23/5/21

Preguntas


          Era un precioso día de primavera con nubes y claros. El tiempo era perfecto. Los colores claros y brillantes. El ambiente fresco y húmedo, casi tropical. 

            Iris me había dicho que quería ir a una cueva. Busqué algo variado, fácil, corto, tal vez diferente. Con su casita del maqui, sus dos cómodas entradas y sus amplias galerías la cueva de Las Cascajosas me pareció que encajaba con lo ideal.

            A media mañana llegamos a un sitio cercano a la cueva y a la aldea de Merilla donde pudimos dejar el coche a la sombra. Íbamos felices hacia el frescor de la gruta. Fuera picaba el sol.

            Las miles de preguntas de la niña eran el camino que recorríamos mirando alrededor y adentro. Pero las preguntas eran eternas. Eran las que todos nos hacemos, las que todos olvidamos, las que siempre nadan en la profundidad del océano como peces abisales que con señuelos luminosos te atraen y te tragan.



        Luego anduvimos por la oscuridad de la cueva. Allí estaba la casita del maqui con algunas cosas que fueron suyas en un tiempo lejano. Ahora no eran de nadie o eran de todos según se vean las historias. Las galerías parecían grandes o enormes. Con sus bloques de roca jalonando y haciendo más difícil imaginar la geografía de los conductos. Con sus músicas de latidos y suspiros y goteos. Allí parecía habitar algo no tanto desconocido como ancestral y olvidado. La quintaesencia de lo mágico que da su aliento al mundo. Como la palabra de Dios que alimenta al Hombre de la que nos habla la tradición cristiana. Íbamos sin saberlo pero guiados. Nos conducía en un compás de giros y descensos la roca que formaba las paredes de la cueva. No era necesario pensar hacia dónde debíamos ir sino sólo seguir el camino dictado por la galería. En ello encontraba un placer diferente a todos los demás placeres que he conocido: seguir el único camino que puede seguirse.



      La otra entrada de la cueva, que fue salida para nosotros, estaba esplendorosa. La verde luz tamizada del bosque inundaba la cavidad dándole un aire exótico. Estuvimos respirando aire verde por un rato intemporal. Luego volvimos al coche. 

            Marisa buscaba la conexión de Merilla con el Caracol. La carretera nos llevo muy altos entre praderas, bosquecillos y las vacas más felices del Mundo. Al cruzar un collado vimos San Roque y la carretera de Alto del Caracol. Al comprender nos tomamos la libertad de dar un paseo por las laderas herbosas. En la pradera había una oveja blanca y otra oveja negra. Roncaban y balaban. Los borreguitos estaban encerrados en un establo y balaban una única frase, clara como la luz del día, que sonaba como beeeeeehhh...

            De bajada hacia el valle encontramos un sitio desde donde mirar Peñalta con detalle. Más abajo San Roque estaba muy animado. En los bares disfrutaban del momento muchas personas que comían y bebían. Pero nosotros no paramos. Por el contrario: conduje el coche con suavidad dejando que  se deslizase por el asfalto hasta la cercana costa cantábrica. Fuera olía a bosque y a primavera. No había nubes negras en nuestro horizonte.           


 

6/3/21

Torco Culina


            El sábado me voy a una cueva nueva. Vienen Manu, Adrián y Joséan -por un lado- y Jordi, Alfredo y Víctor por otro. En un bar cercano a la Virgen de la Peña algunos desayunan mientras otros se toman un café. Luego nos vamos directamente a aparcar cerca de la entrada con cuatro coches. En cada coche van dos personas (o una). Los preparativos son leves y la aproximación de dos minutos escasos. Adrián tiene que acercarse al pueblo más próximo para conseguir unas botas de goma en un Chino. Las suyas se han quedado olvidadas en casa. 

             La boca de Torco Culina se abre en el fondo de una pequeña dolina con arbolado. Se trata de un pequeño sumidero en el que entra un regatillo minimalista. La encontraron Jara y Adrián en las prospecciones que hicieron por la zona a  lo largo del pasado verano. Para entrar por la rampa de barrillo que inicia la cavidad colocamos una cuerda con nudos de unos cinco metros. Pasado esta zona barrosa inicial la cueva se hace seca y templada. Por suerte, y previendo el clima de la cueva, me he puesto el mono de tela y poca ropa de abrigo. Voy cómodo. Mientras Joséan instala la única cuerda de la cueva paramos unos minutos. Se trata de un pocete de menos de 10 metros que, con cuidado, podría bajarse destrepando por unas cornisas.

            Enseguida encontramos unas gateras un poco incómodas pero cortas. Luego la galería se hace generosa, claramente se trata de un meandro tallado en areniscas y calcarenitas. La roca brilla por doquier y hay pequeños depósitos de yeso que le dan mucho encanto al lugar. En una zona el yeso forma bonitas flores.  Así llegamos a Cuatro Caminos. Manu, Jordi y Víctor se van a continuar la desobstrucción de una gatera. Joséan y Alfredo topografían una galería que va hacia el oeste. Adrián y yo trepamos a una galería superior para explorarla y topografiarla.



            La topografía avanza lentamente pero el trabajo es de una eficacia absoluta. Adrián lleva un disto conectado por bluetooth a un móvil con una aplicación que recoge los datos y permite ver la topo en tiempo  real. Además incorpora las medidas radiales de la galería y una facilidad para dibujar en pantalla a mano alzada la forma de las galerías y sus detalles: rocas, arena, arroyos, pozos desniveles, etc. De esa forma se sale de la cavidad con la topo de la zona explorada prácticamente acabada. Un avance maravilloso. Yo me entretengo en mirar algunas pequeñas incógnitas sin mucho empeño. Solamente echar el vistazo. Y hay unas cuantas. La galería se desfonda y conecta con otra inferior en la que escuchamos las voces de Joséan y Alfredo. Lo que hemos mirado nosotros y lo que han mirado ellos son galerías paralelas y superpuestas. Posiblemente niveles sucesivos de profundización de la zona activa en el pasado de la cueva. Volvemos todos hacia la gatera en desobstrucción. Llegamos casi en el momento inaugural. Pero antes de pasar la estrechez comemos algo.

