22/4/07

Mutación (22/4/2007) Hoyo Salcedillo

 

I

El agua, al principio, consistió en una botella de aquarius de limón. Nos la acabamos entre los cuatro antes de entrar a Hoyo Salcedillo. Sudamos mucho a la subida. Era la tarde del viernes y estaba nublado. Más tarde bebimos poco y simplemente agua. Poco antes de llegar a la sala del Ibis Rojo rellenamos todas las botellas en el río Javanaise. Nos duro para cocinar, beber por la noche y desayunar. Y durante el resto del sábado solo bebimos agua del río Javanaise. Con isostar y sin isostar. Aunque a veces dudábamos de su calidad. En una ocasión vimos espumarajos en el río. A la vuelta apenas bebimos agua y antes del último resalte de subida en vez de beber agua me comí una manzana grande, de color rojo oscuro, que tenía reservada y que compartí con Miguel.  Por suerte los otros compañeros ya habían ascendido y no vieron la hermosa manzana. Seguramente se habrían abalanzado sobre ésta. Era realmente apetitosa. No permitáis que se os seque el espíritu. Bebed más agua.

II

El combustible principal de las montañas y de las cuevas es la fe. El precio de referencia del barril de fe es indeterminado. El abandono de los lastres para flotar con libertad puede ser parte del precio. Una montaña puede moverse a otra posición cualquiera con una fe refinada. La cueva de Hoyo Salcedillo fue explorada del 88 al 94 por franceses del SCD dotados de una sobredosis de fe; luego la fe puede hacer maravillas. El Hoyo Salcedillo es una cueva que no regala ni un centímetro. Los franceses tuvieron mucha suerte de ir encontrando los pasos clave para poder continuar adelante. Lo que más ilusión les hacía era conseguir  dar con una conexión a Cueva Fresca, pero se quedaron muy lejos. Dos kilómetros en línea recta a la zona del Cañón Rojo de la Fresca. Sin embargo sus últimos descubrimientos, como la Red de las Nieves Eternas, fueron fascinantes.  Según sus crónicas visitaron una sala de la que literalmente tuvieron que salirse corriendo por que la nevada de copos de un mineral esponjoso, desprendido del techo al entrar ellos, les impedían operar. 

III

            José estaba muy serio cuando llego al Ibis Rojo. Habíamos hecho trizas todos los horarios. De tres horas aproximadas que tarde la última vez pasamos a cinco horas y cuarto en esta ocasión. Las causas: el peso de las sacas (comida, infiernillos, saco de plumas, carburo, alguna cuerda y ropa), las esperas en las cuerdas y el cansancio acumulado durante la semana. Además los carbureros se portaron fatal y hubo que parar muchas veces a actualizarlos. En definitiva, eran las dos de la mañana del sábado cuando nos instalamos en el vivac. Y las tres cuando nos ensacamos. Habíamos comido y bebido caliente en abundancia. Utilizamos tres colchonetas que ya estaban allí, abandonadas por los franceses pero en buen estado, y otra que llevo José y que al tener un pinchazo le estuvo martirizando toda la noche. Miguel había traído otra colchoneta más corta pero José –curtido en batallas montañeras- no se animó a salir del saco para cogerla. Ni Miguel ni Manu durmieron a pierna suelta, dieron muchas vueltas, y yo aunque no di vueltas solo dormí cinco horas que fueron poco después de la paliza del día anterior. A las ocho y pico ya estaba despierto. Todo seguía igual. El sonido del río Javanaise, amortiguado por la profundidad, no había variado. Nos costo salir de los cálidos sacos. Sin embargo pensaba que iba a hacer más frío del que realmente hacía. Manu se enzarzo en la limpieza de su carburero mientras tanto desayunábamos los demás. Se le oía maldecir continuamente. Preparé unos tallarines liofilizados que me costo trabajo acabar. Las dos raciones que contenía el sobre casi me revientan. Había café y leche condensada a discreción.

IV
            Las instalaciones de los franceses en Hoyo Salcedillo dejan mucho que desear. Las cuerdas suelen ser cortas, y en algunos sitios en que convendrían ni siquiera están colocadas.  Particularmente llamativas son las instalaciones del Pozo Muralla en el que hay que escalar tres metros en oposición para alcanzar la cuerda y salir de un fraccionamiento también escalando. A la bajada tuvimos algún problemilla –batacazo- con el final de cuerda en este pozo. Nos encontramos también dos resaltes, aguas abajo del río Javanaise, uno de los cuales no tenía cuerda siendo obligado destreparlo o equiparlo por cuenta propia, y otro en el que había una cuerda que colgaba cinco metros por encima del aterrizaje. Además encontramos dos pasamanos y uno de ellos requería una escalada para alcanzar el comienzo.  En general nos dimos cuenta de que los franceses o bien estaban muy escasos de material o bien eran muy gallos; o ambas cosas a la vez. En algunos resaltes, a lo largo del río Queue de Cheval,  tampoco encontramos las instalaciones adecuadas, aunque solo se hubieran necesitado menos de 20 metros de cuerdas para equiparlos todos. Y, por otra parte, los anclajes, que en su mayoría llevan en posición más de 13 años, presentan un aspecto totalmente sospechoso y cutre. En concreto los de bajada del Ibis Rojo al río Javanaise  estaban en un estado patético. Me sentí muy inquieto al colgarme de ellos. 

V
            La mayor parte del río Javanaise es un cañón amplio; sin embargo la naturaleza friable de la arenisca en que está reexcavado genera grandes acumulaciones de bloques que hacen dificultosa la marcha. Muy a menudo hay que buscar la ruta entre éstos, subiendo y bajando desde el cauce de un río que se presenta medio obstruido. Hay una sala muy amplia en la que fue particularmente complicado decidir por donde continuar. Cuando se alcanza la confluencia con el afluente Kazed las dimensiones del cañón aumentan y el tránsito es mucho más cómodo. Sin embargo durante todo el tiempo tuvimos que tener mucho cuidado con la resbaladiza arenisca ennegrecida y pulida. A causa de esto, de la poco confortable noche y del impresionante ambiente de Hoyo Salcedillo el avance fue lento e inseguro. La cueva no regalaba nada. A finales de la mañana estábamos enzarzados en dos resaltes que tuvimos que medio instalar. Pero algo más allá llegamos a una zona estrecha e inundada para la que no estábamos preparados ni material ni psicológicamente. Miguel trato de forzar los pasos, pero se cayo al agua y tuvo un remojón hasta la cintura. Sin embargo investigando más a fondo encontramos un paso superior fósil, reseñado por los exploradores, que implicaba dos pasamanos y un pozo. Esta zona presentó un buen repertorio de formaciones algunas de ellas notables. Como ejemplo basta hablar de una gran estalagmita cónica, blanca, de unos seis metros de altura y dos de base. Sin embargo este sector, de tránsito muy agradecido, desemboco rápidamente en una galería pequeña llena de las habituales dificultades de la cueva: bloques, subidas y bajadas. En este momento valoramos entre los cuatro la posibilidad de empezar la vuelta. Había algunos que preferían salir el mismo sábado por la noche. Y yo no estaba en esos momentos dispuesto a animar a nadie. Necesitaba que alguien me animase a mí. Así que comenzamos la vuelta hacia el Ibis Rojo que completamos en menos tiempo que la ida debido al conocimiento de los pasos y a las señalizaciones que habíamos dejado. Se nos fue un buen rato recogiendo en el vivac pero las sacas -a la vuelta- pesaban menos. Pudimos ir ligeramente más deprisa que el día anterior. Algo angustiosa resulto la expectativa del laminador entre la Queue de Cheval y la Dispendieuse sobre todo por las gordas sacas.
            Mis sondeos acerca de sí mis compañeros volverían a Hoyo Salcedillo en este plan recibieron respuestas ambiguas e incluso yo mismo me replanteé la logística de esta cueva. Sin embargo la obsesión por llegar a la punta de exploración y a la Red de las Nieves Eternas sigue ejerciendo una fascinación total sobre mi. Creo que volveré... pero tendré que realizar algún cambio.. alguna mutación...

