18/6/05

Ibis Rojo (18/6/2005) Hoyo Salcedillo

       No es tan complicado. Solo inseguro. Pero mucho mejor no tentar a la suerte con bloques resbaladizos. Ponemos un pasamanos, que recorre la superficie inclinada y resbalosa de dos bloques contiguos, a unos treinta metros del comienzo de la sala del Ibis Rojo. Mientras trabajo, Manu se queja del frío que hace y Alfredo(BK) me arroja sugerencias. Me pregunto porque no hay pasamanos aquí. No resulta coherente. Un poco más allá tenemos un bloque empotrado que sirve de puente sobre el río de la Javanesa. Para entrar en la sala del Ibis Rojo hay que pasar por encima de ese puente. Los agarres para pies y para manos son buenos. Y aquí los franceses del Dijòn han dejado un pasamanos generoso. 
      Dieciocho de Junio del 2005. Hace calor de agosto a las ocho de la mañana en Solares. Ayer había pánico al calor. Alfredo(BK) trató de quedar más temprano. El calor espanta. Sergio quería venir. Finalmente no ha podido. Marisa y Pili vienen en otro coche independiente. También estan asustadas por el calor. Yo voy con Manu en su furgoneta Renault Expres verde manzana. Manu dice que el motor se recalienta al subir cuestas. Suena música variada en la emisora radio3. Nos toca escuchar hip-hop. Canta la Mala Rodríguez. La Mala no es tan mala. Llegamos con veinte minutos de antelación a la cita de las nueve con Alfredo(BK). Las chicas paran unos momentos pero no nos esperan. Le endoso a Marisa una morcilla de carburo para que nos ayude a subir peso hasta Hoyo Salcedillo e intento hacer lo mismo con Pili. Pero Pili no quiere subir nada. Ni una cabeza de alfiler. Mucho menos la taladradora Maquita. La mira con espanto como si hubiera visto un rifle de repetición o algo similar. Le ofrezco un cocido montañés de gorra a cambio de sus favores pero solo consigo exacerbarla más aún en su decisión. E incluso me acusa de interesado. Que le vamos a hacer si a uno no le comprenden.
      Momentos después de la desaparición de las féminas aparece Alfredo(BK). Subimos los tres en el coche de Manu hasta Valdicio. El coche las pasa canutas ascendiendo las cuestas en primera. Nos preparamos junto a la casa de Esteban. El calor arrecia y la sombra huye de la ladera oeste a toda velocidad. Huele a mierda de vaca. Hay moscas y tábanos. Mientras nos cambiamos se posan sobre nuestra piel desnuda. Recibo un picotazo. Comenzamos a subir el cuestón. En un instante de desesperación discutimos si los tres quintos de subida es más que los dos tercios o al revés. Alcanzamos a las chicas cerca de la collada del Hoyo Salcedillo. Pili dice que no hay sombra. Quiere bajarse. Nosotros nos preparamos y dejamos que discutan acerca de que ruta tomar.
      Repartimos tres cordinos, el equipo de spitar, una morcilla de carburo y la taladradora entre los tres. Son las 11. Noto la saca pesada. Pero no demasiado. Al principio me siento algo torpe. Poco a poco voy acostumbrándome al complejo terreno del Hoyo Salcedillo. Pronto empiezan a protestar mis compañeros. Al principio lo hacen débilmente pero cuando alcanzamos la Galería de Utrillo con más firmeza. Ya en el arroyo de la Dispendieuse las quejas son más serias y arrecian con fuerza en los laminadores que nos conectan con el meandro de la Queue de Cheval. Alfredo(BK) pasa a presión por el paso crítico del laminador (no se ha quitado casi nada del equipo vertical). Para cuando llegamos a las galerías del Bosón Intermedio Alfredo(BK) se queja con descaro de la marcha que llevamos; de que esta parte de la cavidad es más fea que la zona de Utrillo (que el ya conocía); de que si no ponemos señales lo mismo no sabemos salir. Ejercito la paciencia y mis dotes dictatoriales. Y así alcanzamos el río de la Javanesa y voy viendo más cerca el objetivo.
      La instalación del pozo del Passe Muraille es especialmente chunga. Se nota que utilizaron un trozo de cuerda escaso que les sobraba. Para alcanzar el cabo de la cuerda hay que escalar el meandro tres metros en oposición por encima de nuestras cabezas. El primer fraccionamiento tiene un comba escasa que impide pasar el croll directamente. Se puede salir con dificultades utilizando el puño o, mas expédito, escalando en oposición asegurado por los cabos de anclaje a la cuerda y a la fijación. De cualquier forma se trata de una jodienda. El segundo tramo es una rampa cuya principal dificultad es la escasez de cuerda para moverse con agilidad. Después de todo estamos arriba y a cuatro pasos del pasamanos que pensamos instalar. Me pongo a la tarea febril. Es el final de una historia interminable y el comienzo de otra nueva historia. Todo en nuestra vidas son variaciones sobre el mismo tema con distintos instrumentos.
      Me hace sentir euforia ver, caminar por y hurgar en la sala del Ibis Rojo. No comprendo el nombre de esta sala. La atravieso con energía y enfilo la galería del Gluón hacia la galería Leo. Hermosa. Pero miro el reloj y me doy cuenta de que por hoy ha sido suficiente. Nos sentamos a comer en una zona llana y acogedora. Hay tres colchonetas de los franceses, algo de carburo y algunos objetos variados. Actualizamos los carbureros y las pilas y nos ponemos en marcha. La salida se siente lejana. Me doy cuenta de que volvemos cansados. Se acumula la sucesión de dificultades. Además ahora es cuesta arriba. Hacemos una pequeña parada en el último ascenso de cuerda y bebemos agua. Andamos algo deshidratados. En la sala de salida el vapor que generamos se mezcla con la corriente de viento que es iluminada en su proceso de aceleración hacia la boca. Se forma una imagen extraña. Son las 7 y ½.
       Fuera nos espera un golpe de calor. Durante un rato observo la verde ladera del Carrio. Hay dos rebecos que huyen al verme. Nos quitamos rápido casi todo de encima. Falta mi gorra. No paramos hasta casa de Esteban. Montamos en la furgoneta y bajamos a cambiarnos de indumentaria al camping de San Roque. Con árboles. Y con el fresco sonido del Miera. Flotamos. Nos tomamos una cerveza. Alfredo(BK) parte hacia Burgos. Manu y yo descendemos hacia Solares. Manu me dice que Hoyo Salcedillo es la cueva más cañera en la que ha estado.

11/6/05

R&R (11/6/2005) Rubicera-Mortero


 primera sesión
       Cada ser humano se sabe de memoria su lección. Y cada uno tiene sus razones. Este animal tiene tres cabezas y ningún cuerpo. Este animal devora la paciencia de todos. Corre el río y lleva sus aguas. Nada es lo que parece pero no hay dobleces, solo ceguera.
      Cuatro de Junio del 2005. César quiere ir al Carrio. Me gustaría ir a Hoyo Salcedillo a continuar la historia interminable (En el valle de Leiva hay una vía de escalada, audaz y elegante, que se llama igual: Historia Interminable). Y Moisés quiere ir a la travesía Rubicera/Mortero.  Quiere llevar a Susana a la Rubi. Vamos pues.
      Mientras César y Moisés van a montar la cuerda de salida en el Mortero de Astrana me voy con Susana y Sergio camino de la Rubi. Hay niebla. Las plantas están cargadas de rocío que nos empapa. Sergio protesta débilmente. Le quito importancia: así ya no te mojaras después, pues estas mojado ya. Los intentos de charla se quedan en monosílabos por mi parte. Trato de hacer el camino ahorrando esfuerzo.
      La bocaza, la boca y la boquita. Nos vamos a la boca y nos preparamos. Tenemos tiempo mientras llegan Moisés y César. Charlamos. Escalada, espeleo, los idiomas de Susana. En su valle suizo Susana habla un dialecto del alemán. También habla inglés y francés. Y empezará con el ruso dentro de poco. Sus conocimientos de castellano incluyen la utilización precisa de las formas verbales subjuntiva y potencial. Susana deberías tener cuidado con los cántabros que te van a confundir... Durante un rato Susana y yo hacemos juntos la cabra española y la suiza. 




      Al cabo de un rato llegan los instaladores. Comemos algo. Nos adentramos con rapidez. Son las doce de la mañana. Hasta la estrechez entre bloques vamos a buen paso. Las dudas son escasas. Nos ponemos en el pozo de 30 en tres cuartos de hora. El camino que utilizamos hacia el río de la Rubicera es nuevo para Moisés y César. Ellos solo conocen el acceso más obvio.
      Hay poca agua. Este meandro tiene sección de T invertida la mayor parte del tiempo y de H tumbada también. Nos deja mojados. Pero contentos. La mojadura es feliz. Feliz en su vuelo. Fugaz. En la confluencia de la Vía Real con el río, aguas abajo, hay un lago. Profundo y azul. Si no estuviera tan frío sería mi piscina predilecta. Sergio pregunta muchas veces. Todo lo que se le ocurre. Y César responde hasta el límite de sus fuerzas. Yo carezco de fuerza para responder tantas preguntas. Al borde del pozo de 90 arrecian las preguntas. Las cuerdas del pasamanos han sido renovadas. Toda la instalación desprende seguridad. Dudamos si aguantará las preguntas de Sergio.
      Por mí seguiríamos sin parar hasta salir por el Mortero pero la mayoría tiene hambre. Nos paramos en la base del primer pozo ascendente. Sacamos comida y bebida. Moisés ataca la cecina que he traído. César critica las instalaciones. Es lo normal. Seguimos por el meandrillo con pocetes de subida y breves destrepes y trepadas. Hay más críticas al estado de las instalaciones. Poco después echo un vistazo a la continuación de la galería que no conduce al Mortero. Parece interesante. La utilizo para defecar sin que nadie me moleste.
      Los dos pozos finales de acceso al río del Mortero están bien instalados. Mientras Moisés, Susana y Sergio hacen turismo visitando la cabecera del Gran Pozo, César y yo luchamos por inflar el bote. Resulta una tarea agotadora. Al cabo de un rato, con el bote mal hinchado, atravesamos el lago renqueando. Agarro una quemada especial. En cuanto pasa Sergio seguimos río arriba por los pasamanos y las marmitas. Esta todo bien puesto pero una de las cuerdas esta muy rozada y prefiero pasar por abajo mojándome. Hay que sustituir esa cuerda pronto. Si no se hace, alguien va a bañarse con batacazo añadido.




