25/11/07

Vírgenes (24/11/2007) La Hoyuca

 
Además de las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, que pudimos aprender los que tuvimos enseñanza religiosa reglada en una época ya algo lejana, también aprendimos que la virgen había concebido a Jesucristo sin conocer a varón alguno, es decir sin follar en toda su vida. El soplo del Espíritu Santo había engendrado en un óvulo de la Virgen María una nueva vida. No sé si hay mucha o poca gente que crea en ese dogma de fe de la Iglesia Católica.  Pero seguro que son pocos entre los creyentes, y menos aún entre los no creyentes, los que se han tomado la molestia de reflexionar seriamente sobre el dogma de la virginidad. Yo si lo he hecho debido, en parte, a razones que no os quiero confesar y, por otra parte, a lo que podríamos llamar curiosidad universal.
No me cabe la más mínima duda que la virginidad le da un carácter sagrado y mágico a una mujer. Una virgen nunca ha experimentado lo que significa ser penetrada: tiembla y anhela lo desconocido. El hombre que desvirga a una virgen huella una nueva tierra nunca recorrida: es la misma emoción que la del explorador. Bien, pero ¿que es lo que hace que la tierra nunca recorrida por el ser humano sea tan valiosa? En primer lugar pensamos en lo desconocido. Lo desconocido es un pasaje en jet hacia lo no cotidiano. Lo cotidiano no motiva lo suficiente. Siempre, parece que, hacemos lo mismo: vemos el mundo cristalizado. Así que pisar tierra virgen es una promesa de cambio. De salir de nuestra estrecha mirada cotidiana. Parece. Pero si nos acercamos con más atención descubrimos que no se trata de que el mundo no cambie sino que es nuestra mirada la que no cambia. Todo está en cambio perpetuo, eso es lo único que tenemos asegurado (y nuestra mirada cargada de viejos hábitos tampoco cambia fácilmente). Así parece que éste valor de la virginidad -como algo que te permite explorar lo desconocido- procede de un espejismo en lo básico. Se trata de una idea infantil. No hay mayor milagro que lo cotidiano. Nunca hay repetición. Solo se repite el color del cristal de nuestras gafas. 
Entonces ¿cuál es el valor intrínseco de la virginidad si no se trata de esto? Sigamos otra ruta mental: lo no hollado permanece puro porque es virgen. Puro significa no contaminado por el ser humano (o por otros seres o por otras cosas en otras culturas. Como ejemplo los cerdos para los musulmanes). La naturaleza permanece pura mientras el ser humano no la toca. La mujer virgen es pura mientras no es penetrada , mientras no se mezcla con un varón. Y la pureza ¿que nos trae de bueno? Todo parece funcionar mejor mientras permanece puro. La contaminación -como bien sabemos- trae problemas de todo tipo. Así que si uno huella tierra virgen, esto es pura, pisa tierra no contaminada, en cierto sentido huella tierra sagrada. Nos sugiere lo mejor que puede ser -o funcionar-  algo. Surge una pregunta: y la mujer ¿al tener hijos no alcanza una plenitud mayor, una mayor perfección?. Esto, en el fondo, solo lo saben las mujeres que han tenido hijos. Y yo no soy el individuo adecuado para formularles esa pregunta. Me inquieta demasiado la respuesta (el dogma católico afirma que la Virgen María tuvo un hijo sin dejar de ser pura). En definitiva me parece que la pureza -o no contaminación- es el valor básico de la virginidad.
La Hoyuca esta cerca del barrio de La Iglesia de Riaño. Es un pequeño polje que da nombre a la cueva cuya entrada ocupa un rincón en su fondo. Cuarenta y cinco kilómetros de galerías para recorrer tranquilamente durante muchas incursiones. Ha dejado de ser absolutamente virgen poco a poco a lo largo de muchos años -más de veinte- de exploraciones del MUSS, pero si uno se lo trabaja con asiduidad puede encontrar todavía terreno virgen. Así, este fin de semana, después de algunos despropósitos durante un intento de ir a Llanezas el sábado con Manu y Juan, pude realizar con Miguel, el médico de Balmaseda, una visita a la Hoyuca. Estaba lloviendo intermitentemente algún aguacero. La elección resulto perfecta: poco coche -20 minutos-, poco acercamiento -2 minutos- , poco material -no hay verticales- y mucha cueva.

