27/9/10

Madre de Dios (25/9/2010) Sistema del Alba

            Puse todo el empeño en ésta salida pues hacía muchos años que deseaba materializar este proyecto. El viernes 24  pasadas las tres conseguíamos partir  hacia Benasque en la furgoneta de Julio. Atrás quedaban un buen puñado de seres humanos a los que, por diversas razones, no les había sido posible venir. Por otra parte nos sorprendió la energía de Joaquín conduciendo en solitario desde Murcia a Benasque para visitar el Sistema del Alba.  También quedaban atrás un cúmulo de pequeñas dificultades -cuerdas, tienda de campaña, localización de materiales prestados, etc- que tuvimos que ir resolviendo a lo largo de la semana.
            A lo largo del viaje nos acompaño un atardecer en technicolor y cinemascope. Manu condujo hasta Pamplona, Julio hasta Graus y el resto yo. Alrededor de las diez pasábamos Benasque. Según subíamos hacia los Baños el termómetro caía en picado. En el aparcamiento de los Baños nos recibió un fuerte viento, lloviznas intermitentes y unos 8º C.  La furgoneta de los andorranos estaba aparcada allí mismo aunque Pep y Bruno se habían refugiado en el bar. Pensaban pasar la noche en el Hotel de los Baños así que me prestaron su furgoneta para dormir. Manu y Julio dormirían en nuestra furgoneta. Cuando ya me iba a retirar apareció Joaquín que aparco al lado. Mantuvimos una corta conversación antes de irnos al saco.
            La noche fue toledana para algunos. El viento zarandeando las furgonetas y los aguaceros repicando sobre el metal contribuyeron a minar la moral del grupo. Apenas pegué ojo, al igual que Julio, pero la mayoría dijo haber dormido bien. La cita para prepararnos era a las siete y media pero cuando asomé la nariz me recibieron un viento helado y el aguanieve que caía del cielo plomizo. El ánimo del personal estaba por los suelos. Julio y Manu declararon su intención de no subir y yo tampoco lo veía claro. En cuanto a Joaquín parecía a la expectativa. Fue Pep quien nos rescato de este estado depresivo. El cambio de chip se produjo cuando, burlándose un poquito de nosotros,  nos contó que en su estancia en el archipiélago Madre de Dios, en la Patagonia chilena, todos los días hacía un tiempo parecido a éste. A veces el viento era tan fuerte que tenían que aferrarse a las piedras para no ser derribados sobre los afilados lapiaces.
            Finalmente antes de las nueve nos pusimos en marcha hacia el Lago del Alba. Pep, Joaquín, Manu y yo íbamos a hacer la travesía. Bruno nos acompañaría en plan excursionista aguerrido hasta la boca del Bujerín del Alba. Julio prefirió pasar un día tranquilo en el valle.
            Al principio íbamos forrados pero enseguida -la subida tiene una fuerte pendiente con trepadas incluidas- tuvimos que quitarnos prendas. Mediado el ascenso comenzó una ventisca con aguanieve que fue convirtiéndose en copos algodonosos de nieve. Estos cambios nos obligaron a reajustar varias veces la indumentaria.  Los últimos repechos del sendero hasta el Lago del Alba los hicimos pisando nieve.
 