      Luego me entero que estábamos inflando el bote por la válvula de vaciado...listos los chavales. Geniales. Del final de los pasamanos a la salida Sergio y yo no paramos. Han instalado un pasamanos en una zona de aguas profundas cerca de la cascada del Leolorna y también en la última rampa antes de la Sala del Caos. Todas estas nuevas instalaciones hacen el tránsito rápido y ágil. A las seis y cuarto acabo de subir la última rampa entre lujuriosa vegetación. Hemos tardado, eso, 6 horas y ¼ en hacer la travesía. Nos bajamos a Solares directamente 




segunda sesión


       
Hoy viernes me paso por la reunión del club. La gente llega a las nueve y más tarde. Lo mejor sería cambiar de hora la reunión. Va cuajando una salida a la travesía Rubicera/Mortero. Sin embargo tenemos un problema. El encargado de material no aparece. Una conserje se aviene a abrir el cuarto de material: no hay carburo. Hace tiempo que llevamos diciendo que queda poco. El fin de semana pasado solo había morcillas sueltas pero nada en los bidones. Eficacia total. Nos hemos quedado sin carburo en el club de espeleo. Era una noticia anunciada. Resolvemos el atolladero con una llamada a Alfredo. Nos dejará un bidón con carburo en la puerta de su casa de Ramales. 

     Once de Junio del 2005. Estamos en Solares a las siete de la mañana. Primero llega Manu, luego yo, luego Noelia (traída por su padre), después Julio, a continuación Manrique, más tarde Amelia y José. Es la primera vez que José hace espeleo en su vida. Como es un buen escalador espero que aprenda las técnicas verticales instantáneamente. Si no lo consigue tendremos un problema. Nos vamos por Ramales y Soba. El viaje se hace pesado. Pesadísimo. Vamos tres coches. El mío y la furgo de Manrique suben hasta el Mortero. Allí se queda la furgo y nos bajamos todos en el mío. Hemos conseguido un ahorro de tiempo gracias a unos madrileños que van a hacer el Cuivo/Mortero y que nos instalan la cuerda de salida por el Mortero (esos madriles conocen a César y estuvieron conmigo, no hace mucho, en el Torcón de la Calleja Rebollo). Julio recoge a Vanesa en Hoznayo (¿), pasa por donde Alfredo y estaciona en la curva enfrente de la cascada. Allí nace el grupo.
      Cuanto falta?  es la pregunta que se repite una y otra vez durante la aproximación a la Rubi. Yo mismo empiezo a preguntársela a mis compañeros. Todos nos preguntamos cuanto falta. Lo que no preguntamos es ¿qué falta?.  No importa sólo cuanto, sino también qué falta. Quizás falta inspiración. O imaginación. O sutileza. O brío. También faltan metros en la cuerdecilla del rápel entre hazas. Todos rapelan y yo destrepo. Nos ponemos a prepararnos. Lo conseguimos a las doce menos cuarto. Y entramos. Entre la cita en Solares y la entrada a la Rubi han pasado casi cinco horas. No esta mal.
      La estrechez entre bloques es una prueba severa para José. La pasa bien. Amelia también se inquieta en ese paso. Las galerías fósiles se entretienen con nosotros. Me encuentro muy sensibilizado por la conservación de las cuevas. Y por el ruido. El ruido nos impide estar con nosotros mismos. Solo los seres humanos creamos ruido. La naturaleza, los animales no hacen ruidos. Solo sonidos. Manrique pisa una zona de arena virgen. Le digo que no lo haga. Pisotea todavía más. Saltan chispas de incomprensión. Hace tiempo visité en Cellagua las galerías de los Borgoñeses. En su zona más remota esta la Galería del Sahara. Hay dunas de arena de miles de años, quizás millones. Los franceses han creado con sus huellas un estrecho sendero respetando el terreno virgen. Me maravilla su belleza y la sensibilidad de los exploradores.


      Llegamos al pozo de treinta. Bajo el primero y me echo una siesta. Mientras tanto arriba, en el pelotón, se forma un guirigay tremendo. Julio, Manu y Manrique rivalizan pedorreandose. Rugen de risa. Al poco me
despierto sobresaltado creyendo que se derrumba el pozo entero. Al cabo de una hora y media estamos todos abajo. Es posible que nos hagamos famosos en el mundillo de la espeleo como pedorros. Incluso podemos crear una página web: www.pedorrosypetardas.com. 


     Durante el resto de la travesía consigo preocupar al personal haciendo predicciones catastróficas respecto a la hora de salida. Ya veremos si mañana por la mañana hemos salido... a este ritmo es posible que para las doce... calculo que quizás en seis horas más... y cosas semejantes. Consigo que empiecen a implicarse en el avance. El río de la Rubi nos entusiasma a todos. Y la Vía Real más todavía. El pasamanos del Pozo de 90 inquieta a varios. Vanesa pasa algún miedo. Lo manifiesta. Los demás nos comportamos como machotes. Los machotes nunca manifiestan su miedo. El mundo está lleno de machotes.
      Comemos en la sala donde comienzan los ascensos por cuerda. Así subiendo y comiendo, todos aprovechamos el tiempo. Desde hace un rato oigo unos bramidos semejantes a estertores. Se trata de Manu. Comienza a preocuparnos. Temiéndonos lo peor, le preguntamos qué le pasa. Nos alivia saber que solo se está aclarando la garganta...


      Los dos pozos ascendentes nos torean un rato. Cuando llego a la cabecera del último le doy instrucciones a Amelia para que no se despisten en la continuación hacia el lago del Mortero y me voy con José tan rápido como puedo a hinchar el bote. Comienzo los transbordos llevando a José. Se nos da bien. El lago nos transmite calma y suavidad. Cuando vuelvo ya está allí Amelia y vuelvo a hacer otro trasbordo. A la vuelta me encuentro con Noelia y Vanesa. Manu, Julio y Manrique se han quedado atrás poniéndose el neopreno. Les rujo que deberían habérselo puesto junto al lago para organizar el tinglado. Vanesa traía neopreno, pero ahora no quiere mojarse. Me ablanda el corazón y tras pasar con Noelia vuelvo a por ella. A todos nos encanta pasar el lago en bote neumático. Somos como niños. 



      Recogemos el bote en un instante húmedo. Ya llegan los nadadores con su neopreno. Todos nos mojamos, aún más, hasta llegar al comienzo de los pasamanos del Mortero. Los pasamanos son como son. Así aprendemos todos. La cuerda de una de las marmitas solo tiene tres hilos y está a punto de cascar. Debería haber traído un trozo de cuerda para sustituirla. Algunos/as llevan las bagas de anclaje largas demasiado cortas. Mantienen cortas batallas para liberarse de las cuerdas que les dejan baldaos/as. Hacemos una paradita para reagruparnos en la desembocadura del arroyo del Cuivo. Al cabo de un rato nos movemos por las rampas y por la Sala del Caos. Asomamos a la luz del día. Los primeros salen como a las nueve y cuarto y los últimos como a las diez menos cuarto.
   Durante un rato observo el éxtasis de Manrique.
   Se ha quedado en silencio.
   La boca del Mortero de Astrana produce silencio.
   Volvemos a los coches.
   Aparece Mois&Susana.
   Estalla una tormenta.
   Nos da un ataque de risa. 

  