1/4/07

Morning Glory Seeds (1/4/2007)


I
En la oscuridad busque la luz interna. No solía ser difícil encontrarla. Pero a veces se me aparecía una oscuridad absoluta en la que ni las ráfagas interiores de imágenes, ni los caleidoscopios, se atrevían a entrar. Recordé que la vida es solo un juego de imágenes caleidoscópicas que te seducen. Me asusté. Llegue a ver cosas. Había apagado la luz para economizar mientras esperaba al pie del pozo. Miguel estaba bajándolo. Me moví con mucha cautela hacia una zona que las piedras en caída libre no pudiesen alcanzar. Todas las instalaciones estaban duplicadas. Las cuerdas y fijaciones más recientes estaban impecables y cómodas. Cómodas significa que los nudos, los anclajes y las combas quedaban a placer. En el exterior un día resplandeciente iluminaba toda la nieve. Había capa continua a partir de unos 1000 metros. Quizás menos. Los caballos estaban contentos. No deseaban otra cosa que pastar hierba fresca en primavera. Una primavera húmeda. Los techos de la cueva rezumaban goteos y dejaban caer grandes chorros de agua, abundantes por las lluvias de los días anteriores y por la fusión de la nieve. A las doce y cuarto nos acercábamos a la zona del vivac de los espeleólogos del SCD. Miramos en una galería lateral y anduvimos por varios meandros que se ramificaban en todas direcciones. Todo lo que fuera hacia el oeste nos interesaba. Había pequeñas acumulaciones de cristales en las paredes. También costras de descalcificaciones. Creo que al mediodía se cerro el tiempo y las cumbres se cubrieron de densas nubes. Unos pastores trataron de obligar a sus yeguas a bajar hacia las cabañas del Carrascal. Seguramente lo consiguieron. En el vivac, la galería principal volvía de forma manifiesta hacia el este. Eso no era nada interesante. Pero si llamativo. Uno de los meandros agaterados que visitamos nos llevo hasta un punto que debía escalarse. Antes estuvimos un rato descansando de las dos horas y media que tardamos hasta allí. Comimos comida en abundancia y sobró suficiente para dos meriendas. Nunca me había fijado antes en los cráteres que siembran esa galería. Son la clave de toda esta historia. Es una historia escrita con el lenguaje de los cráteres. Todos deberíais conocer ese lenguaje. Los cráteres de la red del Gándara. En uno de ellos deposite excrementos que, antes, había fabricado cuidadosamente a partir de alimentos selectos. Cerca de ser actual el agua no lo era en ese sitio tan seco. En el lago pase justo al límite de la caña de mis botas. Pero eso ya quedaba muy lejos. Las de Miguel eran más altas. Las botas. En el vivac no quedaba nada salvo dos botellas de agua que tampoco estaban allí. Por mi mente paso rápido un conejo en dirección equivocada. Pero me di cuenta y no lo seguí. Los leds estuvieron portándose bien. Los carbureros no. Y tampoco daban tanta luz como debían dar. El pulsador no funciono. Pero eso fue a la vuelta. Ya habíamos encontrado un punto en que la cueva proseguía hacía el oeste. No fue nada fácil de encontrar. La galería fósil que parte de la gran sala estaba perfectamente transitable y las huellas ayudaban a elegir el camino entre los bloques. Eso la hacía menos cansada. Me fijé en una estalagmita trífida que me hizo cambiar de estado mental. Pasé de un delta a un alfa. Las estalagmitas trífidas no son abundantes. Más bien son raras. A esa hora el tiempo en el exterior sin ser malo era muy amenazador. Era evidente. Entonces celebramos la diana en el centro con fotos en la trífida. La trífida no dijo nada. Luego, recuerdo ahora, encontré otra trífida lejos de allí. Más diana. Estaba en una rama lateral de una galería más cercana a la salida de la cueva. A la entrada del mundo-cielo. Saqué mis baterías de repuesto para el flash de Miguel. Un flash grande y articulado como una grúa portuaria sobre raíles de acero. Hicimos varias fotos con un trípode. La corriente de aire molestaba. Guardábamos las cáscaras de plátano y de naranja. Miguel fue escrupuloso en ese tema. A veces me pasé distorsionando la realidad de mis sentimientos. Riéndome de mi mismo para no matar a nadie. Encontré una columna rota por el paso de expeleox torpes. Lejos de allí. También eche en falta la excéntrica zigzageante. Pensé en una trampa mortal para expeleox de ese tipo. Una gran columna reconstruida en equilibrio para que al tocarla se viniera encima como una montaña de bloques y aplastase, o dejase malherido, al expeleox. Un aprendizaje a sangre. Me di cuenta de que mi mente estaba dominada en ese momento por un hijo puta que no se frenaría ante nada. El hombre enemigo del hombre. La gran corriente de viento se intensificaba procedente de una grieta por la que cae la Torca de la Sima. Era muy difícil de encontrar. Casi imposible. Dimos en el clavo rojo. El flash se sincronizaba a ojo con el disparador. Todo artesanal. En un rincón lleno de corales y cristalitos sumidos en charquitos nos detuvimos a sentir las ondas a. Un comino es pequeño pero aromático. A veces se dice que algo te importa un comino. ¿quien de vosotros ha visto un comino en su vida? Y si lo ha visto ¿quien le han hincado el diente hasta cascarlo y sentir su sabor? Ayer soñé que recorría una gran cueva. Pero ya la había recorrido. Mañana soñare con algo que realizare. Pero aun no conozco mi sueño. El conejo volvió a aparecer por detrás pero no le hice ningún caso. A esas alturas no había conejo ni burro que pudiera con nosotros. La galería era una gran avenida que nos llevaba hacia el oeste. Una sala circular nos dio juego para una hora. Las galerías que emanaban eran como una playa un día soleado en bajamar con el mar tranquilo y el cielo muy azul y las gaviotas gritando. Perfectas. Pero las cartas estaban vistas. Necesitábamos un cordino para bajar un resalte. Despedimos al viento. El viento viene, te besa y se va. Pero siempre es otro viento el viento. El hijo de Miguel navega en Optimist. Máximo recomendable 47 kilos. Pero ya los supera y deberá cambiar a otra clase de mayor porte. La espeleo es la navegación de la tierra. Hay vientos que te llevan cada vez más lejos. Pero las ceñidas son fundamentales. Como una buena taza de algo caliente. Como un buen caballo gris que esta esperando nueve horas en la salida hacia el mundo-cielo para saludarte. Un verdadero caballo amigo. Las nubes perezosas y la nieve perfectamente pintada a trazos componían el cuadro del caballo amigo. El caballo había pagado con ser caballo para disfrutar de su cuadro mundo-cielo de caballo. Pero esto sucedió mucho después de que a Miguel se le reventase su pequeña mochila llena a tope colmado. Y tuviésemos que pasar todo a la saca amarilla de speleo. ¿Por qué son amarillas las sacas de speleo? El trípode era un detalle fundamental que ahora se agazapaba en el interior de la saca amarilla ensuciada por el barro marrón rojizo procedente de muchos lugares de la cueva en los que se había depositado hace miles de años. Una base de estabilidad. Luego bebimos agua en abundancia. Solo un poco de agua en todo el día no era razonable.






