Como resultado de la fortuna pudimos quedar, con César y Encarna, el viernes 21 de agosto del 2026, para visitar una cueva. Aunque en los últimos meses he estado con Guillermo en muchas cuevas interesantes que no conocemos aún bien -y que requerirán nuevas visitas- se decidió ir al Mostajo. Principalmente porque César hace mucho que quiere visitar una zona muy bella de la cavidad, -a la que los ingleses de Matienzo llaman Wonderland- pero también donde yo quiero hacer algunas fotografías con buena iluminación. A Encarna le pareció bien volver al Mostajo.
El día se presentó nefasto. Caía una cortina de agua que empapaba al instante. Además el día anterior no había parado de jarrear agua del cielo. Sin embargo al comenzar a bajar hacia el Valle de Matienzo paró de llover y comenzó a escampar. Terminamos el viaje en el aparcamiento cercano al Mostajo y comenzamos a prepararnos. A los cinco minutos aparecieron dos coches con nueve espeleólogos valencianos con intención de visitar la misma cueva. En mi opinión estas situaciones se evitarían si se crease una página web institucional espeleológica para la inscripción de visitas planeadas y participantes en la visita. Podría ser gestionada por una -o varias- consejerías (Cultura o Turismo, o Medio Ambiente o Deporte) con un doble objetivo: en primer lugar el control en tiempo real de salidas/entradas a cavidades; en segundo lugar la posibilidad de autoplanificar mejor las colas de visitas. Y en tercer lugar podrían hacerse recomendaciones ajustadas y precisar las normas a seguir.
Decidimos -tras un segundo de clarividencia- que éramos demasiados para los pozos y gateras del Mostajo y que nos íbamos a otra cueva. Guillermo tuvo la brillante idea de ir a Arroyo Molino en Seña. Nos fuimos pasando por San Pantaleón de Aras para dejar su coche y coger un casco para mí. Al cabo de un rato estábamos junto a la iglesia de Seña y con sacas bien ligeras nos encaminamos a la cueva.
El camino es bonito, se pasa por avellanales, praderas y helechales. Una manada de yeguas y potros pastaba feliz en un claro del bosque. La boca está en una depresión repleta de vegetación exuberante. Como la otra vez que estuve, en la misma galería de entrada, empezamos a ver por las paredes insectos muertos. Creo que fue César el que identifico los bichos como carcasas abandonadas tras la metamorfosis de libélulas. La confirmación la obtuvimos al encontrarnos con hermosas libélulas negro-amarillas, vivas, posadas por las paredes.
Tras hacer algunas fotos en la Galería Nolavieron recorrimos el meandro por el que discurre el arroyo hasta desembocar en la Gran Sala de las Coladas. Visitamos, a mano derecha, el Afluente Norte, con bonitas formaciones y continuamos, aguas abajo, hasta El Tobogán y la Sala del Manuscrito. Un poco más allá nos freno la misma zona acuática que la otra vez que estuve. Se puede asumir la mojadura o llevar un neopreno, pero como no estábamos ni en una cosa ni en la otra comenzamos a salir. Por el camino hicimos algunas fotos con flashes.
Fuera el día estaba espléndido, con grandes nubes de tormenta y ambiente nítido.
Desde las mesas del bar unos hombres mayores nos preguntaron y
comentaron sobre la cueva. Parece que fue una cueva muy popular visitada
por jóvenes, niños y adolescentes hace décadas, tal vez más de treinta años. Nosotros nos fuimos escuchando música en el mercedes de César con un punto de relajación somnífero. En San Pantaleón tomamos cervezas y recogimos manzanas. Y hablamos de las próximas salidas para cuevear...
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