2/5/15

Brocas (Visita al Volcán)





Las cosas iban a ir mejor esta vez. Lo sabía de antemano. Con más parsimonia que usualmente, a las once más o menos, penetrábamos en una cueva que ya habíamos visitado varias veces en los últimos meses. El tiempo atmosférico estaba siendo una sabia mezcla cuyo sabor aromatizaba con suavidad todo el territorio. Primaveral y tropical al 50%.
Nacho y yo emprendimos la marcha un minuto después de parar el coche. Hacía calor. De todas formas la saca pesaba más. O menos. A lo lejos vimos perros con su dueño. Yo no quise hacer mención de nada especial.
Solo un poco de tiempo nos separaba del Mulhacen. Los ciclistas se acercaban demasiado al centro de la carretera. El tema especial del periódico era el mundo musulmán y el estado islámico. Hay que comprender que están frustrados. Pero también hay mucha otra gente frustrada en el mundo. En realidad todos estamos frustrados. ¿y que?
Todo seguía igual a sí mismo. Nada había cambiado aparentemente. El aire soplaba con fuerza en la estrechez. Me inclinaba a ser práctico. Primero iríamos a la zona que habíamos dejado medio balizada la última vez. Coladas de un blanco cremoso con micro gours rellenos de frágiles cristales. En un santiamén estaríamos allí.
Poco después de comenzar la cosa estaba encarrilada. Y poco después del poco después la cosa estaba complicada. ¡Con lo contentos que íbamos! El taladro recién arreglado funcionaba de pegada. Aquellos problemas desesperantes se habían resuelto. Un contacto suelto provocaba interrupciones  aleatorias en duración y posición. No había ningún factor claro. Un contacto falseando en el interior de la máquina. Maquina barata pero con pocas garantías. Pero estaba resuelto por unos módicos 15 € en Óxido 21.  ¡Y ahora la habíamos cagado otra vez!
La primera fue la china de 3,45 € comprada en Merlin Leroy. Sólo se me ocurre meter la otra, “la mejor broca”, en el mismo agujero. Cascó en dos segundos. Aparentemente se había acabado el trabajo por hoy. Pero no íbamos a dejarlo sin luchar. En primer lugar la broca hacía agujero pero muy lento. En segundo lugar había terrenos de arena o barro compactado. Y había coladas costrosas.
Pudimos acabar el trabajo en el extremo izquierdo de la galería grande. La colada final está impoluta. Es una zona interesante, al estilo de lo que nos tiene acostumbrados la cueva. Recogimos rápido y nos fuimos a otra zona de acceso un tanto enrevesado. Por el camino tuvimos que hacer algún malabarismo para no rompernos la crisma.
Las galerías que fuimos recorriendo eran grandes. Había formaciones abundantes y dos zonas de grandes coladas de un blanco cremoso pastelero con zonas de blanco intenso. Avanzamos bastante hasta un punto adecuado para una comida-merienda. Tenía un bocadillo de rollitos de cangrejo mezclado con salmón ahumado y un poco de mostaza. Me lo había preparado yo mismo por la mañana. Estaba para merendárselo. Además teníamos una manzana y algo de chocolate.
El trabajo en la primera colada (zona del Volcán), la grande, fue sobre ruedas. Mejor imposible. Quedo una señalización bien discreta pero muy eficaz. Apenas se nota. El trabajo en la segunda colada también fue bien pero lo dejamos porque la roca madre no era taladrable con la broca descabezada. No importa. Volveremos a terminar el trabajo tranquilamente. Mente.



26/4/15

Espejismos

Texto: A. Gonzalez
Fotos: Miguel F. Liria & A. Gonzalez



 
 


 







