividad que habíamos hecho me sentía un poco bajo físicamente. Cuanto menos haces, menos quiere hacer el cuerpo. Las gateras de salida se me hicieron algo pesadas. Antes de las seis ya estábamos fuera.





          El día seguía resplandeciente y cargado de polen. Y mi pregunta seguía insistentemente frente a mi. Recuerdos selectivos. Uno recuerda solo aquello que desea recordar dejando vacíos, sin energía, el resto de los recuerdos. Finalmente uno se olvida de los recuerdos vacíos aunque sigan realmente ahí en un espacio abstracto. La Memoria es un gran misterio. Tanto como el Tiempo o la Vida. Me gusta creer que si alguien consigue dar respuesta a uno de esos tres interrogantes los otros dos se le abrirán también, como flores maduras ofreciendo su néctar, en un gran lote de comprensión!!!



más fotos

22/5/11

Cirios (22/5/2011)




En cuanto pude mirar la pequeña topo de lo que habíamos visitado con los franceses hace unos meses en la Cueva del Gándara me motive de nuevo para volver a esa remota zona. Siempre se debe hacer acopio de energía  para cualquier empresa que uno acomete y más cuando sabes que te espera un duro y enrevesado camino. Miguel y yo preparamos esta incursión con poca antelación y a él le costo soltar algunas amarras. Invite a Manu y a Sergio, y a algunos más de forma indirecta pero, qué lástima, no pudieron sumarse. Como dos es un número inadecuado para una actividad de este tipo Miguel invito a Oskar, un de sus compañeros del Burnia, que se sumo al pequeño grupo.
Era el día de las elecciones locales/autonómicas y fuimos, como buenos demócratas, a depositar nuestras papeletas en cuanto abrieron los colegios electorales. Poco después, eran algo más de las diez, nos vimos en Ramales.
En Soba el tiempo estaba neblinoso pero habíamos dejado atrás la lluvia que empapa cerca de la costa. Realmente el tiempo invitaba a estar bajo tierra. Decidimos ir con calma, pero por mucha calma que quieras llevar la ruta hacia los Cirios es dura por la cantidad de trepadas, destrepes, pasos atléticos de todo tipo, pequeños ascensos de cuerdas, arrastradas y contorsiones variadas que se suceden sin pausas. Finalmente alcanzamos el inicio de la zona objetivo en dos horas y media aproximadamente y como recompensa comimos barritas energéticas y líquidos variados.
Una gatera ridícula, insospechada y en el sitio inadecuado permitió el paso a una zona más amplia donde tomamos una galería hacia el oeste que devino en lecho de oscura arenisca. Incluso recorrida por un pequeño río. Muchas desviaciones a izquierda y derecha prometían algo y algunas sin duda tenían contenido neto, pero nosotros seguimos hacia el oeste. Por un caos de bloques poco prometedor desembocamos en una amplia sala concreccionada con estalagmitas y macarrones muy similares a las de otras escondidas salas de este sector. Disfrutamos un rato del paisaje y volvimos a emprender la búsqueda de una continuación.
Esta vez nos repartimos el trabajo ya que no estaba nada claro el tema. Al poco tiempo Oskar encontró un pasaje minúsculo por el que nos deslizamos hacia otra sala también concreccionada y pequeña. Más allá una zona de enormes bloques tuvo que ser negociada con subidas, bajadas y revueltas que, menos mal que se nos ocurrió, balizamos con hitos. Gracias al destino los bloques se acabaron y pudimos entrar a una galería llena de paz. Suelos de arena compacta y hermosas decoraciones sembradas por doquier. El premio al esfuerzo de una dura incursión en las entrañas de la tierra. Miguel hacía fotos. Avanzamos por la bonita galería hasta que se acabaron totalmente las posibilidades de avance en una zona discoidal pavimentada de frágiles cáscaras y sostenida por pequeñas columnas. Allí descansamos.
Volvimos a la sala grande y dedicamos un buen rato a realizar cuatro fotos pintadas. Sin duda fueron posibles gracias a la paciencia de mis compañeros. Además Oskar calentó una sopa con un infiernillo de parafina. Es importante tratarse bien en el duro ambiente de las grutas húmedas y frías, ocho grados, porque el cuerpo siempre responde a eso con energía renovada. Asi que practicamos una apacible sentada llena de encanto en la que nos alimentamos como no solemos hacerlo en otras incursiones.
Para volver hacia la salida escogimos otra galería que conectaba a unos doscientos metros con la que habíamos tomado para venir. Su comienzo nos resulto especialmente complicado por el paso de un laminador muy bajo. Oskar y Miguel solo consiguieron pasar cuando se quitaron todo los aparatos de progresión. Yo tengo ventajas en esos casos. De cualquier forma he de decir que la galería merecía el esfuerzo que realizamos. Había bonitas concrecciones y un hermoso suelo pulido y negro.
El resto del proceso de salida me lo tomé con confianza. Me sentía bien y conseguí reducir los efectos mentales del cansancio a mínimos manejables. De hecho me sentía casi eufórico cuando, a las nueve y media, lleguamos al coche. Lo que no había cambiado apenas era el tiempo. Seguía neblinoso. Pero a pesar de ello celebramos con cerveza las nuevas riquezas que habíamos compartido.  