En la red laberíntica de entrada descubrí una forma alternativa -la cuarta que conozco- de alcanzar la gran galería zigzageante que te lleva hacia adentro-adentro. Le dedicamos varias sesiones a montar fotos en ese sector de la cavidad. No fue difícil encontrar rincones encantadores donde poder preparar hermosas composiciones (el flash esclavo empezó a darme problemas). Sin embargo por muy enrevesada que sea la red de entrada todos sus rincones están trillados por huellas formando senderos marcados. No es virgen en absoluto. Más adentro nos dedicamos a investigar todas las pequeñas ramificaciones que surgen de la galería zigzageante principal. Así fuimos viendo con detalle cómo el río, que luego te encontraras y seguirás, iba creciendo y entrecruzándose con la galería zigzageante en múltiples ocasiones. Pero apenas era posible seguirlo por lo estrecho o bajo del conducto. Luego, cuando el río se nos hizo accesible, insistimos en seguir por el nivel fósil zigzgeante. Pudimos continuar un par de zig-zags más -el último cortado por el nivel activo- hasta que en la entrada de Quadraphenia el nivel fósil colapsa definitivamente sobre el activo, desapareciendo cualquier vestigio del antiguo nivel. En ese punto volvimos a la carga realizando varias sesiones fotográficas más. El flash esclavo se puso borde disparando cuando le daba la gana. De todas formas seguimos intentándolo con mayor o menor éxito.
Nos internamos en la enrevesada red de Quadraphenia con ánimo de hacer más fotos en la zona de formaciones. Primero fuimos mirando con cuidado todas las desviaciones obvias que, en general, condujeron a ratoneras sin salida o estrecheces no apetecibles. Con la Stenlight pudimos observar con facilidad todas las galerías colgadas y ventanas.  Nos llamo poderosamente la atención una que se observaba en el techo poco antes de llegar a una sala con una cascada. En la sala con la pequeña cascada intentamos encontrar una ruta hacía ese nivel superior que se superpone con el principal. La encontramos tras un bloque gigantesco desprendido limpiamente del techo (15X3X4 metros cúbicos más o menos). La galería -lógicamente- se desfonda varias veces pero pudimos seguirla hasta una gran encrucijada. Miguel miro las ramificaciones hacia delante llegando a zonas estrechas que requerían entusiasmo de explorador titular. Sin embargo hacia la derecha había una galería mucho más ancha y alta. Llegamos a un desfondamiento que nos costo un buen rato decidir bajar. Trepando por el otro lado alcanzamos una galería parcialmente desfondada que pronto se hizo virgen. Avancé hasta un punto en que me pareció imprescindible la instalación de un pasamanos. Enfrente observe una continuación obvia. Llegar a una zona virgen me entusiasmo. Todo estaba sin contaminar. La arena primorosamente  depositada por la Naturaleza a lo largo de millones de años formando montones esponjosos con rocas mezcladas. Ninguna huella por ningún lado. Todo perfecto y puro.
De vuelta conseguimos encontrar un paso por la parte baja del desfonde que se convirtió rápidamente en una galería transitable con abundantes ramificaciones. La galería desemboco en otra de dimensiones superiores con tres enormes chimeneas ascendentes y una prolongación obvia. La complejidad de la zona nos aconsejó dejar de internarnos por el momento en Quadraphenia. Volvimos a escalar con cuidado y delicadeza el desfonde que nos había permitido conocer esta zona y nos sentamos a comer en una agradable zona arenosa algo más allá.
Al retornar volvimos a la carga con las fotos. Como el flash había dejado de funcionar me dedique a los primeros planos y a fotos en galerías de reducidas dimensiones. Conseguimos encontrar una grieta que nos simplifico abandonar Quadraphenia. Para llegar a la salida utilizamos otra ruta alternativa distinta. En el exterior todo seguía igual de -o quizás más- gris que cuando entramos. Tardamos poco en cambiarnos y partir hacia Hoznayo. Miguel se vino a mi casa siguiéndome en su automóvil. Mientras merendábamos encendimos la chimenea. Ya de noche, cuando Miguel se fue, seguía cayendo calabobos de forma intermitente, como es debido en un auténtico otoño cantábrico.

10/11/07

Extrusión (10/11/2007) Cañuela


   Estoy jodidamente jodido, con una infección y un picor de garganta del demonio y una mala hostia que me roe por dentro. Atiborrado de amoxicilina 500mgr. Me da la risa y estoy furioso. Como si en un rodeo tuviera al caballo subido a la chepa y tratara de sacudírmelo dando coces y saltos. Hasta que lo hago. Y salta por el puto aire y va a estrellarse contra el jodido suelo. El jodido caballo queda estampado como un ésputo en el jodido suelo. El puto y radiante día esta jodidamente frío y me pongo un jodido gorro de forro polar. Me cago en los muertos de la puta cuesta. Pero a la cuesta no le encuentro ningún puto muerto.

   Son dieciséis burgaleses y tienen la brillante idea de ir a la misma travesía que nosotros. Coches a Socueva, coches a Bustablado, coches a Socueva. Hemos visto cinco veces a la misma pareja que va de excursión desde Arredondo hacia no se sabe donde. Julio dice que si ve a la chica una vez más se va a enamorar sin remedio. Me parece que exagera para vacilarme. Lo intenta varias veces y tengo que recordarle que el horno no esta para roscas y que no debe vacilar a un ser debilitado por la enfermedad. A Pepe el paisaje de Cantabria le mola cantidad. Ha venido desde Madrid ayer viernes para recomenzar con la espeleo tras quince años de abandono. Manu pensaba que íbamos a salir de la travesía para la comida. Tengo que recordarle que hemos venido de espeleo y no de comilonas. De Eduardo y Fernando no hay nada que decir. De momento parecen dóciles.