II
No dejad que se os seque el espíritu. Bebed más agua. Como el caballo amigo del mundo-cielo que bebe en abundancia. Pero no confundiros. Las semillas son solo un símbolo de la mañana que resplandece. Y la gloria emana del espíritu.

24/3/07

New Age (24/3/2007) Hoyuca


1.
El viernes por la noche no lo teníamos nada claro, pero la opción más obvia era ir a la cueva de La Hoyuca. La gran nevada de los días anteriores hacía que algunos abrigaran esperanzas de hermosas caminatas con raquetas o con esquíes. El mal tiempo desanimaba a muchos y otros permanecían tercamente ocultos e impermeables a cualquier intento de comunicación con ellos. Me marché al cine con Marisa y, para mi suerte, entramos a ver una de las mejores películas de los últimos meses: La vida de los otros. Eran casi las diez de la mañana del sábado cuando volví a contactar con Manu. Quedamos en Solares para ir, como era previsible, a la cueva de La Hoyuca con tres o cuatro amigos suyos. Finalmente aparecieron Chusa y Víctor en un Ford Fiesta negro; los demás se habían desinflado. El Ford vino detrás de la furgoneta Expres de Manu, verde manzana por fuera y roja por dentro, rodando bajo la lluvia los diez kilómetros que nos separaban del barrio de La Iglesia de Riaño. De vez en cuando el entusiasmo de conducir un bólido invadía a Manu. 

2.
Preste cascos con instalación de leds a Chusa y Víctor. Dan menos problemas que un carburero en el poco familiar ambiente cavernario. Los preparativos, cortos y desagradables por la lluvia y el barro, se acabaron de forma abrupta cuando comenzamos a caminar rápido bajo los paraguas.  Bajo éstos, y en menos de dos minutos, pudimos alcanzar la boca de La Hoyuca atravesando un prado rezumante en el que las botas emitían ruidos chistosos. Había abundancia de goteras y de escorrentías en las gateras de entrada y esto nos obligo a hacer movimientos más complicados de lo usual tratando  de evitar el agua.  Hacía dos años que Víctor había hecho un cursillo de espeleo pero Chusa nunca había entrado en una cueva. Se movió como una anguila en las primeras dificultades como si andar por estrecheces fuera algo corriente para ella. Al principio no le preste mucha atención al detalle pero según iban pasando el tiempo me iba haciendo consciente de la agilidad de la chica.
Los nuevos andaban sorprendidos y no economizaron a la hora de expresar su entusiasmo. La red de entrada, básicamente fósil, tenia arroyuelos y algunos chorros procedentes del techo fáciles de evitar. Alcanzamos una amplia galería con suelo arenoso por una estrecha fisura que desemboca en una ventana. Los zigzags de esta galería sorprenden por la pauta que repiten ZZZZ. Siempre 45º aproximadamente. Cada tramo recto es algo más largo que el anterior y más amplio. La galería se convierte en un túnel de unos cuatro metros de anchura por siete de altura con una sección de pera muy marcada. Las galerías laterales desembocan casi siempre con una pendiente arenosa. En los primeros cruces del río me sorprendió no encontrar crecida alguna. Muy al contrario, el arroyo estaba seco en algunos puntos. El comienzo del Primer Río estaba parecido a un día corriente de primavera. Para lo que había caído y estaba lloviendo no era nada. Sin embargo Víctor tuvo que pasar a cuchos a Chusa, quien no llevaba botas de goma, en varias zonas inundadas. De esta forma llegamos hasta las gateras que dan acceso al Sendero de los Gorilas. Aquí había que meterse de lleno en el agua y decidimos volver.

3.
Hasta la playa arenosa del Primer Río, donde se inicia Quadrophenia, tardamos apenas cinco minutos. De las cuatro galerías que arrancan de este punto ensayé todas hasta que recordé que a Quadrophenia se iba por la primera empezando por la derecha (la segunda lleva a un hermoso gour en el que estaba desaguando una abundante cascada). Por ésa arenosa galería llegamos a una amplia sala regada con chorros desde el techo. Saliendo hacia la derecha continúa una galería, creo que la única que sale de la sala, que bordea dos desfondamientos y alcanza un tercero, con río abajo. Éste se pasa por un puente terroso. Así se llega a otra sala, también con chorros de agua. De ésta sala puede tomarse una grieta escalable hasta una galería con abundantes formaciones. Hay ramificaciones abundantes y no resulta claro cual es la más importante. Visitamos lo más obvio. Había banderas, estalactitas, estalagmitas y coladas, algunas de un rojo sangre intenso, y coincidimos en que éste es un sitio magnífico para visitas tranquilas de espeleo. Nos entretuvimos bastante rato con las fotos. También mire una pequeña galería que no había sido explorada antes. A pesar de que Quadrophenia esta relativamente cerca de la entrada los exploradores ingleses del MUSS han descubierto en estos últimos años varias prolongaciones. Y esta zona puede dar sorpresas en cualquier momento.  La pequeña galería me condujo a través de varios grupos de formaciones a un pocete sobre un curso de agua que pude escuchar pero no ver. Estuve tirando piedras un rato para interrogar al pozo. De vuelta me encontré al resto del grupo devorando las provisiones. Me tomé medio sándwich y unas galletas. En la sala tomamos la galería desfondada que sale del puente terroso hasta que llegamos a un salto en que se pierde el río al fondo. La cueva continúa por una amplia galería fósil que al cabo de un rato conduce a una encrucijada. Estuvimos mirando uno de los ramales hasta una chimenea ascendente que podría ser escalada con facilidad. Se vislumbraba una galería colgada. A partir de aquí decidimos volver.
Para la salida escogimos otra conexión de la galería arenosa con la red de entrada. Es sumamente divertida. Hay que bordear un pequeño embalsamiento de agua y seguir por una galería que se convierte en meandro ascendente y luego en gatera. A la salida de la gatera volvimos a tomar un estrecho meandro desfondado que destrepamos sin dificultades hasta una galería de techo bajo. Por toda esta zona sopla una fuerte corriente de aire. Chusa y Víctor estaban pasándoselo bien con la variedad de los pasos. Por fin, mediante una pequeña ventana, alcanzamos la salita que hay junto a la entrada de la cueva. Fuera no llovía pero hacía más frío que en la cueva. Al cabo de un rato estábamos en el Molino de Oscar tomando cervezas. Y preparando actividades para la primavera. Las zonas más remotas de La Hoyuca están por visitar. Armagedon...

3/3/07

Bosquejo (3/3/2007) Atxuriaga


 
Hoy lo comprendí.
No importa lo lejos que te sientas, se trata de un espejismo.
No tenemos nada que buscar que no tengamos ya en las manos.

 1.
                Divisé a Manu en Solares después de comprar en la librería la revista NG junto a la estación de FEVE. Al caminar ojeé de pasada el artículo sobre elefantes. No me llamo la atención. Eran poco más de las nueve de un día delicioso. Temperatura perfectamente primaveral y ligera capa de nubes protectora. Cuando nos vinimos a dar cuenta el indicador del depósito llevaba 40 kilómetros encendido. Me metí en una salida cercana a Castro y gire hacia Islares. Había carteles llamativos y gente preparada para repartir publicidad: el biodiésel a mitad de precio de 10 a 13 horas en todas las gasolineras de Cantabria. Puse veinte euros. En Muskiz tuvimos que dar algunas vueltas para localizar la carretera hacía Galdames. Los carteles indicadores no lo incluían pero un amable peatón nos indico el cruce. Los edificios del pueblo mostraban sus rótulos pero no pudimos descifrarlos para averiguar la función del edificio correspondiente. Con alguna experiencia anterior era posible deducirlo en algunos casos. Nos lo tomamos como una serie de acertijos que los vascos proponían a sus visitantes para que disfrutaran.