            A orillas del lago libramos una batalla contra el frío para terminar de prepararnos. A todos se nos helaron las manos a pesar de actuar contrareloj. Finalmente un corto ascenso de 50 metros por la empinada ladera izquierda del lago nos depositó junto al Bujerín del Alba. El aire que salía por la boca -bastante frío en sí mismo- nos parecía en aquel momento una buena calefacción. Nos colamos por la gatera de entrada aliviados de poder abandonar el helado mundo exterior. Incluso Bruno, a pesar de su aversión por los sitios cerrados, se metió unos minutos hasta el hall del primer pozo.
            Animados por el cambio de clima pudimos disfrutar la belleza de los primeros pozos, anchos, limpios y de un hermoso color blanco. Cosa que no nos esperábamos por los comentarios que habíamos oído y/o leído. En la base del primero -32 metros- encontré el cadáver perfectamente conservado de una lustrosa marmota. Uno siempre siente pena por los animales que encuentran la muerte en un sitio tan desolado como el fondo de una sima pero la perfecta conservación de éste quitaba dramatismo al hecho. Paredes blancas en los meandritos que unen al segundo pozo -16 metros- y al tercero -56 metros- estrecheces y agua en pequeños embalses que obligan a mojarse por debajo de la rodilla o, como alternativa, a hacer malabarismos para pasar. Yo opte desde el principio por no preocuparme de la mojadura, mientras Manu y Joaquín se lo curraron a brazo partido por evitar el agua.
            El pozo de 56 lo instalo Pep mientras los demás chupábamos frío observándole. Para evitar roces en la zona convexa del principio la cabecera se presenta en volado (me recordó el último pozo de la Toño-Cañuela). Un primer tramo de 18 metros nos deposita en una hermosa repisa. Se continua por un tramo de 38 metros que estaba instalado con cuerdas fijas. Estaban hinchadas y nos ofrecieron una bajada poco elegante debido a la falta de fluidez en el deslizamiento, aunque el pozo era de lo más estético. Justo en la base del pozo aparece el Río Avall procedente del Lago del Alba.
            La Escala Fosca es una cascada escalonada que se baja por un lateral. Es un lugar verdaderamente hermoso aunque para contemplarlo en toda su pureza necesitaríamos una iluminación poderosa. Manu se quejaba del frío cada poco tiempo, Pep había tenido que pasarnos parte del contenido de su pesada saca -un equipo de spitar-  y Joaquín se mantenía muy silencioso como de costumbre. Yo empezaba a estar contento aunque, como siempre que me muevo por una travesía desconocida, algo de estrés había. Después de algunas revueltas y resaltes accedimos a la Sala Maldita por una galería fósil.
            Pep nos había sugerido hacer la nueva vía, descubierta hace poco por el ECS, que une la Sala Maldita con la Sala Leonor. Se trata de una alternativa más larga que la ruta clásica pero mucho más bella e interesante. El único inconveniente era que Pep no la conocía, en contraste con la cantidad de veces que había recorrido la clásica. Pero la reseña que traíamos afirmaba que la ruta no tiene pérdida y que esta perfectamente balizada.
            La salida clásica de la Sala Maldita está en su centro, entre unos grandes bloques, pero para entrar en la nueva vía tuvimos que ascender una pedrera por la derecha de la sala hasta una oquedad que se forma en su parte más alta. Se accede así a una gran grieta por la que se avanza entre desprendimientos hasta que se desfonda. Aquí encontramos un pasamanos muy largo, técnico y aéreo que nos obligo a emplearnos a fondo. Madre de Dios y Madre del Amor Hermoso fueron las frases más manidas aparte de los tacos clásicos. Tuve que sacar el pedal para poder cambiar los cabos de un tramo al siguiente. Lo peor fue que más abajo estaba instalado un pasamanos alternativo. La incertidumbre nos acompaño hasta que vimos que ambos llevaban al mismo lugar...
            Vinieron varios pozos y pasamanos más y accedimos a la hermosa Galería de las Marmitas. Montones de gours tapizaban el suelo. Manu me pedía que hiciera fotos pero yo andaba más ocupado en avanzar que en sacar el trípode. Y desembocamos en el Agujero Negro -40 metros-, hermoso pozo, ancho como una sala y tremendamente oscuro. Baje el primero siguiendo las cuerdas fijas hasta encontrarme con la desagradable situación de la cuerda casi partida -quedaban cuatro hilos del alma- a mitad del pozo. Volví  a remontar hasta alcanzar la instalación de acero inoxidable para cuerda doble.  La instalación nos llevo pocos minutos. En general  no hay que fiarse nunca del estado de las cuerdas fijas.
            Siguiendo aguas abajo bajamos un pequeño pozo y recorrimos la Galería de las Pisolitas hasta la cabecera del aéreo pozo sobre la Sala Llopis -27 metros-  que nos desconcertó por completo. Una extraña instalación: por un lado cuerdas en fijo hasta el fondo de la sala, por otra parte un cuerda tensa bajando a unos 75º de inclinación hacia la parte opuesta de la sala???  Pep comenzo el descenso por las fijas utilizando la otra cuerda como guía. Pero desistió al poco y comenzó a subir de nuevo. Instalé un rapel con la cuerda de 40 y me deje guiar por la cuerda tensa. En lo que yo pude entender el único sentido de esta guía es evitar los roces con los salientes de la pared a plomo, pero me quedó la impresión de algo artificioso y gratuito.
            A partir de la Sala Llopis la continuación resultó evidente y la balización impecable. Además la sensación de haber pasado lo más complicado nos hacía sentirnos más a gusto. El bonito Pozo Fantasma  -27 metros-  dio paso a otros tres pozos y resaltes sumamente divertidos y en poco tiempo alcanzamos un resalte equipado que nos saco de la galería hacia la izquierda conduciéndonos a una sucesión de toboganes y rampas algo laberínticas. El buen humor cundía por doquier ya que veíamos cerca la Sala Leonor y pensábamos que de allí a la salida sería un agradable recorrido. Cinco minutos antes de la sala nos desviamos a un campamento bien pertrechado de tiendas, cuerdas, agua y todo lo necesario, donde nos sentamos a tomar un refrigerio.
         La cascada de la Sala Leonor es magnífica. El estruendo de toda el agua que viene del Lago del Alba cayendo en un salto de más de 50 metros produce una fuerte impresión. Remontando hacia la izquierda la sala nos unimos a la ruta clásica y enseguida comenzamos a bajar varios pozos pequeños muy bien instalados. Al principio este sector me resulto divertido pero poco a poco se empezó a hacer pesado por la cantidad de trepadas, destrepes, oposiciones, estrecheces, gateras, pasos atléticos, resaltes equipados, pasamanos, meandros desfondados que íbamos encontrándonos sin un respiro. Para cuando vinimos a darnos cuenta se nos hizo evidente que estábamos en la principal dificultad de la travesía y que poco a poco nos estaba minando la energía. El Bar, el paso Pilé 43, el Estripamonos son algunas dificultades con nombre, pero en realidad todo el recorrido es una dificultad mantenida de casi dos kilómetros en la que terminas confundiendo unas cosas con otras. Un paso atlético me hizo alcanzar el punto de cansancio manifiesto. En realidad todos estábamos cansados. Se nos acumulaba la noche toledana, con el ascenso hipotérmico, con la tensión de la zona desconocida y con el esfuerzo acumulado en multitud de pasos. 
Algo antes de las nueve de la noche Manu y yo asomamos el hocico por la Cueva del Alba a la fría noche y unos minutos después aparecían Joaquín y Pep. Me resulto largo llegar a los Baños y tener que cambiarme. Solo pensaba en sentarme placidamente a una mesa en un sitio cálido y tomarme una sopa. Para mi sorpresa a Pep le quedaba energía para bajar a Benasque con Bruno a cenar chuletones. Manu, Julio, Joaquín y yo nos quedamos en los Baños en donde nos ofrecieron una sencilla cena. Cerraban la temporada al día siguiente y ya se había ido la cocinera. Eso si, nos bebimos dos botellas de Viñas del Vero entre los cuatro. 
Esa noche dormí en una buena habitación del Hotel después de darme una ducha de media hora de agua termal hirviendo. Me hizo compañía una pequeña serpiente negra que me hacía frente valientemente. A la mañana siguiente habíamos quedado todos, incluidos los andorranos, para tomar un almuerzo en Benasque. Pep me contó la historia de las serpientes en los Baños. El se había encontrado dos veces con serpientes. En una ocasión con una de un metro y medio que la encargada del hotel saco a escobazos de las duchas. Por lo visto los romanos introdujeron estas serpientes que limpian las aguas termales de batracios y de todo tipo de bichos de forma que se hicieron endémicas en el lugar.
               Después de almorzar Joaquín y yo fuimos a probar un par de vías de escalada en la escuela de Benasque. A la una nos reunimos con Manu y Julio, tomamos un aperitivo y partimos hacia casa. A Joaquín le quedaba un largo viaje en solitario. En Graus nos dimos el placer de una buena comida en un  restaurante agradable pues aún nos quedaban muchas horas de carretera...