    Comenzamos el ascenso sin nadie detrás pero algunos por delante. Han abierto una pista hasta casi la mitad de subida. Alcanzamos a un paisano con dos mulas tercas y rebeldes que quieren volverse cuesta abajo. Una de las mulas se pone borde y le atizo con lo primero que tengo a mano: un gorrazo. Unos segundos después se le acumula un varazo en el lustroso lomo. Se le ponen las pilas en funcionamiento. Podría echarme una siesta a lomos de la mula y dejarme invadir por todos los sueños eróticos reprimidos durante la semana laboral mientras subo la cuesta sin dar un paso. Pero sigo arrastrándome hacia arriba a base de calcetín. Salimos al sol y me quito ropa de encima.
    Manu y Julio empiezan a dudar de mi ruta hacia la Toño. Le doy cuartelillo a su paranoia: hemos cambiado de objetivo. Para no encontrarnos con la manada de burgaleses ahora vamos a Cueto. Por momentos el desconcierto crece como un circulo de brujas a mi alrededor. Pero este año no hay setas. Solo ruedas de coche aplastándolo todo a su paso. Y aviones pedorreando el cielo azul. El mito de Atila renace como cambio climático forever.
    Un avellano indica con el bailoteo de sus hojas el punto exacto del agujero que exuda una columna de aire más caliente que el exterior. Me he escrito una chuleta para no dudar de las longitudes de los pozos. Así puedo decidir entre la cuerda de 40 y la de 55 que llevamos. Los tres primeros pozos, tranquilos y felices, dan paso a un pozo grande con una pequeña oscilación a la izquierda antes de llegar a su final. Mientras preparamos la entrada a la estrechez vertical empiezo a oír en la lejanía al primer grupo de burgaleses. Eduardo me ayuda a rescatar el seno de la cuerda que ha quedado enganchado en un saliente al equipar la estrechez. Me parece cada vez más ancha pero muy incómoda. Te sientes como la pasta de dientes cuando aprietas el tubo: saliendo por extrusión. Pepe se confunde y sigue, tras la estrechez, los cabos de cuerda hacia abajo. Por suerte se puede remontar sin problemas. Coloco una cuerda nueva en el siguiente pasamanos antes de los resaltes que preceden al pozo del péndulo. A las viejas solo les quedan tres hilos del alma. El siguiente pozo, del péndulo, tiene una vieja instalación -muy cutre- pero en el lugar adecuado, y una nueva -de acero inoxidable- pero que obliga a las cuerdas a un roce importante. Convendría retirarlo todo y colocar una buena instalación definitiva en el lugar adecuado. Los siguientes pozos -muy cortos- están equipados con cuerdas fijas aunque algunas ya no son fiables. El pozo grande siguiente (de 20+13) también está equipado con cuerda fija y con un desviador que convendría sustituir por un mero fraccionamiento. De todas formas el natural al que esta anclado el desviador es un puente poco fiable y un desviador ejerce menos fuerza que un fraccionamiento. Julio cambia la última posición con Pepe. Se ha sentido estresado por la cercanía de los burgaleses y cansado de recoger las cuerdas. Los siguientes tres pozos -de unos veinte metros cada uno- se hacen con comodidad y despreocupación. Tras el paso de un meandro estrecho y ventoso se desemboca en el balcón sobre la sala Oliver Guillaume. La instalación es excelente pero da un poco reparo la oscilación sobre el vacío a la que obliga.
     Comemos a toda mandíbula en la sala y nos damos cuenta de que hemos perdido de oído a los burgaleses. Cuando estamos recogiendo para irnos éstos empiezan a bajar desde el balcón del techo. Se han fraccionado en un grupo de ocho y otro de seis.
    La ruta de salida desciende a lo largo de la gran sala por una montaña de bloques hasta una zona más reducida -la Antesala- y continúa por galerías de 15X30 que nos llevan hasta las sierras. Las sierras de la Cañuela son las más hermosas que haya visto en todos las cuevas que he estado. Grandes, de hasta cinco metros o más de longitud, anchas y muy finas; con el borde dentado perfectamente definido. Me quedo flipado cada vez que las veo. Realmente estos políticos cántabros no tienen ni idea del patrimonio natural que almacena el subsuelo de su komunidad. Pero quizás sea mucho mejor así.
    Antes de las siete estamos saliendo de la Cañuela. En su boca encontramos a dos burgaleses más que optaron por no masificar -aún más si cabe- la travesía. Luego de deshacer la movida de coches Socueva-Bustablado nos vamos a tomar líquidos al Marcos de Bustablado. El personal está contento de la actividad. En el bar hay varios paisanos con una gran cogorza. Intentan vendernos una cabaña en Socueva. Buena idea.

