12/10/13

Blanco & Brown




           Ya me lo había avisado Miguel.  Aunque, en realidad, el no pudo llegar a la sala la primera vez que la visitaron. Se sentía enfermo, tenía la gripe encima apretando a tope las tuercas. Así que él no había visto con sus propios ojos la sala. El resto de los compañeros de E50 si que llegaron a verla en aquella primera vez. De ahí había salido la información que me llego a través de Miguel. Aunque uno siempre sabe lo que ocurre en estos casos, nunca me siento preparado del todo para asumir la tontería generalizada, el infantilismo idiotizante y la estupidez profunda. Y  la mala fe. Era blanca.
            Me encontré en Gibaja con Zaca, Tripi, Pepe, Miguel y Antonio J.G. Poco después apareció Manu. Aparte de comer tostadas y beber café la charla ocupo todo el espacio disponible. La conversación paso levemente sobre Islandia y se posó sobre Getsky. La nueva empresa de Zaca proporciona Cielos a quien lo desee, aunque el coste de un Cielo no está al alcance de cualquier currito. Cielos que resultan maravillosamente reales, con sus nubes y sus copas de los arboles y sus pájaros y sus insectos y sus hojas secas cayendo, todo esto destacándose con nitidez contra el azul celeste.
            Para llegar a la Sala Blanca hay que recorrer parte de la antigua mina Chomin. Está bastante cerca de Lanestosa, en una desviación de la carretera que la une con Carranza. Dentro de la mina hay, de momento, unos ocho soplaos conocidos. Son simas en todos los casos. Una de ellas es la Txomin IV con un pozo de 235 metros. Sin embargo para llegar a la Blanca solo es necesario recorrer un cómodo pasamanos, bajar un pozo de unos 20 metros, otro de unos 110 metros y finalmente un resalte de unos de 10 metros. La instalación corrió a cargo de Pepe y Antonio J.G. No hubo ningún problema hasta llegar al pozo de 110. Allí esperamos unas dos o tres horas a que acabasen la instalación. Surgieron inconvenientes con los nudos, con los fraccionamientos y en definitiva con la longitud de las cuerdas.  Finalmente pudimos bajar el pozo. Desgraciadamente la instalación quedo con una tirada de cuerda de unos 60 metros. Pero mejor esto que no bajar. De la base del pozo a la Sala Blanca sólo tuvimos que dar un corto paseo, bajar un pozo de unos 10 metros y pasar una estrechez insignificante.
            La Sala Blanca se anuncia a lo largo de la sima (en general de todo el recorrido) Nos habíamos encontrado paneles de colada fina, concreciones y formaciones. Y, aunque no siempre, a menudo eran blancos, blanquísimos, de un blanco que llamaba la atención. Sin embargo a pesar de todo, e incluso a pesar de lo que te cuentan, la blancura de la Sala Blanca impacta al neovisitante. Es muy blanca. Más allá de si es más o menos blanca que otros sitios blancos en los que he estado, se trata de una blancura que te envuelve. Por todos lados hay blanco. Incluido el suelo.
La cosa empezó a txirriar en cuanto entramos en la Sala. En vez de encontrar un único rastro, fácil de seguir, en la blancura nívea, nos enfrentamos a tener que tomar una decisión: ¿por donde está más pisoteado (para seguir por ahí)? ¿por donde se ha pisoteado menos (para no pisar)? ¿por qué el sitio más pisoteado no es el más lógico, ni el mas fácil, ni el que menos impactaría? ¿por qué un sitio como éste no se ha balizado ya? ¿por qué el grupo responsable de su exploración no ha cuidado de algo como esto:  LA SALA BLANCA…? Todas estas preguntas me gustaría formulárselas personalmente al grupo responsable de la exploración y también a aquellos que siguen en sus trece, afirmando que “balizar es meter basura en las cavidades”. Me gustaría que pudieran ver, todos ellos, el estado de la Sala Blanca. Y me gustaría que me respondiesen a esta sencilla pregunta: ¿qué es preferible pisotear y embarrar toda la Sala Blanca o poner algunas varillas blancas de fibra de vidrio y un fino hilo de pesca, que apenas se ve lo suficiente, para conseguir que sólo un estrecho sendero se embarre? Les recuerdo a los listillos que afirman que “balizar es meter basura” que en algunas cavidades de otros Estados (no España claro!!)  no solo se baliza, sino que se exige cambiar de calzado y de mono para pisar en zonas cristalinas. Pero los españoles somos más listos que nadie y también más gallos. Así nos va en casi todo…
En la Sala Blanca estuvimos mucho menos de lo que me habría gustado. Una media hora para hacer fotos y un poco más para comer. Pepe y Antonio J. G. partieron hacia el gran pozo con intención de fraccionar la tirada de 60 Poco después partimos el resto. Cuando llegué a la base del pozo grande Pepe  estaba en la tirada de 60 y Antonio J. G. en el volado inicial de 25. Para desconsuelo de la mayoría no habían fraccionado la tirada de 60.
 Tuve la suerte de que, gentilmente, me cedieran el paso todos los que allí estaban. Así que me toco subir trás Antonio J.G. Subí bien el volado inicial: seis pedaladas y descansar unos segundos y así sucesivamente. Pero estaba preocupado por la tirada de 60. No tenía ningunas ganas de subir esa tirada de cuerda. Recordaba de otras ocasiones el chicleo de 60 metros, la rotación incontrolada, la falta de contacto con algo sólido. Suena prosaico, pero me sentí muy aliviado al salir de la tirada.
Manu y yo esperamos más de una hora en la cabecera de los pozos hasta que nos pasaron una saca llena de cuerdas. Un poco despistados en las galerías mineras iniciamos la vuelta al exterior. Zaca nos alcanzo enseguida. Cerca de la salida Zaca recogió la piedra que encontró cuando entrábamos: cristales grises metálicos que a mí me parecieron de galena más que de blenda.
Ya anochecido nos reunimos junto a los coches. Los móviles funcionaban a destajo con y sin whatsapps. Las cosas volvieron a estar en su sitio cuando, en Gibaja, comenzaron a salir cervezas del frigorífico. Esto no era más que el preámbulo de lo que vino después. Sin embargo, después de una cerveza, yo no me quede a la velada. Dicen que soy insociable, pero sencillamente es que me aburro cuando hay mucho lío a mi alrededor. Mi mente, y yo mismo, somos demasiado simples para comprender simultáneamente tantos fenómenos cambiantes …