4/9/10

B&W (4/9/2010) Sistema del Lobo


          Esa decisión llevaba tiempo colgada en la lista de cosas pendientes. A menudo me corroía, y terminaba por obligarme a disparar varias veces sobre el mismo objeto. ¿Cual era el mejor modo de hacerlo? Dependiendo de los detalles todos los modos parecían tener ventajas y, para complicar el asunto, además quedaba olvidado el orden en que había hecho los disparos. Sin embargo durante el verano del 2010 seguí experimentando, de vez en cuando, las distintas formas de disparar. Ahora ya era septiembre y de nuevo surgió la cuestión.

            Había quedado con Pep el primer fin de semana de Septiembre en los Baños de Benasque para conocer el Sistema de Alba. La cosa no pudo ser por un esguince de última hora que le retuvo en Andorra. Con los amigos de Santander, Madrid y Murcia que iban a venir reconducimos el plan Alba transformándolo en el plan Lobo. La interesante travesía  Torca Fría >>>> Cueva del Lobo enriquecida con una visita a la galería del Eurotúnel. Así quedo formulado el plan.
            Pepe, Antonio y Hugo de Madrid, por un lado, y Manu y yo, de Santander, por el otro. El viernes por la noche los madrileños pernoctaron en los Altos del Asón dentro de una autocaravana Hymer, propiedad de Pepe. Me reuní con Manu a las ocho y media del sábado en Solares. Seguimos de inmediato hacia Arredondo y Asón y, montando a los tres madrileños en la furgoneta de Manu, terminamos el viaje en la Pista del Carrascal. Los detalles de los preparativos, que ya habían comenzado un rato antes en el Collado de Asón, se hicieron pesadísimos. Debido al aburrimiento la necesidad de disparar apareció sin llamarla. Primero dispare a Hugo en Natural, luego a Manu en Estándar, estaba cogiéndole gusto al gatillo, a Antonio en Sepia y a Pepe en Vivido. Finalmente me dispare a mi mismo en Black&White. Y descubrí mi verdadero deseo: disparar Black&White.


           Hacia buena temperatura pero menos sol del que esperábamos. La subida desde el Carrascal nos hizo sudar a todos menos a Hugo, que no tiene una mota de grasa por no se qué extraño gen. Aunque me quede en pantalón corto pase calor, pero a partir del Pasillín de las Escalerucas apenas había subida -se llaneaba todo el tiempo- y el camino se hizo delicioso. Poco después sorprendíamos una apretada manada de caballos refugiados a la sombra de la Cueva Fría.
            Los tres pozos de entrada estaban completamente equipados y la instalación había mejorado sustancialmente con fijaciones de acero inoxidable. Las tres cuerdas que transportábamos, en previsión de que no las hubiera, habían sido un peso inútil.  Primero un pozo de unos 12 metros, luego otro de unos 20 y después un pozo -comienza con un desviador- que no se baja hasta el fondo sino que, siguiendo la cuerda y mediante un sencillo péndulo, conduce a una estrecha ventana por la que se continúa. Aquí está una de las dificultades mayores de la travesía: se trata de una estrecha fisura vertical que corta la galería y que deberemos ascender, son unos cinco metros, hasta alcanzar  una pequeña repisa en mitad de un pozo espectacular. Mientras esperaba dispare algunas veces a Manu, que venía a continuación, pero enseguida evacue el lugar para evitar amontonamientos. Finalmente por un pequeño resalte y un corto pasamanos aterricé en el Meandro de la Carpeta Verde y me puse a esperar.
            Había pasado un minuto escaso cuando empecé a congelarme. La corriente no nos daba tregua y busqué, sin éxito, algún rincón donde guarecerme. Me recordaba la sensación de haber entrado en una cámara frigorífica como una trozo de carne argentina preparándose para la exportación. La impaciencia me crecía como un enano que se te sube a la chepa. Intenté distraerme disparando a todo lo que pillaba aunque desgraciadamente no pude combinar B&W y paisaje nocturno. Y a meter prisa a los que no llegaban hasta que, afortunadamente, hicieron aparición y pudimos salir pitando.