20/10/07

Góticas (20/10/2007) El Coverón

Inesperadamente en la mañana del sábado todo se cuadro. Ya bastante tarde -la noche anterior- Julio me había llamado por teléfono. Pasadas las nueve y media de la mañana Manu apareció bruscamente en Solares a causa de un mensaje de última hora. La subida al puerto de Alisas estaba salpicada de esforzados ciclistas a los que teníamos que sortear cuidadosamente. Me fije en el monumento al ciclista, ya cercano a la culminación del puerto, y en las palabras de Manu –¿o de Julio?- asegurando que era, de toda la komunidad, el puerto más subido por los esforzados ciclistas. Julio nos invito en Arredondo a unos pinchos con infusiones de manzanilla. Un poco por eso de las digestiones y otro poco por la ausencia de nubes.
Torcimos en Riva hacia Matienzo y en la segunda revuelta después del cruce de Ogarrio paramos a organizarnos bajo una sombra. Saqué el GPS y me indicó la posición del Coverón 550 metros hacia el noroeste. Hace, quizás, unos diez años fui con Guillermo de la Maza -cuando todavía le motivaba la exploración y  el curioseo-  a buscar el Coverón. Anduvimos varias horas por los alrededores del Hoyo Mortiro enzarzados en una jungla de lianas, plantas trepadoras, carrascas y espinos; subiendo y bajando agujas de lapiaz, pequeñas dolinas y regatos y trazando retazos de sendas perdidas en la maleza. La conclusión que sacamos fue desalentadora. Seguramente no lo íbamos a encontrar sin alguien que ya lo conociese. 
Semejantes a linces domésticos fuimos siguiendo las indicaciones del GPS. Como de pasada le preguntamos por la cueva a un paisano que andaba atareado arreglando su cabaña. Hacía poco que la había comprado y no tenía ni la más remota idea que había una cueva cerca y de donde estaba la entrada (a esto se le llama en el Sistema Educativo Español Conocimiento del Medio). Intentamos seguir la flecha -al oeste, 200 metros- pero el bosque nos cortó el paso con ahínco. Al poco caímos en la cuenta de que si, hacía bien poco, andaban reexplorando el Coverón y las demás cavidades de la zona tenía que existir alguna traza de senda por débil que fuese. Por lo tanto nos propusimos seguir cualquier trocha que penetrase en el bosque aunque no fuera en la dirección indicada por el GPS. Encontramos enseguida una, un poco más al sur, que, luego, se unió a otra mucho más marcada que marchaba en la dirección correcta. 
A  unos 30 metros de distancia del punto indicado por el GPS nos encontrábamos en una dolina con maleza. Anduvimos un buen rato barriendo la zona hasta convencernos de que allí no había ningún Coverón. No sirvió de nada cambiar el datum del GPS ni dar vueltas por los alrededores. Manu y Julio se fueron a seguir una de las desviaciones de la senda y yo me puse a seguir otra, menos marcada, que iba subiendo un poco. Desde luego la altitud de la boca no coincidía con la que, de hecho, marcaba el GPS. Al poco desemboque en un bosque de robles bastante aclarado que olía a cueva cercana. Un poco más al norte me topé con una enorme dolina rodeada de grandes balmas, de arcos naturales y rellena de exuberantes helechos. En su fondo estaba la boca de entrada al Coverón.
Terminamos los preparativos en una de las balmas y comenzamos el largo descenso de la resbaladiza rampa de entrada. De golpe y porrazo tomamos conciencia de las dimensiones de la sala en la que estábamos aterrizando. “La Sala” superaba el tamaño de la nave de una catedral gótica en alto, en largo y en ancho. De hecho toda la dolina estaba flotando sobre la inmensa bóveda. Vimos en la topo que la zona este enseguida requería cuerda y equipo vertical. Optamos por ir hacia el oeste a lo largo de la Galería del Árbol. La primera impresión se convirtió en la tónica dominante: grandes ensanchamientos abovedados sobre un suelo cómodo de transitar. De vez en cuando arcos y ventanas entre distintas bóvedas. Todo salpicado de hermosas formaciones; no excepcionales, pero si limpias y cuidadas. En suma, una cueva para visitar más de dos veces. Nuestra ruta oeste acabó llevándonos a un resalte extraplomado de unos siete metros instalado con una cuerda y una cochambrosa escala. Le hice un tiento a la escala pero no me gusto el aspecto de los peldaños ni el batacazo que me jugaba. Pero, como para resarcirnos de la frustración, descubrimos al lado justo de este paso una gatera que nos condujo a una sucesión de coquetas salitas separadas por cómodos pasos agaterados. 
La cueva nos iba pareciendo de lo mejorcito para visitas de iniciación y para hacer magníficas fotos. De nuevo desde la Sala nos metimos por una estrecha galería que al poco murió colmatada por derrubios. Una alta ventana llamó la atención de Julio pero era difícil de alcanzar... bajo unos bloques encontramos la continuación hacia la zona este que pronto se resolvió, como todo lo anterior, en grandes bóvedas de estilo gótico. Pasamos al lado de la cuerda de acceso al Minilaberinto y al río. Y algo más allá tomamos una desviación que se convirtió rápidamente en una red de pequeños meandros con charcos. Por una de las bifurcaciones conseguimos llegar de nuevo a la galería principal. Antes de iniciar el camino de retorno al exterior de la cueva dedicamos un rato a hacer fotos en esa bonita zona. 
Al pasar por la cabaña descubrimos sentados a la mesa de comer, en mitad del prado y a pleno sol, al paisano de los arreglos con tres acompañantes. No era un hambre furiosa la que nos poseía pero la apetecible visión del prado a pleno sol la azuzó lo suficiente como para darse prisa en recoger. No eran ni las cuatro. Nos fuimos a comer al Marcos de Bustablado aunque por el camino recordé las maravillas que me habían hablado los compañeros del AER sobre el restaurante de Ogarrio. Decidimos probar este último tras la próxima visita al Coverón que será, muy probablemente, en breve. El vino y la cerveza nos enredaron en proyectos a corto plazo; algunos de ellos algo ambiciosos, pero, de una forma u otra, motivantes. 

29/9/07

Fascinados (29/9/2007) Cubada Grande


Una semana antes de la fecha de entrada en la Cubada Grande me fui una tarde con Miguel, el médico de Balmaseda,  a buscar la CM20. En la búsqueda de la sima el GPS me dio un error enorme. Se trataba de lo que el programa del aparato llama el “datum”. Días después comprobé que el datum que da mejores resultados con los mapas actuales es el European 84. La coincidencia con las coordenadas del SYGPAC es total salvo, a veces, una o dos unidades. Pero esa tarde, por suerte para todos, Miguel utilizo métodos clásicos: una foto del SYGPAC con una cruz pintada sobre las coordenadas UTM de la CM20. La zona que indicaba la marca estaba formada por bosque de hayas cerrado y sobre lapiaz con escarpes altos. Cuando llegué a la boca que Miguel había encontrado empleando pura energía tuve que reconocer lo difícil que resulta localizar la CM20.
La CM20 es la entrada más cómoda al sistema de la Cubada Grande. Originalmente los exploradores utilizaron la CM6, primera entrada al sistema que se localizó, sima de mucha mayor dificultad que la CM20 que obligaba a puntas de exploración de 16 o más horas. El hallazgo de la CM20 fue muy celebrado por los exploradores ya que permitía ponerse en la punta en 2 horas. 

uno
La casa rural que alquilaron mis compañeros tenía la puerta de entrada pequeña, estilo de Castilla, pero por dentro era espaciosa y acogedora. Estaba a unos siete kilómetros de Espinosa de los Monteros. Procedentes de Madrid Félix, Zaca, Mariano, Miky, Antonio, Lobo, Chicha y Ángel llegaron a la casa algo después que yo. Hubo cena y sobremesa con cartas y copas. Durante un buen rato hablé con Chicha y Félix de espeleología, iluminación moderna y cosas del gremio. Yo estrenaba una nueva instalación de Leds -Stenlight S7- eficaz y compacta que atrajo su atención.
El sábado por la mañana se reunieron con nosotros en Espinosa de los Monteros Miguel y dos espeleólogos burgaleses uno de los cuales, llamado Roberto, conocía el sistema al dedillo ya que había participado en las exploraciones. Terminamos subiendo los doce en cuatro coches hasta el final de la pista del Bernacho. Roberto intento que fuésemos hacia la CM20 por la senda que el utilizaba hace bastantes años pero prevaleció nuestra opción, ya que hacía una semana que habíamos pateado atentamente la zona.
Los preparativos de un grupo tan numeroso son siempre confusos debido, más que al material personal, a la preparación del material colectivo: cuerdas, chapas, mosquetones y equipo de espitar en nuestro caso. Un responsable debe centralizar la información de que se ha metido todo lo necesario y de quien lo transporta. Finalmente no se llevo equipo de espitar por falta de una maza en condiciones. Sin embargo Roberto llevo un macho de roscar por si algún spit estaba demasiado roñoso después de tantos años. Aunque por lo visto  en el sistema se habían celebrado prácticas de rescate no hacía mucho y los spits en su mayoría no debían ser tan antiguos.
Como el tiempo amenazaba lluvia cundió la prisa y el grupo se fracciono, según íbamos estando preparados, en tres bandas de pirañas que se volvieron a reunir cerca, o en la boca, de la CM20. Mariano nos acompaño hasta la misma boca pero no entro. Le tiene mucho respeto al compromiso que puede derivarse de un fallo diabético en el interior de una cavidad compleja. 