más fotos

6/10/13

Perretes


(21/9/2013)
            Como no había donde agarrarse nos agarramos a la nada. El día iba a ser bueno y no teníamos ganas de andar bajo tierra. Me quedaba demasiado cercana la experiencia de estar doce horas en la Red del Gándara para empezar a balizar Anestesistas. La posibilidad de irse de excursión –senderismo-, a escalar plácidamente o a contemplar el paso de las nubes nunca fue descartada del todo. Pero a la postre peso nuestra curiosidad por los agujeros del Hondojón y allí fue donde nos fuimos Manu y yo.
            Teníamos que visitar las pequeñas dolinas herbosas del Hondojón, elegir una y comenzar a sacar piedras.  La furgoneta de Manu alcanzo por la pista el collado de acceso al Hondojón. No hubo mayor problema que una fuerte cuesta con el surco de las aguas muy marcado. Un todoterreno paso a nuestro lado mientras nos preparábamos. Descubrimos que estaban trabajando con una excavadora en una finca. Me dio la impresión de que mejoraban el acceso a la cabaña. De cualquier forma teníamos compañía cercana. En una de las dolinas habíamos trabajado Mavil y yo hace un año. Sin embargo no encontré ni rastro de nuestro trabajo a pesar de las vueltas que di. No cabe duda de que los paisanos taponan, si pueden, cualquier desobstrucción en curso. Por eso decidimos sacar las piedras fuera de la dolina y enviarlas a otra. Al menos si alguien intenta taponar lo destaponado le costará trabajo. Como a las tres se estropeo el cabezal de la broca y no pudimos seguir con la obra. No más que sacar alguna piedra pequeña suelta. Sin embargo el resultado fue alentador. Teníamos roca madre a la vista y hueco hacia abajo muy evidente.
            Cruzamos el Puerto de la Sía y torcimos hacia Las Machorras. Nos tomamos una gran cerveza fresca. Nos hacía falta. El sol estaba castigador, el calor era sofocante. Poco antes de Lunada abandonamos el vehículo y tomamos la pista hacia Los Campanarios. Nuestra frustración subió varios grados cuando vimos lo que quedaba de nuestra obra en La Bloquera: nada. Un enorme montón de tierra coronada por brezos y tojos marcaba nuestra excavación. Era claro que, sin un buen uso del apuntalamiento y la contención, seguir trabajando allí iba a ser inútil. Así que decidimos dar un paseo en busca de agujeros. Desde luego teníamos dos agujeritos aspiradores con muy buena pinta. Uno en el colladito y el otro al ladito de La Bloquera. Pero para nuestra suerte Manu tuvo un golpe de buena suerte y localizó a unos 30 metros al oeste una cuevecita marcada como 1624 por nuestros amigos franceses. Prometedora… 
  
(28/9/2013)
            Manu y yo nos habíamos quedado solos. Pero mejor ir acompañado sólo por alguien que te acompaña bien que quedarse sin compañía alguna o con malas compañías. El objetivo que nos planteamos era algo duro. Alcanzar la zona de Anestesistas y balizarla entera. Para conseguir algo así necesitábamos todo el día y algo más. Al final nuestra estancia sólo duro 13 horas. Sólo.
            Comenzamos el devenir a las ocho y media. Nos metimos a la cueva un poco tarde. Y avanzamos sin prisa pero sin pausa. La cueva estaba más húmeda de lo habitual. Te hacía sudar. Al poco de pasar el Pozo de las Hadas dejamos atrás la cascada de la Sala del Ángel algo crecida. Había neblina en la sala pero no me pareció demasiado densa.  
            La zona de Anestesistas nos pareció muy lejana. Incluso más que la última vez. Protegerla mediante una balización exhaustiva casi parece exagerado. Pero llegarán los días en que menudearan las visitas.
            Dividimos el proceso de balizar en tres sectores. Hicimos un reparto de trabajo basado en la especialización: yo colocaba las varillas de fibra y Manu colocaba el hilo. Después de balizar el sector más delicado nos paramos a comer algo. Luego vino el sector de entrada desde el oeste. Finalmente nos dedicamos al sector más oriental . En mi opinión prefiero pecar de exagerado que dejar algún detalle que luego se pisotee.
            Estábamos bastante cansados de colocar estacas e hilo. Así que la idea fue ir saliendo manteniendo la moral alta. Ya de noche volvimos al exterior. Había llovido pero la tierra no había formado barro aún. Cuando llegue a casa todavía no eran las doce. Me tome una cena más ligera que abundante y me sumergí en el sofá antes de hundirme en la cama…
  
(6/10/2013)
Ese día estuvimos a punto de no ir a ningún lado. Pero a pesar de la falta de respuesta inicial la perseverancia de Marta tuvo su recompensa. Adrian, Jara, Marta y yo. Una buena cuadrilla.
La noche anterior pudimos cuadrarlo todo para estar a las diez en Solares. La música que elegí para amenizar el viaje aguas arriba del Miera tuvo una acogida desigual. A la altura de Linto opté por apagarla. Nos acompañaban algunas nubes viajeras transitando con indolencia por las laderas. Los trozos de cielo azul aumentaban según ascendíamos hacia Lunada. En tierra burgalesa el sol era evidente.
Teníamos una razón para estar otra vez en Lunada: se llamaba 1624. Nada especialmente llamativo pero al menos cercana a La Bloquera. Todo el trabajo del año pasado se había arruinado. Una montaña de tierra, brezos y tojos acumulada  sobre la excavación que tanto nos había costado. Pero no hay mal que por bien no venga. Al menos en este trabajo no habrá hundimientos.
El día fue exitoso. A base de sacar piedras conseguimos avanzar tres metros. No está mal teniendo en cuenta que puede ser el portal de cien kilómetros de pasillos!  Las dos chicas se pasaron charlando gran parte del tiempo a la puerta de la cueva. Mientras Adrian y yo movíamos bloques se podía escuchar vagamente su conversación.
El tiempo fue empeorando hasta que  las nubes y el viento hicieron caer la temperatura a menos de 10ºC. Tocaba largarse de allí cuanto antes.  Valle abajo el tiempo fue templándose hasta alcanzar unos maravillosos 20ºC.  En Solares el verano estaba en su apogeo. Me entró una modorra que dignificaba arrastrarse hasta un sofá. Por suerte mi casa estaba cerca y pude llegar…  