            Mayormente hay que andarse con mucho ojo por los desfondamientos continuos y por varios cambios de nivel que hay que localizar. A pesar de que la señalización ha mejorado de forma sustancial es fácil despistarse. En los pasos más peligrosos hay cuerdas instaladas. Todo esto hace del Meandro de la Carpeta Verde un sector ameno y disfrutón. Pero solo es recomendable a espeleólogos que se muevan con facilidad en terrenos abruptos. En cualquier caso se puede llevar una cuerda de apoyo para asegurar algún paso cuando sea  necesario.
            Para cuando desembocamos en el  cruce con la Galería McGyver ya íbamos bastante animados. Les conté lo escasas que eran las instalaciones hace 15 años cuando estuve más interesado en el conocimiento del Sistema del Lobo. En concreto del largo pasamanos, que facilita y marca el camino actualmente, no existía ni las trazas. El paso se resolvía progresando por el fondo del meandro y realizando una escalada de unos quince metros en oposición y a pelo. Además había que tener “claro” el punto donde empezar a remontar. Todo esto nos fue abriendo el apetito y a la  altura del acceso al Meandro Maxim’s hicimos una parada para almorzar. Aproveche para disparar unas cuantas veces.
  
          Antonio y Manu no las tenían todas consigo. En el cruce con la Galería de los Torreros y la Galería de los Minusválidos el ambiente ya estaba caldeado. Sea como fuere conseguimos convencer a todos para añadir a nuestra travesía una visita al Eurotúnel.  El acceso a la ruta se hace desde los Minusválidos por una cuerda que remonta unos ocho metros hasta una pequeña galería colgada casi imposible de localizar desde abajo. Al comienzo las galerías son modestas, hay varias gateras, laminadores y estrecheces pero al cabo de unos 15 minutos se  desemboca en una amplia galería procedente del noroeste. Un poco más allá de este punto mis observaciones sobre el terreno dejaron de cuadrar con la topo. Había mucha ambigüedad  en la posición. Tras un rato que se nos hizo bastante largo y después de pasar varias sitios característicos hicimos un alto. Mirando hacia abajo vislumbre un catadióptrico. Sin embargo en la señalización de esta zona no habíamos visto ninguno antes. Me entro una sospecha que instantes después confirmo Hugo: era uno de los catadióptricos que el había colocado hacía un buen rato. Estábamos en un círculo. Después de esto me desanimé,  pensé en que nos faltaba un buen trecho  de la travesía y que volver a buscar el camino correcto hacia el Eurotúnel nos iba a llevar demasiado tiempo subjetivamente hablando.
            Había un cierto tono de buen humor según avanzábamos por los Minusválidos. Se nos estaban antojando unas buenas cervezas. En la Sala del Carbón, donde desembocan los Minusválidos, el Meandro de la Fourche y el de la Machoire, hicimos una paradita en donde casi acabamos con los líquidos y con los sólidos. El buen humor subió uno o dos puntos. Me acerque al comienzo del Meandro de la Fourche donde una cuerda colgaba dócilmente y un bloque siniestro hacía guardia. Al poco reanudamos la marcha.
            A partir del Meandro Negro, que desemboca en la Sala del Balcón, lo mejor es tener las cosas muy claras. La única dificultad que resta es un largo meandro desfondado y algo técnico, pero las posibilidades de despiste, pese a la cantidad de señalización que hay, se multiplican por diez. Una gatera sopladora nos lleva hasta la Sala de la Cabra y de aquí hasta la salida las galerías se hacen de grandes dimensiones. Todo esto nos llevo poco tiempo. Estaba atardeciendo cuando salimos al bosque de hayas cubierto por un grueso manto de hojas secas. Bajamos hacia el Carrascal -Hugo disfrutaba como un niño dejándose rodar por el manto de hojas- siguiendo una senda algo enrevesada. Junto a la furgoneta nos encontramos a un paisano motorizado sobre tractor que buscaba unos caballos. Le pregunte por unos agujeros cercanos al Carrascal pero no sabía nada de nada. 


           Ya de noche, pero temprano, pedimos una buena cena en el bar Coventosa de Asón. Hice labor de enganche para enrolar en los varios proyectos en que ando metido. Por orden de prioridad: Gándara, Hoyo Salcedillo, Vallina y Lobo. Aparte exploraciones de Udías a las que no les estoy haciendo mucho caso últimamente. Conseguí una declaración de buenas intenciones por parte de Hugo. En cualquier caso dejamos a los madrileños preparándose para una velada repleta de mus, alcohol y red bull. Incluso consiguieron una bolsa de cubitos de hielo. Manu, con pocas ganas, y yo volvimos a la costa...

1/8/10

Orón (1/8/2010) Orón-Arco


           Después de dudarlo bastante, me decidí a “animar”  la visita de la travesía Orón-Arco con Mavil, Joaquín, Lola y algún miembro del club de Mavil. En principio no tenía ganas de complicaciones de ningún tipo y desde luego no quería un grupo demasiado numeroso. Finalmente fuimos en el coche de Joaquín tres personas aparte de él: yo, una joven ucraniana llamada Marina y un hombre llamado Antonio que se empeñó en venir y que pudo ir en el mismo coche que los demás ya que, inesperadamente, Lola se nos borro del grupo con un e-mail de última hora. Percibí un ánimo pesado durante el viaje a Mazarrón pero las cartas ya estaban echadas.