        Ambos dos, Miguel y yo, estuvimos seguros de que esa ventana en la chimenea que estábamos explorando nos daría acceso fácilmente al otro lado. Quizás nos encontraríamos con otra chimenea. O quizás un nuevo sistema de galerías. En la época en que descubrimos la ventana había llovido, y llovía, insistentemente. Al otro lado de la ventana se oía (y se vislumbraba) una cascada. Por donde habíamos escalado también caía demasiada agua. Lo pospusimos para tiempos más secos.
Por fin el último domingo de abril íbamos a poder echar un vistazo. Sólo era necesario montar un pequeño pasamanos hasta la ventana, atravesarla y montar el descenso al otro lado. Nos hacia ilusión, a él creo que un poco más que a mí. Yo tenía la sensación de que una chimenea alta nos obligaría a currar de lo lindo. Sin embargo las cosas no se iban a desarrollar como esperábamos. El mundo es sorprendente, a veces feliz, a veces triste y sobre todo fascinante.
Las obras del kiosko-pérgola en la plaza de Ramales estaban valladas por planchas de hierro macizas, de una pieza, altas como de dos metros y medio, anchas como de un metro y pico. Fue una asociación instantánea. Si una de ellas se desplomaba el que estuviera en su trayectoria no tendría ninguna posibilidad. Acababa de ocurrir el terremoto de Nepal intensidad 7,8. Una bestialidad. Pasé bajo la valla vigilando con el rabillo del ojo las planchas. Me reuní con Miguel a las nueve y, con nubes pero sin lluvia, subimos valle de Soba arriba. En menos de media hora estábamos al abrigo del mundo subterráneo. Mientras realizábamos la aproximación a nuestro agujero preferido vimos la conveniencia de modificar algunas balizaciones. Y también la posibilidad de fijar las caperuzas, en ciertas zonas, con un pegamento rápido y simple. Todo se andará mientras andemos.
Aunque no caía agua en chorro, el ascenso del Patio era pringoso y húmedo. Curiosamente una de las paredes es seca, maciza y de roca rasposa; la pared de enfrente esta llena de barrillo esponjoso más deslizante que el jabón. Subimos con dos sacas cuyo contenido pretendía cubrir todas las necesidades de la operación. No tarde poco en prepararme pero era preferible hacerlo de forma concienzuda. Me desplacé por la cuerda descendente, un poco por encima de su trayectoria natural, y alcancé una posición desde la que puse un parabolt. Desde éste instalamos un pasamanos hasta donde descansaba Miguel.  Pero usar ese parabolt para meterse por la ventana era inadecuado porque quedaba por debajo de la propia ventana. Coloque justo encima de la ventana otro parabolt y desde ahí  lancé la cuerda al lado desconocido. La altura era escasa. Con ayuda del anclaje, y usando el descensor como seguro, me dispuse a cruzar la ventana. De cabeza vi que no iba bien la cosa. Además me pareció muy estrecho… Entonces lo intenté con los pies por delante y boca abajo. Me empotré a la altura del culo. Y mi culo no es muy grande que digamos. Después de tres intentos y de picar un poco las rugosidades de la roca lo intenté de nuevo con los pies por delante y boca arriba. De nuevo fue el culo el que se empotró. El espejismo se confirmaba. A ambos nos había parecido un agujero por el que se iba a caber fácilmente. Pero no era así ni de cerca.
La continuación de esta historia es la siguiente:  durante dos horas, más o menos, Miguel lucho como un titán rebajando a mazazos milímetros de las paredes de la ventana. Como Thor con su martillo, parecía habitado por una furia y una energía sin límites que necesitaba canalizar de alguna forma: quizás rompiendo rocas. Aunque estaba a tres metros por encima y a cinco horizontalmente en una ocasión me golpearon las esquirlas de sus martillazos en la nariz. Además hizo agujeros con el taladro para facilitar la rotura de la roca. Intentó pasar decenas de veces y me indujo a intentarlo alguna más. Ninguno de los dos alcanzó el éxito. En el entreacto visité la parte alta del Patio y mire las chimeneas. Todas parecían, a primera vista, estrecharse demasiado. Lo que también detectamos, al mirar el polvo de los mazazos, fue un débil soplo que penetraba por la ventana. Esto último resultaba alentador. Para finalizar, alrededor de la zona del Patio, estudiamos algunas posibilidades de continuación interesantes que se nos habían escapado en ocasiones anteriores. Todas requerían escaladas o instalaciones liosas. Y ese día ya no estábamos para más historias de ese tipo. Así que nos fuimos yendo suavemente hacia el exterior.
Era de día y no llovía, pero me dio la impresión de que había llovido bastante. Mientras nos instalábamos cómodamente en el coche nuestra charla giro hacia la escalada y las actividades deportivas de todo tipo. Algo más tarde, y ya delante de unas cervezas, elucubramos también acerca de nuestro futuro como especie en éste planeta. Pasábamos desde un punto de vista puramente militante y activo -digamos que político y tratando de cambiar las cosas- a un punto de vista relativista total que contempla el drama de la humanidad como una película más en una sesión continua e infinita. Pero esto es ya otro tema diferente. Se trata de un tipo de espejismos de gran tamaño. Y éste no es el lugar adecuado para ellos.


                                 




23/4/15

Salomon 46+2/3




        Tomé la decisión con falta de entusiasmo. Hice los preparativos en el último momento. Engancharme otra vez a balizar y trabajar bajo tierra no me acababa de seducir. Ir a hacer fotos me atraía mucho más. Pero reducir al idiota que vive con cada uno de nosotros forma parte de la existencia. Es parte de su encanto. El idiota y el genio conviven a la greña.
Nacho llego con un poco de retraso por los embotellamientos de la Marga a primeras horas de la mañana. En España pocos dirían que las nueve es hora punta. Al menos en la mayoría de las ciudades. Pero, que nadie se ofenda,  Santander se pone en marcha a ritmo de pensionistas. Pase los bultos al portaequipajes y me monte en su coche. Dimos un par de vueltas por Solares para ir a la gasolinera y al Lupa. A pesar de que hacía buen día, estaba nublado. Mejor eso que el sol directo. Durante la subida a Alisas me relaje lo suficiente como para vacilarle a Nacho con su viaje relámpago a Granada. Subir la Norte del Mulhacén. Había tres factores que iban a impedir su ascensión: las ampollas en el pié, el cansancio acumulado por el viaje (hora prevista de salida: el sábado a las 4 de la mañana) Y la aleatoriedad del tiempo. Un solo día para poder subir: el domingo. Y la vuelta el lunes.
Justo cuando aparcábamos se me hizo la luz; ¡me cago en… que mierda de jodida suerte! La cosa no tenía remedio ya. Había olvidado las botas de espeleo. Nacho tenía sus botas y unas zapatillas de montaña. Las botas eran un 47 y las zapatillas un 46 2/3. Imposible usarlas. Me agarré a la posibilidad de cambiar de planes. Pero eso significaba un montón de coche por segunda vez. O volver a por mis botas. Más coche todavía. Desanimado me probé las botas. La sensación que me produjeron fue horrible. Con desesperación avanzada, casi angustia, probé las zapatillas Salomon con tres calcetines y apretando los cordones a tope. Bueno! Podía caminar, no estaba tan mal. Era como usar unos zapatos de payaso. Pero funcionaba.
A la subida se me hicieron evidentes la humedad y el calor. El imperio de una explosiva y tropical primavera. Sudé un poco. Pero tardamos menos que otras veces: entre media y tres cuartos de hora. A nuestros pies iba quedando el valle. Contemple el paisaje con placer. A vista de pájaro podíamos estudiar a los habitantes. Controlar sus idas y venidas. Humanos y bestias. En donde entraban, cuánto tiempo se quedaban, a quien miraban ellos mismos… un entretenimiento de dioses del Olimpo. Luego entramos en la oscura cueva.    
            La idea era localizar algunas zonas interesantes, mirar más detenidamente algunas desviaciones y balizar lo que fuera necesario. En quince minutos estábamos en los pozos de bajada al nivel inferior. Mientras mirábamos algunos bonitos flecos me iban cuadrando mejor todos los detalles de las visitas anteriores. Entre otros un decorado meandro ascendente. Finalmente llegamos a donde terminamos la última vez. Fue fácil bajar a donde me había parecido imposible aquel día. Unas bonitas coladas decoraban la zona con precisión. Tampoco nos resulto difícil escalar un resalte. Conducía a un cul du sac. La continuación resulto evidente también. Se necesitaban varias chapas con tornillo y una cuerda. Como no los teníamos allí decidimos irnos a la zona opuesta de la galería “ancha” con el objetivo de balizar algunos detalles. En una hora habíamos acabado el trabajo en el tramo principal. Comprobé con creciente rabia que el taladro me estaba dando el coñazo. Al apretar el gatillo se ponía en marcha de forma aleatoria según le daba…
Cuando terminamos de comer pasamos a recorrer con un poco más de detalle la zona terminal de la galería “ancha”. Era digna de protegerse. Apenas unas ligeras pisadas estropeaban el hermoso panorama. Me puse a ello y Nacho a seguir poniendo hilo.  Poco más pudimos hacer.  El caprichoso taladro se negó a ayudarnos. Estaba furioso con el cacharro. Faltaron pues varios trabajos por terminar. Recogimos todo y en menos de media hora estábamos fuera.
La bajada se me hizo más pesada que la subida por el bochorno que se adueñaba de la tarde. Quitarse la ropa de espeleo fue un gran descanso. Como era temprano paramos en Casa Enrique a tomar unas hermosas cervezas. Bueno hermosas aquí, pero para la República Checa serían unas ridículas cervezas. Incluso la que yo me bebí en vaso de sidra sería considerada por un checo como una broma. Sea como fuere el tema de charla fue la filosofía de las desobstrucciones. Nacho es mucho más purista que yo en ese sentido. Ni siquiera admite una rotura de formaciones. Para mí la desobstrucción esta justificada si existe una conexión física entre dos zonas, sea aérea o acuática, que no permite el paso de un humano. No está justificado unir dos zonas mediante un túnel artificial. En esto último Nacho y yo coincidíamos plenamente. Un rato después, cuando la charla decaía, cada uno se fue a su casa para seguir disfrutando del atardecer.   