7/9/13

Trabajos

Fotos: Miguel F. Liria
Texto: Antonio González-Corbalán


Tenía una prisa especial.  No podía quitarme de la cabeza algunos lugares hermosos y, simultáneamente, frágiles. La sensación de urgencia por preservar y proteger. Me he sentido, a menudo, responsable de su conservación. En realidad la responsabilidad por la conservación de las cavidades es de todo el colectivo espeleológico. En muchos lugares de nuestro país, y en bastantes países desarrollados, se ha iniciado, en algunos casos hace ya muchos años, un proceso para tomar medidas de protección. Dichas medidas pasan necesariamente por la sensibilización del colectivo espeleológico. Sin embargo esta medida es del todo insuficiente. Por muy concienciados que se sientan los espeleólogos es muy difícil, si no imposible, que todos pisen por el mismo camino en una galería de suelos delicados y paredes llenas de formaciones. En primer lugar  porque si los suelos son cristalinos la huella es difícil de ver. Y lo más obvio: porque a cada persona le llama la atención un punto diferente al que deseará acercarse. Se hace necesario, si queremos mantener los suelos intactos, indicar de alguna manera el sendero. Existen varios procedimientos para conseguirlo. Uno de ellos sería poner indicadores como hitos o catadióptricos. Otro determinar un sendero mediante estacas e hilo. Un tercero pavimentar de alguna forma el sendero a seguir. El tercer sistema es el ideal pero su coste es elevado. Solo se utiliza en cavidades muy protegidas y en cuevas turísticas. El primer sistema es adecuado para zonas poco frágiles como caos de bloques o grandes galerías con suelos de grava, piedras y bloques, siempre y cuando no existan sobre las piedras o bloques zonas de cristalización, arenales o depósitos de ningún tipo. Sin embargo este sistema no funcionará correctamente ni a nivel práctico (no sería suficientemente preciso en un distanciado) ni tampoco a nivel estético (visual) sobre suelos de concreciones, suelos de tierra frágil o suelos arenosos del cualquier tipo (polvorientos, gravosos, cristalinos, etc.)  El sistema adoptado en casi todos los países en estos casos ha sido la balización de senderos mediante estacas e hilo. Evidentemente existen muchas posibilidades en cuanto a los materiales y colores a usar. Los que nos hemos preocupado por el tema hemos llegado a los siguientes criterios:
1)     los materiales deben ser estables y durables
2)     el impacto visual debe ser mínimo
3)     el coste de los materiales debe ser reducido
4)     los paquetes de materiales a transportar deben ser muy manejables (a veces hay que transportarlos a lugares remotos durante varios días de estancia en las cavidades)
5)     su colocación debe ser sencilla.  
De momento la mejor opción que hemos encontrado consiste en usar: estacas de fibra de vidrio blancas de 4mm de  e hilo de nylon (de pesca) de llamativo color, amarillo o verdoso.



         El hecho es que a finales de agosto me estaba acordando de una zona caliente por su belleza y rareza. En realidad me acorde mucho antes, todavía era julio, cuando vi el grado de conservación y los cuidados que prodigan los islandeses a sus delicados y maravillosos paisajes ¡no salirse de las sendas ni de las pistas! ¡prohibido el off-road! Paisajes infinitos, hasta donde alcanza la vista en el horizonte, sin una piedra fuera de su sitio, ni una huella, ni un poste, ni un nada… Verificar que existe un país en que una de las preocupaciones principales de los ciudadanos consiste en preservar el paisaje intacto. Eso es impactante. Es mi sueño hecho realidad. Una sensibilidad que le pertenece a todo un pueblo, a toda una nación, y no solo a un grupo marginal de individuos. Eso y el silencio.
Así que volvía con ganas de proteger, en la medida de mis posibilidades, las hermosas cuevas de Cantabria. En mi mente particular el caso más urgente era, y de momento es, una bellísima zona llamada Anestesistas. Remota y difícil de alcanzar, pero delicada a más no poder. Me ocupe de buscar compañeros para hacer el trabajo. Miguel se animó desde el primer momento. Tenía ganas de espeleología. La logística cuajo de la siguiente forma: a) entrar a las ocho de la mañana el sábado b) aproximación de entre tres y cuatro horas a la zona c) cuatro o cinco horas de trabajo d) volver a la superficie en unas cuatro horas. La estimación daba, en total, una jornada de unas 12 horas como mínimo. El jueves lo dedique a preparar todos los materiales. Tuve que ir a Maliaño, a conseguir estacas e hilo en el local que posee la FCE, y al local del club SCC, en Santander, para coger la taladradora Makita y las nuevas baterías. Eso me llevo gran parte de la tarde. Además, el viernes, tuve que supervisar la carga de las baterías durante varias horas. En resumen: una tarea.
El sábado llovía bastante. Con un pequeño retraso entrábamos, algo después de las ocho, en la Red del Gándara. Tardamos más de lo previsto en alcanzar la zona a balizar. Sencillamente no me acordaba de que galería debía tomar y, además había algo de sabia lentitud añadida. Quizás habían pasado cinco años desde la última vez que visité esa zona. A pesar de su enormidad, o quizás por ella, no recordaba con claridad el extraño paso de la cornisa. De hecho alcanzamos nuestro objetivo por una galería diferente a la que yo había recorrido la primera vez. 
El hecho es que habíamos tardado mas de cuatro horas. Nos pusimos a trabajar, pero el entusiasmo de Miguel por fotografiar, y verlo, todo no tenía límites. Y yo tenía que reflexionar sobre la balización.  Por donde y hasta donde. Los nidos de cristales tapizan todo el suelo hasta el punto en que no es posible pasar sin destrozar algo al pisarlo. La forma precisa en que se termine la balización de esa zona será compleja. Además requerirá de varios carteles explicativos para evitar que la gente intente cruzar las zonas frágiles deseando llegar a todos lados. Sitios que en todos los casos, sin excepción, se pueden alcanzar por otra ruta balizada sin destruir nada. Realmente mucho trabajo. Y cada vez que se vaya hasta allí serán necesarias, al menos, doce horas o un fin de semana.
Cuando llevábamos un cuarto de hora balizando se partió la broca. En vez de lloriquear terminamos de colocar el hilo en donde estaban puestas las estacas y balizamos una zona arenosa en la que no se requería broca para poner las estacas. El resto estuvo bien: pudimos hacernos una idea global de la zona y del trabajo a realizar. En realidad es la primera tarea que debe realizarse cuando se proyecta una balización.  Además Miguel pudo hacer todas las fotos que le dio la gana. Y si que las hizo.
Nos sobraban horas previstas. Durante la vuelta visitamos todas las ramificaciones importantes de las grandes galerías de la zona. Es difícil creer que no vaya a haber algo más en una zona tan rica en huecos. A las ocho salíamos de la cavidad. Había llovido bastante pero la tierra del sendero no parecía estar embarrada. Al poco, ya junto a los coches, nos cayo una fina pero densa llovizna. Mientras le mostraba a Miguel el Calendario 2014 nos tomamos una cervezas raqueras que me parecieron especialmente buenas. Quedamos emplazados para volver cuanto antes a balizar Anestesistas. Posiblemente el próximo fin de semana.