                En la primera aldea que encontramos tras la desviación hacia Galdames una buena señora nos indico que continuásemos un par de kilómetros más hasta San Pedro de Galdames. En la plaza del pueblo, junto al ayuntamiento, y como parte de la iglesia, encontramos el mejor muro de cantos que haya visto nunca para entrenar escalada. El bar Azcona estaba cerrado aún. En su puerta un individuo joven con pinta de estar esperando algo me indujo a entablar conversación. Urtzi también había quedado con Alfonso para entrar en las cuevas. Su principal interés era localizar murciélagos de una variedad escasa en esta región. Alfonso llamo para comunicar un retraso. Mientras llegaba dio tiempo a que apareciera otro individuo, más joven aún, con una saca amarilla de espeleo. Se bajó de un coche y se puso a esperar. Fuimos a presentarnos. Aitor era del mismo pueblo y, de momento, gasto pocas palabras. Cuando llego Alfonso nos metimos al bar a tomar unos cafés (el local del club de espeleología Burnia esta justo detrás del bar en una edificación dudosa que pertenece a éste.)  Fuimos a coger algunas cuerdas y un taladro. Y en menos de un rato largo nos fuimos en tres coches hacia la cueva.


2.
Un kilómetro valle abajo nos metimos hacia unas viejas instalaciones mineras con una buena explanada de guijillo. Desde aquí subimos por el bosque de encinas hasta el comienzo de una rampa minera que nos llevo hasta una plataforma con la Mina Impensada a su derecha. El plan era visitar primero la cueva de P. Gómez, interesante para Urtzi por haberse detectado algunos murciélagos, y luego entrar por la Mina Impensada hacia el Complejo Atxuriaga, la cueva con mayor desarrollo conocido en Vizcaya.
Para llegar a la cueva de P. Gómez tuvimos que abrirnos paso por una zona de vegetación cerrada y subir un pequeño escarpe. Era muy amplia. Una galería cómoda daba acceso a una gran sala con una larga pedrera que conducía a la parte alta. Unos cuantos apéndices y chimeneas ascendentes remataban la zona. Al bajar encontramos un murciélago durmiendo a medio metro del suelo. Algo más abajo apareció un pequeño montón de guano, seguramente caído de la bóveda.
Para entrar por la Mina Impensada nos colocamos los aperos de espeleo vertical. La galería de entrada recuerda la mina de Udías o El Soplao pero en este caso el suelo esta alisado y las traviesas apoyadas cuidadosamente en la pared. Tras unos centenares de metros llegamos a un pasamanos y unas cuerdas que facilitaban la bajada de un par de rampas. La galería minera pinchaba, a partir de aquí, un “soplao”, es decir una cueva natural  interceptada por la mina. De vez en cuando se veían formaciones y coladas. Alfonso observaba con detalle todo para detectar los desprendimientos que está provocando la explotación de la vecina cantera. Todas las previsiones indican que acabarán con gran parte de la cueva.
Primero nos metimos por unas galerías medianas a la izquierda. Visitamos varias salas, y en una de ellas nos sentamos a comer. La mayoría tomo barritas energéticas como menú pero yo llevaba un sabroso bocadillo. Volvimos a la ruta principal de laboreo y tras un pequeño avance llegamos a un ensanche. Desde ese punto tomamos a la izquierda un meandro descendente. Mis expectativas empezaron a calentarse. Aumentando progresivamente de tamaño, el meandro desemboco en una sala de 40 metros de anchura y 100 de altura? (Sala del Bortal). Al fondo una pared por la que el río Bortal salta en cascada más de 50 metros (creo que el pozo tiene sobre  la Sala del Bortal unos 90 metros... el descenso debe ser delicado).
Más tarde volvimos de nuevo a la ruta principal de laboreo y tomamos una escalera que nos bajo a otra galería de mina. Esta se bifurco en varias. Primero seguimos por la derecha hasta un puente minero que saltaba sobre un desfondamiento natural. Continuamos un centenar de metros hasta un desprendimiento de barro que permitía pasar. Había un barrizal de superficie plana, brillante y grisácea. Si la pisabas el barro pegajoso y recalcitrante se adhería a las botas haciéndolas pesar varios kilos. Alfonso echo un vistazo y todos volvimos hasta el puente sacudiendo enérgicamente las botas para librarnos del barro. Descendiendo bajo el puente una enorme rampa de piedras, alcanzamos un río que corría entre cantos medianos y pequeños. Por un lateral pude destrepar. Las dimensiones de la galería eran colosales en algunos momentos. El agua se perdía (aguas arriba) entre guijarros. Avanzamos algo más allá de unas divertidas trepadas hasta una zona en que la galería se cerraba.


               La vuelta hacia la superficie se nos hizo mucho más corta a pesar de que había que subir dos rampas por cuerdas. Encontramos un murciélago dormido al que Urtzi extendió las alas para que pudiéramos verlo y fotografiarlo. La tarde estaba tan deliciosa como la mañana. Estuvimos tomando cervezas en el bar Azcona. La música era buena, boleros de calidad. La chica que servía en la barra era muy ordenada. Me lance rápido pero ella lo fue más. En un despiste me quito el vaso de cerveza que tenía a medias. Pero salí ganando porque me puso otra cerveza completa. Mientras tanto Aitor ya les estaba enseñando a algunos del pueblo las fotos que había hecho en el Soplao del Bortal.
Aitor me comento una interesante escuela de escalada, llamada La Escarpada, con unas 40 vías equipadas y a escasos minutos del coche. Un atractivo añadido a esta zona tan cercana a Cantabria y tan poco conocida por nosotros. Alfonso quedo en avisarnos cuando hagan la travesía de La Buena a El Bortal. Y yo cuando hagamos alguna actividad interesante.  


3/2/07

Olvidé (3/2/2007) Cellagua


1.
 de hecho siempre ha nevado mucho y aún así todo vuelve a ser verde y con flores. Lo había olvidado. Si, lo habías olvidado, pero todo vuelve a ser lo mismo aunque nunca es igual –me dijo mirándome desde el espejo-. Me di cuenta que era de noche. La luna llena desbordaba luz lechosa del marco de la ventana. No tomé precauciones.¿No lo hiciste? ¿No te diste cuenta de que siempre iba a quedar el poso? Lo había olvidado –como casi todo casi siempre- el plenilunio y una vaga inquietud... Noche de viernes con una carga de ansiedad neutra. Te dedicaste a leer  Kafka en la Orilla ¿no? El libro del gato verde que te mira fijamente. Al final te dormiste ¿recuerdas?