            Nos encontramos con Mavil y su habitual compañero David cerca del collado donde comienza el camino hacia Cala Cerrada. Mavil había dormido muy cerca de aquí, en las antenas de la cumbre de Tiñoso. De buena mañana se estaba tomando a tragos un termo entero de  café, bastante más de medio litro. Enseguida se le empezó a notar  un ánimo desatado, que utilizó para tirarle los tejos en andanadas a Marina. Marina, que es encantadora, inteligente y muy tranquila, se reía. David nos iba a acompañar hasta las verticales y luego, al final de la mañana, se iba a volver a su puesto del mercadillo.
            Ni yo, ni Mavil conseguíamos recordar por donde iba el sendero de bajada al Orón. Pero Joaquín, que hacía poco había localizado la senda con gran esfuerzo y que la había marcado con hitos, tomo el mando y nos condujo con mano firme. El sol caía sin misericordia sobre nosotros haciendo aún más apetecible las aguas azules a trescientos metros más abajo. Como no me encontraba en mi mejor día, lo sobrecogedor del lugar me afectaba. Agradecí todas las protecciones de pasamanos instaladas con cintas y cadenas. Y de nuevo constate lo improvisadas y poco seguras que son las previsiones de Mavil. No había cordinos de seguro para todos y él prescindía totalmente de éstos.
            Solo traíamos una cuerda estática y un conjunto de escalas que sumadas superaban los metros de vertical (unos 40). La táctica que íbamos a seguir, siguiendo la idea de Mavil, era
a) colocar las escalas,
b) rapelar en alpina todos, menos el último.
c) montar los fraccionamientos en la cuerda para poder hacer el ascenso sin peligro.
d) para subir Joaquin y yo lo haríamos jumareando
e) y el resto lo haría por las escalas asegurados con la cuerda estática.
            El proceso de instalar la cuerda y las escalas y de bajar uno tras otro se prolongó bastante y me dio tiempo a tumbarme a la sombra y a disparar todas las fotos que me apeteció.  Luego cuando baje el último fui muy calmadamente colocando los fraccionamientos. Abajo me esperaban todos a pleno sol. 
La boca del Orón mira en dirección contraria a la que recordaba. Deben haber pasado nueve años como poco desde  que estuve allí con Mavil,  quien aseguraba que no era necesario el equipo vertical para la travesía. Pero yo no las tenía todas conmigo. Me deje puesto el arnés y lleve en la saca todo lo demás. Por supuesto llevaba unas aletas para nadar en los lagos.
La entrada se convierte rápidamente en una sucesión de estrecheces con un soplo saliente bien evidente y con millones de mosquitos refugiados. Al desembocar en la gran sala preparé un par de fotos pintadas y luego subí hacia la parte alta. Allí, inesperadamente, descubrí un hilo guía que ascendía por una pared desplomada hasta una galería colgada, pero muy evidente. Lo que no pude comprender fue como habían subido hasta la galería y como habían tendido el hilo. Acompañado por Joaquín subí hasta el límite de la sala. Unos desprendimientos de bloques cortaban el paso. Volviendo hacia atrás y subiendo un poco por la pared izquierda Joaquín y yo miramos una diaclasa desfondada y estrecha que podría llevar a continuaciones. Sin embargo teniendo en cuenta los objetivos de nuestra visita y lo limitado de nuestros materiales, preferí dejar esa exploración para otra ocasión o para otras manos.
Siguiendo el sendero, sala adelante, tomamos una huella ascendente muy clara, pero enseguida Joaquín y yo nos dimos cuenta que ésa no era la continuación. Bajando ya, escuchamos a Antonio dándonos voces desde algo más adelante. Los tres compañeros llevaban un rato esperándonos.  A partir de este punto las galerías fueron más modestas. Tuvimos que pasar varias gateras complicadas pero la señalización ayudaba a evitar las dudas.
La primera capillita con excéntricas que alcanzamos estaba muy bien decorada. Hice varias fotos pero la falta de un trípode no me permitía conseguir buena nitidez sin flash. Los dos novatos empezaron a comprender la joya en que se habían metido. Y también, después del paso de algunas gateras jodidas, empezaban a intuir el tipo de aventura que es la espeleo.  Poco después llegamos a la Sala de las Excéntricas, amplia y decorada con primor. Por fin un grupo de espeleólogos que cuida de la conservación de las cuevas que explora: un sendero perfectamente balizado por cintas de plástico cruza la sala sin dejar ninguna duda de donde debe pisarse. Les envié mis congratulaciones telepáticas a los del Cuatro Picos.
Mavil tenía razón, encontramos un resalte que podía descenderse sin problemas agarrándose a la cinta plana de la instalación. Luego un pequeño laguito que evitamos por un largo laminador superior y otro resalte de bajada. Y antes del gran lago un resalte ascendente equipado con una cadena de hierro. Éste último se manifestó muy atlético y bestia.
A la llegada al gran lago tuve dudas. No recordaba tener que cruzar hacia un recoveco del que no veíamos la playa de salida. Di vueltas por las orillas del lago sin llegar a reconocer el punto de cruce. Joaquín se quedo en bañador y fue directamente al recoveco. Enseguida llego al lago final, marino y en donde la luz azul penetra por una galería sumergida inundándolo todo. Nos costo mucho decidirnos a cruzar el  gran lago. El agua estaba muy fresca, casi fría. Marina cruzo en bañador y zapatillas, Mavil y Antonio con todo puesto y yo en bañador y con aletas. Un breve camino de tierra compacta y grandes bloques pulidos conecta los dos lagos. Pero el agua del lago marino estaba cálida, invitando al baño perpetuo.
La evaluación del pasaje a mar abierto es complicada. Se ve muy cerca. Un sifón de unos 3 metros de profundidad y unos 10 metros de longitud no presenta ninguna dificultad, sobre todo teniendo en cuenta que ves perfectamente el final. Sin embargo la vuelta hacia el lago interior conlleva un problema de rumbo ya que solo ves “la oscuridad”. Por ello primero hicimos tanteos. Pusimos una linterna subacuatica encendida a un metro de profundidad y mirando hacia el exterior para guiar la vuelta.  Después de muchas zambullidas algo me empujo a cruzar el sifón. En pocos segundos emergí a mar abierto. La luz cegadora del Mediterráneo. No había oleaje, solo una suave oscilación. Me quede junto al punto del acantilado donde había emergido para evitar las dudas. Al cabo de unos minutos volví a sumergirme y aleteé rápido con rumbo perpendicular a la pared. Sin embargo no seguí el camino de venida sino que me desvié ya que el lago no es paralelo a la línea del acantilado. En realidad seguí un camino más corto pero menos obvio. De la linterna nada. Me quedo claro que lo mejor es colocar un hilo o un cable guía para guiar la vuelta. Lamentablemente de todos los demás solo Antonio se animo a cruzar el sifón equipado con las aletas de Joaquín. Es una experiencia muy estimulante.
Mientras el grueso de la expedición comía en la otra orilla del gran lago Mavil siguió bañándose media hora más acompañado de sus canciones. Se le oía muy contento. La vuelta fue más ágil que la venida pero los novatos estaban  dándose cuenta del cansancio acumulado. Y todavía quedaba lo peor: subir el volado de acceso al Orón.
En las galerías cercanas a la entrada me comí algún mosquito que otro. Había que dar manotazos para que no se introdujeran en los oídos o en las ventanas de la nariz. Horrible. Y el calorazo del sestero me recibió con una sonrisa.  Me equipe en un par de minutos, aunque la cinta que me servía de arnés de pecho no me convencía demasiado, y subí con calor pero sin esfuerzo. Joaquín me siguió rápidamente quitando los fraccionamientos y enseguida montamos un sistema de seguro para que subiera Mavil. Llego jadeando pero resolvió muy bien el reenvío del cabo de la cuerda hacia abajo, cosa que me había preocupado.  A continuación subió Antonio que llego in extremis, joder tirad de mi, sudando la gota gorda. Desde luego su bautizo de escalas fue genial: más de 20 metros en volado más otro tramo de unos 20 metros. Marina subió con mucha calma y llego más descansada y relajada que los dos anteriores; incluso ayudo a recoger las escalas en una repisa intermedia para que no se enganchasen después.
Repartimos trastos en las sacas sin muchas contemplaciones acerca de su ordenación. Teníamos la boca pastosa, el agua se había acabado y nos quedaba ascender casi doscientros metros de desnivel durante el sestero. Joaquín y yo pusimos piñón fijo y aunque fuimos suaves no paramos hasta los coches. Al poco llegaron los tres compañeros tan sedientos como nosotros. Bebimos todo lo que había por los coches y nos bajamos a un mesón de Isla Plana para cenar.
Mientras los demás iban a darse un baño refrescante me bebí la primera cerveza y pedí la primera ración: sepia  a la plancha. Cuando vinieron nos sentamos en la terraza del restaurante. Ya en la mesa  cayeron cinco raciones más y cinco litros de cerveza. Yo salí haciendo ligeras eses pero con la cabeza clara. Mavil decidió quedarse en la Cueva del Agua a dormir. Los cuatro restantes montamos en el coche de Joaquín. Antonio y Marina quedaron prácticamente noqueados en segundos. Yo intenté mantener la compostura para darle algo de charla a Joaquín. De vez en cuando le preguntaba cómo iba. Y de vez en cuando me despertaba en caída libre. Sea como fuere conseguimos llegar a los coches en Molina y a nuestras casas en Alguazas. Para otra vez quedaría ir al Orón en el barco de Antonio en plan tranquilo...