29/5/05

Hombres de Fé (29/5/2005) Toño-Cañuela

Las previsiones de la meteo son malas. Lloverá y estará muy cubierto desde el viernes por la tarde, empeorando el sábado y el domingo. El viernes por la noche en contra de lo que espero se apuntan diez personas a la actividad Toño/Cañuela. Se dividirá al conjunto en dos equipos independientes. Es una situación trabajosa. Localizamos cuerdas para dos grupos y comprobamos la longitud de algunas, tarea en la que me ayudan varios miembros del SCC junto al local de material. Hacemos acopio de carburo en bagas y bolsas de plástico. Es claro que dos equipos de cinco tardarán un poco más de lo que tardaría un solo equipo de cinco. Uno de diez podría llegar a tardar más del doble. Nos vamos a tomar unas cervezas. Acabamos en el White Shoe tomando cerveza Judas y hablando de filosofía.
            El sábado llueve bastante. Nadie llama para desquedar. Por el contrario Elena me confirma su presencia en la expedición. La noche del sábado llueve aún más. Y el domingo amanece con chubascos intermitentes. Pero nadie avisa de que no va. A las ocho de la mañana nos reunimos todos en Solares salvo J. Miguel que llama a última hora para comunicar que no puede venir. En total somos nueve. Les conmino a que hagan fuerza mental para que no tengamos lluvia a la subida. La fe nos creará un túnel en el vacío universal. Y llueve mucho. Al rato estamos preparándonos en la casa que queda junto al inicio de la subida a la Cañuela. Hay un porche en la entrada del pajar. Sigue lloviendo. Última oportunidad para cambiar de rumbo. Pero una fuerza nos anima a seguir.
            Dejamos dos coches abajo, el de Amelia y el de Moisés, y subimos a Socueva con los de Eva y Javier. Al llegar a Socueva ha dejado de llover. Heredamos un ambiente tropical, húmedo y templado. La subida con sudor se hace. Algunos preguntan que cuanto falta para llegar. Mis respuestas a Javier no son creídas. Cinco minutos. Siempre dices cinco minutos... ya me sé yo esos cinco minutos... se convierten en media hora... o una hora... La niebla se cierra en cuanto entramos en la zona de prados. Me oriento por las sendas, las cabañas y el viento. Cuando estamos llegando a la cabaña de Toño, se nos aparece un grupo de gente joven que la ha alquilado. Esta  arreglándola y tienen un burro. Nos confirman que estamos en la sima justo.
            El equipo formado por Julio, Elena, Amelia, Javier y yo mismo entra en primer lugar. Noelia se niega a venir conmigo afirmando que Moisés es compasivo y yo no. Además de Noelia a Moisés le acompañan Eva y Susana. Todo chicas. Moisés necesitará también alguna compasión. Se lo van a merendar enterito entre las tres. Está muy apetitoso. Aumenta el tono de chascarrillo pero yo ya me he puesto las pilas y pongo al grupo en acción. Bajo el primer pozo. Las paredes son de un blanco cremoso y deslizante. Hay multitud de arañas. Julio me pasa la otra cuerda y bajo el segundo pozo. Creía que el tercero es uno de los grandes. Pero solo tiene diez metros. El cuarto pozo es grande. Ponemos las dos cuerdas y bajo deslizándome con rapidez. Espero a que bajen todos. Continuamos por una ventana que da acceso a un pozo cortito. Es el preámbulo de la estrechez vertical. Entro en la estrechez por un pasamanos algo descendente. La estrechez no es ni la sombra de lo que fue. Solo se merece el adjetivo de incómoda. Un poco nerviosa, Amelia pasa tras de mi. Le indico que destrepe hasta el inicio de la travesía hacia los pozos paralelos. Está indicada por una cuerda. Me bajo hasta un bloque junto a la cuerda y espero a que todos bajen el destrepe para seguir avanzando. Los dos pocetes siguientes están completamente instalados con cuerdas fijas.
La cabecera del pozo del péndulo esta reasegurada con las cuerdas fijas y hay una doble instalación. La más reciente esta formada por parabolts de acero inoxidable. Nos sentimos seguros. Para hacerse un idea de las dimensiones de un pozo podemos gritar. El grado de reverberación nos da una indicación. Chillo un uhhuu. Un pozo grandecito. Me gusta deslizarme con fluidez y velocidad por las cuerdas abajo. El péndulo resulta fácil. La ventana donde se acaba es incómoda. Hago pasar a todo el mundo hacia los dos pocetes siguientes que están instalados en fijo. El equipo empieza a funcionar bien engrasado. Los cuatro pozos siguientes (20+13, 15 , 20 y 23) se suceden unos a otros de forma fluida, tranquila y sin problemas. Vamos charlando, informales, de cualquier cosa. Elena baja en segunda posición  y hablamos de sus estudios y de los tochos de apuntes que tiene que devorar. Ocho horas diarias de estudio. Del MIR que se le avecina este verano. Su familia tiene una casa en Ajo y se recluirá allí para hacer vida de ángel estudioso. Estos matasanos son admirables. Para que luego el Estado diga que sobran médicos. Y las listas de espera a reventar.
Nos reunimos, todos, antes del meandrillo que nos lleva al pozo aéreo final. Me cambio de calcetines a escarpines para ir más caliente. Desde el paso de la estrechez no tenemos noticias del otro grupo. Nos ayudamos con cuidado en el meandrillo. Me apuesto en forma de X extraplana en la cabecera del aéreo. Estoy semitumbado y con un pie haciendo oposición en el puente de roca de enfrente. Es incómodo. Tardo un poco más en instalar. Javier me pregunta varias veces si no hará falta poner las dos cuerdas. Las reseñas indican pozo de 18 y estamos instalando con un 60 en doble. Creo que va a sobrar. Me excita eso de lanzarme. Antes de dejarme caer reviso todos los aparejos. Siempre debe hacerse pero en un pozo así te sale más espontáneo. En la sala Olivier Guillaume establecemos un comedor. Entre unos bloques planos, más arriba de donde aterrizamos,  y con vistas a la cuerda que desciende. Nos sentimos como moscas en medio de un teatro. Son las seis menos diez. Tenemos hambre acumulada. Después de comer nos empieza a entrar fresco. A algunos les da mucho frío. Llevamos tres cuartos de hora parados. Sugiero que los que tienen una manta térmica la saquen. Ninguno quiere porque la situación no es grave y desean reservarla. La manta térmica no se estropea por usarla. Solo se desgasta un poco. Porca miseria.
Al cabo de una hora todos nos preguntamos que estará ocurriendo en el segundo equipo. Sabemos que al principio iban pisándonos los talones. Por fin, como una hora y media después de llegar, oímos a Moisés asomándose al aéreo. Les hemos dejado instalada la cuerda. Moisés es el último que baja. Se le nota algo estresado; casi enfadado. Deja la cuerda sin recoger y se lanza como un tiburón sobre la comida que comparte con Susana. Me pongo a dormitar mientras se ultiman los preparativos para continuar hacia la salida. Casi me duermo y sueño. Sueño en la luminosidad. Floto aislado. Me despierto dormido. Trastabilleo varias veces por las pedreras de la Olivier Guillaume. Moisés ha tenido que currarse todas las eventualidades de los rápeles. Incluyendo un enganche en el pozo del péndulo y el rescate de una saca en la estrechez. Sigo un poco atontao. Han desaparecido todos los catadióptricos. Necesitamos dos intentos para salir de la Olivier Guillaume.
        Pasamos rápido y sin reposo por la hermosura de las sierras. Y también por todas las demás hermosuras. Hermosas son las flores. Tomamos un atajo en el que sacamos una cuerda para asegurar una trepadina. Los cálculos nos indican que nadie va a llegar a su casa antes de las doce y media. Y mañana es lunes. La Encrucijada, Los Bulevares, el Cañon Oeste y la Gran Galería de salida. Salimos de día y llueve. La cuesta de bajada esta enfangada y la senda casi pérdida en el bosque. Un coche se baja, a reventar de gente, hacia Arredondo. Otro coche sube a Socueva con los conductores al rescate del resto de los vehículos. Nos sentamos a tomar bebidas. Julio pide un plato de jamón. Me tomo dos cervezas. Luego, conduzco pisándole los talones a Moisés hasta Solares. Amelia charla y Noelia se marea. Según ella es el infierno.