dos
Me toco, o mejor dicho me apetecía, instalar el primer pozo que se divide en dos sectores cortos. La reseña indicaba que era suficiente una cuerda de 30 metros y, precisamente, había una cuerda marcada con tres rayas indicando esa longitud. Con cierta dificultad en algunos casos, fueron entrando los tornillos. Terminé la cabecera del segundo tramo y cuando faltaban algo más de cinco metros para el aterrizaje salió el nudo terminal de la cuerda ensacada.  Con  el centro de atención puesto en donde estaba el error (¿el marcaje de la cuerda o la reseña?) subí hasta el rellano intermedio y Miguel me pasó una cuerda de 20 para terminar la faena.
Y cuando estábamos tres o cuatro abajo empezamos a buscar la continuación que no resulto ser por lo evidente -es decir por abajo- sino flanqueando una cornisilla y remontando un meandro hasta el techo para acceder a una especie de buzón que volvía a dar continuidad al meandro. Al poco se desembocaba en el desfonde del pozo del Aigüe (unos 30m). De nuevo allí todos reunidos, Roberto nos fascino con las historias que contaba reafirmando sus palabras con enérgicas gesticulaciones. Su pasión es el espeleo buceo (ver http://www.espeleobuceoenburgos.com/ ) y puede que aún un poco la espeleología.
Para tener una ruta alternativa y rebajar las esperas, tanto en las bajadas como en los ascensos, Lobo y yo continuamos galería adelante seguidos por Chicha y Antonio hacia el pozo Directo de unos 50 metros. La cabecera de dicho pozo se ubica en el techo, sobre una limpia y aérea vertical que desemboca directamente en la galería principal del sistema llamada galería de los Ahivas por las expresiones que lanzaron los primeros exploradores.
                Debido a la roña un par de tornillos no entraron a fondo pero mi única preocupación fue que se volviera a repetir la movida del primer pozo y me viese obligado a remontar el largo aéreo. Así que antes de iniciar el descenso largué suavemente la cuerda hasta su mitad y luego solté de golpe el nudo de la punta. Se escucho un latigazo sobre roca.
                Ya todos abajo determinamos la dirección aguas arriba -no resultaba evidente por las vueltas que habíamos dado- para remontar hasta el punto de conexión procedente del pozo del Aigüe.  Al cabo de unos minutos alcanzamos una rampa regada por un regato que me pareció por la distancia y la orientación el punto que buscábamos. Pero mis compañeros andaban excitados y continuamos aguas arriba hasta que la distancia impuso que nos habíamos pasado del sitio.
                Una vez todos de nuevo bajo la rampa procedente del pozo del Aigüe Roberto nos sugirió visitar -aguas arriba- la Sala del Bloque y el Meandro de los Cristales para luego, de vuelta, visitar aguas abajo la galería de los Ahivas hasta el Volcán. A pesar de que Roberto había estado muchas veces en este lugar la búsqueda del paso hacia la Sala del Bloque no tuvo el éxito esperado así que nos fuimos a ver el Meandro de los Cristales. Primero tuvimos que remontar unos metros mediante unas fáciles trepadas llegándose a una zona horizontal con abundancia de gruesos cristales tapizando las paredes. Comimos en la sala donde confluyen el Meandro de los Cristales y algunas galerías más donde Roberto nos contó largas historias de espeleología.
                Chicha, Félix, Zaca y Miky se subieron por el pozo del Aigüe mientras el resto del grupo bajo a ver el Volcán, desfonde tremendo que barre la galería por completo obligando, para continuar, a bajar al nivel del río. Para subir nos repartimos entre el pozo Directo y el del Aigüe. En este último, y finalizando la subida, Roberto localizó a pocos metros de la cabecera un sector de la cuerda con la camisa cortada y el alma dañada. No conseguimos encontrar explicación alguna. Los cuatro espeleologos que habían subido hacía, poco más o menos, una hora no habían detectado nada. 
Terminé de desinstalar la sima como pude -algo aburrido por la larga espera en la base de los pozos- y emergí a una cálida y nítida noche de viento sur. La bajada estuvo jalonada por una secuencia de botellas de Aquarius y otros líquidos apetecibles que habían sido dejados en lugares estratégicos por  Mariano. Un gran detalle.
       Mientras los teléfonos móviles funcionaban a destajo durante un rato nos estaban preparando la cena en un pequeño restaurante de Las Machorras. Casualmente me había llamado Mavil por la mañana para confirmarme que sus últimas exploraciones en el sistema del Río Mundo habían sido un éxito. Volví a intentar hablar con él pero la cobertura era indecente. Parece que el ánimo para realizar más salidas de espeleo va creciendo en el grupo de Madrid. Se habló de la Rubicera, de Fuentemolinos y de alguna otra. Interesante. Pero más productivo sería salir a una zona de exploración con pocas verticales.