8/5/11

Astradome (7/5/2011)



Esa tarde pase por la reunión de los viernes en el Polideportivo de la Universidad de Cantabria. La gente del club tenía ganas de salir el sábado y el grupo promotor de la exploraciones en Udías había proyectado ir a mirar, entre otras zonas, la del Pantano en Torca Urbió. Llamé a Sergio y le dije que iría con Miguel. Pero a última hora Sergio me llamo diciéndome que se había suspendido lo de Urbió porque éramos muchos. Como sucedáneo de la actividad prevista el grupo recogería cuerdas en la Luna Llena. A Sergio se le quitaron las ganas de hacer actividad.
A la mañana siguiente Miguel y yo decidimos visitar la entrada Giant Panda a la Hoyuca. Era un día primaveral y nublado con una temperatura deliciosa. Por las montañas del interior amenazaban chaparrones. Eché en falta a algunos compañeros del club -Julio, Alicia...- que habían mostrado interés por venir. No pudieron cambiar de planes porque el móvil de Adrián estaba apagado.
Según nos acercábamos a Riaño me fui animando. Se respiraba tranquilidad. En el camino hacia Giant Panda se había establecido un cementerio de coches totalmente camuflados entre la vegetación. Mientras paseaba la vista sobre los restos Miguel abrigo la esperanza de que hubiese un Opel por allí. Algo más tarde tuvimos que saltar varios pastores eléctricos y algunas alambradas aunque no me costo acordarme de la ubicación de la dolina repleta de jungla en que se encuentra Giant Panda.
El mismo repelús que sentí la primera vez que bajé por la entrada apuntalada volví a sentirlo la segunda vez. Me impuse hacer el destrepe inicial sin tocar ningún puntal y menos aún los palets que soportaban el talud. Además, para mayor seguridad, dejamos un intervalo de tiempo entre los dos.
Las cuerdas estaban hinchadas y creo que eran la mismas que hace dos años (exactamente entramos el 4 de abril de 2009) pero esta vez estábamos sobre aviso y pusimos el descensor en C. Aparte de la hinchazón, el aspecto de las cuerdas era bueno y no surgió ningún problema. Un pozo de veinte metros, seguido de otro de cinco, nos condujo a una base plana de cantos rodados. Mediante un paso estrecho -pero muy corto- nos introdujimos en un meandro con varios resaltes destrepables fácilmente. El meandro era, en algunos momentos, algo estrecho y tenía cambios de dirección muy bruscos. Yo recordaba en su parte final un estrechamiento que nos costó bastante pasar en el 2009. Sin embargo esta vez lo vimos mucho más claro. Unos metros más allá escuchamos el rumor de First River deslizándose en la oscuridad de Gorilla Walk.
Todo iba sobre ruedas y, casi sin pensárnoslo, decidimos prolongar la incursión para visitar el Astradome. La parte final de Gorilla Walk se nos hizo corta. Me notaba bastante fuerte, quizás debido a los efectos de la altitud prolongada durante Semana Santa. En rápida sucesión pasamos el acceso a Second River (procedente del Hoyo de la Reñada), las gateras de enlace -Cross Over- con la zona remota, el descenso a Third River, 6ª Road, la esquina donde desagua Fourth River y la pequeña galería de acceso al Astradome. Total una hora y cincuenta minutos desde la entrada.
Mientras comíamos algo la maquinaria mental comenzó a urdir planes para fotografiar la maravillosa chimenea cilíndrica que se cernía sobre nosotros. Veinte metros de diámetro y cien de altura, un tubo de órgano para frecuencias ultrabajas (¿tres ciclos por segundo?) La reverberación, formidable, nos envolvía creando una atmósfera llena de guiños mágicos. Las pequeñas linternas de novecientos lúmenes entraron en acción sumándose a los focos de los cascos e iluminando durante aperturas de treinta segundos la escena. En la imagen captada por la cámara la cascada central del Astradome se convirtió en un chorro de luz blanquecino y la pared del cilindro revelo sus lejanos detalles. Así transcurrió un tiempo maravilloso.
Durante la fase de salida fuimos casi tan rápidos como en la fase de entrada. Solo en el meandro de Giant Panda tuvimos que bajar el ritmo. Los resaltes nos costaban más al subir que al bajar. Cuando salimos el día había mejorado hasta el punto primaveral-explosivo y las nubes casi se habían diluido.
En total habíamos tardamos unas cuatro horas y cuarenta minutos en visitar, ida y vuelta, el Astradome desde Giant Panda, lo que significa que es una buena actividad para una jornada corta. Este hecho también me animó a relanzar viejos proyectos, como visitar zonas más remotas de la Hoyuca, por ejemplo Argamedon o Rocky Horror, y a realizar la travesía Giant Panda>>>>Carcavuezo.
Para celebrar nuestro buen sabor de boca y la carga mágica que traíamos del Astradome decidimos tomarnos unas cervezas frías con aceitunas en Casa Enrique de Solares. Como Dioses del Olimpo.  