25/5/05

La Incombustible Tequedad (25/5/2005) Hoyo Salcedillo


           Érase una vez una cueva llamada Hoyo Salcedillo. Érase una vez un grupo de tercos espeleólogos. Érase, una vez y otra vez, a los espeleólogos entrando y saliendo de la cueva para amarla y respetarla hasta que la muerte les separase. Y la cueva jodiendo una vez tras otra a los espeleólogos. Esta es una historia que muestra el alucinógeno paisaje mental y el psicodélico paisaje subterráneo de la trama entre cueva y hombre. La trama comienza largos años atrás cuando algunos de vosotros erais aun tiernos infantes y vuestras dúctiles mentes estaban empezando a ser deformadas por el pecado original.
Para llegar a la boca hay que subir un cuestón desde Valdició. La pista se toma justo al lado de la casa de Esteban. Esteban tiene varias hijas e hijos que trabajan con las vacas. También tiene nietos. Dos de ellos se llaman Oscar y Pedro. Tiene una mula , un burro, gallinas y perros. Esteban y su familia trabajan como mulas. Últimamente Esteban no se encuentra bien, parece ser que tiene algo de próstata y se encuentra jodido. Nuestra Seguridad Social le ha dado cita para el 20 de septiembre. Tiene tiempo de reventar placidamente. Nuestra Seguridad Social es extremadamente eficaz y segura. Mientras este puto País se entretiene en pelearse por ver quien y cuanto manda en cada puta Comunidad Autónoma, y mientras se gasta nuestros impuestos en alimentar a una bandada de parásitos y gilipollas llamados políticos y funcionarios autonómicos de alto nivel, lo que verdaderamente importa, como qué es lo que comemos, como es el bienestar social, como es la salud; todo eso, que es lo importante, se va al puto carajo. Hay que ser un esclavo de una entidad financiera toda la vida para conseguir un cuchitril pestoso en el que meter los huesos cuando acabas el curro. Yo he tenido mucha suerte. Ese cuestón es viejo conocido. Nos lleva también, sumando 300 o 400 metros más, al Carrio. 
Esta actividad llama la atención de mucha gente. Hoyo Salcedillo. César, Moisés y varios cursillistas. Algunos solo podían el sábado, pero no el domingo, como Julio y Sergio. Otros no podían ni sábado ni domingo. Otros estuvieron pendientes de mil asuntos y me hicieron estar pendientes del teléfono toda la tarde del viernes. Otros, como el Cura, que hacía años que no veía y años que no hacía espeleo, vienen cuando menos te lo esperas. El móvil es una gran libertad y suele provocar que los planes sean inestables. Hay facilidad de intercomunicar en cualquier instante y cambiar de opción. Todos tendemos a tener abiertas muchas posibilidades para decidir con más libertad. En la práctica puede vivirse como un elemento estresante. Nada está fijo y los viernes por la tarde se convierten en un frenético ejercicio de encaje de opciones en que se entrecruzan mensajes, llamadas, emilios y citas.
Cura y yo nos volvemos a ver las caras en Solares. Esta delgado y con el pelo rapado. Parece en forma aunque fuma continuamente. Tiene una bonita furgoneta verde manzana de la marca Mercedes con cocina y motor turbo que va de pegada. Los asientos del copiloto son para institutrices victorianas. Vienen bien para mejorar la postura. El tiempo esta plomizo, lloviznoso y amenazador. Le he traído un paraguas al Cura por si nos diluvia en el cuestón. Poco después de Mirones paramos en un bar de pueblo a tomar un café. Cuando entramos parece desierto y la cafetera esta apagada. Me fijo en las mesas, de vieja madera maciza, en que se muestran los restos de la velada anterior formados por ceniceros, migas, alubias secas de distintos colores, mazos de naipes y algo de polvo. Al poco aparece un hombre mayor. Pregunta que deseamos. Nos ofrece hacernos un café de olla. Aceptamos aunque yo de entrada no me fío de los cafés de olla. Le veo comenzar los preparativos poniendo un par de cucharadillas de azúcar y otro par de nescafé instantáneo en un vaso. Me saltan las alarmas y promulgo que no voy a tomar café. El Cura se toma el suyo pero enseguida se arrepiente. Justo al aparcar la furgoneta sale corriendo con un rollo de papel higiénico y en el entreacto me da tiempo a prepararme y charlar un rato con Esteban y parte de su familia.
Cura llena una saca agujereada, en que he traído las bagas de carburo, con su material, que elige entre una amplia variedad de artilugios para trabajos verticales. Se pone el mono de nylon a pesar de las sudorosas premoniciones del cuestón. Por suerte no llueve, aunque al final casi da igual. La humedad tropical nos hace sudar hasta empaparnos. Los borregos se llaman con ansia unos a otros y no se calman hasta que no se reúnen en un rebaño compacto  En la boca de Hoyo Salcedillo descansamos al fresco frío. Y nos preparamos para la corrida. El toro es bravo esta vez. Pretendemos llegar al Ibis Rojo y echar un vistazo a la zona. Llevamos dos sacas ultraligeras en vez de una saca para dos. Hay una vida para la intimidad y otra vida para la sociedad. Los gatos tienen 7 vidas sociales pero solo una íntima. Otros animales tienen varias vidas íntimas pero solo una social y los hay que combinan múltiples vidas sociales e íntimas. El cuestón nos ha dejado secuelas mentales.
Al entrar en la cueva dejamos de ver la luz del día. El suelo y las rocas del hall están secas y la corriente, poco húmeda, sopla hacia dentro. En dos minutos nos topamos con la cuerda que asciende salvando en aéreo un pozo que barre la galería. Han puesto trozos de plástico e hitos para marcar la ruta. Torcemos a la derecha, ascendemos un estrecho meandro hasta el techo y gateamos unos metros. Recorremos una galería rectilínea con abundantes contorsiones, gateras y cortas arrastradas entre bloques y alcanzamos un descansillo decorado con excéntricas. Bajamos con el dressler un resalte y aterrizamos en una encrucijada caótica. Enfrente y encaramado queda el acceso a la red Sarp. Continuamos por el camino menos evidente atravesando un laminador inclinado lateralmente hacia un pozo. Rectos, ascendemos por un puente y un resalte. Atravesamos una sala que invita a darse un batacazo. La sala es muy grande, quizás 150 metros. Buscamos, en donde la sala se convierte en galería, bajo un caos de bloques, el camino de descenso hacia el arroyo de la Dispendieuse. Seguimos el río durante un rato en montaña rusa. Nos deslizamos a la derecha por unos laminadores justos. Le hemos puesto las banderillas y hemos picado al toro.
Ahora seguimos hasta una laguna un meandro -de inicio fósil- con puentes y badinas. Haciendo equilibrios pasamos sin mojarnos. Bajamos una cascada y continuamos por el meandro. Hay badinas profundas de agua cristalina. Subimos un resalte para sortear un desprendimiento y utilizamos la misma cuerda para bajarlo por el otro lado. Otro resalte se escala sin más. Ascendemos a un nivel fósil superior por una rampa arenosa. Las galerías del Bosón Intermedio son grandes, con arena y bloques ortoédricos. El río Queue de Cheval ha quedado por abajo. Lo vemos por los desfondes. Varias galerías se bifurcan aunque no es fácil perderse. Llegamos por una ventana a una sala en que se observan dos galerías. Tomamos la de la derecha. Descendemos un desprendimiento entre boques y alcanzamos el río de la Javanaise. Al seguirlo volvemos a ponernos bajo la sala y con el rumbo de la otra galería. Amplio y con destrepes el río cae un par de metros por una estrecha cascada. Aparece un afluente por la derecha. Más ancho ya, con guijarros y con playas, el río suavemente baja. Una cuerda que pende a dos metros sobre nuestras cabezas es el camino hacia el Ibis Rojo. Trepamos tres metros en oposición y jumareamos dos tramos de cuerda -Passe Muraille- que sumaran treinta metros. Hemos toreado con gracia.
Estamos en una galería amplia, con el suelo formado por bloques medianos y grandes. Hay desfondes que podemos sortear. Los bloques son ahora de tamaño casa y están encajados en la galería. Hay desfondamientos de 10 a 20 metros por todos lados. Vemos un hito y tizne. Es peligroso. Cura se arriesga entre dos bloques que forman un vertical canalizo a bajar cuatro metros. Le sigo. No hay continuación sin riesgos. Me arrepiento. Volvemos a subir cagándonos en nuestra suerte, mala y buena. El Ibis Rojo esta a menos de treinta metros y a 1,7 km. de la entrada. ¿Cómo han pasado los franceses?. Puede que sean unos fieras que hacen equilibrios entre desfondamientos o puede que hayan puesto una cuerda en un natural para bajar de nuevo al nivel del río. Hemos pinchado en hueso en la suerte de matar.
Nos sentamos a comer unos metros atrás. Reflexionamos sobre el problema. Transitar con sacas grandes, si ningún seguro, esta zona, es muy arriesgado. Nos extraña que no se haya puesto nada. Pero ahora no hay nada puesto y nosotros no llevamos material. Tenemos que volver. Quiero llegar a ver la galería Leo y los arbustos de excéntricas. Terquedad. Cura no siente frustración. Es su primera vez en Hoyo Salcedillo y ha llegado lejos, a unas tres horas y media de la entrada.
Comenzamos la vuelta a las cuatro. De repente nos sentimos algo cansados. El camino es un poco cuesta arriba. Hacemos un descanso al final del Bosón Intermedio. La zona invita a tumbarse en la arena seca. Otro descanso tras los laminadores escuchando el murmullo del agua. Cura ha luchado duro en el punto clave del laminador. Un saliente de roca en que se sienta casca, quedando Cura tumbado estilo canapé. Se fuma un cigarrillo. Ya se ha fumado muchos. Me siento cansado. Calculo mentalmente las dificultades que nos quedan. Trato de economizar energía haciendo movimientos suaves y conscientes. Cámara lenta. Patino en la sala grande pero no caigo. Voy con cuidado. Otro descanso en las excéntricas. Nos queda una media hora. No hay camino cómodo en esta cueva. Lo más que se llega a andar sin dificultad alguna es un minuto. Descendemos el aéreo con placer. Una luz verdosa se filtra por la boca cuando alcanzamos el hall. Creo que son las siete y media.
La niebla y el viento están fuera. Hace frío. No nos quitamos el mono ni el arnés. Bajamos suavemente el cuestón. El aire frío del norte se siente en la cara y las manos. Al poco emergemos de la niebla. Y se pone a llover. Abro mi paraguas y Cura el suyo. El viento le revuelve el paraguas a Cura, pero ya estamos cerca. En una empinada ladera aún trabaja parte de la familia de Esteban. Alcanzamos la furgoneta. Me cambio de ropa con placer. El cura se fuma un cigarrillo. La abuela viene a charlar un rato y a mirarnos. Quizás siempre deseo entrar en una cueva y no lo hizo. Oscar también se acerca. Nos deslizamos valle abajo y charlamos relajados. Pasamos por delante del bar de los cafés de olla. El ambiente ha refrescado. Cura recibe llamadas y sms´s de Raquel. En Solares tomo mi coche y Cura me sigue hasta Setién. Le invito a entrar en casa. Al poco rato se marcha a buscar a su novia.