18/4/15

Mendukilo



           Espeleofoto tenía previsto para el dieciocho de abril una sesión en una cueva de Cantabria (a determinar en el último momento) En realidad se trataba de actuar como guía y ayudante. Como contrapartida podría aprender algo observando a los buenos fotógrafos. Pero los planes tuvieron que adaptarse al permiso de entrada en Mendukilo. A mi no me importo. Al contrario: podría conocer una cueva turística sin las restricciones de las pasarelas y visitar zonas que, usualmente, están fuera de los recorridos establecidos. El único inconveniente era que la cueva está al lado de Astitz, pueblo muy cercano a Irurzun, en la provincia de Navarra. La distancia al pueblo implicaba casi dos horas y media de coche. Y me iba a obligar, habida cuenta que la entrada a la cavidad estaba prevista entre diez y diez y media, a estar conduciendo antes de las siete y media de la mañana. La cosa se complico todavía más, si cabe, pues debía dar la charla de Conservación de Cavidades el viernes diecisiete como a las ocho de la tarde. Tenía la cabeza en varias cosas a la vez y quería acostarme pronto. Al final entre unas cosas otras dormí menos de cinco horas. Lo arregle con un café, no más empezar el viaje.
            Nos íbamos a encontrar en Arbulo muy cerca de Vitoria, salida 364 de la A1. La cita estaba bien establecida pues muchos venían de la provincia de Burgos, Laura venía de Oñate y yo de Santander. Los que venían del Este del País Vasco o de Navarra habían quedado con nosotros al lado de la cueva. Alrededor de las nueve ya me estaba dando un paseo por Arbulo. En realidad habíamos quedado a y media, pero las carreteras estaban vacías y las autovías permitían circular a una buena velocidad de crucero. A los cinco minutos llego Laura. Un whatsapp de los de Burgos nos informó de que iban retrasados. Laura y yo optamos por seguir hacia Astitz. Elegimos como mejor opción el coche de Laura, más nuevo que el mío. En realidad se lo sugerí así porque llevaba casi dos horas conduciendo y ella bastante menos. Pusimos el navegador del móvil para que nos guiase. Por el camino nos conocimos un poco. Ella de Salamanca, yo de Madrid; ella intentando aprender euskera, yo intentando aprender islandés; ella criando niños, yo con los niños criados.  La conversación giro alrededor de los idiomas y de los ocho apellidos vascos.





            Cerca de Astitz el paisaje consiste en montañas suaves cubiertas de bosques. Pasamos por un pueblo llamado Madotz. Cuando estábamos decidiendo si parábamos en Astitz o seguíamos hasta la cueva llegaron los de Burgos. Y a renglón seguido un whatsapp de Sergio comunicando que se retrasaría aún más. Le habían robado del interior del coche unas cuantas cosas esa noche y se disponía a denunciarlo. Sea como fuere nos reunimos en el Centro de Interpretación de la Cueva de Mendukilo (la Cuadra del Monte) Allí se formo lo que podríamos denominar como “animada charla de reencuentro”. Como es usual, recordar los nombres de todos los presentes fue un triunfo. El plan consistía en lo siguiente: primero hacer fotos con los niños -dos niñas y un niño- en la zona de pasarelas turísticas. Luego hacer fotos en una sala de gours fuera ya de pasarelas. Y finalmente ir a la Sala del Guerrero para una última sesión.
            Durante la primera fase nos entremezclamos con varios grupos de visitantes con su guía correspondiente. Todo el mundo se autosilenciaba para que los turistas pudieran escuchar a la guía. Luego continuábamos con el batiburrillo que conlleva la realización de una foto. Se necesitan varios ayudantes para los flashes. También teníamos, al inicio, tres niños que luego se convirtieron en sólo dos actuando como modelos. Los padres de los niños servían como asistentes de las stars. Al finalizar la sesión de las pasarelas decidimos comer. Dijimos: mejor fuera que dentro, más confortable. Pero pronto descubrimos que estaba echada la llave de la verja y que, por tanto, estábamos encerrados. Para un adulto de complexión normal no era posible pasar entre los barrotes. Para las niñas fue un asunto trivial. Al cabo de diez minutos volvieron diciendo que no había nadie en el Centro de Interpretación. Era una broma psicológicamente muy bien montada. Digna de unas niñas.
            La comida transcurrió confortablemente en el edificio acristalado. El tiempo estaba algo desapacible. Lloviznaba de forma intermitente y hacía bastante fresco. Las dos chicas que trabajan allí, las guías de la cueva, entablaron una animada conversación con Sergio y Rupo. Me pareció que cuajaba algún proyecto de colaboración. La charla se animo bastante. Antes de volver a las sesiones de fotos nos despedimos de  las niñas y de sus padres. Habían sido las estrellas de las fotos hasta el momento pero ahora íbamos a necesitar otras u otros modelos.
            La sesión en la sala de los Gours o Laguitos tuvo encanto. Dos equipos se repartieron el campo. Cada equipo realizó unas pocas imágenes –dos o tres- pero cada imagen necesito entre diez y veinte capturas. Así es la cosa. Lo normal es que cada imagen, entre unas pruebas y otras, se lleve como una hora. El trabajo del fotógrafo se parece bastante, en esta modalidad subterránea, al de un director de cine. Los ayudantes con los flashes deben hacer acopio de paciencia mientras reciben instrucciones de qué dirección debe iluminarse, y de donde hay que colocarse. Y en el caso de la/el modelo de cómo y donde colocarse y de que expresar. Lo normal es que cada uno se busque sus propias distracciones mientras tanto. Pueden ser puramente mentales, pero a mí me dio por hacer fotos instantáneas. Dicho de otra manera: sin ningún preámbulo de iluminación, ni preparativo alguno. Siendo así me centré más en retratar a los personajes del drama que en la dificultosa tarea de iluminar y capturar el paisaje. En un momento dado pude, me animaron a ello, dirigir la realización de una imagen pero no tenía nada claro en donde debía poner los flashes. Ese día no estaba inspirado para eso.