9/4/11

Seducción (9/4/2011)




Después de mucho tiempo, por fin, un día de abril me dejé seducir por los amigos del SCC -Sergio, Pelos, Manu, Cura y  Alfonso- para ir a la Torca Urbió. Cuando les encontré, la mañana del sábado, tenían una resaca de considerables dimensiones. La noche de juerga total y desenfrenada había comenzado allí mismo, en el parking de Bustablado, finalizando a las siete de la mañana. Tras la batalla nocturna un ambiente cansino campeaba en el aparcamiento, donde se amontonaban tres furgonetas y tres coches repletos de desorden. Las dos chavalas que daban cobertura a esta debacle huyeron a las 11 de la mañana, media hora después de mi llegada. Cura se quedo durmiendo en su furgoneta.
Ya cerca de las doce nos dejamos caer por el vertical pozo de la torca aterrizando, unos treinta metros más abajo, sobre una montaña de basura. Gracias a las generosas descripciones que mis amigos me habían proporcionado a lo largo de meses había podido imaginar el vertedero, pero no estaba preparado psicológicamente para su verdadera magnitud. Una cuerda se hacía necesaria para descender por el talud de desechos casi vertical. Caerse suponía, como desenlace definitivo de una vida de espeleólogo, quedar ensartado en alguno de los hierros que sobresalían por todos lados. Respecto al ganado muerto debía estar bajo la primera capa formada por chatarra, electrodomésticos, coches, neumáticos y sacos blandos de contenido sospechoso. Finalmente, para desahogo de todos, la basura acabo de forma abrupta cuando tomamos una desviación a la derecha, hacia el Sector Sur, abandonando la Galería Michelín.
  Mientras que Sergio y Manu miraban algunas incógnitas pendientes Pelos, Alfonso y yo visitaríamos una zona llamada Galería de los Enanos y Sala Narco... Nuestro plan consistía en empezar a balizar los senderos para minimizar el impacto sobre el paisaje subterráneo. En realidad se trataba de un ensayo inicial. Pelos estaba de buen humor, con ganas de mostrarme las maravillas de la cueva. Enseguida sacamos el hilo y nos pusimos a colocarlo. Básicamente él fue poniendo a lo largo de la galería el hilo mientras Alfonso y yo le ayudábamos a colocarlo o a decidir donde se colocaba. (Según mi punto de vista lo mejor sería usar un hilo muy perdurable, nylon u otras fibras artificiales, de un color llamativo -naranja, rojo, azul...- pero siempre el mismo color para los senderos de una cueva determinada. Además, deberían balizarse ambos lados del sendero y no solo una guía lateral. Así a nadie le cabra la duda de donde debe pisarse. Por otra parte la altura de la barandilla debería andar entre un palmo  y dos palmos. Eso minimiza su efecto sobre el paisaje subterráneo. En las gateras o los pasos críticos no hace falta marcar el sendero. Donde hay bifurcaciones se debería abrir la correspondiente bifurcación en el sendero)
Una caminata con pequeñas dificultades -del estilo de pasos entre bloques y gateras cómodas- nos llevo a una bifurcación a la derecha que se precipitaba a un pozo. La instalación partía de un buen puente natural de roca y bajaba en rampa progresiva hasta un fraccionamiento. Sin embargo la cuerda tenía un roce severo que convendría eliminar. Mejor sería poner otra fijación, algo más alta, para aproximarse a la vertical mediante un pasamanos, y usar la fijación actual como un desviador. A mitad de pozo también había un roce que solo podría evitarse con un fraccionamiento adicional.
La galería a la que se accedimos es un estrecho meandro desfondado muy cómodo de transitar pisando en las repisas laterales. En realidad se trata de la parte baja de una galería mucho mayor. El meandro desemboca a los pocos metros en una rampa-tobogán dominada por unos bloques amenazantes. Unos metros más allá, en la Sala Narco, paramos a comer. Prácticamente me lo comí todo, aunque no tuviera mucha hambre. Posiblemente la ansiedad soterrada ye inconsciente me empujo a devorar lo que pillaba.
Más allá la galería estaba muy poco pisada. Se nos había acabado el hilo y no podíamos balizar esta zona. Los suelos eran muy delicados y había que moverse con mucha lentitud. Habíamos llegado a la Galería de los Enanos. Buscamos con cuidado las pisadas dejadas por los exploradores. A la izquierda sobre unos gours observamos un grupo de pequeñas estalagmitas que dan nombre a la galería. Ejercicios de cuidadosa deducción nos permitían encontrar la posición de la siguiente huella. Poco después de este pasaje nos topamos con el final de la galería, colmatada por desprendimientos. De aquí al exterior, continuando hacia el sur, hay muy poca distancia y pensamos que por algún sitio debía emerger  la galería antes de que los desprendimientos la colmataran. ¡¡Sería una suerte que existiese una entrada que evitase el vertedero de basura!!


 