8/5/05

Estrellas&Ángeles (8/5/2005) Sopladoras-Agua

            Me despierto con una sensación deprimente. Hoy todos mis sueños se parecen a pesadillas. O todas las pesadillas se parecen a mis sueños. La lógica conmutativa se apodera de la mente humana. Me preparo en un momento y me apuro en llegar a Solares. Antes de ir a la estación paso por la Caja y le pido al cajero mecánico un poco de dinero. Me escupe con desgana unos euros de esos que sirven pa comprar cosas (cada vez menos cosas). Cuando me presento, a las nueve y media, en la estación ya han llegado -contradiciendo mis premoniciones- Amelia, Moisés, Eva, Susana y Noelia. Poco después llegan, también, Sergio y Chema. Moisés recibe una llamada de Julio comunicándole que viene de camino a toda velocidad. ¿Cómo es que no me habéis despertado? le pregunta. La fiesta acabo tarde y ostentó abundancia de alcohol y humo. Pero Moisés, Eva y Susana madrugaron -les motiva eso de las Sopladoras/Agua- y llegaron bien. Me tomo un café y miro el reloj. Llevamos 20 minutos de retraso. Quedamos en que Julio venga directamente al aparcamiento de la iglesia de Asón.
            Vienen conmigo Noelia y Eva, van con Moisés Amelia y Susana y en el coche de Chema va Sergio. Mientras cruzamos el puerto de Alisas Noelia muestra su negativa y desconfiada actitud hacia los humanos en general. La carretera consigue marearla lo que contribuye a potenciar su actitud. Cuando llegamos a Arredondo todo el mundo se arroja de los coches. Algunos piden en el bar bocadillos de tortilla de patatas para llevarlos a la excursión, otros charlan de forma distendida o tensa, según se vea, y Susana, de puro mareo, queda tirada en una acera como una mendiga. Poco después de todo esto conseguimos llegar a la Iglesia. Aparco a la sombra de una casona y comienzo a prepararme con lentitud. He puesto a propósito la reductora para no tener que esperar demasiado tiempo. Antes de que estemos preparados llega Julio con su descapotable Mazda y acaba de prepararse antes que el grupo general. Como se esta poniendo pesada la cosa empiezo a animar el ambiente a base de ¡ale, ale!; ¡come on, come on!; ¡venga, venga! El carburero de Noelia se niega a abrirse y cuando lo conseguimos se niega a vaciarse. Metemos una palanca para romper la costra de hidróxido cálcico y casi completamos la limpieza. Dejamos una parte por desesperación. Es muy aleccionador e ilustrativo el proceso del carburero de Noelia. Decidimos llevarnos una cuerda de 60 en vez de dos cuerdas más cortas. Lo ideal sería llevar dos de 30 para el único rappel largo del barranco Huerto del Rey.
            La subida es una subida que sube sin parar. Sólo al principio nos deslizamos, llaneando, entre prados, paisanos y cabañas. Pero en cuanto el sendero penetra en el barranco de Rolacías se empina de forma pertinaz. Hace calor. Sudamos. Resoplamos. Pero muchos no paran de hablar. Aunque se ahogan no paran. Finalmente, durante un breve lapso, callamos todos por fin y podemos caminar en silencio. En el puente del Chumino hacemos una breve parada técnica para beber agua y disfrutar de la sombra. Continuamos enseguida cruzando los prados del Chumino que, entre cabañas, nos llevan al límite de las propiedades junto al bosque de avellanos. Los aludes de nieve han arrastrado árboles y rocas que han desfigurado la tenue traza que existía en el bosque. El sendero, apenas perceptible, ha quedado borrado por completo este año en algunos tramos. Poco más arriba el camino se aclara y se encarama por una estrecha vira para precipitarse, al poco, hacia el cruce del torrente de la Cuesta del Avellano aguas abajo de la Cascada del mismo nombre. Luego asciende, entre avellanos juveniles, por la ladera derecha hasta alcanzar la cota de la Cascada y, finalmente, tuerce directo hacia la plataforma donde comienza la caída de ésta. Allí nos remojamos un poco y cinco minutos después estamos bajo la triple boca de las Sopladoras. Hemos tardado una hora y tres cuartos. No está nada mal.
            Lo primero, y mejor, que hacemos es comer. Aunque antes de comer me pongo los arreos y me encaramo a la boca central de las Sopladoras por el resalte, instalando una cuerda para evitar una caída tonta cuando suba el personal. Ya arriba, en compañía de Eva y Amelia, me instalo cómodamente y como. Lo primero es una manzana cuya monda arrojo a los comensales, que devoran con avidez abajo, con la fortuna de dar justo en el centro del casco de Moisés. Me promete no olvidarlo y vengarse en el momento que menos me lo espere. Le creo. A continuación me debato entre el descarado aprovechamiento del ofrecimiento de Eva o una comedida y educada actitud para no merendarme la mitad de su bocadillo de tortilla de patatas con cebolla que está que te cagas. Finalmente me como un puñao de garbanzos tostaos por eso de la comida sana.
            Nada más entrar la galería desemboca en una más amplia, igual que las galerías de las otras dos bocas, y ésta enseguida gira a la derecha adentrándose en la montaña. Al poco, cuando acabo de pasar un pequeño caos de bloques, el grupo se detiene. Tras un largo rato en que la mayor parte del grupo no aparece, aunque se les oye cerca, ni responde, a pesar de los gritos que les damos preguntando que pasa, por fin volvemos a verlos después de que hallan resuelto un problema con el carburero de Noelia. El pobre carburero de Noelia. A-me-li-a, A-me-li-a, A-me-li-a, A-me-li-a, No-e-li-a,  No-e-li-a, No-e-li-a, No-e-li-a, E-va-li-a, E-va-li-a, E-va-li-a, E-va-li-a, Su-sa-na-a, Su-sa-na-a, Su-sa-na-a, Su-sa-na-a: esto es un tren de estrellas cuya locomotora es el género femenino. El tren se abre paso por el túnel sin prisa pero sin pausa. En los destrepes Susana se mueve con una agilidad asombrosa a pesar de que está manca. Y Eva parece levitar. Hasta que llegamos a las marmitas y topamos con la pequeña tirolina. Los cortos resaltes resbaladizos iniciales se bajan bien y la tirolina se deja montar por todos los expedicionarios. Pero justo después de la tirolina hay una marmita que obliga a transitar en oposición a pesar de que la anchura es un poco excesiva. Los primeros transeúntes pasamos con cuidado pero Amelia y Eva -y no sé quienes más- se quedan atrancadas porque no les da la patita para llegar a una repisilla al otro lado de la marmita. Entonces Moisés sale en su ayuda y pone su propia pierna para que sirva de peldaño. Gracias al ángel  Moisés nadie cae al agua. El personal comienza a sentirse bien y a divertirse con esta travesía. La continuación es por una galería fósil que en esta ocasión presenta algunos charcos. Seguramente es por las grandes nevadas y las lluvias de este invierno pasado y parte de la primavera corriente. Al final de esta meandrosa galería, en una zona en que se va estrechando, hay que efectuar una simpática trepada. Ésta conduce a una serie de conductos agaterados y con fuerte corriente de aire que nos permiten alcanzar de nuevo el río por un resbaladizo tobogán. Me deslizo de primero por el tobogán y estoy a punto de llevarme un trompazo contra los guijarros del río. Me pongo de parapeto y freno la caída de cada expedicionario. Los hay pesados, pesadísimos y también los hay ligeros.
            El carácter de la cavidad cambia en este punto. Se convierte en un galerión, no desmesurado pero si amplio, como el túnel de una carretera o el túnel del metro de Bilbao o de Barcelona o de Madrid. Se anda cómodamente por Los Meandros y, a veces, varios caminos son posibles. Realmente estos meandros son un modelo de galería. Eses verticales y horizontales. Muchas SSSS’s. Hay un enorme bloque que ha colapsado cayendo sobre el suelo de cantos rodados en el lecho del río y creando dos pasillos a sus lados. Desembocamos en una enorme galería bautizada como Los Bulevares. Los Bulevares tienen el tamaño de la Gran Vía de Madrid en algunos sitios. Los bloques, los cantos rodados y, en general, todas las superficies están muy resbaladizas en esta zona. A veces, dentro del galerión, se forma una subgalería, como un tubo dentro de otro tubo, que permite transitar más fácilmente. A mitad de Los Bulevares el carburero insiste en darme el coñazo. En realidad desde que jubilé mi krakatoa todos los carbureros que he utilizado me producen una gran insatisfacción. Mi krakatoa era maravilloso y ninguno podrá igualarlo. Deberíamos hacer un esfuerzo y volver a fabricar carbureros de inyección directa. De cualquier forma, hacemos un alto para que todo el mundo pueda actualizar el funcionamiento de su carburero y mientras tanto construimos un hermoso hito para dejar fé. Los Bulevares dan paso a una zona más estrecha con marmitas y puentes muy entretenida y bonita. Sobre un gran puente, al que se accede por una cornisilla, nos hacemos una foto colectiva. Aguas abajo la galería se hace más modesta y su techo desciende. Hay una pequeña laguna, de paso obligado, en que el agua nos llega por el culo más o menos. La gente rebuzna un poco por la frialdad de las aguas pero enseguida nos olvidamos de esto. Aunque algunos pringaos no se olvidan tan pronto porque llevan ropa de algodón o similares. Un error en las cuevas. 
         Después de algunas curvas más, desembocamos en la enorme Sala Final. A lo lejos, vemos la luz del día iluminando la rampa de bloques que forma la entrada. Las distancias engañan y todavía necesitamos andar un ratito para llegar a la salida. Hemos tardado 4 horas en hacer, bastante tranquilos, la travesía y a las seis estamos fuera ya. Los ráppeles del barranco Huerto del Rey necesitan cordinos nuevos; Susana no puede manejarse y Moisés la va descendiendo en los tres rápeles que hacemos. Con todo esto se nos va haciendo tarde.  El paisaje es espectacular y la primavera le sienta bien. Son las nueve cuando alcanzamos los coches. En el bar Coventosa de Asón la cerveza no es la bebida de la mayoría del grupo. Algunas se toman un bombón helado mientras otros se fuman un purito. Y luego escuchamos a la Barbería del Sur y a Kiko Veneno en el coche mientras rulamos hacia Solares.