27/6/10

Six Hundred Pesetas (27/6/2010)

I
Esta historia comienza hace tantos años que he olvidado como se inicio. Pero siempre he tenido claro que deseaba volver a Vallina para conocerla más a fondo. Una cueva que por sus dimensiones y dificultades puede constituir el centro de un modesto proyecto espeleológico. El conocimiento de cuevas tan grandes requiere un plan, a largo o medio plazo, que debe ir desarrollándose con tesón y constancia. El máximo exponente de este tipo de actividades lo estamos viviendo en la Red del Gándara. Es algo que surge de forma natural en cuando uno se interesa por un gran sistema espeleológico.
El sábado 17/6/2010 teníamos la intención de darnos un buen paseo por Vallina entrando por Nospotentra (la entrada clásica de Vallina no es adecuada pues requiere achicar una gatera inundada y bajar varios pozos que están sin instalar) Pero no pude encontrar la cueva. El paisaje había cambiado tanto que me resultaba irreconocible. Desde la última vez que estuve, hace ocho años, las praderas con arbustos que dominan la zona de entrada se han convertido en un bosque, y el pequeño bosque, que ya existía en sus alrededores, ahora es una jungla. A pesar de que Manu, yo y Marisa pasamos varias horas dando vueltas por la zona no encontramos el agujero. Para consolarnos visitamos la entrada clásica de Vallina. Comprobamos, como era de esperar por las recientes lluvias torrenciales, que la gatera estaba demasiado inundada. Por si acaso sonaba la flauta Manu se encaramó a una pequeña galería, ubicada sobre la gatera, que resulto impracticable a los pocos metros.
El lunes 19 por la tarde volví a la zona acompañado por mi amiga Eva y provisto de un GPS que había intentado calibrar con referencias de Google Earth. No sirvieron de nada las tres horas que me pase caminando, subiendo, bajando y hurgando aunque, como compensación, disfrutamos de una tarde magnífica. Cuando ya nos íbamos nos cruzamos con un paisano que me indico, mirando al vallecito,  una zona en la espesura donde el pensaba que andaba la cueva.
Dos días después, miércoles 21, me acerqué de nuevo un rato por Vallina. En esta ocasión no le preste ningún crédito a los cantos de sirena del GPS. Iba yo solo y me dedique, sencillamente, a atar cabos sueltos y a interpretar las indicaciones que me había dado el paisano dos días antes. De golpe me encontré en una zona que me resultaba familiar y percibí una corriente de aire frío. Acercándome a un pequeño talud observe unos agujeros mínimos por los que salía la corriente, pero estos no eran los que buscaba. Tuve que caminar unos metros más para encontrar la pequeña explanada entre bosque, dominada por una pared de unos cuatro metros de altura, en donde se ubica Nospotentra. Cree un waypoint con sus coordenadas UTM en el GPS.