            Al otro lado nos espera una pequeña sala con algunas formaciones coralinas y coladas. La galería continúa cómoda, amplia y zigzagueante. El viento no es tan perceptible como en la gatera. En los laterales aparece una bella decoración de grandes flores de yeso. Luego hay varios caos de bloques desprendidos del techo. Son zonas en las que la galería es atravesada por diaclasas que podemos observar claramente en lo alto. Adrián sigue topografiando, ahora con Manu, mientras Jordi, Víctor y yo jugamos a mirarlo todo (Joséan y Alfredo se han ido a mirar incógnitas). Me da un ataque de risa contagiosa en una sala dominada por bloques ciclópeos. Un colgajo del techo me produce todavía más risa. Me duele el estómago de tanto reír. 

            Pasados los bloques avanzo un poco y me subo al techo de la galería donde quedan al descubierto los perfectos cortes de los desprendimientos y una sucesión de formaciones laterales. La cueva continua por abajo pero son cerca de las seis y tengo ganas tumbarme un rato. Me voy a esperarles al lado de la gatera. Unos minutos después llegan, repartimos el peso un poco y seguimos hacia afuera. El trayecto es corto y cómodo, salvo las  citadas gateras. Salimos casi de noche. Y al cabo de un rato llegan Alfredo y Joséan. Algunos quieren ir a tomar algo y otros irse a casa a degustar el día. Así que nos despedimos allí mismo y nos deseamos todos buenos deseos. Ha sido un día encantador y fructífero.



 

7/2/21

Cueva del Cariñoso


             Me avisa Pon de que preparan una salida a la Cueva de las Cascajosas cercana a Merilla. Se trata de un cavidad de pequeño desarrollo aunque posee al menos tres entradas. Fue utilizada por un maqui apodado "el Cariñoso" y sus compañeros durante algunos años después de la Guerra Civil (de 1937 a 1941). Como esta semana está diluviando me reservo la decisión hasta el fin de semana. Por suerte al final hay un respiro el domingo y decido ir. Marisa viene conmigo hasta el lugar de reunión para ir de excursión mientras entramos a la cueva. 

            Hemos quedado alrededor de las once cerca de Merilla (Miera). Nos juntamos para entrar en la cueva más de doce personas (todos llevan mascarilla) de las cuales conozco a menos de la mitad. Mientras nos preparamos Marisa comienza una excursión de unas tres horas. Es el tiempo estimado que estaremos dentro.  

            La aproximación es muy corta y enseguida nos agolpamos en la entrada. Estaba previsto haber hecho tres grupos de unas cuatro personas pero de hecho esto no sucede. Todos vamos en manada. Suele suceder lo mismo siempre que se plantea algo así. El espíritu gregario impera sobre cualquier otra consideración en la gente ibérica.

            El interior de la cueva es muy amplio y todos llevamos mascarillas. Las posibilidades de contagio son, como mucho, las mismas que al andar por una calle del centro de Santander o entrar en un Mercadona. A unos metros de la entrada hay que agacharse pero luego todas las galerías son bien anchas y altas. 

Tomamos una gran galería a la izquierda que nos conduce en cinco minutos al campamento de los maquis. Esparcidos sobre una gran losa plana están los objetos que dejaron: distingo algunos zapatos, botellas, una azada y poco más. Allí nos paramos un rato y los que saben un poco más de esa historia se la cuentan a los que saben un poco menos. A unos metros del campamento se encuentra una de las entradas de la cueva pero actualmente se ha derrumbado y no es posible usarla. En el tiempo del Cariñoso seguramente entraban por ella.

Volviendo sobre nuestros pasos una parte del grupo, trepando un poco, visita unas galería muy grandes con algunas ramificaciones y algunas capillas con formaciones. Es difícil de creer que una cueva con estas galerías no tenga más extensión conocida. Luego volvemos a la ruta principal por donde han seguido el resto del grupo. 

La galería se va haciendo cada vez mas hermosona y bruscamente cambia su dirección 180º: de NE pasa a SW. Una nueva revuelta y ya vemos la amplia salida que da hacia el N. Nos reagrupamos todos fuera en una zona de bosque de pinos y hacemos una foto de grupo en la que, durante un segundo, nos quitamos la mascarilla para poder ver los rostros.

Una corta marcha por la carretera nos lleva hasta los coches de nuevo. Marisa está en la ladera de enfrente y me grita para que la vea. Mientras parte del grupo sube a San Roque para tomar una cerveza en la terraza de un bar, la mayoría se van a casa y yo me quedo esperando a que regrese Marisa. Hago tiempo buscando unas grietas por las que sale un gran chorro de viento helado. Las encontré hace poco tiempo buscando una cueva de la que me habló Pon, la Yegua Blanca.

Marisa y yo decidimos unirnos al pequeño grupo de S. Roque y tomar una cervecita. Siempre resulta agradable tener una charla real en estos absurdos tiempos que nos ha tocado vivir.       


 

30/1/21

Sima de El Tilo


            Hemos quedado a las siete de la mañana y me he levantado antes de las seis, pero apenas he dormido. Siento un poco de reparo a meterme en una sima algo exigente debido a mi falta de entrenamiento y a lo poco apetecible del madrugón. Me llevo la cámara y dos flashes. Si consigo que dos compañeros asuman la tarea de llevarlos tal vez podamos sacar alguna foto interesante.