30/4/05

Surveying Swill (30/4/2005) Sima del Sapo

       Alrededor. Miro. Ramales de la Victoria. Entro. Busco en la antigua escuela. Estan P.Hierro y P.Merino. Me saludan con groserías a la usanza. Pero me siguen cayendo bien a pesar de todo. Me fumo el resto de un puro a mi salud y a la suya. Wichi también está, trabajador y ordenado. Me saluda de forma normal. Ha decorado el polvoriento local con un montón de bonitas fotos de viejos calendarios espeleológicos. También ha colocado (¿Wichi u otro?) un póster de una rubia despampanante entresacada del Playboy que traje un día -que íbamos al agujero de Garma Ciega- para consolar al personal en las profundidades. Wichi trabaja bien. Me poso en un polvoriento asiento y me dedico a provocar al personal con el puro y con comentarios acerca de su reprimido lado femenino. Se palpa el dexkonzierto general pero Wichi, el ser más evolucionado de esta Asociación Espeleológica Ramaliega, sale a dar caña de mi lado. Poco después llega Cristóbal con una camiseta que exhibe un cartel en árabe y en castellano acerca de ciertas actividades arqueológicas, sospechosas, en Málaga. Cristóbal es en sí sospechoso ¿qué hace un malagueño, que exhibe camisetas rotuladas en árabe, viviendo en un pueblo abertzale de Euskadi? Pronto se suma a los preparativos de Wichi. Mientras tanto les obsequio a todos con un requirimiento de ayuda para la próxima actividad –Travesía Toño/Cañuela– con espes recién horneados. Sin embargo todos se muestran crueles, quisquillosos y celosos de su tiempo, que no piensan dedicar a actividades de promoción, ni similares. Seguramente no es tan fiero el león como lo pintan. Al final salimos todos expelidos por la puerta y nos distribuimos en dos coches: el de Cristóbal con Wichi y el mío con P.Hierro y P.Merino. Nos acercamos a casa de Gelo con la intención de coger los aparatos de topo. Tras una espera de 20 minutos, en que practico un dialogo de monosílabos con P.Hierro, vuelve a salir P.Merino con los objetos codiciados rescatados de una viga. Cantabria profunda.
      Ya vamos algo tarde hacia el Sapo y se nota la pesadez en el ambiente. Al pasar por Astrana nos asombramos de que la casa de J.Casero no de muestras de estar habitada en un puente tan cojonudo para los madrileños como éste -del 30 de Abril al 2 de Mayo- (para los que no lo sepan aclaro que J.Casero es adicto a la zona del Mortero y Garma Ciega desde hace 30 años). En la última cuesta antes del aparcamiento el coche renquea lo que me demuestra la pesadez, sobre todo mental, de los viajeros... Al llegar al parking nos encontramos con Alfredo(BK) y un amigo que no recuerdo como se llama. Y retomamos, pesados, el camino andando cansinos hacia Entremazos. Cuando llegamos a las pendientes de verdad, bajo el Mazo Grande, P.Hierro y Cristóbal escapan del pelotón dejando al resto con la lengua fuera aunque al final el único escapado es Cristóbal. Al llegar a la entrada y echar un vistazo a mi alrededor me percato de que nadie se toma en serio lo de prepararse para entrar en el Sapo. Todos, pero sobre todo Wichi, sacan comida y se disponen a devorar sin medida. Wichi, como regla general, parece no tener límites y traga sin parar durante un tiempo incalculable. Quizás una hora. Quizás más. Aunque es posible que esté exagerando. O quizás no.
        P.Merino ha elegido la tarea de topografiar para, seguramente, no tener que aguantar todo el día a los delanteros del equipo AER. Hace una declaración de intenciones de no bajar el último pozo (70/80) acabando la tarea de topo en su cabecera y explorando unas galerías secundarias. Los exploradores de punta protestan y tratan de convencerle, aunque sin resultados, de que topografíe también el último pozo. Lo que no queda claro es quienes van a acompañar a P.Merino en la tediosa tarea de la topo. Si hay una cosa que tengo clara hoy es que voy de tranqui; así que peleo por ir con P.Merino a esa pinche tarea. Eso me permitirá conocer la Sima del Sapo mucho mejor que si voy perdiendo el culo hacia la punta de exploración detrás de Cristóbal, Wichi y P.Hierro. Finalmente el amigo Innominato de Alfredo(BK) se va con los fieras a explorar y nos quedamos P.Merino, Alfredo(BK) y yo para aguantarnos unos a otros y practicar la Santa Paciencia.
       Los exploradores desaparecen por una gatera que se hace cómoda casi de inmediato. Nosotros comenzamos a medir desde el porche. P.Merino lleva los papeles y apunta, Alfredo (BK) lleva brújula, clinómetro y sujeta la punta de la cinta y  yo, en cabeza, llevo el rollo de la cinta y voceo las distancias. Durante un rato todo se calma y nos vamos habituando a la rutina de dar las lecturas y de estar quietos la mayor parte del tiempo. Pero la calma dura poco. Las pequeñas dificultades de la sima se ponen pesadas debido al incordio de la cinta. En uno de los primeros pozos dejo la cinta colgada de un mosquetón anclado en el nudo de unión de dos cuerdas y continúo hasta el fondo con el extremo. Nos encontramos un buen número de pequeños resaltes resbaladizos que hay que destrepar (y que, más tarde, habrá que trepar). Uno de ellos conduce a una profunda badina. Me empleo a fondo para no deslizarme hacia ésta, refunfuñando por la escasez de cuerdas en estos ridículos pasos no aptos para patosos. Más adelante nos encontramos con una zona confusa, por suerte marcada con catadióptricos, que parece llevarte a otro meandro ascendente cuando la verdadera ruta se oculta tras un recodo. Todo esto desemboca, bajando un pocete, en una, también confusa, encrucijada. El descenso de este pocete, que casi se puede destrepar, necesita de ojo para no darse un coscorrón con el techo donde está la cabecera y, también para pasar un fraccionamiento en una repisa. De aquí parten tres galerías y una cuarta que continúa la sima hacia abajo. Descubrimos que cada galería tiene asociado un papelito con su descripción. La galería que P.Merino pensaba explorar lleva a “nada” según el papelito. Hay otra “nada” y una galería “estrecha y rasposa”. Decidimos seguir la topo hacia la cabecera del pozo de 80 pero, antes, nos tomamos un descanso y comemos algo.
         En esta zona de meandro sinuoso, que prolonga la sima hacia el pozo de 80, las pequeñas dificultades aumentan, obligándonos a realizar un montón de estaciones de topo cortas. Creo que andamos cerca de 100 puntos de topo. Finalmente, antes del pozo grande, nos encontramos con dos bonitos pozos. El primero esta instalado como un trampolín. Primero te tienes que deslizar por un bloque alargado y estrecho en suave pendiente, asegurado por un pasamanos, y cuando llegas al extremo, en la punta del bloque, tomas la línea vertical directa anclada al techo. Parece, más o menos, que tienes que arrojarte desde el trampolín hacia el pozo. El siguiente pozo es limpio, acampanado y aparenta ser mayor de lo que realmente es. Conduce a una sala amplia y circular en cuyo extremo se toman las cuerdas de acceso al pozo de 80. Desde hace un rato Innominato responde a todos los ruidos onomatopéyicos que produzco por cansancio y aburrimiento. En general se trata de cabras de distintas edades, borregos –cuando la desesperación crece- y grajas mezcladas con rapaces nocturnas. Es el único consuelo que me queda cuando saboreo la incomunicación con mis semejantes. Innominato está desde hace rato aquí, en la cabecera del pozo de 80.
          Cuando nos encontramos nos da noticias. Los exploradores han trabajado en tres frentes: una escalada en la base del pozo; un péndulo hacia una ventana en el pozo grande y una desobstrucción. La escalada, según entiendo, no da resultados. La ventana les conduce a un pozo de 30 seguido de un meandro y de otro pozo de 30 y los exploradores quedan parados ante una rampa que no se baja por falta de material. La desobstrucción se abandona por llevar al mismo sitio que el recién descubierto pozo.
         Nosotros hemos acabado el trabajo que teníamos previsto y la gente de punta parece que está volviendo ya. Como estoy interesado en salir pronto para portar por casa y veo que son las seis en mi moderno reloj Casio, comunico a los presentes que empiezo a remontar y despliego mi arsenal. De todas formas quien avisa no es traidor y les comunico a mis pinches acompañantes que tengo interés por salir cuanto antes. Al poco rato, de forma apagada, les oigo nombrarme y poco después dejo de oírles. Como la sima es una especie de tobogán deslizante la entrada es mucho más fácil que la salida. Me empiezo a cansar de pasos resbaladizos, de equilibrios precarios y de pasos que hay que ir trepando. Y además me parece que hay más pozos y resaltes que al entrar. Los debe haber puesto un diablo mientras estábamos abajo. Cuando llego al pozo más largo ando un poco renqueante ya, lo que unido al chicleo y a lo resbaladizo de las paredes me hace subir el pozo a paso de caracol. Me animo al conseguir acabar de remontarlo, recuperándome para los últimos pozos de ascenso. Hay uno que acaba en un estrecho meandro desfondao con un pasamanos y que se me antoja algo cabroncete. Finalmente, justo una hora y media después de comenzar, asomo la nariz a una soleada y plácida tarde. Me pongo a aullar un rato para desfogarme y ahuyentar a los lobos. Un rebaño de vacas, a más de una manada de caballos, me prestan brevemente su atención. Cuando me canso de aullar me dedico a pensar, que es algo parecido pero no igual. A las ocho y cuarto aparece Alfredo(BK) que me acompaña hasta los coches para recoger las cosas que P.Merino y  P.Hierro han dejado en mi coche. Después de todo solo se trata de dos pares de zapatillas de deporte con calcetines pestosos en su interior. Les dejo destinados a bajar empaquetados, los cuatro y equipajes, en el coche de Cristóbal y me voy tan deprisa como puedo por la pista hacia Astrana.     

24/4/05

Feelings Ten (24/4/2005)



       Pensad en la angustia, o al menos miedo, que se siente al asomarse a un abismo en que puedes caer. El miedo al vacío. Algunos operarios de los rascacielos norteamericanos fueron, y son, indios sin miedo al vacío. Durante una larga temporada, en mi lugar de trabajo, pude contemplar un póster de unos obreros sentados en una viga de acero de un rascacielos de Nueva York, en construcción, de la época en que se levanto el Empire State Building. Los obreros están almorzando tranquilos con las piernas colgando en el vacío. Observando con atención sus rostros pude comprender que no sentían miedo de estar allí. De hecho sus rostros transmitían indiferencia –quizás hacia el fotógrafo- e impasibilidad. Varios eran indios, indios de América, sí. ¿Os habéis detenido a pensar en nuestro miedo a las alturas y a los abismos? ¿Porque está ahí metido ese miedo en muchos de nosotros y no lo esta en los indios? ¿De que leche han mamado para no sentir el mismo miedo que siente la mayoría de nosotros? Si sentimos miedo es porque el vacío nos atrae o porque no nos sentimos seguros de nuestros movimientos. E inconscientemente huimos de él.
 Sin embargo me asomo a los pozos de la red del Gándara y siento familiaridad con las rocas y con el discreto vacío. Quizás siento demasiada familiaridad con las alturas. En este caso no siento nada especial.  Para que la actividad espeleológica tenga magia tienes que sentir que bordeas lo desconocido, lo que no conoces. La incógnita es la motivación del espeleólogo. Julio, Eva, Marisa, Amelia, Elena, Noelia, Manrique, Alberto y Álvaro cada uno tiene su motivación personal. Todos, salvo Álvaro, tienen poca práctica de espeleo. Algunos solo tienen la práctica del reciente cursillo que se ha celebrado en Marzo. Álvaro posee unos conocimientos técnicos avanzados. Se gana la vida en trabajos verticales y esto hace que conozca mucho mejor que un espeleólogo corriente las cuerdas, los anclajes, las formas de instalar. A cada paso nos habla largo y detallado de las instalaciones. Me encuentro a su lado cuando nos da una conferencia sobre la instalación de la cabecera del pozo de 40. Junto a mí creo que están Manrique, Eva y no sé quien más. Dice que la fijación intermedia está demasiado alta lo que haría que en una ruptura de dicha fijación el factor de caída, 1.2 aproximadamente, fuera muy alto para una estática. Hablamos del posible futuro de las cuerdas de kevlar. Comenta que su elasticidad es casi nula y que este hecho haría que en una caída o ruptura el cuerpo del espeleólogo sufriera un impacto muy elevado. Así que deberían tener algo más de elasticidad para poder ser usadas sin peligro. También hablamos de lo diferentes que tendrían que ser los aparatos de ascenso para cuerdas de 6 o menos mm de diámetro. 




Mientras tanto algunas participantes cansadas de esperar, algo más arriba del pozo de 40, deciden ir saliendo. Todo se esta prolongando demasiado por el número de participantes y, quizás también, por que Eva olvido una parte de su equipo vertical. Fue necesaria una pequeña logística para pasarle a Eva el arnés de pecho, el croll y el jumar, que son los de Manrique caballeroso, salvando los desviadores y fraccionamientos, desde la cabecera del pozo. Se hizo gracias a una cuerda auxiliar de 15 metros que permitió enviarlos a una persona subiendo el tramo final, de ésta a la repisa intermedia, de la repisa a otro espeleólogo y de éste, finalmente, hasta la base del pozo. Por otra parte Eva nos sorprendió a todos con su agilidad para trepar los tres resaltes anteriores a brazo/cuerda.
Cuando acaba de salir Julio, que es el último en subir el pozo, asciendo un poco por la galería hasta ponerme junto al inicio de la gatera de retorno y al mirar hacia la prolongación de esta galería en forma de cañón me doy cuenta de que, casi perdida en la lejanía de una zona que no hemos visitado nunca, están los reflejos de las luces de Marisa, Amelia y Elena que han confundido su camino hacia la salida. Hemos tenido todos mucha suerte de que me de cuenta de la confusión. Si no, hubiéramos echado en falta a las chicas después de mucho rato o quizás en la salida cuando ellas ya estarían sin luz y bastante perdidas.
Hace un rato, cuando ya eran las cinco de la tarde y estábamos comiendo todos algo más allá de las excéntricas, tuvimos claro que siguiendo al mismo ritmo tardaríamos dos horas en ir y volver hasta la otra cascada a lo que luego habría que sumarle al menos tres horas más para salir. Así que comenzamos a pensar en volver. Una pena pues la zona de la otra cascada es impresionante y guarda un conjunto con gours de paredes  cristalinas y blancas que deslumbran por su pura limpieza.




