27/4/09

Sueños (24:25:26/4/2009)

El Sueño Acariciado.

Nuestro tiempo como seres humanos es limitado. Ese fin de semana elegí seguir viviendo mi pasión mineral por la Cueva del Gándara. Llame a Miguel, quien se unió al viaje con alegría. Creo que también él estaba enamorado de la misma cueva. Y la cueva nos acogía en su esplendor, a ambos sin restricciones. Sabíamos que, para el fin de semana, las previsiones meteorológicas daban lluvias; y nieve por encima de novecientos metros.  Me acordé de José, cuya inclinación natural por las montañas le impedía meterse en una cueva si hacía buen tiempo. Quizás ahora fuese para él una ocasión. Y también llamé a Manu, que consiguió arreglar las cosas en su trabajo para tener libre la tarde de aquel viernes. Lamentablemente al final José no pudo venir pero todo estaba encarrilado y no era momento para detenerlo.
Eran pasadas las nueve cuando iniciamos con decisión el camino. Con decisión y con sudor. Demasiado peso, demasiado agacharse, y erguirse de nuevo, demasiada comida en el estómago. Demasiada cueva para unos seres tan pequeños. Como hormigas perdidas en un hormiguero infinito.
El campamento en el que íbamos a pasar dos noches estaba muy solitario. En la lejanía se escuchaba el ruido de un arroyo caudaloso. Demasiado caudaloso –quizás- para entenderlo. Recogimos un poco todo y nos hicimos algo caliente. Preparamos tres yacijas adecuadas. Una persona, una yacija. Dormimos hasta que nos despertó algo. Tenía fríos y húmedos los pies. Me pareció una noche sin sueños.

El Sueño de Cristal.

          El despertador de la cámara digital sonó a las ocho. Había té y leche condensada y pan y dulce de membrillo y galletas y café. Al abandonar el campamento miramos un reloj que marcaba casi las diez. Caímos en la cuenta de que nadie había cambiado la hora en el reloj de la cámara. Anduvimos varias horas a lo largo de laberintos entrelazados. En el lateral de nuestro camino un desfonde, que se hundía diez metros, nos sedujo por su orientación. Una cuerda fijada a un puente de roca nos permitió bajar hasta tomar pie en una galería mediana. La continuación de frente se cortaba enseguida. Pero volviendo atrás, y un poco ocultos, se abrían varios pasillos con flores y cristales de yeso. Vimos, colgando del techo, una cola de caballo a la que la tenue corriente que generábamos al andar movía suavemente. Casi con certeza los pelos que la formaban -de unos cuarenta centímetros- eran de yeso cristalizado.
Nuestro sueño era alcanzar algún camino fácil que nos condujera hacia el oeste. En varias ocasiones se mostraron galerías prometedoras que luego no nos llevaron demasiado lejos. Algunas tenían una sobria belleza que las hacía más acogedoras. Otras poseían una línea espartana. En una de ellas nos sorprendió la abundancia de grandes cristales transparentes que, a veces, se ordenaban en líneas colgadas del techo recordando los dientes de un tiburón. Anduvimos por una galería que mostraba sus paredes profusamente decoradas con pequeñas formaciones de barro y cristal; como legiones de diminutos penitentes perdidos en un sueño mineral.


El Sueño de las Actinias.

Nos adentrábamos poco a poco en la maraña de galerías de la Red del Gándara. A menudo me sorprendía pensando mejor cuatro que tres para estar varios días en esta cueva. Buscando un camino hacia el oeste tuvimos que trepar por una ruta poco clara a una galería colgada. El túnel, rectilíneo casi, se reveló amplio y suave. Una pátina de barro untada sobre sus formas y sobre los bloques requería nuestra atención mantenida. Al intentar un paso delicado Manu resbaló, cayendo con la culera sobre un borde redondeado. El golpetazo nos cogió por sorpresa, pero comprobamos con alivio que se había hecho menos daño del que parecía. Miguel le dio un analgésico. Esto fue un aviso para no jugar a hacer movimientos azarosos. Si hubiéramos tenido un accidente, uno de los tres hubiese tenido que salir en solitario para dar aviso. Y estábamos muy  lejos de la entrada.
Me sentía excitado y extraño a mi mismo. No encontraba el ritmo vital justo. Durante un tramo el desfonde en el centro de la galería -cerrándose sobre si mismo- creó un túnel dentro de otro. Volviendo sobre nuestros pasos -desviaciones de desviaciones de más desviaciones..- tomamos una gatera que de inmediato se abrió a una galería mediana. Algo nos empujaba a seguir ganado terreno por laminadores y estrecheces. Habíamos avanzado tal vez menos de un cuarto de hora. Y entonces llegamos donde sueñan las actinias. Las tradiciones de los aborígenes australianos cuentan que todos los seres tienen un sitio para soñar. Quizás supieseis a lo que me refiero si hubierais visto “Donde sueñan las hormigas verdes” de Werner Herzog. O quizás creáis en el poder del silencio, que codifica la ley de las formas, el sello que modela la roca. El proceso físico. Tal vez soñar es el nombre que dan a la ley los aborígenes. Una explosión mental nos reventó los sesos. Solo decíamos incoherencias. Durante un tiempo anduvimos captando imágenes del sueño. Soñábamos un sueño que no nos pertenecía.     

El Sueño Detenido.

Más lejos aún alcanzamos una galería ancha y alta, con arena y con lugares que invitaban al descanso. Pero no descansábamos. Tal vez recorrimos dos kilómetros antes de llegar a una bifurcación. Hacia la izquierda un estrecho meandro desfondado. Hacia la derecha una ruta sembrada de bloques ciclópeos hasta donde podíamos vislumbrar. Tuvimos que descifrar el camino buscando los indicios dejados por los exploradores. Sus huellas, a veces, contaban historias titubeantes, indecisas. Ellos -y nosotros- tuvieron que tantear para encontrar la ruta. En la lejanía comenzó a escucharse el rumor de un río. Luego llegamos a una playa de guijarros y bloques donde descansamos y comimos un poco. Seguimos hacia el oeste, aguas arriba del río.
De nuevo la ruta exigía descifrar los indicios. Un paso muy expuesto nos cerro el camino. La inspiración me dijo que era posible una ruta más segura hacia la izquierda.  Así alcanzamos una zona ancha -casi una sala- en la que el río era de nuevo protagonista. Pero se estaba haciendo tarde y había que volver. Estimábamos que llevando unas ocho horas a ritmo de búsqueda la vuelta nos llevaría menos de la mitad.
Antes de las diez estábamos en el campamento. Tomamos sopa, pan con lomo, pan con atún, y espaguetis carbonara. A las once nos dispusimos a dormir –quizás a soñar-. Tuve sueños extraños. Nos levantamos a las cinco sin sueño y partimos hacia las seis. El día estaba espléndido cuando alcanzamos la superficie. A las diez desayunábamos en Ramales. 