          El traslado hacia la zona del Guerrero fue algo accidentado. Nadie se acordaba con precisión. Después de errar unos minutos -más o menos bien- encontramos el paso. Primero: un destrepe resbaladizo con ayuda de una cuerda; segundo: una gatera incómoda pero corta; tercero: otro destrepe con cuerda; y cuarto: una larga rampa que podía subirse por la izquierda sin cuerda y por la derecha con cuerda. Sergio fue por una ruta alternativa, sin gatera pero con un resalte delicado. A estas alturas me encontraba saturado o quizás más bien cansado. Me pareció que la sesión de fotos en el Guerrero fue un tanto confusa. Todos disparaban desde el mismo ángulo. Algunos que unos minutos antes no pensaban hacer más fotos al final también las hicieron. ¿Acaso no es la pasión de Espeleofoto? Comenté con Rupo el calendario para hacer alguna sesión en Cantabria. Debido a su viaje a Río Secreto -en Mejico- hasta mediados de Mayo será imposible. Luego ya se verá. La agenda de Espeleofoto es muy compacta.
Pasaban de las ocho cuando salimos al aire libre. Había refrescado notablemente. Laura  y yo partimos después de ordenar un poco y despedirnos. El resto se quedaron a tomar una cerveza pero no debieron estar mucho tiempo. En realidad Laura debía volver a su casa cuanto antes y yo estaba con ganas de terminar el viaje, tomar algo caliente y dormir. Me pesaba la falta de sueño. Como a las diez y media estábamos en Arbulo. Pensaba parar a cenar algo -por no hacerlo demasiado tarde- pero finalmente no me apeteció ninguna de las áreas de servicio de la autovía. Una hora y media después llegaba a casa.




28/2/15

Diluvio 3



  La pluviosidad no se ha modificado para este fin de semana: sigue lloviendo sin parar. Contacto con Miguel, con Nacho, con Oscar… pero al final nos reunimos los mismos dos que el pasado fin de semana. Y ¿para qué? Para seguir haciendo lo mismo: aprender a hacer fotos subterráneas. Porque nosotros no somos más que aprendices. El control del encuadre, el enfoque,  la cantidad de luz de los flashes, las luces y las sombras, la puesta en escena son todo retos que me superan. Tal vez siempre lo hagan. Aunque los resultados del pasado sábado son algo alentadores.
            La noche del viernes estuve viendo la película de Wim Wenders sobre Sebastiao Salgado. Me impacto la determinación que muestra en cada uno de sus viajes. Me motivo para hacer fotos. A la mañana siguiente, desde Solares, partimos hacia la Cueva del Torno. Llueve fino pero intenso. Salimos del coche con paraguas. Mientras nos preparamos bajo el paraguas una paisana montada en una moto y embozada en un impermeable pasa a nuestro lado con toda la tranquilidad que una vaquera cántabra puede mostrar en un mundo pasado por agua. Diez minutos después cruzamos la valla que nos separa del prado que alberga la boca de la cueva.
            La rampa de entrada es un tobogán de barro tapizado de caracoles eufóricos. Unos metros más allá la cueva sigue idéntica a sí misma. No le importa que llueva o que haga sol, ni tampoco el frío o el calor. Perfecto marco para moverse con libertad. Con la libertad restringida por la roca que rodea tu cuerpo pero que a la vez lo protege. Como un gran útero que nos retrotrae a un pretérito sentir.
            Pasamos una estrechez vertical de bajada, luego otra estrechez vertical de subida. Un laberinto de galerías que se entrecruzan ortogonalmente nos lleva a otro par de estrecheces: la primera sube y la segunda baja. Un meandro amplio, desfondado y parcialmente protegido nos transporta a la entrada de otro par de estrecheces. Y así, por fin llegamos a galerías amplias y cómodas. Aquí haremos las fotos.
            La primera que nos ocupa es en una amplia galería. Hacemos tres tomas: primer plano, plano medio y plano de fondo. Las dificultades proceden del enfoque y de la iluminación correcta de los flashes. Debemos tener presente que la cámara, una vez en el proceso de las tomas, es intocable. En el esfuerzo de conseguir un buen enfoque meto diafragma 8 pero eso lleva a fotos con iluminación débil y por tanto con ruido.
            La segunda es más fácil ya que es un espacio más reducido y por tanto más fácil de iluminar. Me conformo con dos tomas. Para la tercera foto escogemos una amplia galería con rocas y arenales. Hago tres tomas en una dirección y Nacho hace otras tres en sentido contrario.
            Salimos rápido pensando que se nos ha hecho tarde, pero la realidad es que estamos en el coche a las cinco, bastante ante de lo que pensábamos. Sigue lloviendo. Nos estamos picando: queremos volver una tarde para hacer más fotos en las gateras. Fotos que muestren algo más que un paisaje subterráneo. ¿Lo conseguiremos? Tal vez .