            Cuando nos encontramos en un restaurante cercano a Tina Menor todavía es de noche. Pero justo a las siete abren la Casa Azul para servir desayunos en las terrazas. Aunque la verdad sea dicha no esta muy acogedor el ambiente. Desde hace varios días ha llovido mucho y hace frío. Saludo a los que conozco, Pon, Jaime, Suko y Vanesa, y me presentan a los que no, Álvaro y J. Antonio. Mientras nos sirven unos cafés me coloco a cierta distancia del personal, me preocupa contactar con un grupo tan numeroso y compartir luego los espacios angostos en la cueva. De cualquier forma pienso llevar mascarilla.

            Aparcamos unos tres kilómetros antes de Puente Nansa para cambiarnos de indumentaria en un lugar cómodo con una parada de autobús cubierta. Sin embargo tenemos que subir por una pista con los coches para acercarnos más a la boca. El problema es que arriba hay poco sitio para aparcar bien y ninguno para guarecerse. Dejo el coche abajo y subo con Pon en su furgoneta. En otra furgoneta suben Suko, Vanesa y J.Antonio. Hago entrega de los flashes a Suko y Pon. Mientras ultimamos los preparativos va amaneciendo. 

            Una senda poco marcada baja por un campo de tojos y arbustos hasta la pequeña y camuflada boca. El primer pozo es limpio y aterriza en una rampa de piedras medianas. Un poco más abajo se pasa una incómoda estrechez que, originalmente, estaba obstruida por bloques. Un trabajo excelente el sacar los peores bloques y asentar los que quedan con espuma de poliuretano. Esta zona estrecha se prolonga una decena de metros hasta desembocar en una amplia galería con distintos niveles que cambia bruscamente de dirección.



            Una serie de pozos rampa, que incluye uno especialmente largo y pesado, nos depositan en una galería activa por la que tenemos que agacharnos y mojarnos un poco. Un pasamanos nos permite evitar un pozo regado mediante varios pozos más pequeños. Abajo seguimos el arroyo que discurre por un meandro decorado de rayas blancas y grises. 

            Por una sala arenosa abandonamos el río, que se pierde a la derecha, y así entramos en una zona fósil. Se suceden subidas y bajadas, salas grandes con bloques y zonas de delicadas formaciones  que los exploradores han balizado cuidadosamente. Así llegamos a un confortable vivac, bien aplanado, con un gran toldo azul que lo hace muy acogedor. Paramos un rato a descansar y tomar algo. Parte del material que transportamos se queda aquí. 

            De vez en cuando hago alguna foto con la ayuda de los dos ayudantes que portan flashes. Esta zona tiene abundantes gours cristalinos y pequeños resaltes y pasamanos que van sumándose a lo ya recorrido hasta hacernos sentir cansados y muy lejos de la entrada. El principal problema de ir con la mascarilla puesta son las gafas empañadas. Es un tormento y a veces me las quito. 

            El objetivo es llegar a una estrechez especialmente estrecha que solamente permite pasar a algunos privilegiados. El grupo tiene la esperanza de poder ensanchar el paso lo suficiente para que puedan pasar todos los exploradores. Una breve inspección de la zona me indica que tenemos corriente de aire débil y en contra. Por otra parte está claro que la zona es de dimensiones reducidas. La conclusión es obvia: si se hace una desobstrucción el humo nos envolverá como una niebla. Como el plan de desobstruir sigue adelante opto por alejarme de la zona e ir tranquilamente hacia el vivac para esperarles allí.

            Durante la vuelta tengo la oportunidad de ir fijándome en más detalles que a la ida. Sin duda se trata de una zona muy bonita. Me siento a esperar en el campamento y me pregunto donde harán las necesidades en una zona con tantas concreciones y gours por todos lados. No tengo que esperar demasiado tiempo antes de verlos llegar. Solo han hecho un intento de desobstruir dado que el humo era inaguantable.



           Mientras se ponen a tomar algo decido seguir para empezar a subir la sima sin que nos amontonemos demasiado. Al cabo de un rato llego a un punto dudoso. Hacia la derecha sube una cuerda roja y sucia y hacia la izquierda sigue un pasamanos y un pocete. Doy un par de vueltas y como no recuerdo bien me siento a esperarles. Pero me fijo en una flecha con catadióptrico que no había visto en el primer momento y continuo. Cruzo la sala arenosa para luego alcanzar las primeras cuerdas. Después de subir tres pozos llego a un paso con un estribo para ayudar a remontar. Como no recuerdo ningún estribo me inquieto.  Espero un largo rato y revuelvo un poco yendo y viniendo hasta que veo a Jaime venir por los pozos. Me confirma que el estribo es paso obligado pero que a la bajada no se usa y pasa desapercibido. Enseguida se llega a la ratonera del arroyo y a los pozos de salida. Me cuestan bastante esas rampas resbaladizas con cuerda que chiclea. Finalmente alcanzo la salida cuando el sol se está poniendo sobre Peña Sagra

            Me espero hasta que sale Jaime. Empiezo a tener frío. Como aún tienen que salir cinco personas más las cosas pueden demorarse bastante. Decido subir hasta la pista y bajarme al coche tranquilamente para cambiarme  de ropa. Gracias a eso aguanto el frío y me siento bien. 

            Ya es de noche cuando aparecen todos en los vehículos y puedo recoger las cosas que deje en la furgoneta de Pon. Allí mismo nos despedimos. Estoy cansado -todos estamos cansados- pero contento de haber aguantado bien la actividad. 

            La Sima del Tilo merece la pena y dará para mucha exploración. Pero lo más importante es que los exploradores pertenecen a esa nueva generación en la que conservar, balizando, es tan importante como la propia exploración. Todos estamos cansados de la eterna historia de lo que era el paisaje subterráneo antes de que los humanos llegásemos y lo que es después de unos años de tránsitos. Estamos a tiempo de salvar muchas cuevas y de rescatar de la zafiedad muchas otras. Es lo único que dejaremos como recuerdo en el mundo espeleológico cuando todos nos hayan olvidado.   