  

4/4/09

Giant Panda (4/4/2009) Hoyuca


El plan del sábado, elaborado con la ayuda de los móviles el viernes como a las diez de la noche,  consistía en ir en pandilla -Julio, Eva, Miguel, Manu, Sergio, Ines, yo y alguno de los nuevos- a la travesía Coterón-Reñada (por el ramal Reñada que es el más cortito) Normalmente en 4 o 5 horas se puede hacer la travesía. Pero algo debió pasar entre las 22h del viernes y las 9h 30m del sábado pues cuando llegue a la cita solo estaba Manu envuelto en una nube de humo. Llamamos a Julio que dormía todavía. Al poco llego Inés, que solo traía una cuerdecita, y, un poco más tarde, Sergio que traía dos cuerdas de 40. Les propuse cambiar de planes. 
Hacía tiempo que soñaba con ir a buscar la sima del Giant Panda, la nueva entrada al sistema de los Cuatro Valles que han descubierto recientemente los británicos y que consigue cortocircuitar Gorilla  Walk. El trabajo de los ingleses ha sido magnífico. Localizaron desde dentro de la cavidad un aporte, Windy Inlet, que desemboca cerca del final de Gorilla Walk. Tras varias estrecheces escalaron dos pozos uno de 10 y otro de 30- y con un molephone determinaron un punto en la superficie a unos 7 metros de distancia. Tras arduos trabajos y después de cavar y apuntalar un pozo de cinco metros, en el verano del 2008 pudo completarse la obra y utilizarse como entrada alternativa para las exploraciones del sistema. Así, se hizo accesible en un tiempo razonable, y con dificultades razonables también, las zonas más remotas de la cavidad.
Enviamos un mensaje a Julio camino de Riaño. Pero al final opto por no venir. Nos apeno su ausencia. Aparcamos en el mismo sitio que usamos para ir a la Hoyuca. El día estaba cubierto, pero no llovía, y la temperatura era acogedora. De pronto me sentí feliz caminando por esta zona y buscando la sima, quizás el reencuentro con la cueva que más me atraía hace años poseyera un significado especial para mí. Tenía una vaga idea de donde podía estar la sima gracias a la mirada que le eche a la topo de los  británicos hace unos días, pero no tenía las coordenadas ni GPS. Después de un par de revueltas de la pista llegamos a una zona de cabañas con abundantes agujeros y dolinones. Comenzamos por el más cercano mientras Sergio se acercaba a una paisana que extendía estiércol por un prado. La mujer nos informo del lugar al que estaban yendo los británicos últimamente. Le comentamos lo bonita, y bien arreglada que estaba su cabaña y la suerte que tenía de tener un sitio así. Pero estaba harta de trabajar y no lo veía tan bonito como nosotros.
La entrada de la sima esta en una vaguada donde existe un sumidero intermitente. Los británicos no solo han tenido que excavar un pozo vertical de unos cinco metros sino que se han visto obligados a apuntalarlo con tablas, tubos de hierro y palieres para que no se derrumbe. Daba mucha grima meterse debajo de todo aquello. Pensamos que lo mejor sería entrar de uno en uno. Al fondo del pocete -que se destrepa sin problema- una estrecha gatera permite pasar a un ensanche donde realmente comienza la instalación vertical. Hay que tener un exquisito cuidado con las piedras y con la roca, quebrada en multitud de lugares, y que con poco que roces puede desprenderse y caer a la sima golpeando la cuerda o a un compañero. El primer tramo tiene un par de fraccionamientos y un desviador pero la verdadera dificultad es la hinchazón de las cuerdas. Costaba un gran esfuerzo conseguir deslizase cuerda abajo. Tras otro cómodo pozo de unos diez metros se acababan las verticales con cuerda. 
Durante un rato busqué la continuación por todos los rincones hasta que tuve que aceptar que para seguir había que pasar una estrechez. Al otro lado me paré, esperando a Inés y Manu, acompañado por Sergio. El lugar era incómodo, había que empotrarse en una zona vertical con pequeñas repisas y mucha humedad que nos iba empapando poco a poco. Creo que debimos esperar por lo menos media hora aunque quizás se acerco a una hora. Sergio blasfemaba de vez en cuando mientras yo trataba de concentrarme en pensamientos que me ayudasen a escapar de la situación . Me sumí en un mutismo mantenido. Por fin escuchamos a nuestros compañeros. Como era de suponer les había costado mucho bajar la cuerda hinchada.


El resto de la sima consistía en un bonito, sinuoso y limpio meandro con varios pasos que se destrepan. Finalmente un último tramo rectilíneo con una estrechez especialmente incómoda te deja sobre un laguito a unos 150 metros del final de Gorilla Walk. Sea como fuere el agua no pasaba de la rodilla pero fue suficiente para inundarme las botas de goma. A partir de aquí no me importo mojarme pues ya estaba mojado. Poco después nos reuníamos todos y proseguíamos aguas abajo. Para evitar un lago de aguas profundas remansadas localizamos un laminador a la izquierda que se resolvió entre unas formaciones. Unos metros más allá alcanzamos las playas de Second River Inlet.  A partir de aquí cambia por completo el aspecto de la cavidad. Las galerías son anchas y altas con hermosas playas y formaciones de vez en cuando. Aunque hacía varios años que no iba hasta Astradome me acordaba bastante de los pasos clave y les propuse llegar hasta allí.
Al principio seguimos el río principal hasta una desviación arenosa que nos condujo por un sistema de gateras. Así llegamos al punto donde se accede a Third River Inlet. Continuamos avanzando por este río aguas abajo mientras las galerías iban ganando en tamaño. Una galería fósil a la derecha nos despisto durante unos minutos. Luego alcanzamos una zona en la que la galería -ya sumamente ancha- tiene taludes de arena por los que se va a media ladera. El hambre y el cansancio empezaron a hacer mella. Les dije que faltaba menos de media hora para Astradome. Se rieron de mi afirmación.
Íbamos muy atentos para coger una desviación al río que durante un rato sigue una galería reducida con algunos remansos. A la salida de este pasaje la galería volvió a ser ancha y cómoda. Ahora si estaba seguro de que faltaba poco. Al alcanzar Fourth River Inlet confirme que solo quedaban cinco minutos para Astradome. Como no me creyeron les pregunte si notaban en ese punto algo característico. Les llamé la atención sobre el nuevo afluente que llegaba por la derecha en una curva a 90º.
La reverberación en Astradome es salvaje. Un cilindro de quince metros de diámetro y más de cien de altura conduce una pequeña cascada por su eje central. Mis compañeros -que nunca habían estado en un sitio de estas características- gozaban dando grititos y voces. A mi me gusta un ulular corto que casi me permite oír el eco. Me dedique un rato a practicar. Magnifico. Nos comimos las provisiones allí. 
La vuelta se hizo muy corta gracias a la sensación de conocido. Los pasos estrechos nos costaron más en la subida de la sima. Las verticales con cuerda, sin embargo, fueron muy cómodas. En un momento estábamos fuera Manu y yo. Pero hacía mal tiempo y había refrescado. La espera de los compañeros se hizo pesada. Eran las cinco y pico.
Totalmente satisfechos de la actividad realizada volvimos a Solares donde nos esperaban los coches. Manu e Inés pensaban ir a la barbacoa de Eva. Sergio y yo nos fuimos a nuestras casas respectivas. Sin ningún  genero de duda volveremos por la sima del “Panda Gigante”, en pandilla o sin ella, para conocer las profundidades de la Hoyuca... 

