14/9/08

Forbidden Lands (7/9/2008 y 13/9/2008) Rubicera

1.
Hace casi veinte años que los espeleologos del SEII consiguieron encontrar, al final de la gran galería de entrada de la cueva de Las Canales, un paso clave. Durante largos años distintos grupos de exploradores habían intentado sin éxito encontrar el origen de la fuerte corriente de viento que barre la salida de la cueva.  Visto en retrospectiva la mera localización de la fuente ventosa constituye una pequeña hazaña. Nosotros, aun sabiendo que existía, tardamos en localizarla tres salidas (o quizás cuatro?) Cuando alguien ve por primera vez el estrecho paso entre bloques no puede creerse que retorciéndose entre éstos -y casi veinte metros más abajo- pueda encontrarse una amplia galería transitable y cómoda. Pero esas son las circunstancias. El primero que se atrevió a introducirse entre los amenazantes bloques le echo, sin duda, un coraje notable. Y no se trata de un  mero factor psicológico. En una de las ocasiones se desprendió un bloque “relativamente pequeño” golpeando a un explorador en la cara. El espeleologo acabo en el Hospital de Valdecilla. Por eso, y a pesar de las múltiples ocasiones en las que hemos pasado la estrechez, continuamos admirándonos y encogiéndonos ante ese pasaje. 
Pocos días antes del domingo nos planteamos una salida tranquila y sin complicaciones verticales. En esta ocasión nos iba a acompañar Lola, una joven murciana, con poca experiencia en cavidades junto con su novio -Joaquín- y nuestros amigos Miguel y Mavil. Estuvimos sopesando tres posibilidades: la cueva de Françoise, la red del Gándara o la cueva de Las Canales. Finalmente optamos por la tercera opción pensando en una aproximación corta y en una cueva hermosa. La cueva de Françoise esta más lejos y no es tan atractiva como la Rubicera. Por otro lado la red del Gándara es nuestro monotema y nos estamos acercando al punto de saturación.
Lola se despertó pronto para remolonear entre las sábanas. Joaquín se encargo de ponerla en marcha. Poco después nos reunimos con Miguel en Arredondo. Un tipo agradable nos vendió apetitosos croissants en la panadería. Dentro hacía un calor agradable. Creo que Lola fue a comprar tabaco acompañada de Joaquín. Luego subimos repartidos en los dos coches hasta los altos del Asón. A voces  llamamos desde la carretera a Mavil, que andaba en su campamento. Nos recibió con muestras de alegría. Se le veía fuerte y exultante. Producía un onda positiva. Nos contó sus andanzas arriba y abajo de los Picos de Europa y mostró el corte de su dedo. 