15/9/07

Penélopes (15/9/2007) Alto del Tejuelo


Podía ir a la travesía Buena/Bortal -que estaba esperando hace tiempo-, a explorar en la CA-32 -sima guapa y prometedora-, de espeleo con una par de amigos que querían salir y, por supuesto, también podía mandar todos los planes al cuerno y quedarme en casa soñando y leyendo...
Estuve jodido parte del jueves y también el viernes. La sobreabundancia de planes me corroía las entrañas. Me vino a confirmar lo que ya sabía desde hace siempre. Elegir supone renunciar a las posibilidades no elegidas. Y entonces hay que soltar lo que no vamos a vivir. A algunas personas, si son maestros en el arte de la vida, les cuesta menos que a otras. Me parece que el camino de la libertad es más difícil de lo que pensamos. Tengo un amigo que siempre tiene tres o cuatro planes para realizar. Hace poco le recomendé que se triplicase. Pero entonces querría hacer en vez de tres o cuatro doce o dieciséis planes. Y así sucesivamente. La solución a esta horrenda cadena de planes la tienen los maestros zen desde hace mucho, pero... te estás desviando demasiado de los intereses de tus lectores. Sigo pues con la lineal crónica espeleológica.
Decidí ir a explorar en la CA-32 y quede con Manu, Pedro y Lolo  -estos dos últimos miembros del SECJA-  para el sábado.

uno
Con elegancia no disimulada me fui de mañanita con Manu para San Roque y a las nueve y media nos encontramos con los compañeros del SECJA en el bar del camping. Nos enseñaron una topografía actualizada de la CA-32 y, como siempre, muy bien realizada. La propuesta de exploración consistía en hacer dos equipos de dos personas para trabajar en dos objetivos distintos:
a)       escalar, en el nivel de las galerías fósiles, una ventana que quedaba pendiente y
b)      seguir con el meandro descendente que habíamos descubierto en la incursión del mes
de Julio. Opiné que era mejor concentrar todos los recursos humanos y técnicos (cuerdas, taladradora, mosquetones, chapas y equipos de burilar) en continuar la exploración del meandro y si éste no daba más de sí volver a por la escalada.
Durante el ascenso al valle de Bordillas sudamos el mono interior a fondo. Un rato que fuimos a campo traviesa y a toda pastilla me cagué en los muertos de todo bicho viviente. El calor reblandeció los sesos de todos los participantes e hizo que Lolo y Pedro se empeñasen en ubicar la sima antes de tiempo. Por suerte recordaba un dato clave e inapelable: el gran tronco de haya caído en un prado entre las grandes agujas de lapiaz. La imposibilidad de olvidar ese lugar mágico me permitió señalarles el ansiado agujero.
A primeros de Agosto habíamos recibido un mensaje de Juanma avisando que el pozo de entrada tenia una cuerda que se acababa antes de tocar fondo. Lolo entró el primero a completar el equipamiento -que ahora empezaba por la esquina sur para evitar el sol directo sobre la cabecera del pozo-. Como la cosa se estaba prolongando demasiado me eche una siesta en la que, por unos instantes, perdí la noción del tiempo. Una hora después todavía seguíamos tumbaos en la hierba. Lolo necesito utilizar una de las dos cuerdas largas (¿40 o 50?) que llevábamos. Finalmente dio luz verde y fuimos entrando en rápida sucesión Pedro, yo y Manu. Debido a la garrulez general generada por la espera Manu y yo nos retrasamos “un poco”. Volvimos a reagruparnos con el resto de compañeros tras el paso del Cortafríos en la cabecera del pozo grande.
Cuando me vine a dar cuenta Pedro se había enzarzado con la escalada de la ventana y Lolo estaba entusiasmado. Iban a necesitar una cuerda y la taladradora. Apenas protesté pues calculé que tardarían menos en acabar la escalada de lo que Manu y yo en clavar todos los spits del comienzo del meandro y del primer pozo. Pero me equivoqué por completo. En poco tiempo instalamos la bajada al nivel intermedio del meandro. Solo necesitamos un anclaje natural en cabecera y un spit para completar un sencillo pasamanos y, simultáneamente, equipar la bajada de un resalte de tres metros. En la cabecera del pozo un anclaje a una robusta estalagmita permitió ahorrar tiempo y material. Luego metí un primer spit, más o menos a nivel, para acercarme a una caída limpia para la cuerda. Iba a comenzar el agujero del segundo spit cuando le dije a Manu que fuera a por más cuerda (la que tenía no alcanzaba el fondo del pozo)  y a por el taladro. Acabé de colocar el spit con los brazos doloridos por la retorcida postura y me puse a esperar. Cuando llevaba un largo rato esperando empecé a inquietarme. Volví hacia donde estaban los compañeros con un humor endiablado. Me encontré a Lolo encaramado a unos diez metros de altura y con trabajo para rato. Además seguramente no pensaba bajarse hasta acabar. Me tome una barrita energética y el trozo de empanada que me había sobrado de la comida y me fui con Manu a hacer fotos en la bonita galería fósil. Hicimos unas cuantas bastantes y al volver Lolo ya estaba preparándose para bajar. El resultado de la escalada fue una corta galería que daba acceso a un par de ventanas sobre la galería principal  y poco más. Cuando miré el reloj se me quitaron las ganas de volver a bajar al meandro. Pero Pedro y Lolo estaban dispuestos a rentabilizar al máximo su incursión en la CA-32. Es comprensible sabiendo que vienen desde Madrid. 