28/3/09

Mujeres (28/3/2009) Cueva del Torno


Fue un fin de semana loco. A la vez estaba nublado y salía el sol. La tierra humeaba de calor mientras caía una nevada. El viento te atravesaba de frío mientras te quemabas al sol. El viernes por la tarde fui con Amelia a inspeccionar un nuevo sector de escalada en Caloca. Para alcanzar una zona de descuelgue me metí en una escalada no muy difícil pero con la roca descompuesta. Para asegurar metía clavijas donde podía. Donde se acabo la roca empezó una canal de hierba peinada hacia abajo y muy vertical. Para no matarme puse un clavo y me baje. Al día siguiente encontramos el acceso adecuado por una cornisa herbosa en la que basto instalar un pasamanos...A las dos de la tarde se avecino un chubasco de nieve y nos fuimos
Como al día siguiente las previsiones del tiempo eran las mismas quede para ir a una cueva con Marisa y Eva. Para no alargar demasiado la salida  nos fuimos a la cercana Cueva de Torno en Solórzano. El tiempo se presentaba muy similar al del sábado. Habían cambiado la hora y mientras recogíamos a Eva ella pensaba que eran las nueve cuando realmente eran las once hora oficial. Todo lo necesario para ir al Torno eran tres cascos y tres monos. Eva decía que el casco le estaba grande y que quería el suyo blanco, pero la convencí de que ese podía ir bien (de hecho no protesto ninguna otra vez) Mientras tanto Marisa se recomponía el tocado bajo el casco. Lo que más me sorprendió fue el modelo de mallas que Eva usaba bajo el mono exterior. Blancas y floreadas.

Marisa fue la primera que llego al agujero de entrada. Después de un tobogán tomamos a la izquierda a nivel y por encima de un desfonde que las cogió por sorpresa llenándolas de pánico. Llegaron a decir que se caían. Bueno, después de esto se tranquilizaron. Un par de metros más allá de la primera estrechez se dieron cuenta que la corriente entrante nos traía toda la polvareda que íbamos levantando al progresar cavidad adentro. Las consolé diciéndoles que la cueva luego se hacía más ancha y que no se notaría ya el polvo. En las sucesivas estrecheces hasta salir de Tigger Series tuvimos la misma polvareda. En esto se notaba el tiempo seco que había predominado en las dos últimas semanas.

Eva me paso su cámara para que hiciese alguna foto. Y me pidió que explicase “algo” según íbamos avanzando por la cueva. Les explique la formación de esos meandros -meandros fósiles- estrechos y altos en los que ya no circula ningún agua. Cuando llegamos al comienzo del pasamanos desfondado descendimos al nivel activo por un paso entre bloques. Así quedo más clara la explicación con un ejemplo. Recorrimos el río aguas abajo hasta las inmediaciones de Torno Chamber. A pesar de que circulaba muy poca agua los últimos metros antes de la sala, donde desagua el río de Rampant Rabbit, consisten en un laminador extremadamente bajo que obliga a arrastrarse por el arroyo. Abandonamos el intento de llegar a la sala más grande de la cueva... y volvimos por el meandro fósil hasta enlazar con la entrada a Andy’s Back Passage. Como no tenía nada claro su grado de determinación les expuse -algo exageradas- las dificultades de las gateras. Se mostraron firmes en conocer las galerías grandes a pesar de las dificultades.

El primer tramo fue el que motivo más protestas. Pero el león se convirtió en gatito y no fue tan fiero como lo pintaban. Con habilidad nos manchamos poquito. El premio por el esfuerzo mereció la pena. Las banderas -o cortinas- de The Posture of Progression forman un grupo espectacular con diferentes notas. Pero estas cortinas son demasiado frágiles para arriesgarse a darles golpecitos. Caminamos en fila india por los senderos marcados y recorrimos desde Skull Chamber hasta la escala donde termina la galería. Encontramos una semilla de manzana germinada en el lugar donde comimos unas semanas antes. Eva se excito haciendo fotos por todos lados. Como era de esperar las fotos con flash en ambiente amplios tenían brumas o estaban tostadas y/u oscuras y las que no tenían flash estaban, en su mayoría, movidas. Pero algunas salieron más o menos bien.

Poco después de las tres estábamos fuera. Había llovido bastante. Eva me aseguro que las cuevas estaban muy bien como actividad alternativa pero que si hacía buen tiempo ella prefería las montañas. Marisa me confirmo una opinión similar. Bajo estas condiciones no pude conseguir que firmaran por una estancia en la Red del Gándara con dos vivacs...Como a las cuatro dejamos a Eva al lado de su casa.

22/3/09

Cangrejos (22/3/2009) Hoyo de la Reñada

Pensábamos ir a la Red del Gándara pero todo se puso en contra de nuestros deseos. Ni los amigos de Madrid podían venir, ni Chechu, ni Julio, ni los nuevos, ni nadie.  Solo Miguel y yo. Y dos es una sensación de soledad para pasar varios días en una cueva. Eso solo lo resiste Mavil. Así que montamos un plan alternativo consistente en visitar “el otro lado” de la Cueva del Torno, es decir la parte de Cueva Riaño que se acerca a “nada” de las galerías de la Cueva del Torno. Para eso busque la topo en la pagina de Matienzo del MUSS e imprimí la parte correspondiente. No quedo muy bien, -se veía borrosa y disjunta- pero era suficiente para tirar pa’lante.  Aparte de Miguel se apunto Manu, el sábado mismo por la noche, después de ir a prospectar en la zona de Udías. Nos contó de las salidas con tres teutonas -una alemana y dos austriacas- que estudian con una beca Erasmus en Santander durante este año. Una de ellas es escaladora y tiene ganas de hacer espeleo de simas y cuerdas. 

El  domingo nos vimos los tres en el área de Adelma. Paramos en un bar-tienda de Entrambasaguas para comprar pan y agua. La furgoneta verde manzana de Manu  tiene la puerta derecha crujiente y parece que va a partirse cuando se cierra. Desde la carretera que va de Riaño hacia Matienzo sale a la derecha una pista asfaltada -justo al empezar la cuesta de verdad- y luego una pista de tierra que en un minuto nos lleva delante de una pequeña depresión. En ésta se encuentra el agujero del Hoyo de la Reñada (Cueva de Riaño) que está disimulado abajo a la izquierda entre follaje. Un horno de gas, tirado delante por un paisano sin escrúpulos que desea tapar el agujero de entrada, nos indica su posición. Entramos reptando desde el primer momento por una cuesta abajo terrosa. Un bajo laminador seguido de una curva a la derecha y una arrastrada entre un talud de tierra y la roca nos dejan en un pequeño ensanche, en que es posible restablecerse un poco, para continuar reptando por una zona con agüilla en la que, con habilidad, puedes eludir la mojadura. Sigue una zona de arroyito con abundantes niphargus blanquecinos y laminadores que cortocircuitan ciertos pasos. La galería va creciendo paulatinamente y llega un momento en que los techos son altos. En un pequeño caos de bloques tomamos un camino entre éstos, bajando a la izquierda, y desembocamos en un resalte de unos cuatro metros que se destrepa. Todo este comienzo de la cavidad sugiere la eterna broma de espeleologos en la que se invita a todos los conocidos o conocidas a visitar una bonita y cómoda cueva. En concreto quedamos en invitar a todas las chicas del cursillo, incluidas las teutonas, a recorrer ésta. 