Fuimos prevenidos y no mostramos nuestro verdadero pelaje. Nuestra apariencia cristalizo en forma de montañeros excursionistas. Estuvimos ojo avizor frente a la cascada del Asón mientras íbamos haciendo las mochilas. Teníamos un cuento aprendido por si nos preguntaban los rurales: nosotros vamos de excursión para localizar algunas cuevas, pero no vamos a entrar en ninguna.
La caminata se hizo agradable. El calor no era excesivo. Sin embargo, devorada por la vegetación crecida en el pluvioso verano, la senda de las cornisas apenas era visible. Pusimos una cuerda en el descenso de la segunda canal. Lola utilizo un arnés para bajar. La hierba estaba demasiado larga y peinada hacia abajo y no era segura para caminar con pendiente fuerte. En la boca sur de la cueva había tres espeleologos manchegos. Tres compañeros suyos les llevaban la delantera en la travesía hacia el Mortero de Astrana. Uno de ellos contó que iba en el segundo grupo para no divorciarse de su mujer que iba en el primero. Entraron unos minutos antes que nosotros. A la altura de la estrechez entre bloques les adelantamos. Sus amigos les habían dejado una luz intermitente para ayudarles a localizar la entrada del pasaje.
Fuimos interrogando a Mavil acerca de su incursión en solitario en las profundidades de la Red del Gándara. Estuvo tres días. Alcanzo lo que, según sus apreciaciones, podría ser la Sala Catalana y la Sala de la Sardina con Cabeza Gorda. El primer día avanzó por río Viscoso hasta que, cansado y sin encontrar un lugar adecuado, montó vivac en las playas del río. El segundo día subió unas cuerdas hasta una sala que podría ser la Sala Catalana y más tarde, avanzando río arriba, dio con otra sala que albergaba un vivac y una forma en el techo que recordaba una sardina gorda. El tercer día salió muy cansado. A lo largo de casi 15 días un pastor, que ya le conocía, fue su único interlocutor.
Antes de llegar a la Sala de la Teta tomamos una desviación particularmente llamativa que nos condujo por una galería pulida y de elíptica sección, algunas arrastradas y varios desfondes hasta una sala con abundancia de cristales. Desde allí tomamos un meandro con más cristales y arena hasta desembocar en la ruta clásica de la travesía. Pocos minutos después comíamos junto a la Sala de la Teta. 
Mas tarde tomamos uno a uno los cañones que conducen hacia el norte. El primero que visitamos, grande, tenía hermosas formaciones. Pronto se convirtió en un cañón desfondado con dificultades de paso. En el primer desfonde serio montamos un pasamanos basado en anclajes naturales. Mientras Mavil caminaba en equilibrio por una cornisa Lola se tapo los ojos. Un poco más allá pudimos pasar por un lateral un segundo desfonde. Una piedra canto más de 50 metros de vertical. En una tercera fase  utilizamos para eludir el desfonde una galería lateral llena de cristalizaciones y filigranas en la que nos entretuvimos con las fotos. El siguiente paso implicaba atravesar una colada de incierta adherencia con caída directa al desfonde. Mavil iba a pasar pero le retuvimos. Aquello era una ruleta rusa.
El segundo cañón que miramos tenía una estrecha entrada sobre un desfonde. Paso Mavil  que tras unas decenas de metros alcanzó una zona estrecha con resaltes por la que no nos iba a interesar avanzar.  Para el tercer cañón que visitamos tuvimos que destrepar hasta alcanzar el fondo. A base de acrobacias Miguel y Mavil avanzaron por una sucesión de hermosas marmitas llenas de aguas cristalinas y rodeadas de bosques de formaciones. Finalmente Mavil se cayo en una marmita y desistieron de seguir.  Se estaba haciendo tarde. Un último cañón, muy cercano a la Teta, se dejo para mejor ocasión.
Volvimos a los coches por una senda mejor que la de las cornisas pues ésta estaba demasiado llena de vegetación. Llegamos muy avanzado el atardecer. Recorrimos todos los bares y restaurantes de La Gándara pero en ninguno nos dieron de cenar. Entre otras cosas porque en el pueblo de Cañedo estaban de fiestas y todos se iban para allá. Nosotros también fuimos por ver si comíamos algo, pero solo había música estridente, algunos paisanos que nos miraron raro, adolescentes buscando relacionarse y una caja de sardinas crudas junto al chiringuito donde un hombre se afanaba con una fogata para hacer brasas. Volvimos de nuevo a La Gándara donde, tras unas cervezas, nos despedimos de Miguel y dejamos a Mavil en su campamento. Los que quedábamos bajamos a cenar al bar Coventosa. Pedimos chuletones de vaca, regados con una botella de tinto que apuramos sin compasión. Más tarde el único que pudo conducir fue Joaquín. Mientras, Lola dormitaba en los asientos traseros y el copiloto daba breves indicaciones para llegar,  que Joaquín  se afano en llevar a cabo.
2.
Lola se marcho al día siguiente. Joaquín decidió subirse al campamento de Mavil unos días. A lo largo de la semana hicieron la clásica travesía Cuivo-Mortero y una incursión en La Cañuela. Joaquín se fue al Sur el viernes. Teníamos proyectada, con Mavil, una incursión de dos o tres días en la Red del Gándara, pero avanzada la mañana del viernes nos comunico que le había dado un severo ataque de lumbago al mover un calcetín sucio. Además había llovido con intensidad los últimos días y los ríos andaban crecidos. 
Nos reunimos con Mavil en su campamento la húmeda mañana del sábado. Se tomo un antiinflamatorio que le dio Miguel pero el lumbago no tenía mala pinta. Mientras Mavil seguía tumbado en su colchoneta unas horas más decidimos hacer una incursión rápida en la red del Gándara. Cuando nos fuimos, el rebaño de ovejas continuaba ramoneando los frescos tallos verdes un poco más arriba de su tienda y las gotas de agua sobre las plantas nos mojaban la ropa.
Vimos un buitre posado en lo alto mientras nos preparábamos. De pronto otro buitre echo a volar. Mientras estaban posados no los veíamos pero ahora, como una reacción en cadena, se fueron sumando dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce,...quizás había veinticinco buitres girando en círculo cuando paramos de contarlos. Todos habían surgido de su perfecto camuflaje entre los árboles y el roquedo, adosados al farallón de la Cueva de los Santos. Nos dimos cuenta que un círculo de buitres más lejano evolucionaba largo rato antes. Nítidamente se dibujaban contra las nubes blancas y grises y los agujeros azules.
Tuvimos que abrirnos paso entre la vegetación cargada de rocío, sacudiéndola antes de pasar para que no nos empapase. Tocamos algunos temas de fondo mientras trepábamos, andábamos o nos arrastrábamos. Entre otros se mencionaron los francotiradores y los referéndums. Hero y el Tao Te King fueron referencias que citamos en algún momento.
En menos de una hora nos encontrábamos cerca de la Sala del Ángel. Después de varios ensayos localizamos un pasillo alto del que salimos trepando. Un poco más allá la densa negrura de un vasto espacio subterráneo se abrió ante nuestros ojos. La sala con bloques planos grandes, como tejados posados y recubiertos de fina arena cristalina y de pequeños cristales acidulares, no estaba hollada. Apenas alguna huella perdida rompía el brillo perfecto de los cristales depositados sobre todas las superficies. Un soplo de viento marcado nos arrastro a lo largo de una galería de 15X4 que se fue abriendo en una segunda sala más redondeada. Al final de ésta nos encontramos una fuerte pendiente de gravas, arenas y bloques de tamaño variado, por la que fuimos ascendiendo con cuidado. Unos grandes bloque formaban un pórtico, muy por encima de nosotros. Encontramos bloques de arenisca roja, seguramente desprendidos de un estrato.
La galería se convirtió en una gran cuesta con bloques, semejantes a saurios que nos mirasen desde las alturas. Mientras uno de nosotros ascendía pegado a la pared de la izquierda el otro fue por el centro. Así pudimos percibir las dimensiones del lugar en que habitábamos. Al cabo de un rato el suelo se acerco al techo y nos reunimos ante un laminador de incierta anchura y longitud, buzado hacia el sur.
Ascendimos por el laminador hacia el noreste llegando a varias ratoneras  y a zonas que podían continuar indefinidamente de forma penosa. En un último intento, siguiendo unos hitos y la fuerte corriente, alcanzamos un buzón tras un bloque. Al girarlo entramos en una amplia galería alta -más de 30 metros según que sitios- meandrosa y de unos 4 metros de ancha. Pudimos seguirla unos 200 metros hacia el oeste con ascensos en varios puntos para alcanzar los niveles superiores que observábamos. Finalmente nos dimos por vencidos.
Por el camino de vuelta visitamos, en el lado derecho de la sala, unas formaciones inverosímiles. Se trataba de estalactitas que surgían del techo con ángulos de entre 45º y 30º. No se trataba de excéntricas...y junto a las que formaban ángulo coexistían otras verticales.
Intentamos volver por otra ruta pero debimos desistir por lo peligroso de una trepada que se nos enfrento. Comimos cerca de las cuerdas de acceso a la Sala del Ángel y en poco tiempo estábamos fuera. Eran como las siete y las nubes seguían pasando en procesión formando masas compactas. Mavil había recogido todo salvo la tienda. Al poco estábamos en el coche bajando las revueltas del Asón. No vimos con buenos ojos las obras de la carretera. Como románticos empedernidos que somos, dejamos que fluyese toda nuestra añoranza por la naturaleza intocada y virgen. Pero teníamos hambre y pronto olvidamos ese tema para hablar de los restaurantes de Ogarrio y Ramales.
En Ramales compre un periódico estatal y tomamos unas cervezas. Una pareja discutía sin palabras a la puerta de la cafetería. Sus rostros distaban apenas diez centímetros y sus miradas chocaban en silencio. Ella parecía más fuerte que él. El periódico se mancho de cerveza en la barra. Al poco Miguel se despidió de nosotros y nosotros tomamos el Opel Corsa de Ana para irnos hacia Santander. Nos estuvimos preguntando durante el trayecto si hacíamos la cena en casa o nos íbamos a un restaurante. Decidimos hacer lo segundo. Nos acercamos al Asador de Hoznayo, restaurante recomendado en alguna ocasión por Juan Colina, y tomamos una mesa. No había, en ese momento, más que otra mesa ocupada, pero cuando nos fuimos sólo quedaban dos mesas. No salimos defraudados. La carne estaba deliciosa, el vino era bueno y el servicio agradable.
Mavil tomo un autobús el domingo al mediodía para ir a Madrid y luego otro a las doce de la noche para llegar a Murcia. En la estación de autobuses de Santander un hombre de unos 30 años se comportaba como un niño malcriado dando gritos y llorando mientras su madre -atribulada y triste- le negaba un dinero. Alterne la insólita escena, que atraía a gran cantidad de público, con la tienda de revistas. Finalmente las rabietas ganaron y la madre le entrego unos billetes, que de inmediato tomo el hombre infantil. Mientras tanto Mavil, ajeno a estos sucesos, guardaba cola ante las taquillas de ALSA.                      