2.
                A las nueve Wichi y Cristóbal estaban en el local de Ramales preparando lo necesario para las exploraciones. Me inhibí de esas actividades. No podía contribuir a concretar nada. Ni el número, ni la longitud de las cuerdas, ni la cantidad de chapas, ni el número de spits, ni el número de parabolts, ni las baterías, ni cosa alguna. Me sentía desamparado sin poder materializar la razón. Posiblemente haber dormido poco, la luna llena. Ridículas razones cuando no encuentras otras. Marta y Zape aparecieron en escena con un buen humor marcado y abundancia de bostezos. Los bostezos se nos contagiaron a todos y fueron en aumento a lo largo del día; aunque realmente no estoy seguro de que todo el mundo se contagiase....
                Cristóbal disfruta mucho con el café y se le antojó tomar su segundo café matinal. Paramos en La Gándara y nos invito: café para todos, salvo para Marta, que no tomo nada. En el bar habían decorado las paredes con fotografías espeleológicas de Juan Casero. Unas excéntricas en el panel sobre la barra contaron con nuestro atención por unos instantes. Durante toda la subida había aumentado el tono de los intercambios, pero la verdad es que yo no me enteraba de nada, bostezaba y miraba la nieve. La furgoneta de Zape se adaptaba a las curvas con gracia y brío. Nos llevaba a los cinco allí metidos junto con todas las sacas holgadamente atrás.


                La casa de Juan Casero en Astrana estaba abierta pero pasamos de largo. Como siempre nos preguntamos por sus actividades. Afirme que Juan se vendrá a vivir aquí cuando se jubile. Tan cerca pero tan lejos. Al llegar al bosquecillo de robles, y junto a la desviación a San Pedro de Soba, la nieve impedía seguir. Solo unas huellas de tractor continuaban. Todas las sacas eran amarillas y grandes. Todos los monos eran rojos MTDE. Todos los cascos eran rojos también, salvo el de Marta que era amarillo. Todos nos pusimos gorro. Cristóbal y Wichi también se calzaron unas polainas para impedir que la nieve se les metiera por el cuello de la bota. Mientras tanto yo confié en la dureza de la nieve y en el peor de los casos en pisar la huella ya abierta.


La nevada ganaba profundidad a medida que ascendíamos. Todo blanco. No recordaba una nevada tan magnífica en Mortillano pero es fácil que si las hubo las hubiera olvidado –como casi todo casi siempre-. Un guiño a sentimientos que flotan como volutas azuladas en el vacío. Pasas largo tiempo en otra percepción y algo se te enciende de nuevo. Y ahí está, lo desees o no. La belleza del paisaje níveo de Cellagua. Pequeños arco iris formando una alfombra mágica que te ciegan con su brillo. Y el leve crujido de todo ello puesto bajo tus pies, manteniendo tu peso a veces sí y a veces no. Interrogábamos con la mirada el terreno y la intuición nos decía donde estaba la firmeza, pero no siempre. La sorpresa nos hacía reír y jurar.
Extendí todo lo que llevaba en la saca grande y me posé sobre ella para terminar de prepararme. El arroyo murmuraba a mis espaldas con suavidad. No entraba mucha agua, pero era bastante temprano y cuando apretara el sol seguramente sería otra cosa (la cuenca que recoge Cellagua es enorme). Me metí el último por el estrecho agujero. Las primeras rocas tenían una chapa de hielo transparente de unos cuatro centímetros de grosor. Y por el pescuezo se me deslizaba un chorro de aire helado que dejaba petrificado. Comencé la bajada en penúltimo lugar pero me apetecía ir el último para no hacer esperar a nadie. Cuando andábamos cerca del último pozo Zape se aburrió de ir esperando detrás de mí y me paso destrepando por el meandro como un gato. 


Al aterrizar descubrí que había aporreado el mosquetón del dressler por la rosca. Hubo que meter una llave para levantar un poco el metal y abrir el mosquetón. De todas formas ya era hora de ir cambiándolo. Nos pusimos en movimiento río abajo. Los pasos entre bloques estaban tan resbaladizos como siempre; en concreto hay dos pasos bastante trabajosos. Un par de cordinos de tres metros bastarían para facilitar el tránsito. El río apenas estaba crecido, tenía una cantidad de agua parecida a la que había visto otras veces. Pero había zonas en que se embalsaba agua algo más profunda. Alcancé el inicio de la Galería de Borgoñeses con los pies mojados. Tenía unos escarpines de repuesto pero preferí dejarlos para la vuelta.


La galería de Borgoñeses presentaba los senderos más transitados que la última vez que estuve. Habían colocado una cuerda en plan Tarzán sobre un desfondamiento. Me sentí cómodo en esta zona. Paramos en un arroyo a llenar las botellas que llevábamos. Un poco más allá encontramos los treinta metros de cuerdas ascendentes recientemente instaladas para alcanzar el nivel que íbamos a explorar. Estaba fraccionado con péndulos muy marcados hacia la derecha. Luego recorrimos una amplia galería con pedreras hasta otra cuerda de unos quince metros. Había que tener cuidado en todos sitios con las caídas de piedras. Mientras esperaba mi turno me quedé silencioso. No tenía nada que decir o no tenía energía para decirlo. De vez en cuando mis compañeros se hacían eco de mi silencio. –estás muy callado hoy... -. Les respondía con alguna imagen –intentaba que fuera agradable- que tomaba al vuelo en el vacío mental.
Justo al final del ascenso por las cuerdas había un buen sitio para comer. Teníamos un infiernillo de gasolina y tomamos té caliente con leche condensada. Las llamaradas alcanzaban medio metro de altura. Calorcito agradable. Zape se ocultó tras unas rocas para evacuar. Algo le había aflojado los intestinos. Quizás el café. Tomé Aquarius y unas empanadillas de atún marca Eroski. La conversación se centró en un cotilleo generalizado sobre todos los conocidos comunes de Zape, Wichi, Cristóbal y Marta. Oí algunos nombres que me sonaban. De paso me enteré que las competiciones espeleológicas estaban teniendo éxito y estaban siendo consideradas como una potencial cantera de gente joven. Interesante.
Cuando nos pusimos en marcha fuimos rápido. El meandro fósil por el que nos movíamos presentaba zonas muy hermosas. De vez en cuando tenía trepadas y destrepes pero la tónica dominante era un suelo arenoso y llano fácil de transitar. Luego alcanzamos varios desfondamientos con cuerdas de bajada y subida y varias rampas con cuerdas instaladas. Por fin llegamos a un resalte que había que equipar para seguir explorando. Entro en funcionamiento el taladro y en menos de un cuarto de hora pudimos bajarlo. La continuación  nos llevo por amplia galería hasta una sala mediana de la que salimos por una zona incómoda. Enseguida desembocamos en una inmensa sala con grandes pedreras y bloques. Aunque podíamos ir hacia la izquierda en descenso elegimos la derecha, subiendo una pedrera. Por el otro lado descendimos hasta un pequeño pozo. Por un momento me dejé llevar por las sensaciones que sentiría alguien que tiene miedo bajo tierra. Me imagine los 300 o 400 metros de roca que reposaban sobre nosotros y la complejidad de salir de aquí. La imagen me produjo cierta incomodidad. 


La exploración continuo. Tras el pequeño pozo una pedrera nos condujo hasta un desfonde en el que se escuchaba en lo profundo el río de Cellagua. Entre ochenta y cien metros de altura calculamos a base de tirar piedras y escuchar sus discursos. En una opción diferente, por un pasamanos en comba, atravesamos un puente formado por grandes bloques y alcanzamos otra plataforma. Zape instalo un corto muro, descendió 15 metros y a continuación, por una empinada rampa, escaló hasta un punto que permitía continuar, aunque se abandonó por el momento. Se barajo la opción de instalar la bajada al cañón de Cellagua en aquel momento, pero cuando comenzaron las instalaciones la segunda batería nos negó su apoyo. Así que tuvimos que volver por la Galería de Borgoñeses. 