El arroyuelo de la red de entrada desemboca en un río de medianas dimensiones. Si seguimos hacia la derecha -aguas arriba- encontraremos la conexión con La Hoyuca. Hacia la izquierda, es decir aguas abajo, pronto llegamos a una zona de hermosas coladas que se descuelgan hasta el nivel del río. La zona es divertida de transitar, exigiendo hacer pasos entre las paredes y posándose sobre bloques sumergidos en plena corriente. Al cabo de unos doscientos metros se llega a una zona de bonitas cascadas saltarinas que se descienden destrepando, aunque conviene poner una cuerda en una de ellas. Un poco más allá nos encontramos con una zona inundada en la que para pasar habría que mojarse (mucho o poco según las  habilidades del espeleólogo)  Basándonos en las expectativas creadas tras mirar los planos que llevábamos, se tomaría justo en estas cascadas Torno Inlet para ir hacia la zona de la conexión con la Cueva del Torno. Pero allí no vimos nada de nada a pesar de las miradas exhaustivas que, ayudados con nuestros potentes Stenlights y Scurions,  fuimos echando a todos los rincones, incluidos los techos. Después de revisar toda la zona con el plano delante llegamos a la conclusión que estas cascadas no eran las de Torno Inlet sino que eran otras -algo más adelante- y que con seguridad ahí estaba la solución. Dicho y hecho: avanzamos hasta esa zona en la que tuvimos que mojarnos un poco y continuando aguas abajo llegamos al segundo grupo de cascadas -mas amplio que el anterior- en el que encontramos el cruce que buscábamos. El agua saltaba a un nivel inferior formando una gran piscina pero, a la izquierda, pudimos seguir una bonita galería con concreciones hasta que se hizo excesivamente reducida. Por la derecha -mediante un destrepe- alcanzamos la desembocadura de Torno Inlet.

Al principio Torno Inlet es un meandro de un metro de anchura, en T invertida o entrecruzado que hace divertido, pero no penoso, el avance. Pero el meandro se va estrechando progresivamente y haciéndose alto (hasta 10 metros o más) Finalmente solo puede avanzarse de perfil con la saca por delante o por detrás y sorteando algunos salientes que exigen contorsiones. Se trata del lugar bautizado por los ingleses Crabwalk (literalmente paseo de cangrejos) pero que nosotros preferiríamos llamar meandro egipcio. De cualquier forma tras largo rato en este plan se llega a un reducido ensanche en que la galería tuerce 90º hacia la derecha (este) y en el que, para seguir, sería necesario agacharse o reptar. Entonces se puede ascender a un nivel fósil superior unos 10 o 15 metros por encima del río. Una galería fósil que es en realidad la parte alta del meandro se separa bruscamente en este punto del rumbo del meandro inferior. Aquí descansamos y comemos. Al principio la galería fósil no tuvo ninguna dificultad hasta que llegamos a un recodo en que comenzaba una gatera. La gatera  -de barro semihúmedo y pegajoso en el suelo- llevaba a muy corta distancia el techo, siendo cóncava y descendente. Decidí meterme boca arriba y de cabeza. Descubrí que en realidad se trataba de la primera de una sucesión de tres gateras, con dificultad progresiva, que me exigieron un forcejeo importante. Manu me siguió pero Miguel no lo vio claro y nos espero. Desembocamos en una salita deliciosamente decorada que fotografiamos varias veces. La continuación era otra gatera del mismo pelaje que las anteriores. Inicialmente me pareció más corta y más fácil. Pero cual fue mi sorpresa cuando metiéndome en ella me di cuenta que me quedaba atorado. Nuestro empeño en pasarla estaba basado en la evidencia que el plano arrojaba: éste era el camino hacia Torno Road. Y claramente los ingleses habían pasado por allí. Me di por vencido y le dije a Manu que probara. Manu pasó escarbando un poco y contorsionándose. Lo intente de nuevo y conseguí pasar todo el cuerpo pero las piernas se me quedaron atrancadas en la concavidad. Por mucho que lo intente no pude. Bastante reventado comencé la vuelta con Manu. En el entreacto Miguel estuvo visitando  una galería fósil que se desviaba de la parte alta del meandro. Nos contó que le había parecido interesante y que continuaba por una escalada. Luego volvimos por arriba hasta que la parte alta del meandro se puso muy incómoda y nos obligo a bajar mediante un destrepe. Afortunadamente constatamos que habíamos cortocircuitado gran parte de la zona estrecha. Teníamos los monos mojados y llenos de barro. Lo peor era que con el cierre lleno de barro el pesado mono mojado se abría, enganchándose por todos lados. Esto contribuyo en gran medida a que llegásemos hartos y cansados a la red de salida en donde nos dieron la puntilla. Con las últimas arrastradas nos empezó a dar una risa creciente. Y siguió la carcajada al vernos en el exterior, bajo el sol, con el mayor embarre que hemos sacado de una cueva. La culpa, sin embargo, es de las gateras... bueno, nos fuimos a tomar unas cervezas.
No se si conseguiré que mis compañeros de correría firmen por volver a entrar, con un azadilla y una pala, para poder pasar por las gateras y alcanzar Torno Road.   
    

7/2/09

Cortejos (7/2/2009) Cueva del Torno

(7/2/2009)

Tarde ya aparecí por el club el viernes y había mucha gente. Javier me dijo que pensaban ir a las Torcas del Picón en Matienzo y me apunte sin pensarlo. Fuera del Polideportivo las granizadas caían intermitentemente cuajando sobre la calzada. Nos trasladamos al bar a seguir con las charlas. Al poco llego Juan contándonos sus dificultades con la granizadas para volver desde Maliaño.  Apunte la posibilidad de que el Alto de Fuente las Varas -paso obligado hacia Matienzo- estuviera con nieve el sábado. Al final quedamos en Solares a las nueve y media: Izaskun, Inés, Javier, Julio, Sergio, Miguel y yo.