22/6/08

Simple y doble (21/6/2008) Tibia>>>>>Fresca


Hay que pensar bien la travesía espeleológica Tibia-Fresca. Tiene dos pozos de 85 con reunión intermedia muy incómoda. De hecho ya es incómoda para dos personas y estresante para tres por la falta de espacio y la sensación de dependencia. Para más de tres es mejor olvidarlo. Había más de seis interesados en realizar la travesía. Llame a Alfredo para enterarme de cómo estaban las equipaciones de los pozos; sobre todo de los pozos largos. Me sugirió que para no  tener que hacer las reuniones intermedias, en los pozos largos, pusiéramos en doble la primera tirada y en simple la segunda. El último en bajar, al recuperar las cuerdas de la primera tirada, deja ya en doble las de la segunda. Pusimos en marcha este sistema llevando tres cuerdas de unos 55 a 60 metros
Esta iba a ser una historia diferente. En ella tomamos el camino ¿cómo lo diría? ... de no excluir. El reto consistía en hacer la travesía Tibia-Fresca con un grupo numeroso. Numeroso pero no multitudinario. Pusimos el límite en 6. En principio iban a venir Julio, Manu, Miguel (Balmaseda), Pepe, Hugo y yo. Pero a última hora Hugo no pudo venir y se apunto Miguel (nuevo). El sábado anterior me di un paseo bien acompañado y verifiqué que la senda que sube desde el Asón a las cabañas de Albeo esta perdida en muchos puntos. Con dificultad localicé la boca de la Tibia -a pesar de haber estado 2 veces anteriormente-. Pensando en la pesada subida entre helechos gigantes, tojos y tábanos probamos a volver por la senda que baja al Albeo desde la de Saco y que enlaza con la nueva pista de Brenavinto. Resulto ser la ruta de acceso ideal.
El sábado 21 tras reunirnos con Julio, Manu y Miguel-n en Solares y con Miguel-B en Arredondo dejamos un coche en la cantera que hay en la carretera Asón-Soba, algo más arriba y enfrente de la boca de la Fresca. Metidos los seis en dos coches subimos por la pista de Brenavinto hasta la desviación a Saco. El día estaba soleado y cálido pero el vientecillo fresco y seco nos ayudo a subir. Los modelos que utilizamos en este desfile incluían pantalón corto, torso desnudo o con breve camiseta y botas de pocero o similares. Incluyendo una paradita para refrescarnos y coger agua en una de las cabañas del Albeo -que esta rodeada de fresnos- tardamos apenas una hora en alcanzar la boca de la Tibia.
Abriendo ruta instalé los dos primeros pozos, de menos de 20 metros cada uno, y esperé a tener todas las cuerdas para el pozo de 85. Pepe me ayudo a lanzar las dos cuerdas en doble de la primera tirada. La cabecera de este gran pozo esta mal. Un solo spit roñoso asegura el pasamanos hasta una instalación de rapel con cadena que consiste en otro spit roñoso y una placa long-life que gira loca. Con el culo algo encogido descendí buscando la reunión. Tras un trozo de bajada que me pareció larguísimo me inquieté por si me la había saltado. Unos metros más abajo la encontré en plena pared resbalosa, lisa y vertical. Dos chapas long-life y cadena, todo de acero inoxidable. No esta mal pero desde luego no hay espacio para colgarse tres personas. Instalé la tercera cuerda enlazada con la que venía de arriba para que no hubiera errores y terminé de bajar el pozo sin novedades. Magnífica reverberación. Miguel-B hizo la recuperación de las cuerdas sin problemas. 
El meandro que enlaza la base del pozo de 85 con el siguiente se nos hizo largo, pesado y, en algún momento, inquietante por las posibilidades de ir a diferentes alturas. Recordaba que la primera vez que hice la Tibia-Fresca nos confundimos aquí y perdimos una gran cantidad de energía y tiempo. El pozo en que desemboca el meandro y el siguiente no tienen ninguna dificultad especial. Las instalaciones son correctas aunque la mayoría de los spits están roñosos.  Nos reunimos de nuevo todos ante la gatera que conduce al pozo del péndulo. La recomendación es pasar con el mínimo de equipo vertical encima. Sobre todo si se es una persona voluminosa. Los delgados no suelen tener problema alguno. Y desde luego llevar la saca, por delante, controlada con un cordino para que no se escurra por la grieta que desfonda la gatera. Así pasamos con la ayuda de diferentes tipos de blasfemias, improperios y tacos. Poco más allá de la gatera nos encontramos con la cabecera del pozo del péndulo de la que partían dos cuerdas fijas. Con esto pudimos prescindir de usar las nuestras. Lo que desde luego hay que hacer es ir revisando la cuerdas según se va bajando. Descubrí que la que estaba utilizando en el descenso tenía una importante flor cerca del fraccionamiento. Por suerte pude resolver el tema utilizando un cabo de anclaje de seguro a la otra. De esta forma los seis tardamos un mínimo en bajar este famoso pozo. Los pocitos que vienen a continuación y que te llevan a la gran galería fósil estaban todos instalados en fijo. Cómodamente recorrimos la galería con algunos pasamanos quitamiedos instalados de forma conveniente hasta llegar a la cabecera del segundo pozo de 85 metros. Allí nos paramos a comer.
Todos pensaban que faltaba poco y yo no aclare tampoco gran cosa. Mirando de reojo vi cuerdas que bajaban y pensé que este pozo también estaba instalado en fijo. Algo eufórico me acerqué a comenzar el descenso y descubrí que solo estaba instalado el acceso a la cabecera del rapel. Así que de nuevo volvimos a utilizar el mismo sistema que en el anterior pozo largo. La cosa es que la reunión intermedia de éste está más cerca, unos 25 metros como mucho, y además permitiría reunirse cómodamente a un buen grupo. Salvo un pequeño forcejeo en la primera tirada por parte de Miguel-B, hasta que cedió la cuerda de recuperación, no hubo problemas en el descenso. Esto nos puso en el comienzo del río de la Tibia. A estas alturas muchos empezaban a preguntarse que cuanto quedaba.
El río de la Tibia es largo, como un kilómetro o más, y esta lleno de pequeñas dificultades que hacen divertido su descenso. Hay pequeños resaltes, equipados con cuerdas de nudos o destrepables, pasamanos, marmitas a sortear hábilmente y estrechos meandros donde hay que ir de perfil.  El grupo se estiraba y contraía como una oruga en esta zona. Hasta que llegamos al pozo de unión con la Fresca. Allí hubo un apelotonamiento debido a la lentitud del ascenso. En realidad los pozos son cortos pero los hacen muy pesados las estrecheces. Después de subir los dos primeros pozos -que van enlazados- me fui a buscar el último. En el entreacto todos pensaron que estaba enzarzado en la estrechez de salida y empezaron a asustarse. Por suerte todo quedo en un bulo. Las estrecheces no son tan complicadas.
Mis compañeros creían que las dificultades se habían acabando. No estaban preparados para la pesada red de los Parisinos. Enseguida se dieron cuenta que había que gatear, reptar, contorsionarse, subir, bajar y un poco de todo para recorrer la red de los Parisinos. Por suerte estaba perfectamente balizada para no dudar del camino en momento alguno. Si esto no fuera así las posibilidades de despistarse serían muy elevadas. Después de esta zona modesta -y a veces estrecha- la llegada al Cañón Rojo deja boquiabierto a todo el mundo. Más si luego de un corto tramo el Cañón Rojo desemboca a su vez en la Sala Rabelais.  A partir de aquí nos lo tomamos como un paseo, pero el cansancio empezaba a notarse. Sobre todo cuando teníamos que subir cuestas arriba. 
Eran pasadas las 9 cuando salimos de la cavidad. En total habíamos tardado algo más de 10 horas. Acababa de caer una tormenta tropical tremenda. El cálido ambiente cargado de agua, las gotitas en la vegetación y los charcos habían vuelto locas a las plantas que lanzaban sus aromas a destajo. Creo que lo que más nos costo, al menos a mi, fue subir el sendero hasta el coche. Cuando estuvimos listos para presentarnos en público, y habiendo pasado a recoger los coches por la pista de Brenavinto, decidimos ir al restaurante más cercano a ponernos moraos. En el Coventosa de Asón nos prometieron darnos de cenar. Mientras tanto empezamos a tomar cervezas. Llevábamos unas cuantas y eran las doce de la noche cuando apareció el primer plato de fritos sobre la mesa. Calculo que duro menos de 30 segundos en ser devorado entre furiosos rugidos de todos los leones presentes. Luego vinieron las ensaladas que sufrieron el mismo trato para continuar con los solomillos, chuletillas, escalopes, huevos con jamón y similares. Finalmente nos atiborramos a postres, chupitos y cafés. En fin una cena ligerita que dicen.  Después de todo esto nos fuimos con cierto esfuerzo a nuestras respectivas casas. A las 2 de la mañana estábamos encamados.

1/6/08

Lugares ocultos (31/5/2008) Gándara


A veces me pregunto si es posible encontrar un escape a la mirada establecida por la costumbre. Creo en ello por periodos de tiempo cortitos. Menos del 5% del tiempo de vigilia. Y en sueños creo que más, aunque no puedo garantizar nada. Solo puedo afirmar que tengo una vaga sensación de ser más libre en los sueños. Luego vuelvo a actuar como si no creyese. Veinte veces habré pasado por el sitio y las veinte seguí siempre el mismo camino. A lo más me entretuve dos veces echando un vistazo a las grandes losas planas que ocupan la parte alta izquierda en la Sala del Ángel. Tuvo que venir Mavil para descubrir lo obvio. Casi siempre podemos elegir entre ir hacia delante, hacia la derecha o hacia la izquierda. Yo siempre iba hacia delante por el camino trillado. Pero a la derecha también existía un camino olvidado.