 

23/1/21

Mina de Novales

 






          Contacto con Manu para hacer espeleo el sábado. Me cuenta que van a hacer una salida tranquila. Tal vez él y Joséan vayan a poner unas cuerdas pero el resto va a topografiar sin usar material de verticales. A las diez me encuentro a Manu eligiendo su desayuno en Los Abetos, un bar con buenos pinchos. Enseguida llega Joséan y poco después Adrián, Jara y Jordi. Charlamos en la terraza de todo un poco. Comentamos la posibilidad de que parte de Udías, laberíntica y tridimensional, tenga origen hipogénico.

En el trayecto con los coches voy siguiendo a Manu pero me despista la dirección que lleva. Todo el tiempo voy pensando en que vamos a entrar por Sel del Haya y deberíamos ir hacia Cabezón. Finalmente en un semáforo me bajo y le pregunto. Me dice que vamos a la Mina de Novales. 

Un poco más allá del pueblo aparcamos en un lugar muy tranquilo. La aproximación es un paseo de un minuto por la pista que parte del aparcamiento. Sale un arroyo por la galería minera que la ocupa por completo y que profundiza lo suficiente para inundar las botas de goma. Jara no lo tiene muy claro porque sus botas tienen la caña bastante baja. Adrián y Joseán se esfuerzan sacando piedras del cauce para bajar el nivel del agua pero no parece que baje lo suficiente. Me percato que por el lateral derecho, guardando el equilibrio y usando las manos con los agarres de la pared de la galería, se puede atravesar este tramo sin problema. Más allá el agua corre libre sobre un lecho de guijarros de poco fondo por el que se puede caminar sin ninguna dificultad.



Atravesamos una reja por un cómodo hueco. Enseguida desembocamos en una gran galería bien conservada, con los raíles del ferrocarril minero en buen estado. Hacia la izquierda parece que hay un terminal con unas casetas. La continuación principal es hacia la derecha. La galería tiene el firme en perfecto estado y esto nos permite ir bastante deprisa, un ritmo sudoroso. El caudaloso arroyo discurre por nuestra derecha. Es una salida espeleológica que se parece a un tranquilo y rápido paseo por un túnel asfaltado. No hay formaciones ni nada especial que admirar pero la charla es un aliciente poco común. Llegamos a un cruce en el que una corta galería a la derecha desemboca en un gran lago minero. Si el agua fuera termal sería la mejor piscina del mundo. Según les oigo decir yendo por la izquierda no nos acercaríamos a la zona de conexión con la Cueva de Udías. Así que seguimos de frente.

La gran galería minera sigue parecida pero a peor. Hay zonas inundadas que pasamos con mucho cuidado subiéndonos a los rieles del tren minero. Desgraciadamente la caña de las botas de Jara no da para tanta agua y sufren una pequeña inundación. Después de dos o tres zonas acuáticas llegamos al final de la galería. Un lago profundo lo ocupa todo pero, haciendo equilibrios por dos rieles a media agua, se puede atravesar hasta una escalerilla que sube a otro nivel. Mientras Adrián y Joséan exploran las posibilidades de que esa escalerilla lleve hacia la conexión, los demás nos quedamos haciendo tiempo y mirando la charca. Jordi, incapaz de estar quieto, intenta poner piedras gordas para facilitar el paso, Manu tira rocas para salpicarle -o salpicarnos-, Jara se quita las botas para achicar su inundación y yo hago fotos tontamente.



Aunque los dos exploradores han dicho que volvían enseguida nadie confía en su palabra. Ciertamente se han buscado la fama. Decidimos volver despacito haciendo alguna foto. A la altura de la encrucijada nos dan alcance Adrián y Joséan. Paramos a comer algo sentados en unas tuberías y luego durante un rato nos dedicamos a enredar por las galerías mineras que salen del cruce. Hay muchas y es una zona enrevesada. En una de ellas la explotación minera está en activo. Todas las máquinas y cableados están operativos. Es sorprendente que se trabaje aún en este sitio. Ya volviendo nos tropezamos con unos grandes fusibles antiguos vinculados a los raíles. Al poco tiempo salimos. 

Por la velocidad a la que hemos andado y el tiempo que hemos tardado bien podríamos haber recorrido casi diez kilómetros entre ida y vuelta. Así que estoy harto de andar. Aún así nos vamos a visitar la Cueva de la Presa, una surgencia cercana a esta y, por un camino con escaleras de madera resbalosa, la bonita entrada  de la Cueva de las Aguas, cerrada por contener restos y pinturas. Volvemos a los coches y nos cambiamos. Jara llama la atención al personal que va en su coche para que mantengan todo impecablemente limpio. Todos le damos la razón pero le aconsejo que use el látigo si es necesario.

Paramos en un bar con terraza antes de salir a la carretera nacional. Allí unas cervezas con patatas fritas me catapultan al paraíso. Mientras van subiendo los efluvios del alcohol y el nivel de voz se eleva, la charla gira en torno a temas "políticos". Yo me limito a llamar la atención sobre ciertas actitudes de los medios que me ponen en alerta. Prefiero poner en cuestión las versiones oficiales hasta que no se demuestre su autenticidad. Eso es lo que hago habitualmente. Para mí está claro que navegamos, al menos en estos tiempos, en el Mar de las Mentiras. Tengo que usar un instrumento para orientarme y agenciarme una tabla de salvación... En eso consiste la duda sistemática y la búsqueda de argumentos sólidos. 