Hace tan mal tiempo que estoy tentado de quedarme en la cama. Pero me sobrepongo al desánimo. Después de todo puede llegar a ser divertido. Llego a la cita y no hay nadie. Al poco recibo una llamada de Julio para avisarme que el punto de cita últimamente ha cambiado. Ahora es el bar Dogo; donde hoy se están desayunando a conciencia. Me hago un poco el remolón. No me apetece meterme en un bar. Siempre me ha parecido que comenzar una actividad entrando en un bar es ponerle plomos al barquito. Pero allí estoy yo mirando la deliciosa escena. Javier muy animado y Julio más que animado mientras Inés e Izaskun resplandecen de adoración y Miguel luce menos serio de lo habitual y Sergio revalida su infinita curiosidad y su anillo de plata.

No estaba claro lo de Matienzo. Decidimos ir por Solórzano e intentar pasar Fuente las Varas y en caso de no poder, quedarnos en la Cueva del Torno. Al final del puerto una capa de dos dedos de nieve se impuso sobre nuestras dudas. Inés se encogió ante la blanca nieve y los demás no se si nos encogimos, pero preferimos lo cómodo. Dimos la vuelta -patinamos un poco para conseguirlo- y bajamos hacia Fresnedo. El tiempo nos dio unos breves instantes para cambiarnos y acercarnos a la boca del Torno. Mientras el grueso del pelotón esperaba Javier tuvo que bajar al coche para coger algo que se le había olvidado.

Somos siete pero, desgraciadamente, parejas hetero solo se pueden formar dos. Bueno en realidad no importa demasiado. Hay que asumir el cambio de roles. Si nos guiamos por las apariencias habría un par de dúos, aunque no se sabe muy bien su composición ni el desarrollo del proceso. Los tres restantes pueden formar combinaciones de tres tomadas de dos en dos. Sin embargo caben otras opciones más novedosas como tríos en las que quede incluido un dúo e incluso montárselo en plan pareja con uno mismo. La creatividad del grupo no puede quedar limitada por las estrechas fronteras del matrimonio tradicional. Sea como fuere proseguimos nuestra andadura hacia las entrañas de la tierra.

            Mi propuesta fue ir a ver las galerías “grandes”. Pero para ello había que pasar unas cuantas gateras. No hubo ningún problema en las primeras. Pero cuando llegamos a Andy´s Back Passage tuvimos un pequeño amotinamiento en el grupo, liderado por Inés, y secundado, en menor medida, por algunos otros. Dudaban de la “seguridad” de la zona por un pequeño riachuelo que circula en la parte baja de la galería. Les parecía que las lluvias podrían hacer crecer el nivel e inundar la gatera... No me tome en serio estas elucubraciones pero en las cabecitas de algunas personas siguió haciendo efecto esta idea. Un poco amontonados visitamos Skull Chamber y la zona de Hysteria 69.

Me da que pensar la poca marcha que mostramos. Y me hace sospechar que casi ninguno tiene ganas de hacer espeleo. Sin embargo me consuelo estudiando la dinámica grupal. Formamos una divertida pandilla. Hemos vuelto a la adolescencia. O quizás nunca hemos salido de ella...Me quita un gran peso conocer esta verdad. 

Tuve que parar un intento de destrepe de Sergio con muchas posibilidades de batacazo. Justo al lado de un resalte que se desciende por una escala nos zampamos los sandwiches que algunos habían comprado en el Dogo. Javier se durmió una siesta mientras papeábamos. Inés no comió nada y comenzó sola la vuelta con la expectativa de forzar la salida de todos. Pero se oculto a unos 30 metros a esperarnos. De cualquier forma comenzamos a volver enseguida y antes de las 3 estábamos fuera todos.

            Por el norte se aproximaban negros nubarrones acompañados de rayos y aguaceros. Tuvimos la infinita fortuna que el tiempo nos diese una tregua. Nos apresuramos a cambiarnos de ropa a contrarreloj. Justo cuando arrancábamos cayó una tromba de agua con granizo que nos puso los pelos de punta. Bajando de Fresnedo hacia Beranga paramos en uno de los restaurantes con mejor cocido montañés (según las habladurías) El restaurante Arredondo tiene un comedor muy grande, con varias salas y una pecera. Allí comimos ensaladas, solomillos, chuletas y huevos pero nadie comió cocido. Lo mejor fue el postre: arroz con leche.
Ningún comensal puso traba a las fotos que les iba haciendo, salvo Julio: suele pensar que no sale bien. Sergio quiso hacerme alguna foto pero no le deje la cámara... suelo pensar que no salgo bien.

31/1/09

Campo Base (31/1/2009)



Toda la semana dude entre mis deseos de entrar en la cueva del Gándara dos días seguidos o irme a disfrutar de la vida en Formigal. Pero lo que me decidió fue un golpe de intuición. Los misterios de la Red del Gándara atrayendo como un imán a algunos románticos  chalados. El jueves por la tarde preparé el grueso petate. Como no cabía todo en la saca mediana fui metiendo los trastos en la de 60 litros. Dos flashes, el saco de plumas un plumífero ligero, un cacharro para calentar, el infiernillo, comida, un par de cantimploras, algo de ropa, la máquina fotográfica, dos trozos de cuerda cortos... Como colchoneta me hice con un gran plástico de burbujitas y lo puse hecho un paquete cruzado en la parte superior de la saca, bajo la tapa.
Zaca me llamo el miércoles para preguntarme que material hacía falta y poco después también me llamo Pepe. Zaca quería saberlo todo pero yo apenas pude decirle nada. Ni siquiera estaba seguro de cuanto íbamos a tardar al vivac y no quise darle un horario que, quizás, después no se cumpliese. El martes confirmé que Miguel iba a venir. Me compré una brújula barata de color rojo por 5€ en el estanco de Eroski. El viernes todavía tuve que ultimar algunos detalles. Por suerte ese día era la fiesta del maestro. A las siete y media de la tarde me reuní con Miguel en Ramales y continuamos hacia La Gándara en su coche. En el bar avise que íbamos a cenar un grupo numeroso. Seguramente huevos con patatas. Durante la cena exteriorizamos las típicas bufonadas machistas de un grupo de maduros liberados a tiempo parcial. Me llamo la atención, mucho más  que otras veces, la mujer delgada y alta que lleva el bar. Me pareció elegante y fuera de lugar en este pueblo apartado.  




Esperaba cuatro pero de Madrid vinieron cinco personas que, conmigo y Miguel, sumaron siete. Desde luego un grupo numeroso en que todas las maniobras de cuerda se prolongarían un poco más, pero realmente no teníamos prisa. Hicimos un tenderete bajo una farola frente al Hostal del Carrascal para organizar las sacas y equipos. Sin embargo los preparativos se alargaron más de lo debido y hasta las diez y pico no estuvimos en marcha.



Los pesados y voluminosos petates hicieron cansada la ruta hacia el vivac. A Pepe se le ocurrió la idea de llevar dos sacas pequeñas en vez de un solo bulto. Creo que se arrepintió de esa innovación que le hizo sudar de lo lindo. Lo más pesado fue el Delator. No obstante pasadas la una y media conseguimos llegar al campamento después de más de tres horas de dura caminata. Fuimos a coger agua a un arroyo cercano, preparamos las colchonetas y nos hicimos unas infusiones. Algunos se comieron varios bocadillos. Me entretuve en hacer algunas fotos con el trípode. Para evitar a los roncadores prepare la cama en el lugar más alejado que encontré aunque el pétreo silencio de las cuevas también es inquietante. Pero el lejano arrullo del riachuelo nos ayudo a dormirnos. De cualquier forma dormí bien y despertamos espontáneamente como a las ocho. 