De vuelta hicimos una parada para comer en el mismo sitio que a la venida, y con eso tiramos hasta la base de los pozos de Cellagua. El caudal había aumentado un poco pero todavía permitía ascender sin problemas. Solo salpicaduras de agua que apenas importaban en la sudada que nos producía el ascenso con jumars. El chorro de aire helado anunció la proximidad del exterior. Una noche de luna casi llena, el viento en calma y la nieve componían un paisaje mágico. Eran las once y media. Entre que bajamos al coche, nos cambiamos, y descendimos a La Gándara se hizo tan tarde que ningún bar estaba abierto. Quien más quien menos estaba cansado y todos queríamos irnos a casita.
Por el camino me puse música a todo volumen para no dormirme y maté el hambre con barritas energéticas... De vez en cuando tenía que corregir la dirección del coche con desgana.

13/1/07

Rincones (13/1/2007) Cuevamur

Él estaba dormido cuando despertó temprano. La noche todavía no había comenzado su repliegue. Luego despertó. Los pensamientos se agolparon en rápida sucesión. La naturaleza humana haciéndose notar como un actor hinchado de sí mismo. Inútilmente pugnó por desasirse de sus garfios. Al cabo de un rato salió de su escondrijo y miro con intensidad su pared sur. Desayuno y comenzó sus preparativos. No le llevaron mucho tiempo. Con calma comprobó que portaba todo lo necesario; abrió la puerta silenciosamente y tomo rumbo a CuevaMur en Ramales. No más que una cuevita que ya conocía de muchas otras veces.
La mañana no había conseguido disolver la niebla en los valles cercanos a la costa. Incluso sorprendía su tozudez por aferrarse al paisaje. Pero en Gibaja un  agujero en el grisáceo general mostraba varias manchas azules y un pedazo del Hornijo a pleno sol. Pasó por un Ramales desperezándose y dos kilómetros rodando arriba, hacia los Tornos, le depositaron en el aparcamiento de las cuevas Covalanas.
Un par de minutos le dieron de sobra para coger sus cosas y solo necesito diez más para acercarse a la boca. Un mono de tela verde, iluminación de leds y un viejo arnés por todo equipamiento. Desde la polvorienta galería de entrada estaba montado el pasamanos como en otras ocasiones. Y el resto de las cuerdas hasta la Sala del Campamento también. Practico la técnica de andar, tumbado transversalmente a la galería, sobre un costado para pasar los largos laminadores aunque tuvo que reptar en ocasiones. Al final de las cuerdas depositó el arnés, el dressler y un puño Peztl.
Echaba de menos los ruidos familiares de otros compañeros espeleologos pero, en su defecto, encontraba su soledad llena de claroscuros intrigantes. Hubo un momento en que prefirió alumbrarse también con su pequeña linterna Tika que siempre llevaba. Estrenaba una nueva iluminación por leds que, a causa de la escasa carga de las baterías, no rendía todo lo posible. Desde la Sala de los Cristales se encamino hacia la estrecha galería que la prolonga por el sudeste. Todo seguía aproximadamente igual que la última vez que estuvo allí salvo detalles imposibles de precisar por el tiempo transcurrido. Pero pensó que en realidad el tiempo no le aclaraba nada. Decir que había pasado tiempo no le indico ningún escalón de bajada ni de subida. No le dio ningún indicio de cómo escudriñar la densa bola de sus pensamientos. Aunque en el fondo eso no constituía ninguna sorpresa.
Luego camino a lo largo de la Galería con excéntricas arborescentes muy llamativas en dirección noroeste, hasta el comienzo de las estrechas e incómodas gateras que la continúan.  No hubo ningún obstáculo que le pareciese falto de interés. Todos ellos le sirvieron para adiestrarse. En un corto lapso de tiempo consiguió, reptando incómodamente, emerger al otro lado de las gateras. Primero pensó visitar las zonas que ya conocía, es decir las galerías que llevan hacia las Salas del Caos y de la Cascada, pero luego lo pensó mejor y no fue en esa dirección. Anduvo hacia la izquierda destrepando y trepando varias rampas y resaltes hasta alcanzar el comienzo de un laminador evidente y parecido a otros laminadores de CuevaMur.
El laminador, abarrotado de columnas, le llevo hasta una sala bien decorada. La sala tenía el fondo plano, probablemente debido al agua que la había llenado con anterioridad. Cuando inspecciono los rincones se sorprendió. Nítidas y armoniosas, de colores terráqueos y cremosos, las excéntricas y los corales tapizaban las paredes de la reducida estancia. La conservación era perfecta. Quizás no era un sitio de moda. Semejante a un gato, la pequeña sala le invito a quedarse enroscado y ronroneante en un rincón. Las agujas del reloj dejaron su estela de tiempo. O quizás el tiempo era el movimiento de las agujas. De pronto sintió hambre.
Recorrió el camino de vuelta como una pista americana. Fuera, el sol se mostraba espléndido. Ilumino los rincones de su alma pero se dio cuenta de que la red de incógnitas era infinita. No se desespero por ello, muy al contrario se congratulo de darse cuenta de que jamás se aburriría ni en esta vida ni en esta muerte... Mientras bebía zumo de naranja sentado al borde del portaequipajes masticó con placer una empanadilla fabricada por la panadería de Eroski. Pensó que las empresas vascas andaban muy cerca de conseguir el máximo absoluto en la fabricación de empanadillas. No noto ningún sabor nacionalista impregnando la masa ni el relleno. Al  zumo de naranja, fabricado por Pascual, tampoco pudo sacarle efluvio alguno castellano. Pensó, ya que todos los que le rodeaban en su vida percibían el hecho diferencial, que quizás era debido a sus escasas dotes como catador. Incluso recordó que hace poco un amigo abertzale le había presentado unas gallinas vascas muy hermosas.
Algo más tarde, reflexionando, pensó que quizás podría encontrar alguna persona para escalar en la escuela de Ramales. Recorrió la senda que baja hacia el pueblo. Encontró varios grupos, algunos vascos y otros cántabros, perfectamente integrados en sí mismos en los que no creyó oportuno quebrantar la aparente armonía. El último grupo, constituido por un grupo de cursillistas, estaba encabezado por Ángel, un curtido escalador al que conocía. Charlo un rato con él e intercambió información acerca del equipamiento de vías de escalada. Siguió caminando de vuelta. La Pradera del Eco estaba desierta. Ni un escalador. Observo las rutas nuevas y antiguas de la Pared del Eco y llego a la conclusión de que las nuevas vías constituían un verdadero desafío. En una zona cercana a la vía Nagual, abierta a principios de los 80, observó cinco nuevas rutas que semejaban algo imposible de subir. Más a la derecha, en el aplomo de tres grandes cuevas o galerías, cercanas al rincón sur de la pared, se estaba abriendo una nueva ruta que él ya había imaginado hace quince años. Se congratuló de que una ruta tan hermosa hubiera encontrado un equipador.
Recordó que para llegar al comienzo de esa vía era necesario escalar por dentro de una cueva que forma una enorme chimenea o, alternativamente, trepar hasta la primera de las tres cuevas por la izquierda. Y entonces por un corto tramo, que no necesita linterna, alcanzar las otras dos galerías, que se asoman como ventanas al nivel de las copas de los árboles. Allí puede iniciarse la vía de escalada. Inspirador inicio.