12/11/20

Ley, justicia y ética




Día Primero

            Es domingo 25 de octubre, la carretera a Castillitos está embotellada y todos los sitios para aparcar colapsados. Antes de llegar a la ratonera final elijo una zona en el arcén un poco más ancha, doy la vuelta y aparco. Un minuto más y me quedo sin ese sitio y sin ningún otro. Las restricciones sociales por el covid nos han llevado a elegir los espacios naturales abiertos como una opción prioritaria. Muchos parques naturales de España están sufriendo una afluencia masiva que ya ha llevado, o llevará en breve, a la necesidad de regular su acceso.  

Bajando por la senda de Cala Cerrada hay gente por todos lados, subiendo o bajando, y en multitud de ocasiones me veo obligado a apartarme del camino  para dejar paso a otras personas. A la altura de la primera rambla que cruza el camino observo un posible acceso a la zona de Cala Abierta. Es por ahí donde debo buscar la Cueva del Cristal. Unas decenas de metros más allá del cruce sale una senda, apenas marcada, a la izquierda y al poco trecho se incorpora al lecho de la rambla.  La sigo un buen rato y me desvío un par de veces a echar un vistazo a oquedades que observo. Antes de que se complique la ruta me salgo a la cumbrera divisoria atravesando un pequeño pinar umbrío. Busco con Google Earth la ubicación que tengo marcada y me acerco al borde de los acantilados en varios puntos. Pero sin referencias no es posible encontrar el acceso para bajar.

A la vuelta, justo por el mismo camino, la situación de coches y personas es un poco más despejada debido a que es la hora de la sobremesa y muchos o estarán comiendo o están recién comidos. De todas formas conducir por esa carretera con tráfico abundante es bastante peligroso y exige una previsión continua. 




Día Segundo

Es martes 27 de octubre, y apenas hay gente en la carretera a Castillitos y en los aparcamientos. Hace un bonito día soleado. Aparco en la mejor sombra al lado del comienzo del sendero a Cala Cerrada. 

En el intervalo de tiempo entre el domingo y el martes localicé en el blog cumbresdecartagena una entrada en la que se describe un día de excursión a la Cueva del Cristal y en la que pude ver multitud de fotos de la ruta a la cueva. Basándome en las fotos me di cuenta que la mejor forma de aproximarse a la cueva es por una senda cercana a la cumbrera divisoria, entre el mar y el barranco por el que discurre la senda a Cala Cerrada.

La senda va siempre a la izquierda de la cumbrera y es bastante obvia. En un punto no muy claro decido abandonar la senda y bajar directamente al borde de los acantilados. Elijo el punto mirando en las fotos la posición relativa de varias calas y colinas (como hacen los navegantes cuando tiene la costa a la vista: con la intersección de los arcos capaces de tres visuales a puntos destacados tomadas de dos en dos). Además enciendo Google Earth para tener una idea de cuanto me estoy acercando. En un momento dado observo al asomarme, bastante abajo, unas rocas grises que aparecen en algunas de las fotos. Además descubro, justo al lado de donde estoy, un parabolt en la roca. Deduzco que por aquí comienza el destrepe.

Primero bajo por unas calizas naranjas. El descenso es delicado pero los agarres son excelentes. Lo que más impresiona es el mar un centenar de metros más abajo. Luego la roca cambia a una especie de caliza gris azulada que se fractura en grandes bloques de caras planas y romboidales. Los agarres son mejores pero se trata de una escalera bastante aérea. Como último escalón utilizo un arbolito.

A partir de aquí comienzo a buscar por la derecha. Una primera oquedad bien generosa me confunde. Más allá de una arista llego a una vertical canal. Veo otro parabolt y dos oquedades, pero ninguna es la cueva que busco. Empiezo a desconcertarme. De vuelta al final del destrepe continuo hacia el este saltando una pequeña arista de roca y observo otras dos oquedades. La primera parece prometedora pero se acaba al poco. La segunda es una gatera horrible pero está marcada con pintura roja. Es obvio que esta tampoco es la boca que busco. Mi desconcierto es total. Cinco bocas y ninguna es. Me retiro trepando y pongo algún hito.

 



Día Tercero

Es jueves 5 de noviembre y se ha declarado el confinamiento perimetral en los municipios de la región de Murcia. Hace un día con fuerte viento del norte y totalmente cubierto. Amenaza lluvia. Aparco en el aparcamiento de Cala Cerrada. He venido hacia Cartagena a la hora en que todos los trabajadores lo hacen, como a las ocho de la mañana. La ley dice que no debemos salir de nuestros municipios salvo razones de necesidad: ir al trabajo, consulta médica, cuidar a un anciano o a un enfermo o razones de necesidad (por ejemplo asistir a un juicio) Las razones de ese confinamiento están claras. Se trata de disminuir la interrelación social y de esa forma disminuir en alguna medida la tasa de contagio. 

Estoy infringiendo la ley al venir a otro municipio por razones personales. Sin embargo es obvio que no estoy contribuyendo en ninguna medida a aumentar la tasa de contagios. Vengo solo en el coche y estoy al aire libre en una zona en que también estoy solo. No pongo en riesgo de contagio a nadie, incluido yo mismo. Se trata de una actuación ilegal pero con una ética bien clara. Muchos podrían sentirse ofendidos por la obviedad de que ellos cumplen la ley y yo no lo hago. Sin embargo al no cumplir la ley me expongo a una sanción económica. Es justo que sea así. A mi me resulta aceptable esa posibilidad, dado que desde el punto de vista ético me siento justificado. Y tampoco me parece mal que otros salgan solos, o con gente que convive, al aire libre, cambiando de municipio. 