Estábamos desayunando antes de la nueve. Que yo recuerde Miguel, Hugo y Pepe se quejaron de haber pasado frío. De todas formas el clima de esta zona de la cavidad es más que soportable. Sobretodo si lo comparamos con el de la Sala del Ángel. 
Después de sortear dos gateras pudimos salir por entre un caos de bloques a una galería de, al menos, unos 15X15 metros. A pesar de sus  dimensiones la galería se revelo con múltiples dificultades de tránsito por los bloques caídos, obligando a continuas subidas y bajadas y a resolver varios enormes derrumbes buscando el enrevesado camino. Con buen ojo Zaca fue colocando trozos de cinta luminosos para evitar los despistes a la vuelta. Y esto es lo que hubiera pasado debido a la cantidad de recovecos de la galería que, probablemente, daban paso a otras galerías o a recorridos alternativos.




A las doce alcanzamos un caos de bloques que tuvimos que subir por una estrechez llena de piedras inestables. Arriba unas plataformas nos condujeron a un hito bajo una galería colgada. Pero la continuación de la galería principal consistía en un abismo de veinte metros con una instalación muy chunga por la cantidad de piedra suelta. Bajando un poco más a la izquierda localizamos un destrepe que daba a una rampa de arena y piedras por la que ya no tuvimos ninguna dificultad para descender. Zaca, Miky y Antonio.J decidieron comenzar la vuelta desde aqui: dos horas al vivac, descanso y comida, y tres horas más hasta exterior. Su marcha me cogió por sorpresa pero vi razonable la decisión si no querían una jornada demasiado larga. Los restantes –Miguel, Pepe, Hugo y yo- continuamos la progresión con previsión de comenzar la vuelta hacia las dos. 



La tónica dominante siguió siendo la misma. Tuvimos que instalar una cuerda para descender un resalte de unos diez metros en un punto en que la galería daba un giro neto hacia el oeste. Mientras Pepe montaba la instalación escale hasta las plataformas superiores del meandro y visite una galería tamaño pasillo que, al ir solo, abandone al cabo de un rato. Tras esta bajada tuvimos que buscar el camino entre bloques en varias ocasiones hasta que alcanzamos una proa sobre un desfonde. Volviendo atrás dimos con una ruta descendente y una instalación en volado de unos diez metros. Ahí paramos a comernos nuestras provisiones.
 Hugo se quedo fumando y descansando bajo el resalte mientras los tres restantes seguíamos por la, ahora, cómoda galería. La anchura del conducto fue en aumento mientras que el techo se mantuvo a una distancia de unos tres o cuatro metros. Llegamos a una zona redondeada –aparentemente el final de la galería- pero enseguida encontramos dos continuaciones. La primera por el fondo de una pequeña dolina entre bloques. La dejamos para otra ocasión. La segunda por un lateral en el que desembocaba una colada con pequeños charquitos cuajados de cristales ortoédricos o triangulares y gordos como un terrón de azúcar. Con gran cuidado para no estropear el espectáculo, y siguiendo las huellas de los franceses, continuamos por una galería arenosa que se fue estrechando hasta convertirse en una zona de pasillos entrelazados de menos de un metro de ancho por tres o cuatro de altura. Echamos un vistazo a esta prometedora zona e inmediatamente iniciamos el regreso.



Encontramos a Hugo envuelto en una manta térmica. Tras unos breves preparativos continuamos hacia el campamento ascendiendo el resalte. Durante la vuelta los trozos de cinta luminosos revelaron  su utilidad (el extraviarse en esta cavidad sería un problema muy serio) No tardamos tanto como a la ida gracias a éstos y a que todos los resaltes estaban equipados con sus cuerdas correspondientes.
En el campamento paramos a tomar algo y a recoger los últimos trastos. Deje algunas cosas básicas para otras ocasiones. El esfuerzo  de volver resultaba poco atractivo porque el camino se me hacía demasiado conocido. El par de sacas de Pepe le martirizaron más de lo usual. En el Pozo de las Hadas escuchamos a un grupo que nos llevaba la delantera aunque no llegamos a contactar. Yo me dosificaba para no cansarme. Y Hugo, generalmente, nos llevaba cierta ventaja. Subió el primero el Pozo de las Hadas y en su precipitación continuo galería adelante, pasando por delante de la gatera que lleva hacia la salida sin prestarle atención. La suerte o el destino hizo que yo saliese del pozo poco después y que gritase ¡Hugo! para comunicarme con él. Me pareció que las dos primeras voces que me dio venían del sitio correcto -al este- pero a la tercera voz descubrí mi error: Hugo iba, realmente, hacia el oeste. Vislumbre su luz a más de 100 metros alejándose por la galería. Le grité para que volviese y me costo cierto trabajo convencerle de que iba por mal camino. Preferí no pensar demasiado en las consecuencias de una pérdida.
Zaca, Miky y Antonio J. estaban esperándonos en los coches. Como a las ocho y media bajarnos hasta  Ramales. Allí nos despedimos de Miguel que se fue a su valle. Los seis restantes nos acercamos a un restaurante de Colindres recomendado por Pepe. Sardinas asadas y cosas ricas. Pero estaba cerrado. Acabamos en La Parrilla de Hoznayo comiendo entrecots y solomillos con cervezas. A pesar de todo lo que había comido casi tenía hambre al final de la cena. Algunos hablaron de bajar la Torca del Carlista a finales de febrero. Pero no me comprometí a ir porque yo solo tengo ojos para una cueva: la del Gándara.