dos
Se fueron hacia el meandro y Manu decidió seguirles pero yo preferí subirme con calma a pesar de la curiosidad que sentía por la continuación. El ascenso se me dio bien y en el pozo de salida me tomé un rato y, por encargo de Lolo, dejé el montaje de cuerdas reducido a una única cuerda de arriba a abajo. Eran las diez y pico cuando me puse placidamente a escuchar los sonidos del bosque. Durante un rato dos cárabos estuvieron rondando por los alrededores. También escuché el aleteo de murciélagos cuando pasaban rasantes y casi al alcance de la mano. A las once y media apareció Manu maldiciendo en arameo. Me dijo que iba a pensarse lo de bajar a simas jodidas. Hasta las doce y pico permanecimos a la espera, pero nos dimos cuenta de que si se habían enganchado a explorar podíamos esperar sentados o mejor tumbados. Así pues iniciamos la vuelta siguiendo siempre las mejores sendas entre el bosque, las cabañas y los prados aunque Manu desconfiaba de todas las sendas. Por el camino “descubrí” dos cuevas utilizadas por los pastores y entré en una de ellas hasta un coqueto laguito. A la una y cuarto estábamos en los coches. Esperamos tumbados en los asientos y mecidos por la música de Atmósferas en RN3 hasta más allá de las dos de la madrugada. Les dejamos una nota y nos fuimos a casa.
Reseña telefónica del día siguiente: Pedro y Lolo bajaron en el meandro el primer pozo, ya instalado, y avanzaron conservando la altura hasta una zona en que el desfonde se hacía peligroso. Instalaron un segundo pozo de altura similar al primero para alcanzar el curso activo del meandro. Siguiendo el curso del arroyuelo avanzaron “bastante”, creo que solo Pedro, por una zona estrecha y sinuosa hasta alcanzar un resalte de cuatro metros desde el que se podía ver una cómoda continuación. Pero ya no tenía material.
Pedro y Lolo salieron de la sima a las dos y media de la mañana.    

8/9/07

Triple Silencio (8 y 31/8/2007 y 8/9/2007)

Aeropuerto de Santander: nadie se dio un ostión de puto milagro. Alguien se había dedicado a comer plátanos a discreción y a dejar las cáscaras en lugares estratégicos. Como si fueran bombas de la ETA, las cáscaras de plátano en el lugar adecuado puede producir una catástrofe sin precedentes.  Conozco a un tipo que cascó por un resbalón sobre una de ellas. Su familia interpuso una demanda por homicidio. Me encantan los plátanos machacados con una galleta y un poco de zumo de limón. Mi mama me los daba para merendar (y para desayunar) muy a menudo. Y me enseñaba a no tirar las cáscaras de plátano en las calles de Madrid.
El avión llegaba a la hora prevista. Las nubes me apretaban demasiado la sandalia y tuve que despojarme de la gorra. Cuando lo sopesé, el enorme petate -sobrecogedor y bestial-, casi me aplasta pero el azafato de facturación trago de forma encantadora con Mavil y no le cobró el sobrepeso. Esos azafatos y azafatas encantadores escasean en la mayoría de líneas aéreas. En general se trata de gente que esta hasta los huevos de inflar los chalecos salvavidas para entretener a los pasajeros durante el despegue y de pasear carritos llenos de bebidas y golosinas por el estrecho pasillo del avión. Y que no se tengan que cruzar cuando empujan el carrito, lleno hasta los topes de objetos inestables, con una gorda a la que le ha dado un apretón y corre con urgencia hacia el lavabo de la parte trasera del avión. Se trata de una situación patética y muy corriente, joder.  


ocho
Mavil venía a hacer espeleo desde Murcia. Era miércoles y había que hacer honores al invitado, así que elegimos la cueva del Gándara. Ahora me vais a disculpar, pero de esa cueva siempre saco un gran revoltijo mental que a duras penas puedo sacudirme de encima. Como una borrachera cósmica. Puede que sea la puerta de entrada a un mundo cuyas constantes físicas son diferentes a las de éste. Por ejemplo: la molécula de agua -que debe gran parte de sus propiedades disolventes a su fuerte polarización- en ese otro mundo del Gándara se convierte en una molécula lineal con los centros de cargas superpuestos. Así nada puede seguir encajando en su sitio usual. Los recuerdos vienen a ráfagas como una película que hace tiempo vi -creo que se titulaba “Memento”-; no sabes si un recuerdo precede a otro o viceversa. Con las ubicaciones sucede lo mismo, lo mismo te da estar en la Sala del Ángel que en cualquier otra, colgado de una cuerda que arrastrándote por una gatera arenosa, en un reducido laminador que en un meandro desfondao. No hay manera de hilvanar un relato. Los colores cambian y las paredes se ven azules donde deberían verse amarillas y rojas donde deberían verse negras. La dulce voz de una damisela se parece a un aullido electrizante y los susurros reverberan en las gateras.
Finalmente, después de unas doce horas de tiempo estándar medido en un reloj, salimos de nuevo a este mundo de interpretaciones comunes y empezamos la marcha hacia casa. Como era demasiado tarde para esperarse a una incierta cena casera paramos en el restaurante del bar Coventosa y nos pusimos moraos.






treinta y uno
De nuevo fuimos a la Red del Gándara pero esta vez éramos tres y no dos: Miguel, Mavil y yo. Quedamos muy temprano. Optamos por otra entrada varios kilómetros al oeste de la anterior. El día era fresco y nuboso. Las nubes se pegaban a las cumbres del Valnera y el Veinte. El paisaje, impresionante, fantasmagórico y misterioso me hacia conducir con mucha cautela las revueltas del Puerto de Lunada.
El objetivo era conocer más la cavidad pero lo único que pude sacar en limpio fueron ambiguas sensaciones. Posiblemente conocimos algunos lugares nuevos pero de nada me sirve sin recuerdos mensurables. Solo puedo reportar sensaciones:
Había un lugar que producía una claustrofobia nefasta.
Hubo varios sitios en los que estuvimos a punto de perdernos.
Más tarde estuvimos en otro lugar en el que no sabíamos hacia donde ir.
Y otro en el que no había manera de descender a un río que veíamos en un nivel inferior.
Creo que también localizamos un punto característico y determinable.
Al salir, unas diez horas más tarde, había más nubes y estábamos mucho más cansados que al entrar. Hacían menos de 10ºC. No entraba en mis cálculos el mogollón mental de la Red del Gándara. Me da que podría ser de efectos retardados como el Triángulo de las Bermudas. Miguel, por precaución para arrancar, había dejado el coche mirando cuesta abajo. Incombustible e insaciable se fue a preparar más actividades deportivas al aire libre para el día siguiente. Mavil se vino a mi casa y se tiro durmiendo mas de la mitad del domingo.