Realmente veníamos arrastrando un mal horario desde el principio. Por no madrugar e ir con calma la cita matinal es a las 10 en la estación de tren de Solares. La estación tiene un buen aparcamiento y es un sitio tranquilo. Pero debido, por lo que parece, a un malentendido en la cita entre Elena y Manrique cerca de Valdecilla, no completamos el grupo, formado por diez personas, hasta las 11 horas. En cierto momento intermedio entre las 10 y las 11 llamo a Manrique y le increpo por su tardanza a lo que responde defendiéndose con fuerza. Parece que el ha sido diligente pero queda un tiempo sin acción clara. Ya petaos por esta tardanza comenzamos el viaje hacia La Gándara vía Ramales/Soba. Entre unas cosas y otras los preparativos se alargan. El ambiente primaveral invita a tumbarse en el césped con una brizna de hierba entre los dientes y a soñar o, también, a dar un paseo liviano entre bosques de hayas y olor a flores. Ahora es cuando Eva echa en falta una de sus bolsas de plástico que contiene parte de su equipo vertical. Manrique encuentra soluciones de caballero y Álvaro también contribuye. Quedamos en llevar una cuerda auxiliar para pasar parte del equipo de Manrique cuando suba el pozo.



Al hacer el corto recorrido que nos lleva desde el cruce de la carretera que asciende a la Sía hasta la boca de la Red del Gándara se forman grupitos que charlan animadamente de historias variadas, la mayor parte de ellas insustanciales. La galería inmediata a la boca desobstruida por los franceses es enorme y asombra un tanto que no colapse el techo por la cercanía a la superficie. Poco después estamos en el pasamanos aéreo que bordea el pozo de descenso hacia los niveles inferiores y el río Viscoso. Algo más allá hay un charco que en todas las ocasiones anteriores en que he visitado la cueva se podía pasar sin mojar el calzado y que hoy solo pueden pasar sin problema los que llevan botas de pocero. Marisa, que lleva botas de monte, me utiliza para pasar a coscaletas y pasamos sin novedad gracias a que puedo ver con claridad las piedras del fondo. Alberto tampoco lleva botas de pocero y contrata los servicios de Manrique para pasar a cuchos pero el agua esta turbia y acaban naufragando ambos, aunque el único que se moja los pies es Manrique. Como Manrique es un caballero acepta con una sonrisa las incomodidades y las tomaduras de pelo de los demás.
Las galerías de nuestra ruta se mantienen amplias, resbaladizas y concrecionadas, incluso con gours en el suelo, hasta que la ruta parece finalizar abruptamente contra unas formaciones. Entre columnas y algo oculto esta el paso que da acceso a una galería zigzageante y larga que obliga a circular en laminador durante un tramo algo pesado. Me meto decidido hacia delante y me sigue Manrique que de vez en cuando me pide que paremos a esperar. La espalda se resiente de tanto recorrido agachado, a gatas y reptando. Sin embargo después de mover tanta musculatura, que está  usualmente quieta, el cuerpo se siente bien. Es una de las ventajas que le encuentro a esta absurda actividad de topo terrero. Una galería en montaña rusa da continuidad a los zigzags y desemboca en el inicio del desfondamiento que lleva a la Sala de la Cascada, pero antes del pozo hay que pasar una estrechez divertida que nos hace ponernos las pilas. Amelia duda ligeramente de la estrechez pero enseguida llegamos todos al pozo de 40 decididos y sin pausas. Me apuesto justo al borde para dar las instrucciones acerca de los desviadores y del fraccionamiento. Los espes están convirtiéndose en espeleólogos. Estar en el borde me produce indiferencia y calma pero me doy cuenta de que esto es así porque estoy anclado al pasamanos de acceso. ¿Qué pasaría si no hubiera cuerda a la que anclarse? ¿Sentiría el miedo al vacío? ¿Me permitiría andar apoyado de forma indolente al borde de un pozo? Es una cuestión inquietante. Opto por pasar de todo y ser superficial, olvidadizo...
Hoy la Sala de la Cascada parece estar llena de niebla pero cuando nos vamos desperdigando nos damos cuenta que no lo está tanto. Se ven las luces en la lejanía. Una empinada pendiente resbalosa, equipada con cuerdas, da acceso a una pedrera que nos lleva a unas plataformas resbaladizas. Desde aquí un estrecho sendero nos acerca a la cascada por una colada jabonosa, que tiene una cuerda, y luego bajo multitud de duchas formadas por goteos que intentamos eludir. Las excéntricas siguen en su sitio sin ningún deterioro lo que hace que me sienta mejor; estamos unos minutos ahí y luego buscamos por la galería fósil que arranca de allí mismo una zona cómoda y arenosa para comer en paz.
       Me asusta lo cerca que estamos de un accidente tonto sin darnos cuenta. Al volver a la Sala de la Cascada tras pasar las excéntricas Manrique da un salto en la zona de duchas y se encuentra de frente con una estalactita que no ha visto, chocando su casco contra ésta. Debido al fuerte impacto rebota y cae de espaldas sobre una zona mas o menos plana pero justo al borde de una vertical de tres o cuatro metros... por un momento dudo de si caerá por la vertical pero, afortunadamente, no ocurre así y podemos respirar tranquilos. Si que se resiente, del golpe, en el cuello y nota un ligero mareo al principio que se le pasa al cabo de un rato.
      Ya a las diez de la noche recalamos en el bar de La Gándara junto al súper y tomamos cervezas y colacaos acompañados de pipas y de jamón. No me siento muy satisfecho por el abultado horario pero, por otra parte, pienso que el que algo quiere algo debe pagar. Si quieres mostrar a los espes algunas cuevas interesantes habrá que tomarse con paciencia los movimientos del grupo. De todas formas esto está lleno de tías buenas lo que es una gran y agradable novedad en nuestra práctica de la espeleo. Le da un ambiente más atractivo a las actividades que cuando tenemos que soportar, solo, maleducados y rencillosos machos salidos, grupo que me incluye, a nuestro alrededor.  

         

19/3/05

A&A&A&V (19/3/2005) La Fresca & El Mostajo

 La Fresca

Durante las semanas anteriores nevó y nevó pero hace unos días salió el sol y nos entregó alguna calided. A este frío infernal le debemos una suspensión de la actividad del curso de espeleo en La Fresca. Por fin hoy, sábado 12/3/05, el cielo está abierto y vamos a La Fresca. Una actividad frenética se ha adueñado de todos los seres vivos, ansiosos por beber el sol y el calor y de, por fin, liberarse del encogimiento invernal. En la gasolinera de Solares nos entrecruzamos con espeleólogos, montañeros y gentes de pelajes extraños y lustrosos que desean subir a montañas nevadas, o persiguen esquiar de forma salvaje o, simplemente, intentan perderse entre la hojarasca ancestral.
Un demonio ha tomado posesión de mi esta mañana y ardo en la pura necesidad de actividad. Por mi boca solo brotan ironías y maldiciones y me entran ganas de estrellarme de frente a 140 por hora contra un muro de hormigón. La, frustrada, necesidad de romper alguna barrera se manifiesta en forma diabólica. Las montañas, la música y las sonrisas me hacen calmarme momentáneamente. Algunos autos, para no perderse, nos siguen y al pasar por Arredondo tenemos que volver a buscar el de Aurora. El coche de Vanesa esta parado en Arredondo pero Moisés, que va con ella, conoce la ruta.

 
La iglesia de Asón, junto al cementerio, es tomada al asalto por la tropa, que organiza una caótica escampada, profanando el lugar. Elijo la suave sombra de una casona para meter el coche de Amelia con la perra Cleo en su interior, condenada a este encierro una buena parte del día. Mientras la perra sufre su tormento, nosotros disfrutaremos la libertad del viento fresco.
El material de espeleo plantea 2345 problemas (resolubles o no). Un carburero se niega en banda a abrirse; no valen ni los golpes, ni la fuerza, ni la maña, ni tampoco el sistema del calcetín mojado patentado por Manrique. Así que es sustituido por otro. Entre unas cosas y otras se nos pasa más de una hora en prepararnos pero solo yo parezco impaciente a mis ojos. Quizás otros experimenten impaciencia también –o algo parecido- pero se lo guardan. Nos movemos hacia la cueva en grupos; en principio 4 o 5 grupos. A mi se me asigna un grupo que, junto con Moisés y Luis, esta formado por los cursillistas Vanesa, Amelia, Aurora y Alberto.


Me pregunto que hago yo de monitor de un grupo de cursillistas de espeleo. De todas formas parece un grupo divertido y vacilón. El despelote generalizado se produce, inevitablemente, a consecuencia del sofoco que sufrimos. Del puro invierno siberiano pasamos a la primavera tropical. Sudamos y sudan. Se suele decir por boca de muchos “estoy sudando como un cerdo” pero yo, que, tanto cuando era un infante como en la actualidad actual, he convivido con y observado a multitud de cerdos -reales y virtuales- nunca he podido detectar un cerdo sudoroso. Sobre este asunto se me ocurre que cuando una humana dice la antedicha frase no utiliza el genero femenino; i.e. la individua en cuestión no dice “estoy sudando como una cerda” sino que dice “estoy sudando como un cerdo”. Esta exhibición de machismo de algunas hembras de nuestra especie es hiriente para los varones y debería atajarse con medidas adecuadas. ¿No deberían utilizar, cuando sea posible, el género específico en vez del genérico “cerdo” para incluir a cerdos y cerdas? ¿Acaso las cerdas sudan como cerdos? Por otra parte debo hacer la observación de que en materia de sudores las hembras de nuestra especie sudan tanto o más que los machos.
Por fin estamos ante la boca de la cueva. Me emociono. La oscuridad y el frescor nos esperan con los brazos abiertos (....). Unos llegan por la derecha y otros por la izquierda pero todos llegan. Me entero, posteriormente, de la frustración de Manrique que, llegando de frente y tarde (con una amiga), nos ve y nos grita desde el otro lado del río Asón, pero no nos alcanza. Y entramos a la cueva; aunque esta vez no vamos en tropel como en anteriores ocasiones, sino que vamos en goteo. Los laminadores, que habían sido anunciados a los cursillistas y que algunos de ellos temían, no merecen nada más que el apelativo de divertidos. La cueva es grandona y gansa como la mayoría de las cuevas del Asón. Todo discurre sin novedad y los avisos de que vamos a pasar por una zona en la que es inevitable embarrarse no hacen mella en nadie.
Y entonces llegamos a los lodazales. Aurora y Alberto que hasta el momento se habían preservado cuidadosamente para no mojarse los pies entran a saco en el tema. Buscamos a tientas con los pies el camino menos profundo para atravesar las lagunas de barro fluido. A cada resbalón profundizamos más en el lodo. De milagro me libro de que la bota de pocero naufrague plenamente. Pero ni Aurora ni Alberto tienen tanta suerte: sus botas acaban totalmente como piscinas rebosantes de fango. A todo esto el ataque de risa está alcanzando proporciones galácticas y el maremoto del diafragma no facilita la concentración en la tarea de navegar los barros. El asunto amenaza ser mucho peor, pues tener los pies mojaos es una cosa pero caer en el fangal es el desastre total. Felizmente nadie cae entero al lodazal.
            Superado ese divertido obstáculo solo nos queda el modesto obstáculo de la Vira de la Araña para poder alcanzar nuestro objetivo didáctico: la Sala Rabelais. Como el paso de la Vira se eterniza por todos y cada uno de los aprendices de espeleólogo que sostenemos en proyecto decidimos -mejor dicho: deciden- poner en marcha una segunda opción para alcanzar la Quinta Avenida hacia la Sala Rabelais. Dicha opción es la ruta original que descendiendo, en primer término, a la galería que corta el paso en la Vira de la Araña remonta luego una serie de pesadas gateras alcanzando finalmente el Gran Atajo y el cruce con la Quinta Avenida. De una forma o de otra los espes van pasando a la otra orilla. La mayoría opta por esperar el turno para pasar la Vira. Mi contribución a la opción de las gateras es nula. Podría haber animado fácilmente a que mucha gente fuera por las gateras pero no lo hice porque me parece más seductor para un principiante la Vira de la Araña y porque yo mismo prefería ejercitar la paciencia en vez de el esfuerzo muscular.
            Al otro lado nos espera la sorpresa de la Gran Estalagmita que genera un comentario acerca de la escasez de formaciones en La Fresca y la frase “aunque esta vale por todas”. Javier, con otro pequeño grupo de cursillistas, nos sigue hacia la Rabelais pero se pierde al llegar a la zona del embudo gigante, quizás porque allí el sendero atraviesa una zona peligrosa en la que no esta claro que deba uno aventurarse y que, en opinión de algunos cursillistas, podría equiparse con una cuerda de seguro. Las cascadas están a pleno rendimiento y tenemos tanta niebla en la Gran Sala que no podemos vislumbrar sus dimensiones reales. No importa demasiado porque la imaginación funciona con destreza. En la entrada de la Gran Sala se forman amenas tertulias salpicadas de comida, bebida, chistes y comentarios que nos hacen rugir de risa pasando del verde al rojo. Los desbarres, claros o implícitos en cada palabra, burbujean como una olla de agua hirviendo amenazando con cocernos al vapor. Nos libramos de puro milagro de acabar como los langostinos.