Al volver al meandro desfondado avancé unos metros más para fotografiar un espectacular esqueleto de murciélago que descansaba en el suelo. (Se encuentra completo con una discreta lluvia de arenilla sobre algunos puntos. Y, sin duda, es el esqueleto de murciélago mejor conservado que me he encontrado en una cueva. Y es curioso que habiendo colonias tan importantes no tengamos más esqueletos de murciélagos en las cuevas. Seguramente, es una hipótesis mía,  se debe a que la mayoría muere en el exterior de las cavidades)
Me quede el último para desinstalar el pozo. Las cuerdas se iban a llevar a otras zonas. Cuando ya estaba saliendo del pozo aparecieron Sergio y Manu procedentes de sus exploraciones. Las nuevas galerías desembocaban en sitios ya explorados. Nos reunimos todos en la cabecera del pozo. A Sergio le había gustado la balización. Mientras el grupo descansaba un poco Pelos me llevo a visitar la Sala Final. Nos llevamos una cuerda de 40 metros para instalar un resalte de 5. El parabolt estaba un poco “olé olé” pero lo utilizamos solo como desviador. Un poco más allá comenzaba una estrecha zona de coladas, decoradas con corales globulosos, en la que avanzar se hacía penoso por la dificultad y por que al moverte destrozabas siempre algo. Terminamos en una capilla llena de banderas transparentes en las que se impuso una sesión fotográfica.
De vuelta ya, los cinco nos reagrupamos de otra forma. Pelos se fue con Manu a explorar algunas incógnitas que quedaban  mientras Sergio, Alfonso y yo volvimos hacia la Torca Urbió. Especialmente Sergio se quejo de tener sueño y del cansancio generado por la noche insomne. El hilo que marcaba el sendero ofreció sus primeros resultados haciendo cómodo y sin dudas su seguimiento. Algo antes de la Galería Pirelli descubrí casualmente en el suelo una aguja de yeso magnífica. Era como una espada en miniatura.
De nuevo tuvimos que enfrentarnos a la montaña de basura. El ascenso de la torca se me hizo muy duro pues el bloqueador de pecho se resbalaba cuatro veces de cada cinco. Me di cuenta que se habían desgastado demasiado los dientes y que hacía tiempo que tendría que haberlo cambiado. Además un desviador cercano a la cabecera del pozo se me puso borde.
El tiempo estaba entre claros y nubes y había refrescado bastante. Incluso amenazaba lluvia hacia el interior. Charle un rato con Sergio a ver si se animaba para el fds del 16 y como a las siete me fui a casa a preparar otras aventuras.        







         mas fotos 

24/3/11

Crisis 3/2011