29/6/13

Silencios



Camino de Arredondo alcancé el Puerto de Alisas. Las nubes grises se disiparon en el azul. El valle se extendía claro y nítido. Rotundo, podría decirse. Nada que ocultara la montaña Porracolina, nada que ocultara su aura. La contemplé como una pintura hiperrealista. Cada poro de la tierra, cada sima, exhalaba el mismo mensaje. Tuve claro que el día me iba a sonreír. De hecho me sonreía ya. El misterio, esa magia apenas alcanzable, me estaba rozando.
En Arredondo compre algo de comida. De camino, valle arriba del Asón, terminé mi desayuno. Aparqué en la curva donde se toma la vieja senda hacia la Rubicera y espere un rato. Una vocecita interior me dijo que iban a tardar.  Recorrí con una calma casi perfecta el par de kilómetros que faltaban hasta la casa rural. Allí me encontré a todos desayunando a lo grande sin prisa alguna. Estaban Hugo, Pepe y su novia Cristina, Zaca, Chicha, Miguel, MikyTripi, Antonio y una pareja de la que no recuerdo el nombre. Hubo saludos y presentaciones. La conversación giro hacia Islandia. Luego hacia Papúa. Más lejos no fuimos porque no se nos ocurrió en ese momento donde y cómo ir más lejos. Quizás Encélado donde los exobiólogos aseguran que hay condiciones para la vida. El día resplandecía y la prisa no hacía su aparición por ningún lado.
Fuimos con los coches hasta el final de la pista que conduce a la escuela de escalada de Asón. Miguel iba a guiarnos. Nos llevaría por los pasamanos hacia la cueva de la Rubicera. Él los había transitado hace poco con miembros del AER. A mitad de recorrido Miguel dudó. El camino a seguir para acceder a los pasamanos no estaba, en modo alguno, claro. Una canal empinada y herbosa, candidata final a ruta correcta, no tenía puesta la cuerda debida. Fue el momento en que aprovechamos para producir un pequeño motín. Un liderazgo difuso, un grupo con tendencias ácratas, anárquicas o, cuando menos, izquierdosas ¿Qué más se necesita? Cada cual eligió el camino que le pareció más oportuno para llegar a las hayas gigantes. Allí nos esperaba algo mejor que todo lo anterior. Un remanso de vitalidad, un soplo de frescor salvaje, un sueño hecho realidad, una mirada al árbol de la vida.
Descendimos por las canales. Aquí tampoco encontramos cuerda en el último resalte. Pero todo estaba seco y la roca presentaba todos los agarres bien marcados por el tránsito. No hubo dudas: el descenso nunca estuvo tan perfectamente dispuesto. Hasta llegué a sentirme cómodo sin la cuerda. Luego vino la sombra. La sombra de las dos bocas de la Rubicera nos estaba esperando desde hace tanto tiempo... Con una paciencia sin límite. Varios años. Soy incapaz de acordarme de cuántos. Sencillamentemucho tiempo.
La sombra del portal de la Rubicera es de esas que se disfrutan sin más. El contraste entre la radiación solar y la oscura umbría. La hierba jugosa y fresca. Un suave soplo frío, el aliento de la Rubicera. Las cómodas rocas planas para sentarse. El paisaje cargado de mensajes vitales. Como la cascada del Asón. Como los bosques de hayas del Albeo. Como las verdes hazas colgando sobre el abismo.
El ambiente me resultaba acogedor. Me sentía como si estuviera en una segunda residencia, una antigua casa, bien conocida por mí, en que los rincones me susurraban recuerdos. El sendero que nos conducía hasta el caos de bloques estaba perfectamente marcado. La gran galería se conservaba sin deterioro evidente. Sólo eché en falta que solo se hubiese marcado una senda en los arenales. Poderlos contemplar vírgenes de huellas. Pero esta trillada general de los arenales ocurrió en una época en que cada nuevo grupo que entraba en la Rubicera se peleaba durante horas o jornadas intentando encontrar el paso clave. Ese paso, que resulta tan evidente cuando es conocido, requería varios intentos del espeleólogo en la mayoría de los casos. Así es como se trillaron los arenales de la enorme galería.
El paso clave del caos de bloques ha mejorado ostensiblemente. La zona más estrecha, que antes resultaba enormemente penosa, ahora se ha convertido, no sé cómo, en una gatera de agradable tránsito. La saca, que anteriormente requería de una cadena humana, ahora es manejada cómodamente por el propio espeleólogo. Me pareció un avance positivo. Encontré, además, que la cantidad de bloques sueltos –amenazantes- había disminuido notoriamente. Me reuní con Miguel en la base del paso clave respirando la brisa que emergía de la oscuridad.  Avanzamos hacia esa oscuridad sin ninguna preocupación. Se habían evaporado todas como si la oscuridad se hubiese transformado en luz.
Nos alejábamos de la ruta más transitada, la travesía que lleva hacia el Mortero de Astrana. Aquella galería que recorríamos me estaba resultando encantadora. Pequeñas dificultades y grandes bellezas. Y ahora íbamos hacia galerías menos conocidas. En realidad solo Tripi las conocía. Difíciles de encontrar. Me dejaba guiar con el placer del que sabe que lo mejor está por llegar. Un camino prometedor hacia un lugar más prometedor aún. Primero encontramos los zarpazos de un pequeño mamífero. Miles de zarpazos tapizaban la pared. Resultaban intrigantes. Resultaba difícil de comprender el porqué de esos zarpazos. Resultaba un número excesivo de zarpazos para entenderlo. Entre nosotros circuló la hipótesis de que no fuesen zarpazos; de que la dinámica química de los minerales de la roca hubiesen conformado los zarpazos. Quizás. Tal vez. Es posible.




Más allá encontramos arenales en un cómodo laminador. Arenales con un único sendero, con una sola ruta. La emoción de estar rodeado por terreno virgen. Alguna huella perdida rompiendo la perfección de la superficie nos recordaba la importancia de la balización. Nos recordaba la necesidad de hacerlo; la necesidad aun en los casos en que los espeleólogos sean seres humanos cuidadosos. Casi escrupulosos, casi obsesionados por la virginidad y la pureza del paisaje.
Las excéntricas abundaban en algunos rincones. Eran notables. Perfectamente blancas. Perfectamente conservadas. Exactamente colocadas en el punto en que la naturaleza de los hechos coloca a las excéntricas. Exactamente puestas para captar su imagen. Así que hicimos fotos. Y así eché de menos un trípode en condiciones. Una pequeña mancha en la poderosa historia de aquellas horas.  En realidad una mancha sin importancia ninguna. Un fugaz deseo de atraparlo todo. De quedarse con todo. Cuando todo se nos estaba dando sin atraparlo. Cierra el puño y te quedarás con un puñado de arena. Abre tu mano y todo el desierto pasará por ella.
La Galería que arranca de la Teta hacia el norte tiene algo. Algo de especial. Una decoración que no deja indiferente. En la paredes, en el techo. Y en el suelo. El murito que protege los pelos de yeso fue construido por Tripi. Los corales lo tapizan todo. De momento puede recuperarse plenamente balizando el sendero más marcado. No tiene dificultad. Es ligeramente activa por los goteos. El barrillo sobrante, fuera de la ruta balizada, desaparecerá en pocos años. Aquí no hay problema.
Sin embargo el deterioro de la ruta por la que discurre la travesía es muy notable. No hay basura, pero muchas zonas están pisoteadas -sucias- de una forma excesiva por fuera del evidente sendero principal. Que diferente sería si todo se hubiese balizado cuidadosamente. Lo más valioso que han destruido esas trilladas son los arenales cristalinos blancos que rellenaba algunas galerías. Podemos consolarnos pensando que al ser galerías estrechas era muy difícil eludir su deterioro. Pero de cualquier forma es cierto que podría haberse conservado mejor la cavidad. El deterioro principal procede de los tránsitos en la travesía. Si la travesía no se hubiera publicado o, mejor dicho, si solo se hubiese publicado una vez balizada cuidadosamente la cavidad, el deterioro sería casi nulo. El error de apreciación fue solo mío. La responsabilidad, la culpa, de haber publicado la travesía me pertenece como carga.