21/2/15

Diluvio 2



 Esa tarde fue la presentación del cursillo de espeleología. Acompañé a José Ángel y al entrar en el pabellón deportivo de la UCA nos encontramos con Juan Colina. En total se habían presentado cuatro cursillistas. Sin embargo por lo que me dijeron los organizadores había bastantes interesados que aparecerían en el cursillo propiamente dicho.  Ese mismo día, casualmente, también había una charla de espeleología en Escobedo. El esfuerzo por difundir la práctica de este deporte debería dar sus frutos. Hay un sentir general entre el colectivo espeleológico a este respecto: cada vez es más difícil encontrar jóvenes exploradores. Paradójicamente el volumen de negocio de las empresas de aventura, en lo que respecta a actividades subterráneas, aumenta. Muy a menudo se olvida en los cursillos aclarar los distintos modos de practicar actividades en el mundo subterráneo que existen. Aunque a veces los llamemos también espeleólogos hay un grupo, bastante numeroso, que sólo entiende las cuevas como zona de investigación científica. Sea arqueología, biología o geología. Por otra parte están aquellos que desean encontrar y descubrir lugares en los que el ser humano nunca haya estado antes: son los que tienen espíritu explorador. Finalmente están aquellos a los cuales el mundo subterráneo les parece un territorio idóneo para desarrollar actividades lúdicas, de ocio o deportivas -en esencia vienen a ser lo mismo pero con grados diferentes de esfuerzo físico-. En este último grupo pueden enmarcarse aquellos que contratan los servicios de una empresa de aventura o los que organizan por su cuenta una visita a una cavidad o una exigente travesía espeleológica. A veces los exploradores realizan actividades de este último tipo para motivarse y/o evitar la saturación que conlleva la dedicación obsesiva a una zona de exploración.
En lo referente a los exploradores he de decir algunas cosas más. Suelen olvidar la responsabilidad que conlleva descubrir algo nuevo bajo tierra. El medio ambiente subterráneo no sólo es frágil, sino que es virtualmente imposible de regenerar. Por otro lado la mayor parte de los exploradores poseen un ego superlativo en el sentido de que lo que importa de veras no es el descubrimiento en sí, sino -confesémoslo- que sea yo el que lo realice.  Por supuesto cuanto más importante y trascendental sea la zona descubierta más crecido saldrá el ego del autor/es. En el fondo de todo ello podemos encontrar resonancias clásicas: los exploradores polares, los alpinistas, los exploradores/descubridores de los siglos XVI al XIX. Estos mecanismos psicológicos están en la base de un amplio grupo de seres humanos. No es nada nuevo.
Todo descubrimiento o exploración arrastra unas consecuencias imprevisibles a largo plazo. Pero en el caso de las actividades subterráneas han conllevado, hasta la fecha, la desaparición de una parte muy importante de lo descubierto. Creo que no es necesario dar ejemplos. Sin embargo casi todos los exploradores son bastante cuidadosos con lo que descubren. Así que se sienten muy desilusionados cuando observan que lo que descubrieron ha desaparecido pisoteado o ensuciado o arrancado (por negligencia o interesadamente) Urge pues un cambio en la manera de explorar. El explorador debe hacer un sincero esfuerzo para que los que vienen detrás de él deterioren lo menos posible el medio subterráneo. No voy a discutir aquí el cómo debemos hacerlo, hay opiniones variadas, pero creo que los grupos exploradores deberíamos reunirnos para hablar de ello.
El sábado 21 nos hubiera gustado ir a explorar un poco. Nacho me llamó  para hacer actividad. Nuestro trío  explorador podía reunirse de nuevo. Pero Miguel no podía venir el sábado y aunque hubiera podido hacerlo no era aconsejable meterse bajo la ducha de agua que estaría cayendo por la chimenea del Patio. El diluvio se actualizaba. Llovió tanto durante la noche del viernes que tuvimos serias dudas acerca de salir. Pero ni Nacho ni yo hicimos abandono. Sin embargo cuando, ya en Solares, nos planteamos dónde podíamos ir se nos presento un problema difícil. La idea era hacer fotos.  Por un lado los dos habíamos estado en Cuevamur últimamente, así que quedaba descartada. La cueva del Gándara tampoco era muy apetecible por la ventisca que azotaba los Collados del Asón. Las húmedas estrecheces de la Cueva del Torno, o de la Hoyuca, no resultaban atractivas. Por fin a Nacho se le ocurrió una idea que nos resulto aceptable a ambos: Coventosa. Amplia cueva con zonas interesantes para la fotografía, a diez minutos del coche por una cómoda senda que transcurre por una zona bastante protegida de la ventisca que imperaba.
En el Alto de Alisas dudamos del acierto en nuestra elección. La realidad era muy poco alentadora.  El Asón, aguas arriba de Arredondo, estaba a punto de desbordarse. En el pueblecito de Asón las cosas no estaban mejor. Se nos hacía difícil salir del coche. Dos perros inmunes a la ventisca vinieron a darnos la bienvenida. Unos cuantos vehículos aparcados nos convencieron de que ir a Coventosa no era una idea demasiado original. Al cabo de unos minutos conseguimos acumular la entereza suficiente para salir del coche. Tuvimos suerte. Durante unos minutos paro de caer aguanieve. Lo suficiente para prepararnos y llegar, yo casi corriendo, hasta la boca de Coventosa. Nacho tiene una zancada tan larga que me resultaba difícil seguirle.