2/12/06

Nunca mais (2/12/2006)


El valenciano, Juan Casero, tenía razón en una cosa: las perlas no se deben ofrecer a los cerdos. Si alguien quiere conocer las cuevas que se lo curre. Así las estimaremos en lo que valen. No voy a hablar de los conocimientos que voy adquiriendo sobre la Red del Gándara. Ni sobre ninguna de las hermosas cuevas que conozco. Sobre todo eso, de las hermosas. He llegado a ver que lo mejor que podemos hacer es proteger la  NATURALEZA del ser humano. Y a las cuevas de los espeleologos. Así pues no os voy a contar ni donde esta, ni como se llega a esta cueva. Ni siquiera su nombre. Os deberéis conformar con saber que esta cerca del puerto de Lunada.
El sábado se presenta casi negro, gris oscuro, en algunas direcciones. A las nueve llama Gelo desde Ramales. Como la cosa se mantiene, más o menos, quedamos en Lunada. A las nueve y cuarto hemos quedado Marisa y yo con Manu en Solares, pero llegamos veinte minutos tarde. En la gasolinera compramos dos pilas de petaca; una para los leds de Marisa y otra de reserva para los míos.
Las peores premoniciones meteorológicas se van cumpliendo. Cuando pasamos por La Cavada esta lloviendo. Intermitentemente llueve por el valle del Miera a chaparrones. El puerto de Lunada nos agasaja con agua mezclada con viento. Un cóctel delicioso. Vuela agua. Me protejo con una mierda de paraguas revuelto por el viento casi todo el tiempo. Gelo le presta otro paraguas a Manu. Por lo demás prefiere ir embutido en su mono de nylon. Marisa va con un impermeable y paraguas. Ángel lleva un poncho de agua. Se trata de la mejor opción. Al cabo de un rato entramos en una zona más protegida del viento. No vamos muy deprisa pero en menos de una hora alcanzamos la entrada de la cueva. Tenemos suerte, podemos resguardarnos de la lluvia. Este detallín nos facilita el cambio de trajes. El que yo me pongo es a medida, hecho por un sastre. 





Poca gente podría decir que conoce la realidad a fondo. En realidad nadie sabe un carajo acerca de nada. La realidad de nuestro destino. Todo comienza de forma arrastrada. Luego sigue a gatas. Después puedes ir de pie (llegamos a una sala con un gran desprendimiento de bloques)  Eso es un evento en la vida de un ser humano. Ir de pie. Las manos libres. Libertad. Profundo. Pero más tarde el destino nos obligará a arrastrarnos como gusanos por el barro. Al final de los bloques hay paso por arriba o por el arroyo. Una flecha en el punto adecuado dice algo del camino correcto. Flechas sin arcos. Flechas envenenadas. Flechas con plumas. Flechas con punta metálica. Flechas de tizne.  Perdemos a Manu. Vuelvo a buscarlo y lo encuentro metido en una gatera hacia ninguna parte. Manu se deja llevar por las maldiciones y los juramentos. Nunca mais. Digo y pongo en su voz.
                Estamos mojados y arrastrados pero las cosas no mejoran. Bueno, a veces la galería es alta y hay espacio de sobra. Pero entonces nos exige andar con pies de wólfram para no estrellarnos en algún desfonde. Chimeneas reverberantes nos dan una calurosa acogida con lluvia de florecillas e himnos nacionales. Nosotros andamos orgullosos sin comprender nada. Hurgamos en nuestras recónditas conciencias buscando. Solo aparece una cucaracha despavorida huyendo de una muerte segura. La zapatilla vuela. Un grito absurdo, parecido a un estornudo telúrico, convierte nuestros pensamientos en un arco iris lunar. No obsta.
Hay dos diseños: anchoxbajo y estrechoxalto. Ahora toca el segundo. Parece menos transitado el terreno. Si esta es la mejor entrada superior hacia la Red del Gándara ¿cómo serán las otras? Encontramos un tira de plástico con el número de una cueva. Corresponde al enlace con otra entrada. Carece de importancia con tal que podamos llegar a las galerías grandes. Todo es confuso. Todo cambia de posición en nuestras mentes. Comienza una navegación sin rumbo conocido. No hay brújula. O el campo magnético ha dejado de existir. Un planeta sin campo magnético. Un planeta sin nubes. Un planeta sin mares. Un planeta con una estrella azul. En lo profundo no hay separación. Todo esta aquí. Como podría ser de otra manera. Como podría ser que hubiera otra cosa.



  
              ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Bajando. Deslizándonos. Resbalando. Andando. Saltando. Escalando. Gateando. Digamos que la pendiente es de un 10%. Hay bloques empotrados y amontonados en una galería alta (como diaclasa)  A veces grandes chimeneas desembocan sobre ensanches. Al fondo de uno de esos ensanches una gatera tubular nos frena. Me meto y paso justín. Parece que por abajo se podría pasar mejor. Los demás  pasan justines también. Sobre todo Gelo que es el más grandote.  Desembocamos en una sala formada por la base de otra chimenea. El arroyo cae por una pequeña cascada y se mete por un laminador en la base de la chimenea. Destrepamos por una arista. No hay camino evidente. Me meto por el incómodo laminador guijarroso y encuentro una piedra con una pátina de barrillo. Sirve de pizarra. Una hermosa X escrita con un dedo (¿índice quizás?)  desea decir algo. Lo interpreto como “por aquí no vas a ningún lado”. No nos quedan opciones a seguir. Por un momento pensamos en alguna galería superior que halla pasado desapercibida. La ignorancia se manifiesta. Ya estaba aquí antes pero no la percibíamos. Nos volvemos
                La gatera tubular se puede pasar por abajo. Ahorramos esfuerzos. Según vamos volviendo y comprobando que todas las desviaciones son irrelevantes nos vamos convenciendo de que quizás la X no signifique “por aquí no vas a ningún lado”. Más maldiciones. Más “nunca mais”. Marisa va cansada. Paramos cada pocos minutos. Las paradas se penalizan con frío. El frío de las paredes. Una pared como símbolo de nada por ahí. Como límite helado. Como límite creado. Creados en el cielo o creídos por la mente. Crear o creer. La diferencia de una vocal. Podéis arrastraros o volar.
                Entramos en la bóveda de nubes, salimos de la bóveda de roca. Caen gotas líquidas. Asciende el vaho caliente. No hay viento. El termómetro marca dos grados. Gelo se baja por Miera. Nos propone parar a tomar algo pero Marisa no tiene otra ropa que la embarrada y es demasiado para una tarde de sábado endomingada. No apetece otra cosa que irse a una bañera llena de agua caliente y quedarse allí el tiempo que haga falta. Divagando por los caminos interiores. Infinitos. Hacia todos los lugares y todos los tiempos. Un proceso que puede mirar_se_a_si_mis_mo. Recuperada la energía de la tierra recorro los espacios interestelares. Estrellas azules. Estrellas naranjas. Estrellas rojas. Estrellas de neutrones. Estoy aquí y tengo hambre. Una hermosa cena.
                A la mañana siguiente miro el libro de Pepe León y el blog de los exploradores de la Red del Gándara. La confusión se desvanece. Todo ajusta. Llamo a Gelo y charlamos, felices de los avances. Más de setenta kilómetros de galerías están ahí para ser visitadas. Para nosotros: casi como si las explorásemos.