Es posible conservar a partir del punto en el que nos situamos en la actualidad. Eso es lo mejor que podemos hacer en este momento. No digo que las bellas travesías no deban publicarse, ni que deba impedirse las visitas a bellas cavidades. Lo que digo es que antes de ello deben prepararse cuidadosamente para esas actividades. Y es eso lo que no pude comprender hace una década. Pero ahora lo he comprendido plenamente. Mi único consuelo consiste en decirme: mejor tarde que nunca. Antes solo pensaba en democratizar la belleza. Ahora sigo pensando en democratizarla, pero garantizando su conservación. Ese es mi punto de vista. Varios grupos me han pedido ayuda para realizar travesías en el Gándara. O para visitar ciertos sitios. Está en marcha un proceso de balización para que esas visitas no deterioren nada. Una vez culminada la balización de las zonas clave las cosas serán de otra manera. Todos nos congratularemos de poder visitar o hacer una travesía de calidad. Con todas las bellezas intactas. Solo hace falta algo más de paciencia. Porque el trabajo de balización requiere su tiempo. Y hacen falta muchas manos para hacerlo.
Nuestra visita tocaba a su fin. Pero todavía nos quedaba un bonus extra que iba a darnos lo mejor del día. En el grupo había algunos que se habían quedado con ganas de recorrer la vía de acceso a lo largo de los pasamanos. Zaca, Miguel, Chicha y yo decidimos recorrerlos de vuelta. La senda estaba perfectamente marcada. Pero la cornisa herbosa se iba estrechando sin que aparecieran las cuerdas. Ya andábamos un poco temerosos de que no hubiera cuerdas cuando divisamos el primer pasamanos un poco más allá. El recorrido fue como un regalo definitivo y pleno. Como cuando saboreas la fruta más deliciosa del árbol. Como una estancia en el lugar que más amas. Como el rincón más bonito de los recuerdos de tu infancia. Como una terapia total de la locura contagiosa. Como la armonía de las esferas.
La última cuerda de los pasamanos te posaba en un hombro herboso en mitad del haza. Flanqueamos por la hierba con despreocupación hasta la primera canal a nuestra izquierda. Al principio la pendiente era suave. Luego fue empinándose hasta un punto en que empezamos a necesitar las manos. El paseo se convirtió en una trepada por hierba y roca. Tuvimos una ligera sensación de peligro. Algo estimulante pero sin tensiones. Es cierto que estábamos subiendo. No bajando. Si hubiéramos estado bajando la sensación hubiera sido otra. Pensé o pensamos o dijimos: para bajar mejor poner la cuerda. Y con peso también para subir.
Me despedí hasta agosto de todos mis amigos. Ellos querían que me sumase a la fiesta que se avecinaba. Doscientas cervezas, tres botellas de ginebra y dos de ron para empezar. Datos parcialmente recabados por mí y parcialmente facilitados por Zaca. Era tentador. Sobre todo porque amo el sabor de la ginebra. Pero también era inadecuado. Tenía compromisos y, lo principal, tenía que terminar de preparar el viaje que comenzaba al día siguiente. Viaje que me llevaría muy lejos. Tremendamente lejos. Hermosamente lejos. A mi reserva de silencio. Aunque, pensándolo bien, esto no es del todo cierto. La reserva de silencio ¿esta solo en un sitio? O mejor dicho: ¿está en algún sitio en particular? Seguro que en todos los que consiguen alzar el silencio sobre el ruido. Seguro que en aquellos en que el ruido se transforma en silencio. En esos en que, a pesar de todo, permiten conectar con tu propio silencio.