Como todo el mes de Mayo y parte del mes de Abril las lluvias primaverales seguían ocupando la mayor parte de la  actividad atmosférica. Y por supuesto todos los fines de semana habían sido pasados por agua. En previsión de que éste fuera de la misma raza que los anteriores pensé, como primera medida de prevención, en la Red del Gándara –boca a 10 minutos del coche-. Llame a Miguel, que se apunto con su hermano Pablo, y a Manu que decidió venir protestando débilmente de la repetición. En la reunión del club estuvieron Julio, Javier, J.Miguel, Inés y Miguel&Eva. Los tres últimos se animaron a venir. Quedamos a las 8 ½ en Solares y a las 9 en Ramales para juntarnos con los hermanos. En total siete, quizás algo excesivo para los objetivos que nos proponíamos (seguir hurgando)
Aunque el sábado a las 9 no llovía aún como lo hizo más tarde, a lo largo de todo el fin de semana, los jirones de niebla y las nubes densas y oscuras -cargadas de humedad- ocupaban todo el espacio que llenaba nuestra mirada. Algunas se arrastraban, pesadas, grises, a media altura del Pico San Vicente. Otras flotaban como nada a más de un kilómetro de altura cargadas de miles de toneladas de agua. Pablo tenía hambre. En esta sensación de Pablo no encontré ninguna relación con  las nubes. Solo el madrugón y haberse saltado el desayuno. Los hermanos se quedaron en Ramales comprando algo comestible en la tienda que hay enfrente del local del AER. Luego, al subir por Arredondo, quedaron retenidos por las vacas que habían invadido la ruta. Seguramente conducidas  por sus dueños que les arreaban palos en el lomo con flexibles varas de avellano mientras gritaban sonoros juramentos pasiegos.


Cuando estábamos enredados en los penosos preparativos para entrar en la cueva pasaron unos espeleólogos preguntando cosas. Su intención era realizar la travesía Tibia-Fresca. Les recomendé un inteligente cambio de planes por las lluvias. Poco ha un grupo había quedado retenido en el río de la Tibia. Se realizo un rescate sin consecuencias ya que el río bajo de nivel en pocas horas.
Finalmente tras múltiples inconvenientes e imprevistos pudimos iniciar el camino hacia la boca. Unos minutos después nos reunimos a montonijo en la entrada. Por suerte no nos llovió durante este pesado proceso. El espíritu que imperaba en el grupo ese día era pacífico y calmado. Así que nos entretuvimos tanto como nos dio la gana. En la Galería de las Alizes tomamos una desviación poco trillada a la derecha para usarla algo más. Me encaramé a un resalte y eché un vistazo a un pequeño meandro colgado. Luego de varias paradas para hacer fotos en el Delator llegamos a un recodo con un hundimiento. Bajé un curioso destrepe con Miguel y estuvimos mirando unas encantadoras galerías algunas de las cuales aún no estaban explotadas. El resto del grupo se quedo platicando sin prisas.
Llevábamos material para instalar el Pozo de la Hadas pero nos lo encontramos equipado con cuerdas relativamente nuevas. Así que dejamos arriba la cuerda de 50 que habíamos preparado para este tema. Mientras bajaban exploré las posibilidades del nuevo flash con número guía 40. Inés y Eva todavía no se sentían del todo seguras con las verticales, pero -no tengo duda de ello- en poco tiempo alcanzaran la maestría. Entretanto acababa el rosario de descensos me adelante en los tres resaltes que seguían, desemboqué en la Sala del Ángel y me dispuse a encontrar nuevas cosas que ver. Nos dedicamos a ir a nivel por la derecha. En una ocasión anterior Miguel ya había estado por la derecha de la sala pero se retiro por la inseguridad de las pendientes inestables. Manu me auguraba que la galería de la cascada estaría sifonada por las últimas lluvias. Pero yo me acordaba de lo que me contó Mavil cuando estuvo -el verano pasado-  en este sector de la cavidad. Al cabo de un rato encontramos un hito y una cuerda ascendente hacia las alturas de la sala.
El ambiente lleno de niebla y el estruendo de la cascada no invitaban a ascender. Un poco rabicorta y con fraccionamientos en roca poco fiable. Subí el primero por ser el promotor. Además creo en mi buena suerte. Tras pasar un fraccionamiento se alcanzaba un amplio rellano  o sala en el que verifiqué las posibles continuaciones. Nada. Siguiendo el ascenso había un desviador y se desembocaba en una galería colgada. La cabecera -formada por dos parabolts- tenía aspecto sólido. Tuvimos claro que un hábil escalador francés se curro esta subida con evidentes riesgos de batacazo. Siguiendo en avance por la única zona posible me metí en una sucesión de gateras con violenta corriente de aire. En la última no pude pasar así sin más. Tuve que despojarme de los aparatos y forzar a presión. Me quede allí para ir animando, ayudando a pasar y vacilando todo lo posible. Fueron una serie de partos sumamente originales. Cada uno salió como pudo del atolladero. Algunos dijeron, sin pleno fundamento, que no iban a caber. Pero al final todos pudimos alcanzar el comienzo de la amplia galería meandrosa que nos esperaba al otro lado.


A la derecha una zona de laminadores enormes se agotaba en pequeñas ratoneras abarrotadas. Continuando la galería pronto tuvimos que sortear múltiples colapsos de bloques y desfondamientos. Así llegamos a una zona en que las dificultades aumentaban. Tire una piedra a un desfonde y después de varios golpes sonó un contundente choff. Sabiamente deduje que al fondo discurría un río y pensé, por la cercanía, que sería el de la cascada. Después de dar varias vueltas pudimos destrepar hasta un nivel intermedio y desde allí montar en un natural un pozo de unos 12 metros que me depositó junto a una marmita en el río. El caudal era mucho menor que el de la cascada. En cuanto avanzamos unos metros descubrimos que había que meterse en el agua por completo para seguir. Así que nos retiramos. Después de comer Miguel y su hermano destreparon por otro punto al río y lo siguieron penosamente, aguas arriba, un tramo.
Ya de vuelta me adelante para investigar más a fondo la Sala del Ángel  pues no me cuadraban del todo los datos. Al poco rato de andar entre bloques resbaladizos al borde del precipicio localicé un largo pasamanos que nos llevo a un resalte descendente. La niebla hacía que pareciese una altura enorme. Pero solo eran unos 10 metros. Más allá varias galerías paralelas, una de ellas ocupada por el río de la cascada y otra pequeña cascada. Hice algunas fotos y me volví para reunirme con los compañeros. Mientras tanto en la otra vertiente de la Sala del Ángel divisé a Miguel y su hermano Pablo que me hacían señales. Bajaban hacia las excéntricas.


En el Pozo de las Hadas hubo una buena retención. Pude dormir una siesta y charlar con tranquilidad. Cuando ya había perdido la noción del tiempo me toco subir. Detrás de mi Pablo y cerrando el grupo Miguel. Nos movimos en grupo hasta el Delator. Allí el grupo se estiro. A la salida encontramos a unos espeleos del Niphargus que se habían metido en la Red del Gándara como recurso final. Los continuos chubascos habían jodido la actividad de prospección que pensaban desarrollar el sábado. Realmente había sido un día de aguaceros continuos. Pero nosotros no lo habíamos notado. Llevábamos  casi 11 horas dentro de la cavidad. Cuando salimos caía una lluvia fina pero al llegar a los coches fue arreciando hasta ponerse a jarrear. Nos fuimos directos a Ramales, luego a Solares y luego a casa sin dudarlo ni un momento. Solo que tenía un hambre letal. Hubiera parado en cualquier sitio a cenarme un cocido montañés y un chuletón a la brasa. Aunque esto es ya una historia diferente.