Pero, ¿qué es lo que podemos hacer si la actividad al aire libre requiere dos o más personas? Estoy pensando en la escalada y en la espeleología. La única solución que se me ocurre, aparte de abandonar esas actividades multipersona, es crear círculos burbuja. Es el mismo concepto que subyace al permitir ir juntos a los que conviven. En caso de decidir formar un grupo-burbuja tendremos que reducir drásticamente el número de personas con las que salimos al aire libre y fijarlas. Un ejemplo es salir siempre con el mismo compañero de escalada. O con el mismo compañero de espeleo. O tal vez un círculo de tres.  En cualquier caso deberíamos fijar para estos tiempos un grupo "burbuja" en que no se admite a nadie más. Además en dicho círculo nos debemos exigir mutuamente llevar las medidas de seguridad al máximo nivel (en nuestra vida personal, familiar y laboral) con una responsabilidad intachable. Con todo eso podemos intentar seguir viviendo en estos tiempos difíciles, pero no tenemos ninguna garantía. 

En los días entre el martes 27 y el jueves 5 estudié más las fotos del blog y llamé por teléfono a J.L.Llamusí para que me diera alguna indicación. Se ofreció a acompañarme y, con lo que le expliqué, me dijo que había estado a menos de diez metros de la entrada. Justo un poco más abajo y más a la derecha de la esquina.

Al final volví de nuevo solo. El fuerte viento del norte no golpeaba en las laderas y acantilados de la vertiente sur de Cabo Tiñoso. Pero al mirar el oleaje y la superficie del agua era evidente que el viento seguía ahí. Eso junto con el cielo plomizo le daba al paisaje un aspecto dramático. A pesar de saber "casi" donde estaba me costo encontrar la boca. Tuve que moverme tres veces por las laderas del acantilado. Realmente difícil de encontrar. 

La boca, con forma de amplio embudo, es bien hermosa. Me puse el frontal y fui para adentro. La galería es grande y con el suelo lleno de guijo blanco y cristalino. Las formaciones gravitacionales, bien blancas, están truncadas a golpes. Hace años los mineros sacaron un gran beneficio de la roca cristalina blanca vendiendo el guijo para ornamentación de jardines. El material se embarcaba al fondo de la canal en un pequeño embarcadero. La cueva quedo, salvo algún divertículo, pelada de formaciones. Eran otros tiempos. 

Recorrí básicamente toda la cavidad. Por el camino un grupo de murciélagos me saludo con pocas ganas. Pero dejé una gatera al final por no llenarme de polvo la ropa de calle. La gran sorpresa vino aquí. Se percibía una corriente de aire muy notable saliendo por la gatera. Fue un gran momento. Dado que la topo daba unos diez metros más allá de la gatera como final de la cueva se imponía una revisión a ver de donde venía ese viento. A la subida puse algunos hitos más para marcar bien el comienzo del destrepe.




Día Cuarto

Es jueves 12 de noviembre, y continúa el confinamiento perimetral en los municipios de la región de Murcia. Hace un día perfecto. Ni frío ni calor. Esta vez ha venido también Mavil, de forma independiente en su coche, para ver qué podemos hacer con la corriente de aire. Su perro, Santo, le acompaña. Por el camino de bajada le indico los puntos clave a tener en cuenta para encontrar la cueva.

Es impresionante ver bajar a Mavil con su perro por esos destrepes. Si el perro se resbala empujaría al que se ponga por delante. De cualquier forma conseguimos llegar sanos y salvos personas y perro. Mientras nosotros nos internamos en la cueva el perro se queda en la entrada. En pocos minutos alcanzamos la gatera pero hoy el flujo es menor y entrante. Será por la temperatura y la hora. Al otro lado hay una salita con una pequeña galería a la izquierda. 

La primera fase es buscar de dónde viene, o por donde se va el aire. Después de un repaso con una barrita de incienso localizamos dos lugares por los que viene viento. Una grieta estrecha al final a la izquierda y una amplia grieta o diaclasa enfrente. De los dos lugares elegimos el que tiene mayor flujo y más facilidad de desobstrucción. Justo enfrente.

Durante horas maceamos la frágil roca abriendo hueco. La mayor parte del trabajo la hace Mavil que anda con muchas ganas. Luego taladramos un poco pero con una roca tan llena de huecos el sistema es ineficaz. Intento pasar un par de veces pero me quedo atorado. A las cinco, después de múltiples sesiones de maza, nos ponemos a pensar en salir. Creemos que lo mejor sería un motopico.

La salida al exterior se produce justo cuando se pone el sol. El paisaje está espectacular y anochece. El perro mueve la cola mostrando su alegría. La cosa de subir se pone delicada cuando Mavil tiene que levantar al perro en los puntos más difíciles de la trepada. Camino arriba se nos hace totalmente de noche. Viene un viento frescachón del este que nos estimula en las cuestas. Al llegar a los coches tenemos una sensación satisfactoria. Ha sido una hermosa jornada, probable prólogo de otras cuantas más en el Cristal...  

 




9/8/20

La Verde con Iris



A Iris le ilusionan las cuevas. Os costará un esfuerzo imaginar una ilusión tan grande. Nosotros, los espeleólogos que hemos entrado centenares o miles de veces en una cueva, seguimos sintiendo la magia de los mundos subterráneos. ¿Cómo de grande será entonces la ilusión y la magia en la mente de una niña de ocho años al entrar en esos mundos? Intentad poneros en su lugar recordando vuestra percepción del mundo a esa edad. Lo que ahora nos parece estrecho a esa edad era una amplia avenida y cualquier sala podría verse como un mundo inmenso. Los ruidos lejanos, las luces y las sombras eran un escenario, y la imaginación fuerza motriz de criaturas de ensueño, librando batallas en el subconsciente. Y las galerías conducían a catedrales repletas de seres petrificados en la roca, esperando a ser liberados por el poder de la mirada de una niña.

Estoy siendo acompañado de una gran soñadora. Y vamos a una cueva llamada La Verde en un día húmedo, cálido con nubes bajas. Podríamos estar en Costa de Marfil o en Camerún. Eduardo, Iris y yo nos abrimos paso en una espesura de ortigas, helechos y enredaderas que sobrepasan nuestra altura: el riachuelo de la cueva transporta agua. Recuerdo una fuerte pendiente llena de vegetación, raíces y barrillo para llegar a la boca. Hoy no es posible subir directamente por ahí. Tenemos que rodear la pendiente por la derecha. Los arbustos y los arboles nos ayudan a encontrar puntos de apoyo para ascender.