22/6/13

Túnel de Vacío



  Hago un extraño giro. Me salto uno de los principios básicos de este blog de espeleo. Hablaré de escalada. Aparentemente dos actividades que solo tienen en común el uso de cuerdas. Pero hay algo más. Algo sutil y efectivo Algo universal y maravilloso. Se trata de fabricar túneles en el vacío universal. Esos túneles solo se hacen con la voluntad de poder hacer.
            El asunto comienza cuando te enfrentas a algo. Algo que supone un esfuerzo especial, tal vez un reto, quizás vencer un miedo, a veces conseguir cuadrar un encaje de bolillos. Entonces inviertes tiempo en visualizar y proyectar hacia delante la voluntad de poder hacer. La luz crea un túnel en el vacío y hace que todas las piezas del puzle se compongan encajándose entre sí. Es algo que ocurre sin que tengas la más mínima noción de cómo. Parece el azar actuando libremente. Pero azar es el nombre que ponemos a lo que no podemos encuadrar en las leyes conocidas.
            Hace dos meses acabamos de equipar una nueva vía de escalada en la Pared SW de la Cima Sur de Peña Cigal en Caloca. Se trata de una pared vertiginosa y lisa. Incluso en ciertas zonas extraploma. Su altura supera los doscientos metros. La escalada que hemos equipado se compone de ocho largos. Las dificultades y longitudes son muy variables. Desde largos de veinte metros y 5c a largos de cuarenta metros de 6b o 6c. El día que recogimos todos los materiales utilizados para equiparla dejé caer una cuerda para plegarla en la base de la pared. Cayó con tan mala fortuna, que se engancho en un saliente del quinto largo. Además otra cuerda, perteneciente a mi amigo César, se quedo enredada a la altura de la primera reunión de la vía Garrido. Eso implicaba subir cuanto antes a rescatarlas. Principalmente porque el viento y el sol destrozan las cuerdas. Además antes de recomendar la vía a otros escaladores teníamos que verificar la posibilidad de escape desde la cuarta reunión. Dicha reunión se alcanza por un largo en diagonal ascendente que hace muy difícil rapelar entre la cuarta y la tercera reuniones. La mejor opción era montar un sistema de rápeles directos hasta el suelo. Y, en caso de que fuera posible, aprovechar para los rápeles la primera reunión de la vía Garrido.
            El dos de Junio, domingo, subí con mi amiga Amelia para realizar esos trabajos. Me obsesionaba retirar todo el material. Sin embargo no estaba suficientemente concentrado en ello. De hecho el sábado había estado todo el día currando en la balización de cavidades con un grupo de doce espeleólogos. El intento de ascender el domingo se saldo con un primer largo hecho a rastras y un segundo largo hecho a medias. No conseguimos ninguno de los objetivos marcados.
            El fin de semana del veintidós decidimos que lo íbamos a intentar de nuevo. Durante los días anteriores visualice la vía en la mente y, sobre todo, puse empeño en realizar los objetivos. Esto no significaba, de ninguna manera, que me sintiese seguro ante la jodida vía. Todo lo contrario. Me sentía encogido ante ella. Pero de todas formas, durante esa semana, dediqué varios ratos a recorrer mentalmente las dificultades y preparé la pequeña mochila que íbamos a subir. Necesitábamos la taladradora Maquita y el conjunto de objetos usados para montar un punto de rápel (maza, parabolts, chapas anilladas, llaves, brocas, etc)  Ese conjunto de útiles más el agua y algo de comida formaban un lastre muy notable.
            A las ocho de la mañana pare un instante en Unquera y una hora después recogía Amelia en Vieda. Cuando llegamos a la base de la pared todavía estaba en sombras. Me tomé los preparativos como un ritual para calmar los nervios. Tome la delantera y me lleve la pértiga. No las tenía todas conmigo y si no me hacía un paso de una manera me lo haría de otra. Amelia cargo con la pesada mochilita. Habíamos diseñado un sistema de recuperación con un fifí, de forma que el que fuera de segundo de cordada pudiera escalar con placer. El primer largo lo fui resolviendo en parte con la pértiga y en parte echándole huevos. Amelia arrastro la mochilita y varias veces la llevo puesta. El fifí no funciono como esperábamos. Decidí continuar de primero.








     En el segundo largo volví a encontrarme ante el paso que me hizo bajarme dos semanas antes. Una posición del seguro muy a desmano y una dificultad por encima de lo que yo había estimado a ojo. Puse el seguro con la pértiga y tomé la decisión de colocar, en cuanto pudiese, el parabolt en otra posición más lógica. Ahora no era el momento adecuado. Acabé el largo sin más problemas. Para el tercer largo tenía buenas expectativas. No me parecía difícil visto desde abajo. La escalada me fue confirmando la primera impresión.
            Primero unos fáciles resaltes para entrar en la chimenea que domina la reunión. La chimenea se escala en X  y luego en oposición espalda/pies. Para alcanzar la fisura que ponía final al tercer largo tenía que decidir entre dos posibilidades. Una: ascender un poco más por la chimenea y luego flanquear a la derecha. Otra: subir en diagonal ligeramente a la derecha. El problema era la poca fiabilidad de la roca. Aunque me parecía más difícil decidí usar la primera posibilidad porque exhibía roca compacta en su mayor parte. Puse cuidado en no tocar ninguna presa que me pareciera poco segura. De roca dudosa solo tuve que rozar con suavidad un gran bloque que presidia el flanqueo. Acabé el largo sin contratiempos.
            Desde la tercera reunión alcanzaba la cuerda que pendía enganchada en algún saliente del quinto largo. Tire de ella sin mucha convicción. Para mi sorpresa la cuerda cedió sin esfuerzo. Le grite a Amelia para que tomara posiciones. La cuerda se deslizo hasta la segunda reunión y desde allí Amelia la reenvió hacia la base de la pared. Esta sencilla operación nos ahorro encaramarnos al quinto largo para soltar la dichosa cuerda. Ascendiendo la chimenea Amelia se quito la mochilita varias veces. Poco antes del flanqueo le avise para que siguiera recto buscando la buena roca. Al pasar hacia la derecha se pillo un poco al bloque. Sin previo aviso el bloque cedió pasando por delante de Amelia sin rozarla. Su tamaño vendría a ser como un lavavajillas o una nevera pequeña. Golpeó en la segunda reunión partiéndose en dos mitades del mismo calibre. El impacto contra tierra fue cerca del inicio de la vía. Quizás un susto sin consecuencias. Pero si yo me hubiera agarrado a él hubiera sido muy diferente el desenlace.

            El cuarto largo ofrecía un aspecto de mediana dificultad. La abundancia de hierba estropeaba la belleza de algunos movimientos; la búsqueda de posiciones y agarres. Las últimas tres chapas del largo protegen los movimientos por un terreno espectacular. La pared cae vertical de plomada más de cien metros. En cuanto llego Amelia a la reunión un breve intercambio me aclaro lo que siempre habíamos sabido. Lo mejor era seguir con el plan original: bajarse montando los rápeles.
            Instalé el rapel bloqueando las cuerdas en previsión de un posible ascenso con prusik. Preparé concienzudamente todo el material necesario para montar un punto de rápel y me deslicé suavemente hacia abajo. La verticalidad era absoluta. En algún punto solo rozaba la pared con los pies estirados. Mirando con intensidad hacia abajo no me aclaraba si la cuerda llegaba bien a la repisa de la Garrido o no. Desde luego si no lo hacía era por menos de un metro. Decidí que podía arriesgarme, con bastantes posibilidades de no tener que ascender hasta otra repisa. Unos quince metros por encima de la repisa de la Garrido existe otra punto adecuado para montar un rápel. Durante la bajada me emocioné viendo las bonitas posibilidades de trazar una audaz ruta de escalada. Obviamente los largos serían de nivel 7 u 8 pero eso no me impidió seguir con mis fantasías. La suerte me acompañaba hoy por tercera vez: no solamente las cuerdas llegaban –eso sí muy justas- sino que en la repisa estaba montada una buena reunión con argollas de rápel. Sólo tuvimos que recoger con cuidado las cuerdas y montar el siguiente rápel. De camino hacia abajo liberé la cuerda azul de mi amigo César.
        El resto fue relajarse, recoger todas las cuerdas que yacían por doquier, ordenar el material y hacer los bultos para descender. Las mochilas y el peso se habían multiplicado, pero me encontraba de buen humor y me lo tome con alegría. Además la tarde estaba deliciosa: ni frio ni calor. Nos fuimos con mucha parsimonia valle abajo. La música de Radiohead sonaba en los altavoces. Las ganas de volver a la Pared de Cigal se habían actualizado. Pero lo más importante es que había comprendido claramente que un proyecto sólo sale bien si tiendes con tu voluntad un puente hacia él, como un túnel en el vacío universal.
           