18/5/08

Wolfi (17/5/2008) Torca Fría >>>>>>>> Cueva del Lobo


Ellos no sabían lo que eran y ellos no sabían que lo eran, pero poseían un daimonion animal. Todos tenían aspecto de humanos y la mayor parte del tiempo actuaban como tales. Pero una animalesca subida de tono, siseante andaba encerrada bajo siete llaves en su interior. Solo su mirada les delataba débilmente en contadas ocasiones. Todo lo que hacía falta para que se manifestase estaba en el ambiente. Todos los requisitos se podían dar por casualidad sin problema. Los humanos podían dejar paso a la fuerza animal que albergaban. Iban a ser anulados temporalmente.
Manu, yo y Julio habíamos estado tonteando con la posibilidad de hacer la travesía Torca Fría- Lobo sin una determinación clara. El viernes por la tarde me vi con Manu en tristes circunstancias. Por otra parte parecía que se perfilaba la posibilidad de ir a la travesía. Estuvimos a punto de cruzarnos con César que había venido ex profeso desde Madrid esa tarde y se volvía a ir.  Me hubiera gustado verle.
El sábado me levante extrañado de lo pronto que me había despertado. La noche anterior había intentado convencer a Julio de quedar a las ocho, al final ni uno ni otro: quedamos a las ocho y media, pero a última hora me llamo para decirme que había dificultades con los que venían de Solares y que mejor a las nueve. Le volví a convencer de que a las ocho y media mejor pero como me conocía la puntualidad de Julio al final me lo tome con laxitud y llegué a las nueve menos cuarto. Casualmente llegué tarde, pero me escude en otras citas con Julio. Por fin íbamos a ser nada más que cuatro y no seis como pensábamos al principio (Miguel y Eva se rajaron a última hora) No las tenía todas conmigo por el tiempo y también por cómo íbamos a encontrar el estado de los  equipamientos en la travesía. Hacía cuatro años por lo menos que no la realizaba y las cuerdas y fijaciones podían estar bastante mal. Además no estaba seguro de si iba a estar puesto el largo pasamanos de salida hacia la Sala de la Cabra.
El tiempo parecía que nos iba a respetar. Sol al principio de la subida para luego ir adensándose progresivamente las oscuras nubes. Julio, Manu, Inés y yo pasando por las cabañas del Carrascal y siguiendo hacia el W a lo largo del bosque hasta un suave collado en que se empieza a divisar el Hondojón y el Picón del Fraile. Inés, joven prehistoriadora, rápida al principio para cansarse al final de la subida por el encantado bosque de grandes hayas frondosas y sombrías. El Pasillín de las Escalerucas nos planta en la amplía meseta, poblada de caballos, al norte de la Lusa y diez minutos más llaneando hacia el E nos colocan en la entrada de la Torca Fría.
La Torca Fría es un elemento disuasor de la travesía. Tétrica y helada, con neveros en la base de sus pozos, nos invita a irnos a pasar la mañana del sábado tomando cervezas con rabas en Laredo. Pero las cuerdas están puestas y en buen estado. Mi grado de inseguridad disminuye pero todavía no estoy animado en modo alguno. La chica es una principiante con tres cuevas horizontales en su historial y en el primer fraccionamiento se hace un pequeño lío. Además la comba de llegada a la base del primer pozo enlaza con la cabecera del segundo con un nudo dejando un margen sumamente escaso para poder liberar el dressler. Bueno, renqueando y poco a poco conseguimos salir por la ventana del segundo pozo hacia la estrechez vertical. Cuando llego al meandro de la Carpeta Verde el frío y la corriente hacen mella en mí y luego en Manu, que me sigue. Por fin conseguimos comenzar a andar por el dichoso meandro. El frío comienza a remitir y el desánimo a evaporarse. Me doy cuenta enseguida que la balización de los pasos ha mejorado sustancialmente; mejor dicho ha pasado de ser casi nula a ser a prueba de idiotas. Apenas tienes que pensártelo un segundo y ya tienes otra indicación delante de las narices. Además hay cuerdas en donde no recordaba que las hubiera, asegurando desfondamientos que antes se pasaban a las bravas. Nos paramos muy a menudo a hacer fotos pero con el flash de la cámara o con exposición a pulso los resultados son mediocres. 
                Al final del meandro de la Carpeta Verde torcemos a la izquierda y con júbilo descubro que han puesto un largo pasamanos para acceder a la importante galería colgada que continua la travesía. Esto evita un expuesto flanqueo o tener que bajar al fondo del meandro para luego escalarlo de nuevo unos cuarenta metros más allá. Mi confianza en que todo este correctamente equipado y sobre todo que lo este el meandro de salida hacia la Sala de la Cabra ha crecido y empiezo a ver la travesía con ojos optimistas. Con los ánimos subidos continuamos sin dificultades hasta el pequeño pozo de unos diez metros en que comprobamos el mal estado de las fijaciones y la cuerda. Decidimos dejar un cuerda mejor y retirar la vieja. Dejando a mano izquierda el acceso hacia el meandro Maxim’s nos introducimos en una larga galería con amplios zigzags en donde disfrutamos de la arena blanca que tapiza el suelo. Mis compañeros Julio y Manu se están poniendo pesaditos con el hambre desde hace un buen rato. Paramos en el cruce con la galería de los Torreros y el final del meandro Maxim’s. Allí devoramos en silencio las provisiones.
                Los animales se habían despertado y no había manera de acallarlos. Algunos depredadores merodeaban, acercándose demasiado para nuestro gusto. Si uno no se andaba con cuidado podía acabar en la panza de un cocodrilo o un leopardo. Las sombras se resolvieron con cuidado y no acabo todo ahí pero tampoco siguió en el primer plano de nuestra mente.
                Al cabo de un trecho acogedor y decorado con cristales blancos y más arena blanca en el suelo llegamos a un pasamanos corto pero muy aéreo seguido de un zona estrecha que desciende  a base de pequeños resaltes. Así, sin pensarlo ni buscarlo, nos vamos encontrando en plena Galería de los Minusválidos. Esta galería se va haciendo más amplia de forma progresiva hasta desembocar en la Sala del Carbón, muy negra, y el meandro Negro, más negro aún. Los compañeros llevan tonteando con el ¿cuánto falta? o el ¿falta mucho? desde hace largo rato. Demasiado. Pero no doy esperanza. Siempre queda una fracción importante del total. Finalmente a la llegada de la Sala del Balcón les anuncio que andamos cerca de la salida. Inés descansa a menudo. La balización aumenta de nivel. Sobre todo al acercarnos al paso clave cerca de la gatera. Por un instante me despisto a pesar de la balización pero alcanzamos sin novedad el buzón que da acceso al largo pasamanos.
                Como ya esperaba esta perfectamente equipado. Poco a poco lo vamos atravesando mientras consigo hacer tres o cuatro fotos poco claras. Me ha quedado la impresión de que Wolf se ha transformado en Wolfi. Pero hemos quedado contentos, satisfechos, encantados. Inés lanza una saca al salir de la última gatera y sale despedida cayendo por un pequeño pocete. En su cansancio nos dice que la dejemos allí y que nos compra otra. Julio baja a por la saquita y en menos de un minuto la saca ha sido rescatada.
                Las instalaciones y  pasamanos siguen más allá de la Sala de la Cabra facilitando el tránsito hacia la Galería del Flysch y la Galería de los Osos. La salida esta a la vista pero no se ve la luz. Pero sí cuando nos metemos en la galería Ojo de Cerradura que nos despide de la Cueva del Lobo. Tapizada de hojas de haya que continúan en las pendientes del exterior invita a revolcarse y tumbarse disfrutando del mágico bosque.
                El tiempo nos volvía a respetar pues aunque había estado lloviendo pudimos bajar y cambiarnos sin más que alguna gotita despistada. Sin embargo no más comenzar a circular empezó a caer de nuevo la dulce lluvia primaveral. Paramos en Arredondo a tomar una ronda de vinos y echamos una bonoloto. Inés nos invito por su cumpleaños. Luego paramos en Solares a echar otra ronda de vinos esta vez con patatitas bravas. Teníamos un hambre letal. De nuevo rondaban los animales.    