18/11/06

Through (18/11/2006) Mazo Chico

           
           A día de hoy el Sur sigue soplando. Dentro de ti también. Y dentro de mí. Pero no te preocupes. Eso no significa nada especial. Tienes que acostumbrarte. No te va ocurrir nada. Las piedras resplandecen.
El sol aparece enrejado. Una masa gris se agazapa en la frontera sur del valle. Ramales no reconoce su deseo. Tampoco ellos. Ni siquiera tu. Cristóbal hilvana ideas mientras Wichi mueve sus manos sobre las cosas. Profusas, las imágenes se reparten cubriendo las paredes. Nos sentamos con cuidado. Manu esta a mi izquierda. Wichi justo al frente, a menos de un metro.
Primero llega Pedro. Casi seguido Ángel y Belén. Son más de las diez. Los pasteles calculan su trayectoria libremente. Héroe del reparto, no tomo croissant con nata. Ellos se van al Valle de Mena. Entre que observo, engarzo una cuña en la historia. Voy a tomar chocolate. Mientras, Wichi coge sus cosas.
Salimos por la puerta. Tiene un diseño peculiar. Regules. Luego La Gándara. Hay una piedra gorda en la carretera. No respira apenas. Y Astrana al final. O al principio. Recordaré la piedra –tranquilizo a Manu-. Todas las vacas andan rumiando. No a lugar a invitaciones. 
Ahora estamos junto a los coches. Dos coches, cuatro personas. 2X2. ¿Neopreno ya?, ¿neopreno en la boca de la sima?, ¿neopreno en el comienzo de las arrastradas?. Seguro que neopreno. Manu ya, los demás en la boca. Un reparto inconsciente. Llevo un bidón dentro de otro cortado. Ajuste matemático –me dice Wichi-. Sonrío.


La hemos tenido que buscar. Sima del Mazo Chico escondida entre los brezos. Tenemos rico chorizo y rico pan. Rico neopreno. Rico reparto de chismes. También tenemos un conducto rico con una ventanita al cielo. Y luego veo las primeras ricas cuerdas. Cristóbal cuelga ricamente. Manu observa todas las riquezas.
                La vertical, corta, es acogedora. Los pensamientos claros,  los colores limpios. Y al revés. Otra vertical corta. Es un escaqueo. Eso o hacer el gusano cinco metros. Entramos de lleno: un pozo reverberante. Sesenta a ochenta metros de negrura. Se abre, amplio, magnifico. Para empezar un corto péndulo, casi pasamanos, te pone las pilas. Una perfecta repisa te espera quince pisos más abajo. Cristóbal y la repisa están allí.  El pozo se hunde hacia las profundidades. Setecientos metros de sima te esperan si vas por ahí.
Tenemos que cambiar de vía. Mientras Manu desciende Cristóbal prepara una señal catadióptrica en este punto. Todo a la izquierda trata de decir. Cambia de vía, trata de decir.  




                Se le amontona a Manu el fraccionamiento. Un poco de paciencia. Un poco de comunicación con los aparatos. Bichos raros. Dressler, croll, puño. Puño, dressler, croll. Croll, dressler, puño. Tres permutaciones y quedan otras tres. Una locura profunda. Evanescente. Y vano.
El catadióptrico se parte al apretarlo. Un poco de cinta y queda guapo. Miro a Manu. Quince metros más abajo. Otro fraccionamiento: otra jodienda.
La sima nos vigila. Oigo su respiración alrededor de nosotros. Está viva. Me parece el camino hacia otro espacio diferente. Siempre me lo parecen.  Las simas. Hacia otros mundos posibles. Busco otros mundos. Huyo de este mundo. Complemento este mundo. Todos los mundos son el mismo mundo. Todos los mundos están en este MUNDO. Charlamos.


Entramos en un meandro. Algo estrecho, obliga a llevar la saca colgando. O en la mano. Contorsiones y destrepes. Avanzo. Y retrocedo. Aparece otra cuerda de unos diez metros. La bajo. Luego aparece otra cuerda de unos diez metros. También la bajo. Luego hay barro cremoso en el suelo de una sala. Lo piso. Luego hay un agujero negro. Me paro.
                Estoy parado mirando a Cristóbal. Sobre el agujero negro dos catenarias de cuerda. Unos diez metros de altura cada una. La primera es amplia. La segunda estrecha. Veo a Cristóbal llegar hasta casi el punto bajo de la primera comba. Luego le veo jalar de la cuerda hasta alcanzar los anclajes. Inoxidables. Y le veo trincarse. No parece más complicado que otras veces. Un péndulo muy abierto. Ahora me toca a mí. Dudo. ¿A que altura bloqueo?. El primer intento: demasiado alto, no llego. El segundo intento: demasiado bajo, necesito los dos brazos para mantenerme en posición, no puedo trincarme. El tercer intento: me pongo el croll y con el puño gano la partida.
La otra comba es un paseo. Una ventana alta, meandrosa, por la que desagua un arroyo y una corriente de viento. Es el camino. Cincuenta metros más de ese camino. La galería se inventa un cómodo vestidor. Allí dejamos los aparatos, ropa seca -solo algunos-  y los restos de comodidad. A partir de aquí deberemos arrastrarnos por el arroyo. Como sapos.



Sigo a Cristóbal. Trato de controlar la mojadura. Dura. Tres arrastradas con entreactos discretos. Y llegamos a nuestro objetivo. La siguiente arrastrada es un laminador demasiado incómodo. Una bonita travesía o una jodida travesía. Esa es la diferencia entre ensancharlo o dejarlo al natural. Desembalamos. Tenemos la taladradora, una pata de cabra, un puntero, una azadilla, un bidón-balde y un gordo martillo. Y grandes dosis de confianza. 


Poco tardan en llegar Manu y Wichi. Cristóbal devora un bocadillo. Yo devoro el tiempo. Wichi se pone a trabajar. Manu también devora algo. La travesía será bonita. Al otro lado las nuevas galerías del Mortero del Crucero, el río hasta la pequeña sima. Y su conexión con La Calaca. Si será bonita. Veinte veces lo diría.
Al cabo de un tiempo interminable hemos sacado suficientes piedras. Hemos apilado las piedras. Hemos cavado el lecho del río. Hemos engordado las tripas. Hemos vomitado veneno. Hemos tragado demasiado. Hemos participado en una rifa. Hemos pasado al otro lado.
Cristóbal se da un paseo por allá. Luego recogemos todo. Nadie quiere desinstalar. Sacar cuerdas no apetece. Nadie, salvo Cristóbal. Responsable y trabajador. Muy responsable. No podemos escapar de su sermón. Estamos atrapados por Cristóbal. De pronto Wichi cambia a su bando. Él va a tener que subir el taladro. Los demás podemos sacar las cuerdas. No es para tanto. Se me enciende una lucecita. Yo subiré la saca del taladro. Y mis cosas. Vale. Luego Cristóbal me endosa una cuerda de 10 metros. Protesto pero me lo paso bien.


Miro hacia arriba. Veo una luz. Le grito que se quede quieto. Estoy en la base del pozo largo.  Pueden caer piedras. Wichi me grita que es Chavi. Vale. La cabecera es algo delicada –por las piedras-. Allí esta Chavi. Hablo un poco con él. Y continúo. Me queda poco. Fuera ya, el viento se manifiesta. Es fresco. Pero menos que la corriente del último conducto antes de la boca. Sale Manu y de seguido Cristóbal y Chavi. Manu tiene frío. Nos vamos a cambiarnos al coche. Al pasar Entremazos el decorado cambia y el viento arrecia. Las lucecitas del valle titilan. El sur esta enfrente.
Cristóbal se marcha corriendo. Ya llega tarde. Le echaran un rapapolvo. Los demás paramos en La Gándara a tomar unas cervezas. Luego seguimos el viaje. En Ramales es tarde de sábado. No nos apetece pasearnos. Nos vamos hacia casa.