Foto: Jose

9/6/13

Pruebas




            Varios meses mareando la perdiz y por fin se iba a realizar esa incursión con amigos a una cuevita fácil. Incluso es posible que alguno de ellos se transforme en una especie rara: Espeleólogo Aficionado. Invité a Goyo, Raquel, Eva  y J. Ángel. La tropilla final quedo constituida por Eva, Marisa, J. Ángel y yo mismo. La lluvia impedía desplazarse a ningún sitio so pena de quedar empapados. Así que no me lo planteé ni un minuto: volvería a llevar a los principiantes a La Hoyuca por la entrada clásica.
            Las predicciones meteorológicas acertaron en lo peor: llovía sin parar. La tierra empapada, embarrada, anegada no daba cobijo ni a los bichos anfibios. Creo que todos habían muerto ahogados. Recogimos a Eva en Solares y a José Ángel en Hoznayo. Pero J. Ángel volvió un momento a su casa de Navajeda. Había olvidado llevar ropa limpia para cambiarse. Y a la salida de la cueva estaría del todo impresentable. Más sabiendo en como de barro iba a estar la entrada a La Hoyuca.
            En Riaño llovía gota fina con insistencia. Al atravesar el pueblo y, de hecho mucho antes, comprobamos que se han puesto cuidados letreros de madera para indicar los barrios y los lugares. Para mí eso supone una mejora neta del ayuntamiento. Hay más conciencia del valor del entorno. Aparqué en un trozo de la pista en que pudimos pisar sobre asfalto eludiendo el barro de los arcenes y de los prados. Como había agua por doquier saqué unos grandes plásticos para posarnos. Los preparativos fueron algo pesados: mono, linterna, casco, modo de ponerse el frontal y demás detalles. Para atravesar el prado que conduce a la boca tuvimos que fletar una canoa. Con un chof-chof  e intermitentes patinazos sobre el barro conseguimos acceder a la boca. Hace poco han montado un pequeño museo lácteo. Muestra los aperos y modos de los antiguos ganaderos lácteos. Es otra indicación de que se está cuidando el entorno.
            Como, poco a poco, la entrada a la Hoyuca se desmorona las dificultades para caber por la estrechez se evaporan. Sin embargo el extraño pocete que hay que cruzar para acceder a la primera galería también se desmorona y cada vez está peor. Al final tendremos que montar algún sistema que lo haga más fácil. Las cascadas y arroyuelos estaban a tope de agua. Elegí la ruta clásica para acceder a las galerías en zig-zag.
            No tuvimos ningún problema en acceder a los zig-zags. Las galerías siguen limpias. Los arroyos comenzaban a notarse antes de lo usual. Algunos accesos a galerías colgadas se están explorando. Parece que el interés por La Hoyuca crece de nuevo entre los miembros de la expedición británica a Matienzo. Eso es bueno. La cueva creo que tiene un enorme potencial inexplorado en pisos intermedios. Nuestra modesta incursión llego a la confluencia del primer afluente. Lo recorrimos aguas arriba unos trecientos metros para ver sus bonitos suelos amarillos y la transparencia de sus aguas. De vuelta  a la encrucijada visitamos la prolongación de las galerías zig-zag fósiles. Nos quedo muy claro como se generaron y entrelazaron el nivel fósil y el activo. Luego continuamos hasta las Playas donde está el acceso a Quadraphenia.


            Saqué la cámara para intentar plasmar la cascada amarilla pero la verdad es que resulta una foto difícil. Y más con sólo un flash independiente de la cámara. Luego penetramos en Quadraphenia. Visitamos el piso superior con sus bonitas banderas. Luego la sala grande de la que desconozco el nombre. De allí fuimos hasta el pasamanos y subimos, con algunas divertidas dificultades –zonas resbaladizas y pequeñas trepadas- al nivel de las formaciones bonitas. Saqué la cámara y preparé algunas fotos. Algunas no me salieron mal del todo. Se notaba como disfrutaban de la cueva. Para mí es una zona de la cueva tan conocida que apenas me causa sorpresa alguna, pero me place la sorpresa de mis compañeros. Después de visitar con cuidado esa zona comenzamos la vuelta al Mundo Exterior.
            El plan era volver por la ruta clásica tranquilamente. Eva pasó de culo y a la primera sin problemas. Luego se introdujo en la grieta J. Ángel. De culo también. Sin embargo no pudo a la primera. Ni a la segunda, ni a la tercera. Así que a la cuarta desistió. Si hubiera sido otra cueva hubiéramos tenido un serio problema, pero en La Hoyuca existen cuatro caminos, que yo conozca, hacia la salida. Así que nos fuimos al segundo por orden de comodidad. Un meandro ascendente seguido de una cómoda gatera y de un meandro descendente (o mejor dicho desfondado) Por suerte este camino aunque requiere habilidades escalatorias es mucho más ancho .
            En pocos minutos estábamos en el exterior. El tiempo seguía igual o peor. No tenía remedio. Dejamos a J. Ángel en Hoznayo descalzo junto a su furgoneta y a Eva la llevamos hasta su casa de Astillero. Nos encaminamos a casa, una comida decente y un sesteo que duro toda la tarde. Espeleo tranquila!!