20/4/08

Torito Tarero (12 y 19/4/2008)


12/4
La red del Gándara de nuevo llamándonos con voz meliflua, insistente y seductora. ¿Acaso estamos dispuestos a cruzar el límite, la barrera, la frontera con tal de seguir los dictados de esa voz que clama ser conocida?  ¿Olvidamos tal vez como los instantes caen en un abismo oscuro, proyectivo y frío y como el tiempo pasa semejando un río sediento de otras aguas diferentes a si mismas? ¿No nos  conducen  esos hechos a juntarnos en grupos y a seguir la dictadura de búsquedas inagotables en los más remotos y pequeños rincones de la cueva más grande que hemos conocido en esta tierra del norte? ¿No son acaso la concatenación de una infinidad de factores entrecruzados como una telaraña infinita lo que nos hace estar hoy, aquí en Laredo, mirando las montañas a lo lejos, charlando de historias pasadas, despidiéndonos de Maite -la mujer de Miguel- por unas horas mientras Hugo -el joven amigo de Pepe- nos agradece con unos regalos cuidados y escogidos las invitaciones a participar en esas búsquedas subterráneas?
El coche de Pepe se esta deslizando con suavidad, y a veces no tan suave, hacia Ramales de la Victoria. De pronto recuerdo que la cafetería junto a la parada de taxis ofrece un chocolate delicioso que es posible acompañar de una largas corbatas mucho mejores que las de Unquera. Sé que hace mucho tiempo que no entro a la cafetería pero eso no me hace olvidar. ¿Por qué hemos tenido que parar a la altura de Rasines para poner aceite al motor? ¿No es una paradoja que en un trayecto de menos de 10 kilómetros el motor solicite aceite de esa manera tan acuciante, y más cuando ayer el coche vino sin ningún problema desde Madrid? Me intriga que un coche aparentemente impecable tenga este pequeño handicap tan escandaloso.





Al llegar al cruce que remite hacia Arredondo Pepe gira a la derecha y no a la izquierda como le había recomendado. Nos paramos a hablar unos instantes, pero la inmensa mayoría prefiere ir por el valle del Asón y ver la cascada. La fuerza de muchos años subiendo a lo largo del Asón se impone a la novedad de subir por Soba. ¿De quien aprendí lo ventajoso de subir por Soba hasta La Gándara? Pues de los espeleologos ramaliegos. Pero pensándolo un poco prefiero dejarme llevar.
El tiempo esta muy bueno. ¿No es cierto que Miguel y Pepe se irían a bajar un río en piragua si les dejásemos el más mínimo resquicio? Pero no tienen el equipo. Además ¿serán capaces de olvidarse de Hugo que ha venido con toda su ilusión para hacer espeleología en Cantabria? ¿serán capaces de olvidarse de mí, que no tengo predilección por los ríos? A pesar de todas esas incertidumbres que suelen amenazar la consecución de cualquier plan al poco rato estamos entrando en la cueva. ¿Por qué será que hoy me cuesta tanto meterme el arnés? Pepe dice que estoy engordando pero yo no lo admito porque sé que no es verdad. Simplemente el arnés tiene las cintas de las perneras mal puestas.
Desde la entrada hacemos sin pausa el camino hacia la Sala del Ángel. Las galerías que los franceses llaman El Delator se me hacen pesaditas, tengo calor y la postura me cansa. ¿Qué es lo que hace que la Sala del Ángel este siempre llena de neblina? Seguramente es la cascada pero es cierto que a veces la Sala esta diáfana y la cascada siempre está allí. Le hacemos un esforzado repaso a la Sala con visibilidad escasa. Hugo se la juega en una zona de pendientes patinosas. De nuevo conseguimos cero patatero en el juego de encontrar las continuaciones desde esta Sala. Si miráis el esquema que los espeleologos del SCD han publicado en la BCE 16 se intuye un galerión hacia el este, más ¿dónde se pilla esa galería?
Algo frustrados continuamos por la Galería de Cruzille hasta una zona en que unos balcones arenosos se asoman a un pozo. Bien abajo, se oye discurrir un río. Después de comer instalamos el pozo y nos movemos hacia el oeste por él. Curiosamente la dirección del agua no corresponde a lo que uno podría esperar. Va hacia el oeste, es decir hacia el interior de la red. Miguel intenta avanzar al nivel del río pero fracasa. Más arriba nos movemos por una zona de bloques embarrados algo penosa y nos preguntamos si aquello tiene algún futuro. A mi no me lo parece pero algo más allá se adelanta Pepe por una suave pendiente sembrada de bloques recubiertos de barro resbaladizo y ¡bingo! desembocamos en una sala de altura indefinida, casi 20 metros de ancha y grandes playas arenosa inclinadas. A partir de aquí el camino es franco y, después de un recorrido accidentado, accedemos a una gran galería con un río mucho mayor. Aguas abajo se hace necesario neopreno o bote. Aguas arriba avanzamos por playas y ancha galería hasta que un zona profunda y de longitud indefinida nos corta el paso en dirección suroeste. De nuevo solo es posible seguir con bote o neopreno.





A la vuelta decidimos quitar las viejas cuerdas del pozo de 30 puestas desde las primeras exploraciones. En una cabecera ha partido un seno sobre el maillón y los otros no tienen buen aspecto. Además la camisa se ha hinchado y bajar es un suplicio. La próxima vez que vengamos pondremos un conjunto de cuerdas nuevas. A las diez y media estamos en los coches creando riqueza para la operadoras de móvil y poco después pidiendo cena en el bar Coventosa. No salimos de éste hasta pasada la una y llego a casa las dos y media. 

19/4
Una semana después convenzo a Manu y José para ir de nuevo a la red del Gándara. En realidad pensaba ir la pared de Zigal este fin de semana pero las predicciones dan lluvias con una probabilidad 100% en toda Cantabria. A pesar de esos oráculos el viernes no tiene aspecto de que vaya a llover mucho y las dudas persisten. Julio y Encarni hablan de un vivac en la Red del Gándara pero no hay coyuntura para realizarlo. Miguel al final no puede venir.
El sábado por la mañana el tiempo está de sur. Me corroe la duda de si hubiera sido factible ir a Liébana. Sin embargo en el cruce de La Sía sopla un viento fuerte y frío del sudoeste que no invita a nada. Un grupo de Madrid está preparándose para entrar. Son bastantes y, por las conversaciones que escucho, debe haber algunos principiantes. Amablemente nos invitan a ir delante pero les explicamos que nosotros no vamos a ir hacia dentro. Torito Tarero es una creación absoluta de Manu. No esta mediatizada por nada salvo por su manera de cantar. Decido que no hay nada mejor para definir la ruta que seguiremos hoy.

Nos moveremos hasta el pasamanos de la Galería de las Alizes para bajar el pozo que sale de ahí y visitar las galerías inferiores. Así que compartimos el camino con el grupo de Madrid unos 200 metros.  Instalo directamente a las fijaciones del pasamanos un ocho doble y enseguida fracciono en la primera chapa. Esta colocada in situ. Y todas las demás también. En una ancha repisa intermedia a unos -25 paramos los tres para  ver unos huesos de oso. Es difícil de entender que el oso llegase ahí. La cuerda de 53 que Manu ha sacado del club es insuficiente por poco y en el último fraccionamiento pongo una de 20 adicional.



Ya abajo nos engulle el ahínco y nos dedicamos a visitar todas las galeriones, galeriucas y gateras que encontramos. Al poco pasamos por detrás de una cascada que cae de una galería colgada. Más allá vuelvo a ver una bonita zona de excéntricas que había olvidado desde la primera vez que estuve aquí. Rebuscando por los bordes de las anchas galerías descubrimos una gatera muy trillada y que sopla. Nos metemos por ella y cuando llevamos un buen trecho de arrastradas y estrecheces nos damos cuenta que estamos en una ratonera, con viento pero sin paso. Algo frustrados y estresados volvemos a la gran galería de la que hemos partido. De nuevo probamos suerte con otra gatera también trillada y con soplo. ¡Y esta vez hay suerte! De pronto desembocamos en una amplia galería con señales de tener actividad acuática ocasional. Siguiéndola aguas abajo llegamos a un colapso de bloques que tras unas cuantas vueltas se resuelve por una galería superior. Esta desemboca al cabo de poco trecho en una sala enorme con inmensos bloques.