II
     El domingo 27/6/2010 quedé con Manu, Marisa, Alex, Alicia y Carlos para realizar una visita turística a Vallina por Nospotentra.  Recogimos a Alex en el portal de su casa de El Astillero y nos reunimos con el resto de los compañeros en Solares. Alicia había traído su furgoneta con las dos filas de asientos al completo, así que pudimos desplazarnos todos juntos en un solo vehículo en plan ahorrativo como siempre deberíamos hacer. El GPS se había quedado en casa y no las tenía todas conmigo para encontrar de nuevo la entrada. Ni tampoco con no perdernos en la cueva, laberíntica a más no poder. De momento todo fue bien y, al poco, estábamos todos equipados y listos para entrar.
     Topografía en mano avanzamos hasta la zona de conexión con los pisos superiores. Justo donde aterriza el último pozo de la travesía Cueva Vallina>>>>Nospotentra hay una fisura muy característica que hay que seguir. La zona resulta  bastante complicada por la cantidad de galerías, de tamaño similar, que se ramifican por doquier. El Dragón está en una pequeña sala arenosa de esta zona. Se trata de una formación de cuatro metros de altura, que nos recuerda más una iguana erguida sobre sus patas delanteras que un dragón volador. De cualquier forma es un punto muy característico de la cavidad.
     Nuestro modesto objetivo era alcanzar una galería llamada por los ingleses “Six Hundred Pesetas”. Para ello debíamos seguir el camino usual hacia la zona remota de la cueva y desviarnos hacia el norte desde la “Avinguda de la Sorra”. En realidad solo tratábamos de reiniciar una antigua relación con la gran Cueva Vallina. Una relación aparcada durante ocho años pero, de alguna manera, siempre presente de forma sutil ocupando un lugar en la memoria, como alguien a quien estimas.
     Vallina es una cueva con un potencial importante. Desde hace años hay dos grupos implicados en las exploraciones, lo que hace que muchas galerías y pasajes tengan dos nombres, uno en catalán y otro en inglés. Las galerías del Sistema de la Vega están a menos de 300 metros de las de Vallina, cuyo desarrollo explorado supera los 30 km. El Río Rioja es el mismo que el de la Cueva del Molino de Bustablado. Las conexiones se están intentando realizar tanto por galerías aéreas como buceando sifones de gran longitud. Todo esto le da un atractivo especial a cualquier visita. Es una cueva que puede dar una sorpresa en cualquier momento. Y de alguna manera siempre fantaseas con aportar algo, quizás una clave, para resolver alguno de los misterios de la cavidad.


     Poco después de “El Meandro” se llega a una amplia galería llamada por lo ingleses “The Canyon” en donde un resalte que barre la galería nos corta el paso. Tuvimos que dar a Alex un cursillo práctico acelerado para que pasase el pequeño descenso -y ascenso por el otro lado- con los aparatos. Flanqueada por Manu y por mí consiguió pasar, con algo de paciencia, la dificultad. Sin duda tiene buena madera de espeleóloga. Otra cosa es que le queden ganas de volver a las cuevas, aunque, de momento, tengo optimismo ya que esta es la segunda vez que nos acompaña. Para el año que viene convendría que hiciese las prácticas del cursillo de espeleo.


     Paramos a comer en la Galería de la Sorra. Alicia ejerció de madre, rol que parece tener dificultades en abandonar, preparando un artístico bocadillo para Carlos.  Mientras comíamos, y luego en la sobremesa, hice algunas fotos del paisaje subterráneo. Fotos pintadas a linterna como me gusta hacer últimamente.  Luego continuamos sin hambre ya.

     La entrada a “Six Hundred Pesetas” es infernal. Una arrastrada por un laminador con amontonamientos irregulares de cantos rodados del tamaño de melones. Una pintada de tizne que mostraba “6oo”en el techo nos dio ánimos para proseguir. Pero no hay mal que no se acabe antes o después y este no duro mucho. La galería  se volvió cómoda y con el suelo plano por completo. En un giro de 90º hacia el W bordea por la derecha un pozo de unos 30m. Poco después el suelo se convierte en un continuo de gours con poca profundidad y sin agua pero que, obviamente, entran en actividad de vez en cuando. Algo más allá una gatera estrecha, pero visiblemente transitada, puso fin a nuestro avance.