Un día fui con unos amigos de Alguazas -Joaquín y Lola- a la Sima Destapada. Tenían bastante tiempo, pues el trabajo escaseaba o era esclavizante. Un ambiente mafioso campeaba por toda la  región.
La noche anterior habíamos preparado las cuerdas y el material para los pozos. Mavil nos presto algunos elementos que faltaban. Durante la subida hacia la cueva tuvimos un tiempo soleado. Antes de entrar Joaquín descubrió en la ladera grandes cantidades de cable abandonado y en buen estado.
Desgraciadamente nos faltaron unos pocos metros de cuerda para poder aterrizar con seguridad al final del segundo pozo. Dos pozos / dos cuerdas. La tercera cuerda estaba destinada al pozo de la Sala Cartagena. Antes de intentar ir por la vía alternativa hacia la Cartagena Joaquín exploro una gatera a media altura del primer pozo. No continuaba.
La vía alternativa estaba formada por una sucesión de hermosos meandros desfondados y pequeños pozos.  Gastamos todas las cuerdas que portábamos en su instalación y nos faltaron cinco metros para llegar al Callejón de las Flores.
Cuando salimos de la sima la tarde estaba neblinosa y fresca. Dos espeleólogos  salieron por la vía clásica. Uno de ellos conocía a Mavil

Poco después fuimos los tres a una cueva cercana a Fortuna. Lleve dos linternas modernas y un trípode viejo con la esperanza de sacar alguna buena foto.
 Aquella mañana soplaba un aire fresco pero la temperatura de la Almagra era cálida. Una sucesión de galerías modestas, excavadas en pudingas, y de salas medianas con tonos blancos le confería cierta belleza al recorrido. Algunas gateras laberínticas me hicieron abrigar esperanzas de zonas inexploradas.
A veces preparaba la cámara con mayor esmero aunque los resultados no parecían depender de ese factor. Me ayudaba la paciencia de mis amigos.  Una vez hice tres ensayos  pero ninguno me pareció relevante.
En una segunda fase de la visita seguimos una pequeña galería descendente. Estaba señalizada con un hilo que nos guio por una zona laberíntica. De pronto el hilo se acabó. Se nos ofrecieron tres alternativas. Una galería ascendente que moría en una pequeña sala concrecionada, una gatera descendente que rápidamente se hizo impracticable y un resalte de unos tres o cuatro metros que Joaquín descendió con facilidad. Los demás tuvimos que pensarlo dos veces.
Al poco el aire fresco nos anunció una entrada alternativa. Trepando fácilmente cinco metros  pudimos darnos cuenta que estábamos a unos cien metros de la otra entrada. Habíamos realizado la Travesía de la Almagra.