Siguiendo las zonas de huellas más marcadas vamos bajando por la sala hasta que comenzamos a escuchar un río bastante grande. Lleva un buen caudal y en sus orillas se alternan las playas y los bloques. Aguas abajo llegamos a un recodo con una zona de playas grande y muy llana. Por la derecha se le une otro río formando un cabo de arena. Aguas abajo el caudal es muy grande y la dirección –este muy marcado- indica que ese puede ser el colector principal del Gándara. Para seguir se necesitaría un bote o neopreno. Después de comer visitamos todavía una zona en la que se vislumbran algunas galerías altas con acceso complicado por los bloques. Después de echar un vistazo sin éxito volvemos hacia la gran sala por una pequeña galería paralela. Por un momento sufrimos un despiste para encontrar el camino.
            Ya fuera vemos que ha caído un buen aguacero. Pensamos que después de todo no ha estado tan mal el ir de cuevas este fin de semana. Y nos sentimos con regalo nuevo. En los coches -a las seis y media-  ya hay dos miembros del grupo de Madrid. A uno de ellos se le caído la suela de la bota cuando ya estaba bastante adentro. El otro, que es muy joven, resulta ser de la misma parte de Madrid que yo. Los dos somos vallecanos y mi antigua casa está muy cerca de la suya. Casualidades que la vida nos arroja sin mirar demasiado. 


6/4/08

Queper (del 8/12/2007 al 5/4/2008) Cueva de Sobrelinde


Queper o no queper, esta es la cuestión. Marrulleramente, arteramente y maquiavélicamente hoy 5 de abril por fin hemos conseguido reventar la gatera que se nos estaba subiendo a la chepa. Han sido necesarios cinco asaltos para acabar esta guerra.
La primera vez (8/12/2007) que Julio, Manu y yo llegamos a Sobrelinde fue gracias a un pastor de la zona que ya había hablado una vez, anteriormente, con Julio. El pastor nos contó que en días fríos la sima arrojaba un penacho de  vapor  condensado muy llamativo. Y también la típica historia de un perro que se cayó y que, maltrecho, salió varios días después por otro agujero del valle. Además hace tiempo en una ocasión -contó- bajaron con una cuerda a un muchacho para ayudar a sacar a una res pero tuvieron que sacar al muchacho aterrorizado por que la sima “se lo aspiraba”. La cosa nos pareció prometedora aunque el día estuviese gris y deprimente.
La segunda vez Julio y Manu bajaron el pozo de entrada, 15 metros, accediendo a una amplia sala e hicieron un reconocimiento en el que descubrieron una estrecha gatera sopladora. Además constataron que la sima era un mortero cuyo contenido consistía en multitud de sacos de huesos de reses  y algún que otro perro. La nota vital la daba una colonia de murciélago en un rincón elevado.
La tercera vez (9/2/2008) nos acercamos los tres con material de desobstrucción. Después de realizar con gran esfuerzo cuatro agujeros de 40 cms. de profundidad por 0.8 cm. de diámetro para cuatro disparos de microcargas, y de quitar los escombros que resultaron como efecto, conseguimos ampliar el hueco y avanzar. Pero la gatera continuaba y las baterías se habían acabado.
La cuarta vez (16/2/2008) a los tres sufridores habituales se unió Juan Colina. Uno de los spits de la cabecera de sima saltó (reventó la roca) y tuvimos que reasegurar en una raíz, añadiendo después otro spit. Con nuestras locas charlas Julio y Manu habían empezado a hacerse grandes ilusiones sobre la sima. Juan estaba lleno de curiosidad. Para mí la gatera constituía un trabajo de desobstrucción con un perfil diferente al habitual debido a la naturaleza de la roca: colada con un alto porcentaje de cárcavas. Esta cualidad esponjosa hacía que la fuerza expansiva se perdiese en las oquedades. Debido a esto en esta ocasión solo una de las microcargas fue efectiva. Esto hizo que pensáramos en cambiar de estrategia. Decidimos volver con un generador eléctrico y un martillo demoledor de dimensiones modestas. Sin embargo esto llevaba una logística pesada que era necesario preparar.
Al principio tanteamos la posibilidad de alquilar todo lo necesario durante un fin de semana. Pero los generadores de los alquileres de máquinas eran excesivamente pesados. Manu tenía un generador pequeño y ligero de potencia insuficiente para un martillo demoledor. Por suerte en la reunión del viernes  4 de Abril Fernando nos ofreció un pequeño generador -unos 20 kilos- de suficiente potencia, más o menos 1200 vatios. Por otra parte Eric nos presto el más ligero de los martillos demoledores de su empresa. Juan se ofreció a subirlo todo en su todo terreno por la pista del eucaliptal y como último y magnífico fichaje se vino Miguel -de Balmaseda-. Así pues el sábado 5 de abril nos encontramos todos en la estación de FEVE del Astillero, lugar habitual para ir hacia la zona de Puente Viesgo.
Una vez depositado todo el material en el prado al final de la pista Juan se quedo abajo -estaba lesionado en una pierna- y los demás hicimos dos viajes hasta la sima. Uno con sacas y objetos diversos y el otro con el generador, haciendo para éste viaje dos equipos que se fueron relevando: Manu y Julio—Antonio y Miguel. Aunque el tiempo estaba excelente y hacía calor no tuvimos gran problema en subir el trasto.
                Enseguida instalamos la sima y desplegamos la alargadera de 50 metros de cable. Miguel bajó a echar un vistazo a la estrechez. No quepíamos los dos en el punto de trabajo. Un rato después comencé a trabajar. El generador estaba funcionando en el exterior al cuidado de Manu. Termine un agujero sobre un bloque empotrado para reducirlo a trozos más pequeños con una microcarga pero como había traspasado algunas cárcavas comencé otro agujero nuevo. Cuando llevaba 10 cms. del nuevo agujero la herramienta soltó unos cuantos chispazos, un tufillo a quemado y dejo de ir a las revoluciones requeridas. De golpe nuestras expectativas estaban amenazadas de frustración total y debíamos replantear la batalla. Tuvimos una reunión fuera de la sima. La decisión fue que, mientras yo me quedaba abajo intentando sacar provecho de los agujeros que ya estaban hechos, Manu y Julio intentarían alquilar otro martillo y Miguel subiría las baterías para seguir trabajando como las veces anteriores –con el Hilti de baterías-.
                Tuve suerte y el bloque fue reducido a pequeños trozos manejables. Miguel me ayudo a extraerlos de la gatera. Al poco volvieron Manu y Julio pues ya era demasiado tarde -en sábado- para que los alquileres estuviesen abiertos. Los siguientes disparos -en contra de lo esperado- tuvieron éxito y dieron lugar a un largo trabajo de desgajar y arrojar por el hueco. Después de una penúltima microcarga sobre una verruga de roca que fracasó en su cometido, la última si lo tuvo y nada más verlo me pareció que ya se podía pasar. Incluso llegue a recoger todo el despliegue.
                Sin embargo después de hacer una primera instalación para descender el pozo -al que daba acceso la gatera- cuando ya estaba metido dentro me di cuenta que la verruga de roca que sobresalía no permitía el paso de ninguna manera. Quizás hubiera sido posible pasar hacia abajo forzando pero a la vuelta estaríamos con los pies en el vacío –para ser exactos en el pedal- y tratando de salir hacia arriba. No me pareció razonable intentarlo en esas condiciones.
                Comenzamos un batalla contra la verruga a la desesperada. Sucesiones de pequeños taladros en el pedúnculo seguidas de sesiones de mazazos desaforados y motorizados por la obsesión de queper por el agujero. En el asalto que le correspondió a Miguel la verruga cedió y fue reducida a escombros. Por fin pudimos instalar el pocete. Un natural, un puente, un parabolt en la roca mediocre y un desviador. Baje el primero, honor que nos disputamos todos menos Miguel. Eran más de las 7 de la tarde. Mientras bajaban todos los compañeros eché un vistazo y vi que seguía otro pozo mayor –de unos 15 metros- Lo instalamos a una gruesa estalagmita con columna añadida. A los pocos metros metimos un desviador.
          El fondo del pozo, tapizado de rocas pequeñas y medianas no mostraba continuación. Por los laterales una galería estrecha se iba cerrando totalmente y algo más arriba también se cerraba otro pasaje. En todo lo que miramos no vimos continuación evidente ni soplo de viento –presente, sin embargo, en todo momento en la gatera- así que comenzamos el ascenso. Decidimos dejar todo instalado par echar otro vistazo más detenido y recogimos todo el despliegue. A las 10 y media estábamos por los coches tranquilizando -los que la tuvieran- a la esposa o novia según quién. Y al filo de las 11 y media, ya en Astillero, nos pareció demasiado tarde para pedir cena en un restaurante. Cada cual cogió el rumbo de su casita... 