Ahí en la frontera está ese placer de abandonar la jungla tropical y penetrar en el fresco ambiente. Pero enseguida la boca lleva a tres destrepes en los que, por si acaso la gravedad juega con nosotros, supervisamos los movimientos de Iris. Hay una gatera memorable en la que compruebo con satisfacción que no hay gota de agua. Mis temores por las lluvias de ayer se esfuman. Los instrumentos de achique, esponja y cubito, seguirán ahí esperando a ser necesarios.  Desde el otro lado de la gatera preparo unas fotos con flashes cuyo sujeto es Iris pasando la gatera. Hago varias, todas muy parecidas,  buscando la luz ideal.



Una red de galerías con encanto nos entretiene por un tiempo corto mientras les cuento historias sobre esta cueva. Pero nos espera el largo laminador con columnitas que constituye el paso a las grandes galerías de la cueva. Iris se mueve por el laminador sin apenas agacharse mientras nosotros nos arrastramos con esfuerzo. Luego ya estamos en la hermosa sala con hermosas formaciones y hermosos recuerdos. Allí hice una gran sesión fotográfica con mi amigo J.Ángel hace unos tres años. También ahora hacemos fotos en la alta y estrecha galería repleta de coladas y formaciones. Un poco más allá hay un pasaje entre columnas con mucho encanto que conduce a una amplia galería baja. Esta avenida no acaba sino que se convierte en un laminador con tantas columnitas que hacen su tránsito prácticamente imposible. Pienso que esa zona se junta con los laminadores de entrada. Sin embargo no percibo ni una fracción del soplo de viento que siempre está presente en esos laminadores.

Avanzamos por la gran galería de la cueva sorteando por los lugares más fáciles las dificultades que se presentan. Subir y bajar bloques, flanquear coladas o cornisas, salvar grietas, todas ellas usuales en las cuevas. Entonces llegamos al comienzo del pasamanos-quitamiedos. Aunque en ningún momento hay que colgarse se transita por una estrecha repisa que bordea una grieta cuya profundidad va aumentando. No traemos arneses para nosotros pero lo que nos para en seco es que tampoco traemos arnés para Iris. Aquí no podemos, sencillamente, supervisarla sino que debería ir asegurada a la cuerda del pasamanos. Decidimos volver en este punto. Es una pena porque podría haberlo pensado ayer aunque, mejor pensado, lo que hemos visitado con Iris es un buen recorrido de iniciación.

A la vuelta los laminadores con columnitas son un poco cuesta arriba. Pero a Iris le resultan tan divertidos como cuesta abajo. Tanto es así que coge la saca de Eduardo y se encarga ella misma de ir moviéndola por esta zona.  También trepa sin dificultades los resaltes hasta la entrada. Y baja por la jungla tropical sin inmutarse. Creo que llegará a ser una gran espeleóloga, doy fe de ello. Esperemos que este planeta pueda continuar siendo un lugar en el que merece la pena existir para nuestros niet@s, aunque los necios, los dormidos y los malos sigan existiendo y estropeando la armonía. Amen.  








 

6/8/20

No viene, pero va.