Desde poco más allá del porche ya podíamos escuchar voces. La idea era ir a la Sala de los Fantasmas.  Pero unas amplias galerías a nuestra izquierda, que yo no había visitado nunca, llamaron mi atención.  A dos minutos encontramos una zona de formaciones perfecta para ensayar técnicas de fotografía. Intenté un collage formado por cuatro tomas. Los problemas vinieron de la dificultad para enfocar. Para solventarlo podíamos cerrar a 8 el diafragma. Pero esto, por otro lado, dejaba a los poco potentes flashes insuficientes para iluminar correctamente. Aunque esto puede corregirse en el revelado la cosa tiene sus límites por la aparición de ruido. Las conclusiones de estas tomas fueron:
a)      la necesidad de un sistema de enfoque efectivo en condiciones de luz muy pobres (casi nula en algunos casos)
b)     la insuficiencia de nuestros flashes para trabajar volúmenes medianos y grandes dentro de una cavidad.

La idea era volver a la ruta de bajada a la Sala de los Fantasmas. Pero antes pensé en que no estaba de más el avanzar un poco por la galerías en la que estábamos. Un corta trepada nos permitió acceder a una zona muy interesante. Algo más allá trepadas adicionales conducían a rincones notables. No pudimos acceder a todos esos lugares debido a que algunas trepadas hubieran requerido cuerda y seguros de escalada. Desconocemos si se han explorado todos ellos. Sea como fuere después de un breve intercambio acordamos hacer en esta zona las fotos restantes.
La siguiente toma era de mayor alcance que la primera. En cualquier caso había dos planos muy diferenciados. Hice un collage con dos tomas. El plano más cercano era más fácil de iluminar, pero también más difícil de enfocar con nitidez. El segundo plano ocupaba unas alturas con formaciones muy arriba. Podíamos solventar el problema de la falta de potencia de los flashes disparándolos varias veces. Pero eso implicaba tiempos de apertura más largos lo que llevaba a su vez a periodos muy largos en las que la cámara debía estar activa para evitar tocarla. Esto consumía más batería. Las conclusiones fueron las siguientes:
a)      Sería interesante que la cámara siguiera activa con los mismos parámetros pero con la pantalla desactivada.
b)     De cualquier forma convenía que los flashes fueran más potentes para reducir el número de disparos.

A Nacho se le acabo la batería antes de poder terminar las tomas anteriores. Pero decidimos hacer otro collage antes de irnos. Para ello hice tres tomas de las cuales sólo necesitaba dos. Me esforcé al máximo por enfocar correctamente y pude notarlo en el revelado posterior. De todas las fotos la de mejor calidad fue la última. Casi in extremis a mí también se me acabo la batería. La conclusión fue que la pantalla encendida y los largos periodos con la pantalla activada consumían las baterías demasiado deprisa.
Acabadas las posibilidades de trabajo recogimos y volvimos en diez minutos a la salida. Curiosamente seguían entrando grupos a Coventosa. El tiempo se porto bien mientras volvíamos al coche y nos cambiábamos de indumentaria. Luego dudamos entre irnos a casa directamente, eran las tres y media, o comer en el Bar Coventosa. Decidimos lo último. Era la época en que ofrecían la Matanza como menú. Algo bestial. Pero nosotros queríamos algo ligero: ensalada y cocido montañés. Ni segundos platos ni postres, ni alcohol. Como a las cinco y media estaba llegando a mi casa.       





13/2/15

Diluvio

Texto: Antonio G. Corbalán
Fotos: Miguel F. Liria




La primera mitad de febrero había sido invernal. Una gran nevada, incluso a cotas bajas, marcó un hito histórico. Las quitanieves no dieron abasto durante varios días y muchas zonas se quedaron aisladas. El Deva y el Asón se desbordaron en algunos puntos de su recorrido.
En este marco, y con malísimas previsiones meteorológicas, Miguel y yo nos planteamos hacer alguna actividad subterránea. El sábado 14 fijamos una cita en Ramales a las nueve y media para ir a la Red del Gándara. La idea era subir por Soba hasta La Gándara y visitar una zona de la red de entrada poco conocida por nosotros. Sin embargo el domingo se presentó peor de lo esperado.
La lluvia caía en cortinas densas. En algún momento la visibilidad de la carretera llegó a ser nula. A veces disminuía un poco la intensidad. Ya en Ramales me negué a salir del coche. Miguel se sentó en el asiento del copiloto y fuimos sopesando las posibilidades que teníamos. Ninguno de los dos veía claro prepararse bajo la lluvia y subir por el bosquecillo hasta la boca de la Cueva del Gándara. Nos íbamos a empapar por completo. Otras posibilidades eran El Coverón y Cuevamur.
Conduje a lo largo del Asón hasta Riba y nos aproximamos hasta el lugar en el que se suelen dejar los coches para ir al Coverón. La lluvia caía en densas ráfagas y hacía viento. El aparcamiento estaba impracticable y los arcenes no podían usarse. Así con todo el bosquecillo denso que hay que atravesar para llegar al Coverón no nos iba a permitir usar paraguas. Y las ramas se encargarían de rematar la mojadura.  No tuvimos valentía para realizar nuestra idea. Eso sí Miguel me conto algunas de sus aventuras en la mar. Velas, viento, lluvia, olas y mucho traquetreo; y sin poder apearse.






Algún titubeo adicional nos encamina a Cuevamur. La lluvia sigue igual, pero tras exprimirnos un poco la sesera conseguimos mentalizarnos. Salgo, abro el portón trasero me pongo las botas y un impermeable, ordeno un poco todo y abro un paraguas con el que tapo a Miguel. Mientras subimos, con impermeable y paraguas, la lluvia, que cae casi horizontal, me moja las piernas. Por suerte en cinco minutos entramos en el porche de la cueva. Unos escaladores tienen montada una tirolina de la que van a lanzarse en caída libre con una cuerda dinámica enlazada a la propia tirolina. Les fotografiamos y les filmamos.
Es un descanso entrar en la gruta. Voy filmando todo lo que puedo para probar la nueva cámara. Hacemos la visita completa pasando por la Sala de los Cristales; se ha hecho tan tarde que comemos allí mismo. Pasamos los Retales y visitamos hasta la Gran Sala. Los goteos se han convertido en cascadas y ríos. Hay que andar con mucho cuidado por las coladas. Al estar con agua su índice de rozamiento es casi nulo. Puro jabón. Visitamos una pequeña galería desconocida para mí (a pesar de haber estado enCuevamur decenas de veces) Hacemos fotos.
A las cinco salimos y sigue lloviendo un poco. Unos escaladores entusiastas se trabajan una vía desplomada. Nosotros recogemos todo, lo metemos en el coche y bajamos a Ramales a tomar una cerveza. Hemos podido entrar en una cueva a pesar del diluvio.