21/3/08

Seven (21/3/2008) Minas de Colon


El viernes Santo quede con Joaquín en Alguazas para ir de visita a las Minas de Colon. Nadie más quiso -o pudo- acompañarnos. En concreto Mavil se había ido a una de sus exploraciones solitarias en el Sistema de Los Chorros de Río Mundo. Nuestra intención era visitar a fondo la bocamina que parte de la plataforma principal, unos 20 metros por encima de lo que estuvimos mirando la última vez. En esa bocamina entro Onofre en solitario mientras todos los demás nos tirábamos por el pozo de otra bocamina. Onofre entró poco -hasta el primer pozo minero creo-. Nuestro objetivo era el mismo que en las ocasiones anteriores: descubrir cavidades naturales y llegar al nivel freático. Nos llevo bien poco, por la nueva autovía, llegar a Mazarrón y volver hacia el este hasta La Azohía.
Como esperábamos tener que bajar pozos mineros porteamos varias cuerdas estáticas -algunas de 50 metros- y material de instalación; sin ir como mulas pero si bastante cargados. No dimos vueltas y fuimos al grano. En unos minutos nos preparamos y lo que decidimos no llevar lo dejamos en la galería de entrada metido en una saca. Todo lo demás fue para dentro; cada uno una saca con comida, agua y el material repartido. 
Al poco de iniciarse la galería nos encontramos con otra que se le unió por la derecha (más tarde constatamos que se trataba de una galería procedente de una entrada muy cercana)  A unos 300 metros de la entrada a la izquierda nos encontramos un pozo minero que sondeamos en 20 metros. Tras un buen trecho, en que encontramos varias construcciones bien conservadas, llegamos a un ensanche con un gran pozo minero que sondeamos en unos 50 metros. Antes de empezar con la instalación del pozo grande decidimos dar un buen repaso a ese nivel (lo llamare nivel 0 en adelante y numeraré hacia abajo los demás niveles) a ver que encontrábamos. Algo me hacía sospechar que las escaleras corrientes debían ser el medio usual de cambiar de nivel para los mineros. Después de dar un montón de vueltas y de mirar varias galerías volvimos a la zona del pozo grande y continuamos la galería principal. Durante todo este tiempo comprobamos que había corrientes de aire muy fuertes en muchos puntos. Al avanzar un poco más nos llevamos la agradable sorpresa de descubrir a mano derecha el comienzo de unas escaleras perfectamente construidas que comenzaban en el nivel 0. Sin pensarlo ni un segundo decidimos bajar por ahí.

Tras un buen montón de escalones y revueltas accedimos al nivel 1. Justo al comienzo encontramos en un rincón una colonia de murciélagos gris clarito. Estaban apiñados y su sueño no era profundo. Algunos empezaron a revolotear. Habría como mínimo 20. Por el nivel 1 avanzamos un buen trecho encontrándonos una cinta magnética de un videocasete como hilo para no perderse. Nos vino bien pues todo era muy similar y empezaban a abundar las ramificaciones iguales a sí mismas. En este nivel 1 estuvimos mucho rato andando por todos lados pero no llegamos a verlo todo. Finalmente encontramos otras escaleras descendentes.
Así llegamos al nivel 2, de forma cómoda, en el que nada más entrar vimos un misterioso conejito muerto, no hace mucho, en mitad de la galería. Yendo hacia el oeste por la galería del conejito muerto nos asomamos a una ventana de un enorme pozo minero (sospechamos que era el de 50). Luego dimos montones de vueltas por este nivel 2 en el que no nos perdimos gracias a los hitos, a la cinta magnética y a estar atentos. Finalmente encontramos otras escaleras que descendían cómodamente hacia las profundidades.

De esa forma alcanzamos un nivel 3 con una galería especialmente bien trazada que conducía directamente a la base del pozo minero de 50. De esa galería partían -siempre a la misma mano- muchas galerías cortas hacia ventanas sobre una inmensa sala o zona de laboreo (por lo menos 100x50). Los restos de raíles y vagonetas eran evidentes en el suelo. En este punto nos paramos a comer. Por los nichos de la galería había clavos, candiles y en algunos puntos encontramos otros objetos antiguos. Por uno de las galerías laterales conseguimos alcanzar una explanada y unas escaleras hacia un nivel Inferior.
Creo recordar que el nivel 4 era muy grande. Había cinta magnética para no perderse y deambulamos por muchas galerías. En una de ellas encontramos sobre suelo el micelio de un hongo cubriendo una superficie de 5x2 metros. Parecía la red de capilares de un animal. Seguramente a estas alturas llevábamos andados unos 5 kilómetros por lo menos. Puede que lo haya magnificado por lo extraño del sitio. Nos llamó la atención una enorme rampa minera en el que debió estar montado un funicular. Con cuidado comenzamos el descenso de la rampa. No sé que desnivel bajaríamos pero probablemente sobrepasó los 50 metros. En la bajada dejamos a mano izquierda el acceso a dos niveles diferentes -5 y 6- y finalmente llegamos a un fondo sin salida: el nivel 7. Volvimos sobre nuestros pasos, ascendiendo, para visitar los niveles 5 y 6.
En el nivel 6 comenzaba una larguísima galería muy bien trazada con algunas ramificaciones menos importantes. El calor y la humedad fue aumentando al avanzar hacia el oeste hasta un punto en que se llego a percibir neblina. Ya llegando al final de esta galería nos encontramos varias montañas de 1,5 a 2 metros de altura, perfectamente acampanadas y formadas por las deposiciones de colonias de murciélagos en el transcurso de muchos años. Realmente notable la forma de campana. La perfección en una montaña de guano.

El nivel 5 tenía una estructura similar al del 6 y al cabo de un rato de andar por él accedimos a una galería en que la huella de los mineros prácticamente se había borrado en el suelo. En su lugar,  y durante 5 metros como mínimo, aparecían montones de flores de yeso -no muy grandes pero sí notables- y también pelos de yeso. Me pareció impresionante. Nos dimos cuenta de que esas cristalizaciones se habían formado en unos 50 años. Esto lo supimos por algunas inscripciones de los mineros  con su nombre y 1948 (o 58, no consigo recordar) escrito al lado. En este nivel 5 también aumentaban el calor y la humedad –progresivamente- hacia el oeste  
El ascenso fue cansado y la cinta magnética nos vino bien en varios momentos. Ya en el nivel 0 avanzamos un poco más hasta una enorme zona de laboreo en forma de gran sala. Arriba, en el techo de un lateral y lejana percibimos la luz del día. En varios puntos de la sala los filones de galena resultaban espectaculares. 
Esta vez las Minas de Colon nos habían dado gratas sorpresas aunque no nos dieron ningún nuevo enlace a cavidades naturales. Atardecía y, ya bajando, descubrimos una prometedora bocamina hacia el oeste. Será nuestro próximo objetivo.