¿Ir de cuevas en plan grupito de amigos? Indefinidamente que posponerlo tendremos. Irás de cuevas contigo mismo... o, a lo sumo, con un par de compañeros -de absoluto fiar- habrás de ir.
Un plan muy perfilado no puedo asegurar que fuese. Una aguda sensación de necesitarlo tal vez sí. La inmersión en un devenir cacofónico y estridente. La angustiosa práctica de nadar contracorriente en una riada de esperpentos. Esto, tener un plan, era similar a elegir nadar hacia una playa fluvial para salir arrastrándose hasta el comienzo de un bosque silencioso de límites indeterminados. Indeterminados no por su desconocimiento sino por la naturaleza misma del bosque. El papel de ríos y bosques estaba intercambiado en aquel mundo. Son los ríos de ese Mundo los que encuentran límites aunque no pase lo mismo con los bosques. Me encontraba en un dominio  de Bosque Ilimitado. Se podía escuchar su silencio fuerte, amable y acogedor.
El bosque era un bosque sin fisuras. Desde el suelo que despejaba al caminar hasta las copas de los árboles que solo dejaban pasar  la luz llamada verde. Lo verde, que es verde porque se apropia de todo salvo del verde. Pero era fresco también. Y fresco es una sentimiento clave. Las cosas a veces son frescas como recién hechas por Dios o por Eso a lo que no podemos darle forma ni nombre y que hace que las cosas sean hechas. Dicen los creyentes de la Ciencia que son las leyes naturales de la materia. De la materia que podemos percibir -o medir- y de la que no podemos también. Es un sistema de creencias muy respetable y práctico. 
Una buena corriente de aire frío exhalaba la boca de la cueva (Puntida). La cueva era la de siempre pero el cómo la veía yo ahora y el cómo la pude ver yo en otras ocasiones, la misma forma no tenía. De las anteriores veces ninguna caminé tan resuelto a encontrar lo que recordaba como seguro. Pero la realidad nunca obedece a los recuerdos que evocamos. Y menos que en ninguna otra, obedece de ésta manera forzada y determinada, dando por real lo que solo existe como recuerdo.
Repetí algunos de los pasos de mi primera visita, el once de marzo del 2017, hace poco más de tres años. Intentaba rescatar de mi memoria los sitios que me parecieron tan prometedores para una posible continuación. Pero lo más parecido que encontré no me pareció lo mismo. No obedecía a la imagen que había evocado mi mente. La memoria es el mayor misterio de todos los que nos rodean. Nos permite montar la creencia en una individualidad fija e inmutable. Pero al escarbar en eso que llamamos recuerdos nos encontramos con algo mutable y cambiante. ¿Como es posible que cada mañana al despertar nos reconozcamos como el individuo llamado Menganito? 
Más tarde repetí los pasos de mis posteriores visitas. Incluso al intentar reconstruir las visitas de hace pocos meses me encontré con incongruencias imposibles de salvar. Era como si la cueva que recordaba fuera una diferente que la que ahora visitaba. Me esforcé por hacer encajar las dos visiones y casi me encajo yo mismo en una grieta de la que me vi con dificultades para salir. Descendí en 20 segundos y tarde en salir 20 minutos haciendo movimientos milimétricos en una grieta inclinada (una especie de laminador a 60º).  Luego recorrí la galería que visité con Nano y más tarde con Miguel y aún más tarde con César. Me introduje por algunas desviaciones y chimeneas. Una de ellas podría dar continuidad previa desobstrucción. En ningún lugar de todos los recorridos que hice me encontré una corriente como las percibidas en anteriores ocasiones. Sin embargo no debería haber sido así dado que la diferencia de temperaturas entre interior y exterior era muy grande y la cueva exhalaba mucho aire frío
En cierta forma me pareció mágico, una señal del destino, toda esta historia mía con la Puntida. Como si algo modificase la realidad según la vamos viviendo. Como ocurre con los paisajes de los sueños. Como si la realidad no fuese más que un sueño gigantesco. La señal que me enviaba la cueva es la de que no hay continuación. El viento no viene de ningún lado pero se va de la cueva. No viene, pero va. Es la señal de la cueva. Pero también es la señal de los tiempos que corren en el mundo.    
La pandemia ha traído un mundo sin continuaciones evidentes. Deberían existir las continuaciones porque el viento va pero no encontramos ninguna porque el viento no viene. La cosa es así: los desgraciados que diseñaron el virus de Wuhan están consiguiendo lo que querían. Eso les delatará claramente. Podemos adivinarlo mirando quien/quienes/que organismos/naciones/grupos fácticos consiguen objetivos con los resultados de la pandemia. Delatarlos solo nos dará una satisfacción mínima, pero necesaria. Pero eso no nos dirá cuales son las posibles continuaciones, si es que existen. Habrá que retrotraerse al comienzo para comprender el final.
Más tarde salí de la cueva al bosque. Había infinidad de mundos en el Mundo. Solo era necesario abrir una ventana en cualquier rincón para asomarse a uno de esos infinitos mundos. Con el poder de la tecnología mágica pude abrir unas pocas ventanas. Mi asombro era genuino. Si es que ha de tener continuación el mundo de los humanos habrá de tenerla creándola con esfuerzo y sacrificio. Pero hay infinidad de mundos que continúan ahí sin más que seguir su rumbo natural. Sin esfuerzo, sin meta ni objetivos, solo siguen siendo...     

20/6/20

Catadióptricos




Una amalgama de deseos e ilusiones me hizo visitar de nuevo la Cueva de la Puntida. Relajado y feliz me tome  todos los preparativos; trastos de fotografía y trastos de espeleo. A las 12 de la mañana estaba en Ajanedo aparcando el coche donde comienza la pista a Bordillas. El bosque estaba muy crecido y la sendita que asciende hasta la boca de la cueva apenas era visible. No soplaba viento de salida en la boca pero si había abundantes goteos. Había llovido mucho los últimos días.

Justo en el umbral me fije en un conjunto de telarañas que destacaban por estar en contraluz. Quedaban iluminadas de tal forma que tenían un fondo sombreado y oscuro de grandes bloques. La brisa movía las telarañas haciendo muy difícil realizar un FS (pila de enfoque) coherente. Pero a pesar de ello me puse manos a la obra a ver que conseguía. Luego de una hora había realizado cuatro o cinco tomas de FS y para rematar la faena me moví hasta una zona de helechos colgantes e hice dos o tres tomas más. Me sentí saturado de intentar hacer tomas. Un FS macro no es como tomar una foto sin más. Requiere pensar en multitud de detalles y ponerse en posiciones incómodas y/o forzadas. Así que dos horas haciendo ese tipo de tomas satura a cualquier fotógrafo acostumbrado a fotos más sencillas. Sin embargo los espectaculares resultados de ese tipo de fotos pueden llevar fácilmente a una adicción.




Recogí los instrumentos de fotografía, preparé los de espeleología y pasé a la segunda fase de mi actividad. Subí hasta la cima del caos de bloques en la gran sala y descendí la otra vertiente hasta alcanzar una grieta entre bloques por la cual se conecta con el sistema de galerías a la derecha de la entrada. Avancé poniendo catadióptricos (las miguitas de pan para no perderse...), pues es fácil no tener claro si un sitio se ha recorrido -o no-  en esta zona de tantos bloques superpuestos y galerías. La cosa acabo bien. Comprobé la ruta que lleva de una zona a otra con mucha facilidad y en un corto tiempo. Pero este día no percibí vientos de ninguna clase, salvo sutiles movimientos poco significativos. 

En un tiempo reducido volví sobre mis pasos el camino hasta la salida y bajé el frondoso bosque. Las nubes amenazaban lluvia y el ambiente había refrescado. Estaba contento de mi renovada conexión con las cuevas de Cantabria. Había conseguido disolver una jodida sensación de no pertenecer ya a esa historia y a ese mundo de la espeleología. Ciertamente las guerrillas y desencuentros que imperan en ese colectivo -añadidos al desprecio mayoritario por la sacralidad del marco subterráneo- habían estado contribuyendo a una sensación de distanciamiento. Pero no era algo que hubiera echado raíz en mi mente. Podía percibirlo. Aún puedo conectar con las cuevas. Y, tal vez, con los espeleólogos también...