     La vuelta a la superficie fue relajada y sin ninguna eventualidad salvo paradas cortas para hacer alguna foto. Manu practicó el oficio de guía durante un rato. Y a las cinco ya estábamos en la boca. Caían gotitas de lluvia esporádicas que se evaporaban no más tocar la tierra. Para celebrar el éxito de la incursión, siguiendo las sugerencias de Manu, nos fuimos a una tasca de Solares y nos empleamos a fondo bebiendo cerveza y tomando tapas.
Mientras me complacía escuchando a Alex hablar de su interés por la Astrofísica -cosa rara en una joven de hoy en día- el suave ambiente del local mecía nuestros sentidos algo embotados ya por la cerveza.



5/6/10

Flores (5/6/2010)


   La asamblea de club del 4/6/2010 fue surrealista. Como no me sentía implicado me dediqué a observar a la especie humana complicándose la vida. Pero la cosa se prolongaba. Hubo un momento de exasperación en que algunos casi llegan a las manos. La mayoría estábamos deseando acabar aquella triste historia e irnos a tomar unas cervezas. Cerca de las diez, por fin, la saturación de palabrería y el límite de tiempo para poder ocupar la sala, acabaron con la asamblea.
   En el bar Manu, Cura, Pelos, Alfonso, Sergio y yo quedamos para ir al día siguiente a la Cueva de Udías por Sel del Haya. A Marta también le hubiera gustado venir. Como quería volver temprano a casa y preparar las actividades del domingo, lleve mi coche para poder salir de la cueva y volver a casa sin interferir en las exploraciones. Aparte de eso Manu llevo su furgoneta y Pelos su coche. Durante la parada que hicimos para tomar un café en el bar La Gándara las conversaciones giraron, por supuesto, sobre el club, los últimos sucesos y las personas que formamos el club.


 
   Nos tomamos, al menos yo, con mucha calma la actividad de ese sábado. Tenía muy claro que iba en plan tranquilo y que mi objetivo era, en la medida de lo posible, hacer fotos de la bellísima galería repleta de flores de yeso llamada, actualmente, Galería de las Excéntricas (Sin embargo si me lo permiten, me gustaría cambiarle el nombre por el de Galería de las Flores. Creo que esto hace más honor a su verdadera naturaleza. Pues las flores de yeso crecen, como las plantas, desde la raíz hacia el exterior mientras que las excéntricas no lo hacen desde su fijación a la pared. En realidad no se sabe con precisión como crecen las excéntricas.)

   Sucedió que cuando fui a coger mi saca de espeleo observé una cuerda de 80 metros reposando a su lado. Indirectamente la escena sugería que yo debía transportarla. Opuse alguna resistencia, intentando que la transportara algún joven fornido, pero unos se justificaron afirmando que sus sacas estaban  llenas ya y otros con que ya llevaban mucho peso. Finalmente asumí la cuerdecita pensando que solo la tenía que llevar cuesta abajo por la Mina Sel del Haya.

   Sude de lo lindo en el ascenso del Pozo Pasteloso. La cuerdecita seguía lastrando mi saca, saca que no me quite de la espalda al jumarear, lo que implico el desplazamiento del centro de gravedad bastante atrás haciendo más penoso el trabajo de ascender. Arriba espere a Alfonso hasta que pude hacerle una foto justo al salir del pozo. Mientras tanto estuve investigando la continuación de la galería que desemboca en el pozo. Subir a la continuación es delicado. Cuando le pregunté a Sergio por el tema me dijo que él había subido y que no le había parecido complicado. Sin embargo seguí pensando que si te resbalas subiendo el pequeño resalte el batacazo puede ser total.
   Sergio, Alfonso y yo continuamos hasta el cruce con la Galería de las Flores, donde se ha montado un pequeño campamento que incluye una tienda de campaña en una acogedora salita. Ahí, por fin, me libré de la cuerdecita y de la mayoría de los trastos.

   Algo después todo el grupo estaba comiendo en la sala del campamento. Nos dividimos: yo iría a hacer fotos a la Galería de las Flores, Manu y Sergio a seguir avanzando el pasamanos y el resto bajarían el pozo del pasamanos para explorar sus posibles conexiones y continuaciones. A la vuelta, dependiendo de la hora, visitaría a los exploradores o saldría directo.
   Me lleve solo tres objetos: el trípode, la cámara y una linterna de reserva. Lleve el arnés inferior puesto para utilizarlo en un par de instalaciones de seguridad. Avancé con mucha calma y lentitud observando todos los detalles que podía captar y sus posibilidades fotográficas. Las fotos no me parecieron fáciles de preparar, debido principalmente a la estrechez de la galería y a que las flores de yeso muchas veces están bastante altas. A pesar del cansancio acumulado durante la semana me concentraba con facilidad. Sea como fuere avance poco a poco, parándome a menudo a preparar fotos. Solo decidí volver cuando alcancé una zona de la galería en la que desaparecian las flores de yeso e hacía su aparición el barro. Entre la ida y la vuelta debí gastar más de tres horas.
   Pasadas las cuatro recogí el resto de mis trastos en el campamento y comencé la vuelta. No me pasé por la punta de exploración. Algo después de las seis llegaba al aparcamiento. La tarde estaba muy grisácea y caía algo de chirimiri. Al volver hacia casa me puse una buena música que me sirvió para ahuyentar todos mis fantasmas. Pare a lavarme la cara en una estación de servicio y más tarde, en Merlin Leroy, para comprar una broca de 12mm de diámetro. Pensaba utilizarla el domingo. Me dio tiempo a limpiar todos los trastos de espeleo la misma tarde del sábado.