26/1/09

Laberintos II (25/1/2009) Cueva del Torno

       Como el huracán jodió la salida del sábado quedamos el domingo para volver a la Cueva del Torno (la ventaja de esta cueva es su cercanía a la carretera ya que desde el coche se tardan unos cinco minutos en estar dentro)  Formábamos el grupo solo Miguel  y yo. Julio, y la mayoría de los miembros del club, se fueron a Coventosa a preparar el cursillo de espeleo de este año. Fui con un paraguas -que deje clavado en la entrada- hasta la boca de la cueva. Como nuestros ancestros del Paleolítico, agradecimos el suave clima de la cavidad.
      Nos enfrentábamos a resolver el enigma que la cueva nos había planteado en las dos incursiones anteriores: llegar a las grandes salas y galerías que tan evidentes son en la laberíntica topo. Esta vez traíamos un nuevo plan, fruto de  nuestras exhaustivas lecturas de los reports  del MUSS en su página web. En poco tiempo nos pusimos al comienzo del pasamanos –una media hora como mucho- y, a partir de ahí, fuimos mirando todas las posibles galerías a izquierda y derecha según íbamos avanzando por el meandro. Justo al final y a la izquierda localizamos la entrada de una gatera muy sobada y con pinta de ajustarse a las descripciones de los informes.
      El acceso a Andy’s Back Passage comienza por una estrecha e incómoda gatera. Desde su final podemos visitar un conjunto, algo laberíntico, de pequeñas salas y galerías. Justo en la primera sala, y a nuestra espalda según entramos, una rampa que se trepa nos coloca en el comienzo de una pequeña galería, que se va estrechando progresivamente. Poco después nos encontrábamos en los aledaños de Skull Chamber. En menos de cinco minutos desde este punto se puede acceder al lugar donde fue encontrado el cráneo humano -que ya ha sido retirado para su estudio-. Una cinta de plástico protege la zona de excavaciones. Estábamos eufóricos. La galería presentaba un conjunto de banderas (o cortinas) que estuvimos fotografiando durante largo rato. Me di cuenta que el trípode que llevaba no era el adecuado. Utilizamos las técnicas de pintar la foto y a mano alzada.
       Por la amplia galería avanzamos hasta la zona de Histeria 69 y The Posture of Progresión. Magnífico conjunto de hermosas galerías múltiplemente conexas, suaves curvas en las paredes, pendants y suelo arenoso. Al final una escala dejada in situ permite descender al nivel de Granny’s Slippers, conjunto laberíntico donde abundan las formaciones y los gours acuáticos. El entusiasmo nos llevo en volandas por todos los rincones y galerías que pudimos encontrar.
La continuación, algo liosa, nos obligo a pasar una cutre gatera con barrillo y agua. Así se llegaba a un meandro -de unos 4 o 5 metros de altura- por el que el avance no tuvo ninguna dificultad. En unos gours fósiles que había en un lateral nos comimos las provisiones y actualizamos los equipos. Poco después el meandro desemboco en una encrucijada de grandes galerías con algunos bloques de gran tamaño. Pusimos un hito para localizar el punto a la vuelta.
       Primero fuimos, girando a la derecha, por un hermoso cañón hasta su final en una sala caótica. Hurgamos todas las posibles continuaciones, quedando una sin mirar debido a que había que arrastrarse por los charcos que formaba el agua de un arroyuelo. Se trataba del caos de bloques que obstruye la galería, pero se intuye una continuación al otro lado. A la vuelta descendimos un desfonde en el cañón que, por la topo, dedujimos que conducía a Torno Chamber. No seguimos por ahí debido a que había que destrepar una cascada con toda el agua cayéndote encima.
     De vuelta a la encrucijada decidimos visitar el enorme meandro de Rampant Rabbit. El meandro es ancho y con grandes cornisas por arriba, permitiendo una progresión cómoda. En su centro un impresionante desfonde conduce un río de caudal importante. Al cabo de unos doscientos metros se puede seguir el meandro chapoteando por el fondo. Así llegamos hasta una zona en la que el río proviene de laminadores muy bajos. También le echamos un vistazo a dos desviaciones interesantes, pero sin recorrerlas a fondo.
A la vuelta Miguel siguió el río por abajo del meandro mientras que yo iba por arriba. Durante un largo rato nos perdimos el uno del otro. Estaba empezando a inquietarme y comencé a llamarle a gritos. Por fin me respondió desde el fondo del cauce: había encontrado el camino hacia Torno Chamber. Deje la saca arriba y bajé por un fácil destrepe. Seguimos río abajo. El río se había esfumado entre unos guijarros pero el meandro continuaba con iguales o mayores dimensiones dando revueltas y desembocando finalmente en la amplia sala que los ingleses llaman Torno Chamber. Justo a la derecha de esta entrada, a unos diez metros, desemboca el río en la sala, acrecentado con el que, nos pareció, debía ser el otro río importante de la cavidad recién unido a éste.
    Dando la vuelta a la sala pudimos ver el acceso que habíamos dejado en la cascada. Conducía el arroyo por unos grandes bloques apoyados contra el techo en donde se observaba una gatera. Más abajo el río se sumía en una zona con guijarros imposible de seguir. Pero a su derecha un cauce fósil permitía avanzar algo más hasta una zona a desobstruir. Más allá, en nuestra vuelta, observamos un conjunto de formaciones aislado. Algunas estalagmitas mostraban un aspecto de huesos amarfilados. Nos sentíamos contentos con los hallazgos del día. Todavía quedaban bastantes cosas que visitar y algunas continuaciones por forzar pero nos dimos por satisfechos.
     Salimos prácticamente de noche. En la bajada hacia el coche nos cruzamos con un caballo cojo. Hacía frío. Me quite el mono exterior y me puse el anorak. Mire en el móvil algunos mensajes. Conduje hasta Beranga. Miguel se quejo débilmente de un hombro pero no de la pierna. Me dijo que estaba algo cansado. Pasamos sus cosas al coche y nos despedimos. Quizás el fin de semana por venir nos encontraríamos con nuestros amigos de Madrid para reanudar nuestras visitas a la Red del Gándara.

11/1/09

Laberintos (4/1/2009) Cueva del Solins&(10/1/2009) Cueva del Torno


      Llevamos tres días en Archena y el tiempo parece mas cantábrico que mediterráneo. Creemos que la lluvia no nos va a dejar escalar mañana. Las lamentaciones crecen como calabazas. Entonces les hago una propuesta: visitar la cueva del Solins y después bajar al balneario de Fortuna a darnos un baño. El grupo acepta de buen grado la propuesta. Hay algunos frontales y además he traído, en previsión de una situación como esta, tres cascos con instalación de leds.
      Con cierta parsimonia nos preparamos, y a media mañana, bajo un cielo plomizo y débiles lloviznas, tomamos la carretera que une Archena con Fortuna. Desde este pueblo cogemos una desviación al norte hacia la Sierra de la Pila y el pueblo de La Garapacha. A unos diez kilómetros entramos en una carretera local que nos lleva hasta la aldea de Las Casicas.
      Dejamos los coches junto a la entrada de una cortijada en la que, a pesar de ser domingo y de hacer un tiempo endemoniadamente frío y desapacible, un hombre esta limpiando una parcela con un pequeño tractor. El paisano nos dice que la pista nos permite dejar los coches al lado de la senda que sube al Solins pero le replicamos que preferimos caminar un poco.
      Andrés, Amelia, Marisa, Alberto, Diana y yo pasamos frío cambiándonos la ropa. Cada uno elige un modelo diferente, desde el chándal, al mono de tela pasando por el jersey. Diana lleva un modelo deportivo negro. Luego, ya en la cueva, me daré cuenta de que este color favorece el contraste en las fotos. Estreno una cámara de la que tengo buenas expectativas. Se trata de una Lumix con óptica gran angular y buena luminosidad. Como no tengo carcasa para protegerla decido meter la cámara con su funda en un plástico fuerte y bien cerrado. Desde luego la cueva no favorece la limpieza: hay abundante polvo y algunas zonas de barro arcilloso estilo plastelina.