            De vuelta a la Vira de la Araña nos aguarda la grata sorpresa de una tirolina que salva el salto entre los bordes de la galería. Al principio la miro incrédulo pero después de observar en donde están las fijaciones y de colgarme para probar su tensión concluyo para mis adentros que es fiable y que no va a haber problemas con la flecha en el punto medio. De todas formas paso por la Vira y me dedico a hacer fotos. Me llevo un susto en el Tracastín cuando Alberto resbala cerca de la grieta; pero afortunadamente no pasa nada. Vuelve a resbalar un par de veces algo más allá y obtiene hermosas culadas.
Cuando salimos de la cueva está atardeciendo y nos bajamos sin prisa, pero sin pausa, hacia Asón antes de que se haga de noche. Poco después Cleo sale de su encierro y el perro de Eric la corteja de forma muy insistente. Creo que se trata de un perro muy ligón aunque Cleo le reponde a mordiscos varias veces y por fin acaba escondiéndose en el coche de nuevo.... curioso comportamiento para una perra, aunque es normal en las humanas.


El Mostajo


Henos aquí, de nuevo, una semana después, en Solares, en un día soleado, 19/3/05, con los cursillistas desparramaos por toda la gasolinera de Solares. Alberto y Aurora han entrado a comprar comida en la tienda de la estación y se percibe su atocinamiento general, seguramente por los excesos del viernes por la noche, aunque ellos lo niegan. Pero el detalle de preguntarse mutuamente donde están sus cosas les delata a ambos. Vanesa ya se fue al Mostajo con Moisés&César que van a instalar varias líneas de descenso en la sima. Amelia aparece puntual y diligente, como buena alumna, en el punto de cita. De los breves diálogos entre espeleólogos entresaco que nadie recuerda como ir al Mostajo y que debo hacer de guía general.
La parada en el centro de Matienzo es con ese propósito pero acaba convirtiéndose en una agradable reunión en el bar tomando cafés, cervezas, zumos, pinchos de jamón y más cosas. De pronto me entra la sensación de que vamos a quedar atrapados toda la mañana del sábado en el bar y salgo precipitadamente a toda velocidad hacia la pista del Mostajo. Los demás me siguen como pueden. Donde acaba el asfalto hay una casa y aparcamos a nuestro aire todos los coches.

La mañana invita a folgar y a la charla distendida y de tan distendida que es nos distendemos nosotros mismos desparramando en la conversación pollas, culos, bragas, calzoncillos, tetas y todo lo demás que pueden imaginar sin necesidad de dar detalles. La risa llega al paroxismo, a la parálisis, al dolor de los abdominales y acaba como un volcán peleano. Todo lo dicho en esos momentos coleará a lo largo del día a base de comentarios mordaces y montaraces. Sin desperdicio.
Al cabo de un ratito estamos en la entrada de la Sima del Mostajo. César mantiene una actividad total y Moisés está entusiasmado por el equipamiento. Enseguida empezamos a bajar por las cuatro líneas que se han equipado. Cuando llego abajo, y mientras esperamos que se complete el grupo, nos damos un paseo por la zona de la izquierda según se baja la rampa de entrada. Hay coquetas formaciones. Justo frente a la rampa hay una colección de cráneos de varios animales diferentes que invitan a la tranquilidad. Los cráneos son de mucha eficacia a la hora de poner las cosas en su sitio y todos hemos visto, en películas o grabados, al filósofo o al sabio con un cráneo humano de consejero. Debemos apoyar la vuelta a esa sana costumbre. Los profesores deberían llevar su cráneo (el suyo siempre y otro de hueso) a las clases para instruir a sus alumnos. Pero, dada la dificultad de obtener un cráneo humano, en su defecto podemos utilizar cráneos de otras especies aunque, claro está, los mejores cráneos son los humanos.


Decididos nos ponemos en marcha para llegar sin aglomeraciones a la gatera clave y a lo largo del camino vamos comprobando lo bien que se lo están pasando los cursillistas con los pasajes del Mostajo. Amelia, a pesar de sus premoniciones claustrofóbicas, pasa la gatera clave en primera posición como un obús. A mi me toca ir tras Alberto. Entra muy justo donde se arrima el techo al suelo; un poco más allá donde se debe girar en ascenso a la izquierda Alberto sigue de frente por una zona que, inicialmente, parece más obvia. Por suerte le aviso de que vuelva atrás y alcanzamos sin novedad la salida de la gatera.
Son un encanto las figuritas de barro que algún manitas inglés va dejando en los puntos clave de la cueva, sitios en donde los visitantes suelen parar. Justo en donde se encuentra la ventana de acceso al pozo de 40 -que comunica con los niveles inferiores- hay un belén con estrella y todo. Aurora tropieza con el portalito y se cae la estrella. Paramos poco más allá de este punto, sacamos la comida y actualizamos los carbureros. Un numeroso grupo de cursillistas liderados por César y Moisés se nos unen. Tengo un plátano aporreado que, tras todas las vicisitudes, ha madurado y está vacilón; lo devoro sin misericordia. Aurora y Alberto sacan montones de provisiones que han comprado en la estación de servicio de Solares. Me intriga la energía devoradora de Aurora y le pregunto inocentemente acerca de su hambre y del hambre en abstracto. Pero se niega a jugar con las palabras y me sacude una respuesta heavy. Me está bien empleado por jugar con las palabras.


La sala terminal de esta galería contiene un conjunto de formaciones excepcional. Se trata de unos conos de color rojo oscuro -casi negro- en forma de estalactitas pero que están en el suelo formando unos 30º con la vertical. Dan la impresión de que se formaron verticales y que luego el suelo se inclino. Junto a estas formaciones cónicas conviven un grupo de estalagmitas romas tradicionales de color ámbar caramelo. Aun estando tan cerca, las formas, las texturas y los colores son radicalmente diferentes. Puede que sean de épocas muy distintas. Dejamos a nuestra derecha una bonita desecación poligonal pisoteada por espeleólogos españoles. Quizás me estoy pasando en la última afirmación pero cuando veo destrozos en las cuevas de Cantabria siempre pienso que son españoles los destrozadores. Al final de la sala hay un caos de bloques gigantes con barrillo por encima. Tomando el caos hacia la izquierda y por debajo de los bloque alcanzamos una cámara en que topamos con un fondo final; volviendo la mirada hacia donde hemos venido descubrimos un conjunto de excéntricas obscuras y atractivas.


A la vuelta nos encontramos a más grupos de cursillistas que forman un rosario. Algunos abandonaron el material de verticales a la entrada de la gatera clave y no han podido pasar el último pasamanos. En la gatera clave volvemos a encontrarnos con Pepe liderando a un numeroso grupo. Pepe pasa la gatera a gran velocidad. Y todos los cursillistas con gran maestría. Parecen contentos estos espes. En la gatera arenosa se oyen comentarios  asegurando que ha costado más que la clave; ahora, volviendo hacia la salida, es ascendente y eso se nota mucho en las gateras. Se nos despista Alberto durante un rato pero le silbamos su cancioncilla telefónica que es única e irrepetible. Al llegar a la rampa base del pozo nos vuelve a alcanzar. Salimos de cuatro en cuatro por las cuatro líneas equipadas. Alberto elige la que tiene la tirada de cuerda más larga y descubre lo que significa el chicleo.
Es un atardecer delicioso; una suave tarde de verano. Aurora nos dice que le ha gustado más esta cueva que La Fresca pues tiene más cosas divertidas; lo que traducido al argot significa que le va la caña. Se le puede servir una ración extra: por ejemplo la travesía Bloque-Cellagua. Incluso nos cuenta lo bien que se lo ha pasado yumareando el pozo a su aire y tranquila sin ningún molesto monitor que la supervise. El arrullo del ambiente me va dejando suave como una seda. Traspuesto. Esperamos tontamente una hora hasta que César sale desinstalado y me da un dvd que me ha traído de Madrid. Inmediatamente nos vamos al bar de Germán nos tomamos una caña con Manrique -que parece no haberle gustado la gatera clave- y despegamos hacia Solares...