8/6/13

Camino Rápido

Fotos: J Carlos y Antonio
Texto: Antonio



           Después de mucho tiempo Adrián lo consiguió. Me había entusiasmado, por fin, para una visita al Sistema de Udías. De hecho una de los sectores más atractivas para mí: la Luna Llena. Un nuevo acceso directo a la Galería Sur que te catapulta de “forma fácil, cómoda y rápida” hacia las puntas de exploración. Y además ¡¡con bonitas formaciones en paredes, techo y suelo!! El nuevo acceso permite mediante una corta aproximación por zona mina entrar en zona cueva. El argumento de Adrián caló hondo en nuestros tiernos cerebros y poco después recolectaba como fruta madura un destacamento constituido por: Manu, Marta, Cura, Alicia, J.Carlos, Nacho, un canadiense, yo mismo y, por supuesto, Adrián. Digamos que bastantes.
La lluvia no cesaba de caer de forma pertinaz a lo largo de una sucesión interminable de días. Aun así, mientras nos vestíamos con los monos, ceso brevemente. El Cura había pinchado una rueda en su viaje desde Oviedo. Eso significaba un retraso importante, así que dejamos como guía a Manu y Marta y partimos hacia el mundo subterráneo. Nosotros mismos habíamos ido retrasándonos sin cesar: a las diez en Mompía, a las diez y media en La Gándara, a las once en la Gándara… se percibía cierta tendencia a la desgana, a irnos a tomar rabas con blancos. Pero al final, había perdido la cuenta de la hora, llegamos a la entrada del Mundo Subterráneo.
Los accesos a la Mina Sel del Haya han mejorado notablemente. Ahora no hay que botar una canoa para llegara a la cancela. Y también han adecentado la verja de entrada. Sin embargo el control que esperaban conseguir poniendo un candado se ha visto enmendado por la realidad de los hechos: ya no hay candado.
            Unas cuantas cuestas abajo por la mina y un breve desvío nos ponen en el comienzo de un alto meandro que se desfonda intermitentemente. Lo peor, sin embargo, no es el tener que transitar varios largos pasamanos, sino la aparición de un barro que tapiza todo, desde suelos a techos. Un barro pegajoso y consistente que se adueña de todo lo que toca. Las botas pesan cinco kilos más de barro, la saca está embadurnada así como los guantes y el mono. Abandono la idea de sacar la cámara para hacer fotografías en este lugar. Un incomodo desviador multiplica su dificultad debido al resbaladizo barro que tapiza los muros del meandro. Cada paso hay que afinarlo y controlarlo. Hay que poner diez veces más fuerzas para estabilizar la posición en las oposiciones y trepadas. Al final, como todo, esto se acaba, pero ahora estas en un estado lamentable. Rebozado de pringoso barro que te hace asquearte de ti mismo. Y, para colmo, entrando en una zona de delicados y raros espeleotemas.



          Si bien había dudado entre dedicarme a hacer fotos o balizar, ahora no me cabía la menor duda de lo que tenía que hacer ese día allí: intentar preservar lo mejor posible la belleza de la galería diseñando y montando la balización adecuada. A la salida de la zona de laminadores, en una encrucijada, montamos el campamento, extendimos los materiales y nos organizamos. Las estacas las pondríamos Ali y yo mientras Juan Carlos iba haciendo fotos. La dificultad consistía en tener que balizar en zona de laminadores, algunos bastante bajos, y con el suelo muy irregular.
      El proceso de taladrar llevo un buen rato. Las posturas de trabajo eran muy forzadas. Pusimos estacas cortas mayoritariamente debido a que la altura de tránsito era muy escasa. Cuando estábamos acabando en dirección hacia la salida nos encontramos con Adrián, Manu y el Cura que venían del meandro. Para poner hilo hicimos dos equipos: uno formado por Ali y yo y otro por el Cura y Adrián. Acabamos pronto gracias a esto. Sin embargo Ali y yo nos turnamos poniendo caperuzas para descansar un poco.
            Una vez acabada la balización nos reunimos para comer en la encrucijada. Cuando acabamos eran las cuatro de la tarde. Me despedí del grupo e inicié en solitario la salida. Tenía que salir temprano. Según me contaron después, la exploración fue un éxito. Se topografió más de cuatrocientos metros de galerías inexploradas. Pasadas las diez salieron de la cueva-mina. Sin dudad este camino rápido va a relanzar la exploración de Luna Llena a pesar de su barro . 



1/6/13

Transmisión



       El fin de semana se presentó espeso desde el comienzo. Por alguna azarosa razón durante la tarde del viernes ninguna de las cosas previstas salió como debía. La broca que tenía que comprar apareció en la tercera ferretería que visité. La persona con la que trataba de conectar para recoger el material de balización había desaparecido. La taladradora que Sergio me iba a prestar no tenía el cargador localizado. Las dos personas con las que había quedado en el club llegaron media hora tarde. Mejor no seguir contando. Pasadas las once de la noche Subiñas me abrió el local de la Federación y pude hacer acopio de varillas, hilo y tarjetas. Finalmente, y en contra de la fatalidad, conseguí todo lo necesario para trabajar durante el sábado.
            A las nueve de la mañana comprobé con satisfacción que tenía cuatro compañeros Nano, Fran, Nacho y Julio. Lo más interesante es que de Madrid venían varios espeleólogos de diferentes clubes para aprender/ayudar. Después de una breve charla partimos hacia La Gándara en dos coches. En el mío: Nacho. En el de Julio: Nano y Fran. Pasadas las diez nos encontramos en el aparcamiento de la desviación a La Sía con los madrileños: Álvaro, Vanesa, David, Ana, Fran, Natalia y Julio. De Álvaro me sonaba la cara. Luego Álvaro se acordó. Estuvimos juntos hace años, cuando realice la travesía de La Piedra de San Martín con César y sus amigos del grupo de Geológicas. Él no participo en la travesía pero estuvo en el grupo que fue al albergue.
            Una vez hechas las presentaciones nos trasladamos hasta una zona de coladas y gours cerca de la Sala del Fisc en la Red del Gándara. Allí extendimos todos los recursos necesarios para balizar: taladros, brocas, carteles, lomeras, superglue, tijeras, hilo y estacas. De forma somera expliqué el procedimiento : la inspección visual, la colocación de las estacas, la colocación del hilo y la señalización. Y a continuación balicé, con alguna ayuda, la zona del Jacuzzi. Cuando acabamos ese sector la cosa iba estando ya bastante clara para todos. Así que lo que hicimos fue formar dos grupos para colocar estacas en el siguiente sector. Era una zona bastante más complicada -y delicada- que la anterior, pero todo fue a pedir de boca. La colocación de estacas se acabo pronto y bien. Antes de poner el hilo nos relajamos y paramos a comer.





Para el hilo también se formaron dos equipos. Pero en esto de poner el hilo las chicas se mostraron más interesadas que en la tarea de horadar agujeros y meter estacas (¿habrá algo simbólico en ello?). De cualquier forma: el hecho fue que se formaron dos equipos que ponían hilo. La tarea se realizó en muy poco tiempo. Después emigramos desde esa zona hacia un sector más cercano a la salida.
Para la Sala del Mago teníamos que subir tres tramos de cuerdas. Además el último tramo tenía un roce importante que cedió dejando el alma de la cuerda al aire. Hubo que hacer un nudo. Esto ralentizó aún más los ascensos. Para cuando emergió el último a la Sala del Mago teníamos la colocación de estacas bastante avanzada. Hubo dudas de que superficies íbamos a sacrificar para trazar el sendero, pues los suelos de esta sala son una filigrana los mires por donde los mires. Finalmente dejamos la tarea con algún fleco por rematar, pero bastante conseguida.
Los descensos por la cuerda del nudo se eternizaron debido a que algunos de los participantes carecían de experiencia. Pero así pudimos ejercitar la santa paciencia. Como a las ocho estábamos cambiándonos en los vehículos y a las nueve nos reunimos en el bar Coventosa para tomar algo. La jornada de balización había cumplido con sus objetivos. Extender la práctica y ayudar en una zona concreta. Fue algo muy satisfactorio para todos los asistentes al evento.