       Quince minutos por una buena pista y diez minutos más por una senda empinada entre pinares nos llevan hasta la escondida boca del Solins. Hace mas de diez años espeleologos de Fortuna colocaron en el hall de entrada, tras una plancha de metacrilato, una topografía a todo color de la cueva. El vandalismo y mal hacer de la zona acabaron con este bonito y útil detalle. Ultimamos preparativos dejando prendas de abrigo y mochilas justo a la entrada. Unos metros más allá dispongo a todos para hacer una foto de grupo, sentados sobre la arena polvorienta de la galería de acceso.
       Tras unos cincuenta metros la galería de entrada desemboca en el eje principal de la cueva, formado por dos amplias galerías paralelas que se entrecruzan en varios puntos. Como nuestro objetivo prioritario es ver las excéntricas del Solins tomamos a mano izquierda dejando para el final, si cuadra, la zona de los equinodermos. Enseguida llegamos a la primera gatera en la que hay que arrastrarse. Por supuesto ya están todos avisados que la cueva es un arrastradero pero esto no evita todo tipo de comentarios jocosos.

       Tras la gatera una galería de buenas dimensiones nos conduce hasta una sala llena de cráteres. Desde el último rincón de la sala, contorsionándose por detrás de una estalagmita y atravesando unas zonas resbalosas, alcanzamos una rampa de arcilla resbaladiza por la que subimos unos veinte metros hasta casi el techo de la galería. A mano izquierda encontramos la continuación por una gatera de aspecto difícil. Sin embargo compruebo que el paso de espeleologos  -han pasado varios años desde la última vez que visité el Solins-  y las labores de excavación han dejado la gatera reducida a una dificultad mínima. Unos metros más allá accedemos a la primera zona de excéntricas de calcita. El grupo disfruta un rato con las bonitas capillas abarrotadas de formaciones y hacemos algunas fotos.

      A partir de aquí y hasta llegar a la segunda zona de excéntricas las galerías se hacen un poco más laberínticas y exigen el paso de un laminador largo, muy bajo y lleno de barro arcilloso. Otros visitantes han ido dejando hilo grueso para guiar el paso, afeando la zona. Todos se quejan un poco de las pequeñas dificultades. Sobre todo Diana en una corta trepada muy resbaladiza.

      Al alcanzar las hermosas excéntricas, y las salas que hay después, el grupo empieza a amotinarse. Andrés dice que estamos en un lugar demasiado laberíntico y que sin topografía podríamos perdernos. Desde luego hay falta de confianza en el guía. No tenemos más remedio que iniciar la salida. De paso me llevo todos los hilos que encuentro hechos un gurruño.
      Afuera el frío continua igual o peor. Después de algunos quejidos mientras nos cambiábamos, bajamos hasta la piscina del camping en Fortuna. Llegamos a las cinco y veinte y cierran a las seis. El hambre ansiosa y las limitaciones de tiempo hacen que sólo nos quedemos a bañarnos Marisa y yo. El baño tras las arrastradas nos sienta de muerte.  Cuando llegamos a casa el resto del grupo ya ha hecho una primera merienda cena, pero luego salen a comprar más comida para hacer una cena light. Yo también me doy una vuelta por Archena pensando en una paella de conejo para el lunes. Todos pensando sin remedio en la comida y la bebida...







(10/1/2009)
        Hemos vuelto a la Cueva del Torno. Julio, Fernando, su novia Cuqui y yo. La operación fue gestada entre el jueves en el rocódromo de Torrelavega y el viernes en la reunión del club. Llevábamos varios meses animando a Fernando a retomar la espeleo. Le terminó de convencer la ausencia de complicaciones en esta cueva y el hecho de que su novia, sin ninguna experiencia espeleológica, pudiese unirse a la expedición.
        Ha caído una copiosa nevada estos últimos días y hoy sábado no nieva ya pero el cielo está nublado. La temperatura se ha suavizado un poco. Los días anteriores, que fueron los primeros del segundo trimestre, han sido especialmente rigurosos y las calefacciones han estado funcionando a pleno rendimiento. Nos desplazamos todos en el coche de Julio hasta las cercanías de la cueva, en Fresnedo. Miro el paisaje mientras los demás acaban de cambiarse. Todos se tienen que despelotar pero, aún así, Julio asegura que le gusta ir vestido de calle durante el desplazamiento. En unos cinco minutos llegamos a la boca.
        Se nota que en un mes ha habido varias expediciones hacia el interior. La primera rampa esta un poco más profunda -como un tobogán resbaladizo- lo que hace más fácil la entrada pero también muy fácil pringarse con el barro. Nuestro objetivo es encontrar el acceso a las galerías grandes. El avance por las primeras galerías es un tanto confuso pero Julio tiene los recuerdos más frescos que yo. Después de Tigger Series me acuerdo con más precisión. Alcanzamos el meandro sin ningún problema aunque para Cuqui esta sea su primera experiencia espeleológica.

       Vamos observando cuidadosamente todas las desviaciones. Justo antes del comienzo del pasamanos se puede bajar unos diez metros accediendo a otra galería con un riachuelo. Aguas arriba se bifurca en varios afluentes cuyas posibilidades de continuación acaban siempre al ir reduciéndose las dimensiones. Al cabo de un rato volvemos al pasamanos y al otro lado localizamos a la derecha una gatera con aspecto de haber sido muy transitada. Entro por ella y encuentro varios indicadores de plástico blanco. Un charco me frena en seco. Se ve que es posible continuar pero no tengo ánimo para mojarme. Pero Julio si que se encuentra dispuesto a pasar el charco. Lo consigue mojándose solo un brazo. Unos treinta metros más allá se hace demasiado estrecho. Lo intenta dos veces y desiste. Raro que la gatera esté indicada y que parezca tan trillada.
Continuamos por el meandro y desembocamos en una galería más amplia a la que enseguida se le suma un río por la derecha. Río arriba miramos posibles chimeneas ascendentes hacia un nivel superior. Hay una que se ve claramente pero es demasiado estrecha y sin trazas de paso. Poco después conectamos con el paso por el que bajamos al riachuelo: se trata del mismo río.

         Finalmente a la izquierda aguas abajo visitamos otra zona en la que abundan unos extraños fósiles (Dead Animals All Around) en las paredes. Para llegar nos vemos obligados a pasar varias estrecheces de cierta dificultad sobre todo un último meandrito más que estrecho. Iniciamos la vuelta y comemos en una zona acogedora cerca de Tigger Series. Todos se ponen morados menos yo que vivo de la caridad de Fernando. Mis provisiones se reducen a cuatro galletas.
        Nos queda claro que el enigma continua: no sabemos como llegar a las grandes salas y galerías que tan evidentes son en la laberíntica topo . Fuera hace bastante frío. Nos cambiamos rápidamente y bajamos al pueblo para tomar algo en un bar. Estamos sorprendidos de lo bien que se le ha dado a Cuqui para ser su primera cueva -no es una cueva que pueda llamarse cómoda- y la animamos a continuar con la espeleo...