25/1/15

Prioridades 3



¡Mirad lo que nos rodea con los ojos de un niño! Podéis creerme cuando os digo que el colectivo espeleológico forma el conjunto de seres humanos más privilegiado que existe en la actualidad. Tenemos un campo de juego bello a más no poder. No tenemos aglomeraciones, nuestro campo de juego, las cuevas, está siempre vacío de multitudes aunque en la Tierra seamos ya demasiados. Además podemos explorar lugares en los que el ser humano no ha pisado. Eso es romántico y emocionante. El poder de seducción de lo desconocido. Además el reto de la exploración es creativo. Con unos recursos limitados tenemos que resolver problemas técnicos, logísticos, puramente físicos y psicológicos también.  No hace falta que os cuente mucho más porque todos lo sabéis de sobra. Como también sabéis que las cuevas se deterioran con nuestro paso. No hay nada más bello que los suelos de una cueva tal y como nos los encontramos por primera vez. Es obra de la naturaleza, y la naturaleza solo realiza obras perfectas.
Creo firmemente que coincidiréis conmigo, cuando menos, en este punto: nos gustaría encontrarnos todo lo que vemos en las cuevas como lo vieron los que lo descubrieron. Perfecto en su belleza. Pero ¿es esto posible? No es el humano un ser que modifica sin remedio su entorno y todo lo que toca? ¿no es acaso eso mismo lo que hacen todos los animales e incluso las plantas? Tenemos que pisar en algún sitio para movernos, tenemos que tocar las cosas que nos rodean. Explorar significa moverse por doquier. Todo esto es verdad. Pero también es verdad que, como humanos que somos, podemos reflexionar antes de hacer las cosas. No todo da igual.
Explorar cuevas y descubrir sitios es un logro personal importante. Los que hemos tenido la suerte de experimentarlo lo consideramos algo muy valioso. ¿Acaso estoy pidiendo que dejemos de explorar para que no toquemos, ni pisemos, ni manchemos nada? La respuesta es no. No se trata de dejar de explorar. El asunto es explorar introduciendo algunas pequeñas novedades en el procedimiento. Un poco de calma, no se pongan nerviosos ustedes. Puede suponer un poco más de trabajo, pero nada para un espeleólogo; un humano acostumbrado a traspasar todos los límites físicos y mentales establecidos.



En el proceso de exploración hay que ir sin prisas. No se trata de explorar con ansiedad, como si alguien fuera a quitarnos la gloria del descubrimiento. Cuando el grupo explorador llega a una zona frágil hay que parar para establecer con raciocinio por donde se va a pisar. Esto es: ¿qué vamos a sacrificar para pasar? Puede ponerse una balización de fortuna con un hilo apoyado en anclajes naturales o con pequeños hitos. Esta forma de actuar requiere un mínimo tiempo de reflexión y  de dialogo en el grupo. Pero merece la pena gastar cinco minutos ahora que lamentar para siempre el deterioro de algo bello. Así se ha hecho, con éxito, en varias exploraciones recientes en Udías, Torca Urbió y en donde se ha podido. Más tarde un equipo especializado, formado normalmente por dos o tres espeleólogos, montará la balización definitiva basada en la establecida el primer día. Los hombres y las mujeres de acción no tienen por qué preocuparse. Siempre hay gente dispuesta a gastar media o una jornada espeleológica en el tranquilo trabajo de balizar. Es una ocasión excepcional para observarlo todo con detenimiento y hacer buenas fotos.
La última cueva en la que estoy balizando la he conocido hace poco. Es una cueva en exploración aunque no soy yo el que la explora. Además no tengo interés en explorarla, sólo en conservar su belleza. Me vais a permitir que no nombre, ni incluya referencia alguna de dicha cueva. Se trata de atajar el proceso de deterioro antes de que comience. Cuando esté balizado todo lo que consideremos frágil no tendré inconveniente en hablar un poco de ella . Pero de momento lo mejor que le puede pasar a la cueva es que todo el mundo la ignore.
El domingo 25 de enero del 2015 Miguel y yo estuvimos indecisos entre ir a seguir las exploraciones en el Patio o ir a balizar. Dudábamos del tiempo atmosférico.  En Ramales estaban cerrados los bares a las nueve y media de la mañana. El tiempo era estable. Esto nos inclino por la lejana, andando claro está, cueva a balizar. Por el camino, paramos a desayunar un pincho de tortilla con café.



La gatera de entrada estaba embarrada como otras veces. La primera fase de la balización había quedado impecable. Solo unas cuantas huellas absurdas rompían la belleza de los frágiles suelos. En menos de veinte minutos nos colocamos en un piso inferior que sólo conocíamos por referencias de unos compañeros. Nos habían contado de una zona extraordinariamente bella y frágil. Con las débiles indicaciones comenzamos la búsqueda por unas galerías de apariencia caótica y confusa. Primero fuimos “como a la derecha” según bajábamos. Nos movimos con mucho cuidado observando cada recoveco. La galería parecía tener centenares de posibilidades de continuación, sobre todo en desfondes con grandes bloques. Después de un par de horas y de muchas vueltas, habíamos pasado varias veces por los mismos lugares  y teníamos varias interconexiones entre las galerías recorridas. La conclusión que sacamos fue la siguiente: había muchas zonas con corales mereciendo protección/balización pero no habíamos encontrado lo que buscábamos.
En una segunda fase anduvimos desde la base de los pozos “como a la izquierda”. La galería no tenía bifurcaciones, salvo algunos pozos laterales que no conducían a nada especial. Paramos en un desfonde sin equipar. En este sector tampoco encontramos lo que buscábamos, aunque había varias zonas que exigirán balización.
Finalmente fuimos desde la base de los pozos directos “hacia abajo” por una fuerte pendiente. Desembocamos en un par de meandros de difícil tránsito. Sin instalaciones de pasamanos no era recomendable seguir adelante. A las cinco y media estábamos fuera y a las siete tomábamos en Ramales unas patatas con cervezas.
Aquí queda mucho curro… ¿alguien quiere ayudarme?