ocho
Por tercera vez nos vimos en la Red del Gándara; esta vez los compañeros que se acompañaban fueron Mavil, José, Manu y yo -en total éramos cuatro como podéis observar- y la entrada utilizada fue la única cómoda que se conoce. Nuestro interés era el de siempre. Como se trata de una cueva con más de 80 kilómetros de desarrollo conocido si te esfuerzas lo suficiente siempre puedes descubrir algo nuevo. Sin embargo también sacamos la misma empanada mental que las veces anteriores. En la cueva alcanzas un estado alterado de conciencia en el que se funciona mentalmente de una forma distinta -la forma particular y peculiar de la Red del Gándara- pero al salir de la cueva se pierde ese modo de estar. Sin ese estado mental los recuerdos son inaccesibles, como los recuerdos del nacimiento: todos los tenemos y sabemos que están ahí pero, usualmente, no podemos recordarlos.
Visitamos un lugar al que bautizamos en nuestro argot privado como La Joya. Me dedique a hacer todas las fotos que me dio la gana ya que mis compañeros se dejaban engatusar con suma facilidad. Como tonto de pueblo, para cada foto tenía que pararme a pensar la manera  de utilizar a los actores y la forma de usar los flashes. A veces alguno se hartaba de tanto rollo y salía huyendo o le entraban las prisas. Pero en general se portaron como es debido.
Unas diez horas después de entrar a la cueva volvimos a salir al mundo mundial. Me sentía cansado pero, si lo pienso bien, podría haber sido bastante peor. Cada uno se fue a su casa casita.




25/8/07

Demonios (25/8/2007) Cueva Fresca

uno
como si todo fuese a contrapelo, al despertar no me sentía bien. La noche anterior esperé, en vano, la llamada de dos amigos con los que había quedado en hablar el viernes. Tuve que llamarlos yo. Recordé que esto es típico en Santander.
eso y una sensación general de pesadez en el ambiente -como si yo quisiera ir más rápido que los sucesos-  me fatigaron antes de llegar a Solares. Algo después me llamo Julio para decirme que se retrasaba. Pasadas las diez llego acompañado de Encarna. Como tenían que volver pronto y yo me quedaba con Mavil nos fuimos en dos coches. A mitad del ascenso del puerto de Alisas me entere que por allí no íbamos a poder pasar de ningún modo. Había una carrera de coches. De pasada Julio tuvo un pequeño accidente y yo estuve a punto de verme implicado en otro. Así que tuvimos que dar la vuelta por Ramales. Recogí a Mavil y a su despliegue de efectos, que había estado acampado cerca de La Gándara, y me junte con los restantes compañeros en la iglesia de Asón. A las doce pasadas pudimos emprender la marcha hacia la Fresca, y era cerca de la una cuando nos disponíamos a entrar Julio, Encarna, Mavil y yo.  Mientras se ultimaban los preparativos me relaje haciendo fotos. 
dos
hacía mucho tiempo que no entraba en la Fresca y traté de encontrar un nuevo objetivo que me ilusionase. Encontré dos: primero visitar todas las galerías secundarias y menos secundarias -desconocidas para mi por recorrer siempre la ruta hacia la Sala Rabelais como un robot-. Y, segundo, iniciar un ensayo de la nueva célula esclava para maquinas digitales. Los demonios se disiparon sin que me diera cuenta.  
                a la altura del barrizal, poco antes del Tracastín, Julio y Encarna se despidieron de nosotros y comenzaron su vuelta. Mavil continuo hurgando conmigo por todas las galerías que nos encontramos hasta que alcanzamos la Vira de la Araña. Me quede sorprendido al visitar una desviación que nos llevo hasta la Red del Caviar: grandes y hermosas galerías con algunos rincones mágicos.
un poco antes, en el comienzo de la Red del Caviar, había dejado un mazo de cuerda que llevaba para los resaltes del Cañón Rojo. Cambié la idea inicial por la de visitar otras zonas menos conocidas por mi. Después del pasamanos de la Araña practicamos con la célula esclava en la Gran Estalagmita.
tres
                al llegar a la Sala Rabelais me metí hacia la izquierda ascendiendo, por el borde superior de la sala, en busca del comienzo de la Red de los Parisinos. Luego recordé que esta justo al comienzo del Cañón Rojo en una grieta que desemboca a la derecha. Como estimulante, decidimos echar un vistazo a la Red hasta el Pozo de la Unión con el río de la Tibia y también para comprobar el estado de las señalizaciones. Por si acaso se nos ocurría hacer la travesía Tibia-Fresca. 
                nos costo encontrar el Pozo de la Unión. Cuando estábamos a menos de tres minutos nos confundimos tres veces. Sencillamente los conductos más evidentes no son el correcto. Y las señalizaciones están pensadas para alguien que viene de la Tibia y no al revés. Tomamos un tentempié justo al lado del Pozo de la Unión.
cuatro
todo fue más fácilmente a la vuelta como cuando algo se afloja. El aflojamiento nos llevo “ligeros” hasta la salida y nos permitió hacer más prácticas con la célula esclava. El atardecer estaba muy avanzado -eran las nueve- y algunas lenguas de niebla se arrastraban a mitad de altura por la ladera de Mortillano. Me deje engatusar por el paisaje.
cuando llegamos al coche se habían encendido las luces de Asón. Un niño me saludo insistentemente desde las casucas rurales. Cambiarme de indumentaria y ordenar un poco las cosas me puso tenso como casi siempre. Al final todos los sucios trastos encajaron, más o menos, en algún rincón. Saboreé la incursión del día en el momento exquisito de ponerse a rodar suavemente, sin prisa de ninguna clase. Al pasar por el bar Coventosa la ausencia de gente nos ahuyento. Acabamos en el restaurante Marcos de Bustablado. Los arrullos nocturnos y la cena: una combinación perfecta. Tuve la sensación de redondez durante veinticuatro horas...