1/1/15

Las Ratas





Lo que me inspira hoy es un hecho irrelevante. Algo minúsculo sin trascendencia alguna. Además no creo que tenga sentido preocuparse por ello más de un minuto. En su momento no lo hice ni siquiera uno. Y ahora que lo cuento tampoco me preocupa. Creo que escribo sobre ello porque es un buen ejercicio de gramática. Y el ejercicio fortalece los músculos. Además se trata de un hecho risible. Y la risa es buena, sobre todo si el chiste está en uno mismo.
La verdad es que las ratas no se merecen la fama que tienen. No hay cosa más sucia que un ser humano desparramando sus pensamientos y sus actos por la creación. No existe una especie que transmita más veneno y patógenos que el Homo Sapiens. De hecho me permito afirmar que las ratas han cumplido, hasta hace bien poco, un gran papel en las artificiosas ciudades que habitamos. Ellas se comían toda la basura que podían de forma voraz e incansable, transformándola en tejidos vivos de rata. Lo que constituye una tarea encomiable y de una dificultad extrema. Transformar plomo y plástico en algo comestible y nutritivo es algo mágico. Ni siquiera nuestras modernas plantas de reciclaje han podido todavía emular a las humildes ratas. Acaso nuestra perdición, nuestro pecado original, comenzó cuando nos trasladamos a las ciudades. Algunos las admiramos como tontos incorregibles. Sus bonitas luces de colores, sus torres de cristal, sus imponentes edificios de piedra tallada y también esas estructuras metálicas increíbles llamadas puentes; todo ello nos encandila como las cuentas de abalorios a los indígenas del Amazonas. Si dejásemos de trabajar, incansables e insomnes como hormigas, para mantenerlas con vida, sus calles apenas serían reconocibles al cabo de unas semanas. Y como únicos habitantes, corroyéndolo todo, solo quedarían los fantasmas y el polvo. Las ratas, probablemente, acabarían la tarea. Pero no me apetece seguir hablándoos de esa realidad virtual a la que llamamos ciudades. Ni tampoco de su matriz de origen, las llamadas civilizaciones. Todo esto ya lo sabéis. Y no pretendo aburriros.  Os hablaré de la Sima Destapada. Destapada significa que estuvo tapada en alguna ocasión.
Cuando llegué al punto clave sencillamente me percaté de los hechos, recogí todo el material a lo largo del ascenso, salí de la sima, llamé a mi mujer y nos fuimos a comer frente al mar en un rincón soleado de Isla Plana. De hecho la pequeña ración de indignación de ella y de Mavil no me llego a conmoverme lo más mínimo. Por supuesto fue una pena no darse un mágico baño en el lago termal de la Sima Destapada. Por otra parte, el hecho de intentar haceros comprender que las ratas no son los malos de la película es lo más interesante de este cuento. Los malos no existen realmente. En las enseñanzas budistas se aprende que el origen básico del sufrimiento es la ignorancia. Es decir, no es que exista lo bueno como contrapuesto a lo malo: esa solo es la lectura superficial de los hechos. Lo que realmente tenemos entre manos es la ignorancia. O dicho de otra forma la falta de consciencia. A ver si lo digo más llano: ¡¡que no te enteras contreras!! Robar lo público y poner grifos de oro en tu patio al estilo saudí. Así pues hete aquí un asunto común en nuestra cultura latina, heredera parcialmente de otras culturas mediterráneas, musulmanas y africanas: considerar todos los bienes ajenos como potencialmente aprovechables para uso exclusivamente propio (incluidos los bienespúblicos)
Aunque con una saca podía subir los cuatro trozos de cuerda que necesitaba, Marisa se vino hasta la boca de la Destapada para ayudarme. El cerro donde está la sima llamaba su atención y podía subirse bien desde el final del sendero a la boca. Llevaba tres cuerdas de veinte y una de diez. El primer pozo necesita una de veinte, el segundo dos  de veinte, sobrando algo, y el resalte anterior al pozo Coke una de diez. Muy cómodo todo. De todas formas estaba un poco nervioso y me costo un minuto encontrar el paso entre la base de los primeros pozos y la cabecera de los grandes. A pesar de que me prometía un largo baño, el hecho de bajar los dos grandes pozos en solitario me inquietaba un poco. Es cierto que no era la primera vez que hacía esto sin compañía alguna, pero eso no me aportaba una sensación de seguridad. Además se me multiplicaban los recuerdos: Mavil, Joaquín, Lola, Espeleo50… sin duda éste es un sitio al que le tengo un cierto apego.
Descendí emocionado el pequeño resalte anterior al pozo Coke. Las fijaciones químicas de acero inoxidable me ofrecían una seguridad total. Avancé por el pasamanos de acceso al pozo y comencé a ver la realidad: las cuerdas que esperaba encontrarme puestas habían desaparecido. No estaban ya. Las habíamos puesto nosotros hace tres años. La del Coke era muy nueva. El esfuerzo de colocarla y el dinero que habían costado. Y el detalle de dejarla allí para todos. Para facilitar la visita. Estaban pasadas por las argollas de las fijaciones. No lo pensé más. Comencé la vuelta hacia la superficie.
En la base de los pozos iniciales me volví a cambiar de ropa para protegerme en las estrecheces. Aproveche para hacer un ejercicio excelente y me moví con concentrada soltura. El día estaba resplandeciente. Disfrute del paisaje y mientras descendía con calma fui observando las plantas que colonizan el árido terreno. Volví a pasar junto a la roca plana en la que está escrito love you con tinta roja…
La plaza de Isla Plana estaba en calma invernal aunque la temperatura era deliciosa. Pasaron dos parejas españolas de paseo tras la comida. Ellos lanzaban a voces su opinión sobre el servicio de mesas del restaurante en el que habían estado mientras ellas iban un poco detrás, siguiendo a sus maridos, como impone la costumbre latina. También pasaron varias parejas de alemanes. Ellas y ellos juntos muy deportistas y activos. Mientras tanto yo devoré una buena empanadilla acompañada con mojama de atún.